La llamada Doctrina Monroe, “América para los americanos” (1823), sirvió de base para el expansionismo territorial de Estados Unidos con la anexión de Texas y la toma de territorio mexicano en la guerra de 1846-1848. En el Caribe, con el triunfo en la Guerra Hispanoamericana (1898), Estados Unidos expulsó de su “patio trasero” a las potencias europeas y estableció su hegemonía regional.
La Segunda Guerra Mundial enfocó la atención en Europa y el Pacífico, y América Latina y el Caribe fueron relegadas en el ajedrez imperial.
La Guerra Fría y la Revolución Cubana (1959) reactivaron la ofensiva de Estados Unidos hacia esta región con acciones como la invasión de Bahía de Cochinos (1961), la ocupación militar en la República Dominicana (1965), el apoyo a varios golpes de Estado y a las fuerzas antirrevolucionarias en Centroamérica. Ese período concluyó con la incursión militar norteamericana en Panamá (1989) para capturar a Noriega, acusado de narcotráfico.
El Muro de Berlín cayó, la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) se desintegró, la globalización neoliberal llegó y América Latina hizo la transición de regímenes autoritarios a democracias electorales.
O sea, de 1990 a 2024, la política exterior de Estados Unidos hacia América Latina se caracterizó por el uso del llamado poder blando, donde se privilegia la diplomacia sobre el militarismo.
Ahora veremos cómo se desarrollan las incursiones militares y las imposiciones electorales o económicas en una región fragmentada y debilitada.
El regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos marca un cambio con las décadas anteriores.
El cambio tiene dos pilares: el uso explícito del poder duro (sea con armas o aranceles) y la regionalización de las esferas de influencia de las potencias mundiales.
Se cambió el nombre de la Secretaría de Defensa a Secretaría de Guerra para enviar una señal del rol del militarismo en la nueva política exterior, y Estados Unidos volvería a enfocar sus prioridades geopolíticas en la región de América Latina y el Caribe, según lo indica el documento “Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos”, publicado recientemente.
El despliegue militar en el mar Caribe de los últimos meses y el ataque a lanchas que supuestamente transportaban drogas fueron clarificados. El asalto militar en Venezuela es la concreción.
Independientemente de la legalidad o ilegalidad de un gobierno (en el caso de Venezuela es ilegal e ilegítimo para muchos), el mensaje del Gobierno de Estados Unidos a la región es claro: por las buenas o las malas hay que alinearse.
¿Por qué ocurre esto ahora?
Primero, el estilo político de Trump; segundo, Estados Unidos no tiene ya los recursos de la postguerra para dominar simultáneamente distintas regiones y ha decidido concentrarse en la cercana; tercero, frenar el dominio comercial de China en su área inmediata de influencia; cuarto, en este continente hay muchos recursos naturales (petróleo, litio, tierras raras) para Estados Unidos reposicionarse en la competencia mundial.
Mucho se discutirá si el poder blando era mejor que el duro para que Estados Unidos alcanzara sus nuevos objetivos regionales. Desde la ética y la ley, sin duda.
Ahora veremos cómo se desarrollan las incursiones militares y las imposiciones electorales o económicas en una región fragmentada y debilitada.
Compartir esta nota