Corría 1937 cuando en la existente prensa de mujeres del país se "filtró" la noticia de un proyecto abominable de parte del ya sátrapa Rafael Leónidas Trujillo: la creación de un "reformatorio" para mujeres. No era una propuesta al margen del poder. Era el poder mismo nombrando, con eufemismo institucional, su voluntad de encerrar a quienes no se plegaran a su modelo de feminidad.
Su vocera, tal cual lo había hecho desde 1930, era la escritora y maestra Genarita Cavallo, quien se dio a la tarea de "glosar" para las dominicanas en qué consistiría este "reformatorio" que buscaba rescatar a "pobres seres con bajo nivel moral", citando en su amplio artículo tanto a quienes cometen crímenes atroces (había ocurrido un infanticidio en Enriquillo, según relata, por parte de una mujer) como a aquellas damas que "no lograban plegarse a las normas de buena mujer".
La cita de Cavallo es reveladora: "Siempre hemos leído con gran interés las noticias sobre la delincuencia femenina y la causa de la degradación moral, principalmente, las infidelidades de esas infelices mujeres, madres, esposas o hijas a quienes se les ha olvidado el hogar".
En "Un reformatorio para mujeres, glosando un proyecto del magnánimo presidente Trujillo" se puede intuir con claridad lo que el régimen entendía por "delincuencia femenina": la infidelidad, el descuido del hogar, la insubordinación afectiva. "Males morales" que Cavallo le proponía al sátrapa corregir con muros y disciplina.
Este 30 de mayo se cumplen 65 años del ajusticiamiento de Rafael Leónidas Trujillo, el hombre que gobernó la República Dominicana con terror absoluto durante tres décadas. Hacer memoria es una ocasión para revisar, con ojos feministas, una dimensión del trujillismo que la historia oficial ha minimizado sistemáticamente: el control deliberado, institucionalizado y violento sobre los cuerpos, las conductas y las aspiraciones de las mujeres dominicanas. No como efecto colateral de la dictadura, sino como uno de sus pilares.
El sustento pseudocientífico del encierro
El apoyo al proyecto trujillista circuló con ímpetu ese año, y se fundamentó en gran parte en las ideas "moebuistas" —por el panfletista alemán Paul Julius Moebius (1853-1907)— que atribuían "menor peso encefálico al cerebro de las mujeres, entre otras inferioridades anatómicas", de las cuales derivaba la catalogación de "sexo débil". Esas teorías, ya desacreditadas en el mundo científico de la época, encontraron en las políticas del régimen trujillista un terreno fértil: afloraron, se institucionalizaron y construyeron el imaginario oficial sobre la condición femenina de las dominicanas.
No era ignorancia. Era una elección política deliberada: dotar de lenguaje "científico" a lo que era, en esencia, un proyecto de dominación.
Sobre esta base se abrieron al menos dos reformatorios. Allí llegaron "mujeres que no entendían las normas". Fueron defendidas, casi en soledad, por la prensa independiente feminista que volcó sus líneas editoriales a explicar los nuevos roles femeninos que se debatían en otros países. Esa resistencia periodística —silenciosa, sostenida, valiente, de Fémina— fue la única voz que se interpuso entre las mujeres y el encierro institucional.
Esos "reformatorios" no fueron un episodio aislado. Fueron la génesis de las cárceles para mujeres donde, para la década de 1950, el sátrapa ordenó a encerrar y torturar a las opositoras al régimen. Así, lo que comenzó como una petición de "reforma moral" para la segunda toma de mando del dictador se convirtió, con el tiempo, en sadismo como política de Estado para toda la población. Como documenta Acento, el régimen de Trujillo ejerció un control férreo sobre la sociedad dominicana, en el que las mujeres fueron "igualmente sacrificadas" bajo la lógica del poder absoluto.
Las escuelas domésticas: otra forma de "reformar"
Desde 1934 se observa, por igual, la insistencia del mandatario en abrir las "Escuelas de economía doméstica", también con el interés de "reformar" a las mujeres y hacerlas más diestras en las tareas que debían mantener el hogar. El reformatorio y la escuela doméstica eran dos caras de la misma moneda del control patriarcal con sello estatal.
Una manera de expandir las ideas domésticas del régimen fue a través de la publicidad paga en la prensa de mujeres, en la cual se realizaron campañas intensas entre los años 1934 y 1937, mostrando específicamente los mobiliarios obsequiados por "el primer magistrado de la nación" y, a su alrededor, "las mujeres idealizadas" aprendiendo las tareas hogareñas. La imagen era el mensaje: la mujer perfecta existe en relación al hogar que el Benefactor le regala.
¿Qué se aprendía en esas escuelas? El régimen lo enunciaba sin pudor: "cocina criolla, costura, siembra de verduras y limpieza". Cuatro verbos para delimitar el horizonte de una vida entera.
Una propaganda constante
Para esa "mujer reformada" —dócil, doméstica, agradecida— una de las estrategias centrales del régimen fue difundir, de manera constante, logros en materia de infraestructuras, encuentros, festividades y veladas. Para ello se utilizaron tanto páginas completas como la creación de "firmas" de opinión diestras en relatar los logros de la tiranía.
Por eso es sintomático que desde 1930 aparezcan como "feministas del régimen" mujeres que remitían sus cartas y artículos a la prensa femenina. La más prolífica: la diplomática trujillista Minerva Bernardino, cuya pluma estuvo al servicio de la dictadura con la misma fluidez con que otras mujeres arriesgaban la suya para resistirla.
El régimen entendió tempranamente algo que los estudios de comunicación confirmarían décadas después: quien controla el discurso sobre la mujer, controla a la mujer. Y quien controla a la mujer, controla la reproducción del orden social.
¿Y el voto? Desmitificando el mito
Aquí la historia se vuelve más compleja —y más urgente de contar con precisión.
La narrativa oficial ha instalado durante décadas la idea de que Trujillo "concedió" el voto a las dominicanas. Es una falsedad que borra décadas de lucha organizada y convierte a las mujeres en receptoras pasivas de una gracia del tirano.
La verdad documental es otra. Es en 1922 cuando se tiene la certeza de que las dominicanas comienzan a propugnar por derechos plenos, civiles y políticos. Lo hace la puertorriqueña radicada en San Pedro de Macorís, María Luisa Angelis Canino —bajo el pseudónimo María del Mar Caribe—, en la revista Fémina. Desde esa tribuna, y durante años, se construyó una línea editorial que desmitifica que el voto fue una concesión del dictador.
En agosto de 1930, apenas posesionado Trujillo, la sufragista dominicana Carmen G. de Peynado le escribe al nuevo gobierno exigiendo una reforma a la Constitución y a los códigos legislativos para que se conceda el derecho a la ciudadanía a las féminas dominicanas, "tal cual lo han hecho los países amantes de la civilización". Argumentaba que a los hombres "desde los 18 años, se les concede este derecho sin importar sus aptitudes y la plena conciencia que tengan de sus deberes". Esa petición se publicó como editorial bajo el título «El derecho de la ciudadanía» en Fémina.
Para 1932, la sufragista Leonor Martínez solicita poner en acción la Ley del Progreso para impulsar la labor de la mujer profesional —una aspiración que va más allá del voto y se adentra en la ciudadanía plena. Era la segunda petición pública a Trujillo. Él no respondió con derechos: respondió con reformatorios y escuelas de costura.
Lo cierto es que la plataforma propagandística del régimen logró publicar en todos los medios, íntegro, el Decreto del Ejecutivo N° 858, autorizando la concurrencia de las mujeres a las elecciones de 1934: "solo autorizadas para un voto ensayo que les permita demostrar que desean elegir y ser elegidas masivamente en el espacio político" (octubre-noviembre 1933). Y posteriormente arropó el espectro mediático con el voto de 1942, que llevaba entre sus propuestas que solo fuera para mujeres letradas. Es decir: reformadas.
Como señala Acento en su recorrido comparativo del sufragio latinoamericano, el voto femenino dominicano "llegó envuelto en una paradoja: fue reconocido formalmente dentro de un régimen autoritario que luego lo utilizó como herramienta de legitimación política". El voto femenino dominicano en el mapa sufragista de América Latina.
En 1937, el régimen quiso encerrar a las mujeres que "no entendían las normas". En 1942, les ofreció el voto —pero solo las reformadas.
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