Giovanni Leone, presidente de Italia desde 1971 hasta 1978, reveló que durante su visita a  Washington en septiembre de 1974 y acompañado por Aldo Moro (ministro de relaciones exteriores en ese momento y democratacristianos ambos), el Secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger, le dijo a Moro que si continuaba con su línea (de acercarse al PCI en el llamado compromiso histórico) ello le traería “consecuencias personales gravísimas”.

No fue solo Leone quien testimoniaría ese hecho. Lo haría también la esposa de Moro, la señora Eleonora Moro.  Ella recordaría después lo que su esposo le había contado  acerca de la advertencia de Kissinger: “Debes abandonar tu política de colaboración con todas las fuerzas políticas del país. O dejas de hacerlo, o lo pagarás caro”.

Una advertencia así y de boca del todopoderoso Kissinger no era poca cosa. El efecto fue inmediato: Moro entró en depresión, regresó a Italia y  enfermó durante semanas. Ya en su país, recogió sus ánimos y se ausentó de la escena política. Con el transcurrir de los meses, recuperado de salud y ánimos, creyendo que podía brincarse aquella advertencia, retomó la idea del compromiso histórico.

Aunque Moro abrazó la idea y la creyó el camino para la buena gobernanza en Italia, lo cierto es que esa propuesta provenía de Enrico Berlinger cabeza del Partido Comunista Italiano el más poderoso de los partidos comunistas en la Europa occidental. Es obligatorio recordar que la idea del compromiso histórico por parte de Berlinger al frente del PCI también generó rechazo en el bloque soviético y desde allí la desaprobaban.

Aquella política era rechazada por el bloque soviético de un lado y por occidente del otro. Lo sucedido a Berlinger en Bulgaria en 1973 donde un camión se estrelló contra el vehículo en que este se dirigía al aeropuerto para regresar a Italia, ha sido visto por muchos no como accidente, sino como un atentado directo a su vida. Sucedido esto, Berlinger, que pudo salir ileso de aquel accidente o atentado, decidió no abordar el avión de pasajeros en que regresaría y lo hizo en un avión enviado desde la misma Italia. ¿Por qué decidió minutos antes no abordar el avión de pasajeros en el vuelo que tenía reservado y utilizar otro para regresar?

Hay que recordar, también, que Bulgaria en ese momento pertenecía a la URSS y por lo tanto debía ser considerado “territorio seguro” para Berlinguer. Al parecer no fue así.

Berlinguer era visto por los soviéticos con mucha desconfianza por su alejamiento de las posturas tradicionales o dogmáticas. Era visto por estos como muy filoamericano. Por oposición, los norteamericanos lo veían como muy filosoviético.

¿Tenía conciencia de lo que estaba sucediendo?

Años después, su hija, Bianca Berlinguer, periodista que trabajaba para la RAI, recordó que su padre estaba convencido de que lo ocurrido en Bulgaria se trató de un atentado y de que estaba seguro de estar sometido a una vigilancia especial.

En el otro litoral, lo que irritaba a norteamérica era que esa idea de pacto para gobernar o alianza de las fuerzas políticas mayoritarias, recogidas en la propuesta del compromiso histórico, incluyera precisamente, a los comunistas. Las elecciones realizadas en Italia en 1976 otorgaron un crecimiento extraordinario al Partido Comunista Italiano. Obtuvieron el 36.4%. Moro vio en esos resultados una justificación mayor para la promoción y ejecución de su idea. Contrario al entusiasmo de Moro, en norteamérica  con sus aliados europeos más fieles lo que hizo fue encender aún más las alarmas.

Era aquella época el momento más álgido de la guerra fría y Europa casi toda, alineada a los dictados de norteamérica, centro operativo político, diplomático, militar, de inteligencia y contrainteligencia. Todos los gobiernos europeos pertenecientes a la OTAN estaban muy activos y eran instrumentos de aplicación de las políticas diseñadas por norteamérica para contrarrestar a la URSS. En cada uno de ellos se habían establecido muchos años antes, órganos de inteligencia y de acción que actuaban como subsidiarios o iguales a la GLADIO.

¿Qué cosa era la GLADIO?

Fue una operación iniciada por la CIA una vez terminada la II Guerra Mundial en toda Europa para “contrarrestar la invasión del Ejército Rojo o la llegada al poder de los partidos comunistas por medio de un golpe de Estado” (Ganser Danielle: Los ejércitos secretos de la OTAN, la operación Gladio y el terrorismo en Europa Occidental.)   Esa operación se inició en Italia por la CIA y los servicios secretos de ese país. Pero muy pronto la extendieron o replicaron en muchos países de Europa. “Debían estar preparados para usar toda su potencia política, económica y, de ser necesario, la militar” para detener a los comunistas tanto en Italia como en cualquier otro país en Europa. Clandestina, ultra-secreta y  originalmente concebida para actuar en la retaguardia ante una supuesta invasión soviética. Tenían gran cantidad de lugares como almacenes o depósitos de armas sobre todo en la frontera italiana con lo que era Yugoeslavia.

En cada país europeo perteneciente a la OTAN existían estructuras político-militares de carácter fascistas vinculados con cada ejército y los organismos de inteligencia y contrainteligencia en esos países. Eran órganos de acción y de naturaleza anticomunista que incluían a exmilitares o militares activos especializados en hacer el trabajo sucio y violento al que no debía aparecer vinculado el gobierno de ese país. Poseían un alto nivel de entrenamiento y operatividad técnica. Contaban, además, con la cobertura de los organismos militares y de inteligencia en cada país y tenían a su disposición todos los recursos que pudiesen necesitar.

Esa organización realizó permanentemente operaciones terroristas de derecha y atentados de falsa bandera en la dirección de impedir el ascenso del PCI al poder.

La existencia de aquella estructura no era revelada ni admitida por los gobiernos donde operaba, especialmente en Italia en que tuvo su partida de nacimiento. Se inició en 1956 y extendió su vida durante décadas. Operó muy activamente en el período que en Italia se conoció o se le llamó los años de plomo (1960-1980) y existió sin que desde el poder que la controlaba lo revelaran.

Solo después de transcurridas varias décadas de su accionar, el 24 de octubre de 1990 y ante el parlamento italiano el primer ministro Giulio Andreoti confirmó la existencia de aquella red secreta y paramilitar conocida como Gladio.    Pero llama mucho la atención que durante los interrogatorios que le practicaran las Brigadas Rojas a Moro estando bajo su poder (1978), este le revelara a Mario Moretti (su interrogador y jefe de las Brigadas Rojas), la existencia de la Gladio y ni este último ni las Brigadas Rojas hicieran pública aquella información ni la denunciaran.

Las Brigadas Rojas, fue una organización político-militar constituida por muchos que anteriormente habían pertenecido al Partido Comunista Italiano y que descontentos con la línea del compromiso histórico adoptaron una línea radical político-militar de resistencia armada.

Las Brigadas Rojas fue la organización que secuestró a Aldo Moro el 16 de marzo de 1978. Pedían por su liberación la puesta en libertad de un grupo de sus compañeros encarcelados.

Moro era un estorbo, un obstáculo en el camino. Más que para las Brigadas Rojas, lo era para la política de norteamérica en Europa y sus gobiernos leales en ese continente.

Lo que las Brigadas Rojas hicieron con el secuestro y muerte de Moro perjudicó gravemente a estas y al PCI. Benefició enormemente a otros que detrás del telón dirigían la escena.

Muchas cosas sucedieron alrededor de aquel secuestro y muerte que generan demasiadas dudas acerca de los autores reales u ocultos de aquello. Empezando con el día escogido; el secuestro mismo en una zona de mucha atención para la seguridad del Estado; el apagón telefónico de varios minutos en el lugar y momento de su realización; la perfección técnico-militar del operativo de captura; la presencia verificada en la zona de un oficial de la policía;  el lugar donde lo retuvieron y las afirmaciones que se han hecho acerca de que los servicios de inteligencia del Estado conocían del mismo; la indiferencia de los poderes de Italia frente al hecho y frente a las súplicas del propio Moro desde su cautiverio; el rechazo de las Brigadas Rojas a aceptar la oferta de 5 a 7 millones de dólares hecha por el papa Pablo VI a cambio de liberar a Moro; el simbólico y vigilado lugar escogido para dejar su cadáver y muchas otras interrogantes más para las cuales no existen adecuadas respuestas. Sin dudas, fueron las Brigadas Rojas que lo hicieron. Pero, posiblemente, bajo el influjo  y orientación de otros poderes superiores que más se beneficiarían con el secuestro y eliminación de Moro.

No toda la cúpula de Brigadas Rojas actuaría directamente bajo ese influjo u orientación de intereses ajenos. No. Pero bastaba con que alguien dentro del liderazgo de esa cúpula lo hiciera.

Aldo Moro fue ejecutado el 9 de mayo de 1978 después de 55 días de secuestrado. Su asesinato conmocionó a Italia y a gran parte del mundo. Las Brigadas Rojas lo ejecutaron. En ese momento de conmoción, bajo el impacto del dolor y el papel de la prensa en imponer la narrativa interesada, no había espacio para el razonamiento lógico. Transcurrido el tiempo y revisados muchos hechos o circunstancias en que ese secuestro y posterior asesinato se produjo, es necesario reflexionar nuevamente sobre ello. Aquella severa advertencia hecha por Kissinger cuatro años antes frente al entonces presidente italiano Leone, de las “consecuencias personales gravísimas” o “lo pagarás muy caro”, no pueden ser olvidadas. Esa advertencia-sentencia de Kissinger es clave para entender lo sucedido a Moro 4 años después.

En todo caso las Brigadas Rojas existieron en un país con una historia y tradición política y militar muy apreciable y significativa desde cualquier dirección que se desee. Su territorio fue parte del escenario de la primera y la segunda guerra mundial y también asiento del accionar de las violentas bandas y grupos familiares criminales y mafiosos que en ella existieron. Y cuna del fascismo. Si de armas, violencia y extorsión se trataba, las Brigadas Rojas no tenían que acudir a escuelas extranjeras. Su país le bastaba.  Allí se jugaba en ligas mayores. No era juego para improvisados y novatos. Sin despreciar o disminuir las experiencias de fuera.

No alcanzo a imaginarme  a algún dominicano liberado a consecuencia del secuestro del coronel Crowley en 1970 y estando por breve período en la Italia de los años de plomo, en conexión con las Brigadas Rojas transmitiéndoles la experiencia criolla. Experiencia que no vivió como participante en el secuestro de Crowley. Fue parte del intercambio. No de la planificación del hecho que lo sacó de la cárcel.

Un dominicano así en aquella Italia no pasaba desapercibido. Su físico, su condición de extranjero y otras barreras culturales. Súmese a eso la segura vigilancia que los organismos de seguridad de Italia le tendrían por ser una persona que sabían de las condiciones en que había salido de la cárcel y del país dominicano. Sería muy vulnerable y un riesgo para las Brigadas Rojas contactarle en caso de que lo hubiesen identificado. Y riesgo mayor para el contactado.

A falta de pruebas de contacto entre MPD y Brigadas Rojas en aquel contexto y momento, la idea de acercamiento y transmisión de experiencias es atractiva y seductora al contar la historia. Pero es imaginación. Solo eso: imaginación.

Ángel Domínguez

Licenciado en Derecho

Licenciado en Derecho. Nacido en Moca en 1956. Continúo residiendo en esta ciudad

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