En la vida del escritor latinoamericano Sergio Ramírez siempre han pujado por el rol protagonista la política y la literatura. Décadas atrás, cuando fungió como vicepresidente de Nicaragua (1985-1990) durante la Revolución Sandinista que derrocó a la dictadura somocista, fue la política la que se salió con la suya, ocupando la dedicación entera de Ramírez a ese proyecto que terminó, en palabras suyas, en un “fracaso total” y que derivó en un movimiento autoritario.
Tras oponerse desde mediados de 1990 al sandinismo liderado por Daniel Ortega, de quien fue su vicemandatario, Ramírez regresó a la literatura para por fin consagrarse a ella. Desde entonces ha producido decenas de reconocidas obras y ha merecido premios como el Carlos Fuentes, en 2014, y el Cervantes, máximo galardón de la literatura en lengua castellana, en 2017, siendo el primer centroamericano en recibirlo.
Sin embargo, el también abogado y periodista no ha dejado del todo su rol político, aunque no involucrado en algún partido o movimiento, sino como una voz explicadora de los sucesos desde sus columnas en el diario español 'El País', una de las razones por las que obtuvo, el 4 de mayo, el Premio Especial Ortega y Gasset a la Mejor Trayectoria Profesional.
Recibió este reconocimiento junto a la premio Nobel de Literatura Svetlana Alexiévich y a Martin Baron, exdirector de 'The Boston Globe' y 'The Washington Post'. Los tres fueron reconocidos por “el uso del periodismo como una herramienta para la defensa de los Derechos Humanos”.
Por ser “una brújula moral” para quienes anhelan la libertad en América Latina, el jurado le otorgó el Ortega y Gasset a Ramírez.

No obstante, junto con otros cientos de críticos y opositores, Ramírez fue despojado de su nacionalidad nicaragüense por Daniel Ortega y Rosario Murillo, la pareja presidencial de Nicaragua, quienes lucharon para derrocar a la dictadura de Somoza y ahora son señalados de haber erigido una propia.
En esta entrevista con France 24, Ramírez habla sobre esa libertad que ansía para Nicaragua, repasa el estado sociopolítico actual de esa nación, sumida en una crisis de Derechos Humanos desde 2018, cuando la represión estatal dejó más de 355 muertos, decenas de miles de exiliados y un estado policial señalado de cercenar las libertades civiles.
Desde entonces, Nicaragua acumula titulares sobre denuncias de crímenes, prisioneros políticos, represión, censura y exilio, aunque cada vez más desplazada de la agenda de los medios, saturada por crecientes conflictos, crisis y escándalos.
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Ramírez, nacionalizado español, sigue con su vida como exiliado en Madrid, desde donde fue presentado, el pasado 7 de mayo, como candidato a la silla en la Real Academia Española (RAE) que dejó el fallecido Nobel Mario Vargas Llosa.
Desde su casa en España, comenta también sobre el lugar de Nicaragua en el convulso escenario geopolítico y sobre el ascenso de Rosario Murillo, esposa del presidente Daniel Ortega y ahora copresidenta, como la líder que acapara todo el poder, desplazando inclusive al otrora caudillo del sandinismo.
Pregunta: Ha dedicado este premio a los más de 300 periodistas nicaragüenses que han sido forzados al destierro por la que usted llama la 'nueva dictadura' familiar que oprime a su país. ¿Quedan periodistas haciendo periodismo dentro de Nicaragua? ¿Cómo se sabe hoy lo que ocurre en el país?
Respuesta: Es el periodismo de las catacumbas, una experiencia muy propia de Nicaragua. Hay una red de gente que redacta las noticias fuera de Nicaragua, pero por dentro hay otra red clandestina de gente que informa, ya sean reporteros profesionales que trabajan en la clandestinidad y cada persona que tiene un teléfono en la mano es un corresponsal de sucesos.
Yo vivo informado sobre lo que pasa en Nicaragua, claro, con las distorsiones que provocan el temor y la censura en un país bajo el peso de esta losa dictatorial, pero sí sabemos lo que está pasando, gracias a este milagro del periodismo de las redes sociales.
Sus columnas en el diario 'El País' han puesto de manera constante el ojo sobre Nicaragua, en medio de una agenda internacional saturada por guerras, crisis y una política global cada vez más convulsa. ¿Cómo describiría el estado de Nicaragua en el contexto global?
Hay una fidelidad a Nicaragua de una audiencia cada vez más reducida y es la audiencia de la Revolución de los años 80, pero es una gente que va envejeciendo. Para el público joven, activo en política o en los asuntos sociales, el caso de Nicaragua es marginal.

Hay una competencia muy aguda por la atención que en Europa se presta a la guerra en Ucrania, que para los europeos es un asunto de su propia seguridad. Y aun este tema ha sido desplazado por este genocidio verdadero que ha habido en Gaza, y ahora Gaza es desplazada por la guerra con Irán. En este panorama, ¿quién tiene cierta visibilidad? Pues, Venezuela; pero, Nicaragua, ninguna.
Eso me hace consciente de que mi deber es hablar de Nicaragua y tratar de poner en el mapa a este país olvidado bajo una dictadura que envejece.
“Temo que en Nicaragua pueda ocurrir algo parecido” a lo que pasó en Venezuela
Usted ha planteado que Occidente está ante una encrucijada: si seguirá rigiéndose por la separación tradicional de poderes, las elecciones libres y las libertades individuales, o si avanza hacia un modelo vertical propio de los grandes consorcios tecnológicos e industriales. ¿Cómo debería leerse el caso de Nicaragua, que ya de por sí está relegado?
Me pregunto si estamos ante un cambio de paradigma que parece avanzar: de poder vertical, de ignorancia de separación de poderes, que es lo que (Donald) Trump representa, si se va a imponer en el mundo o no. Esta es la gran pregunta y tenemos un plazo muy breve para averiguarlo, que son las elecciones de medio periodo en Estados Unidos. Si Trump pierde la Cámara de Representantes, entonces puede que haya un freno de algún tipo.
Sí temo que se trate de un cambio de paradigma, porque la estructura económica mundial ha cambiado; el gran poder ahora lo tienen las empresas tecnológicas. Los dueños de la inteligencia artificial, empresas multimillonarias, son los que están rigiendo el mundo hoy.
¿Y dónde queda Nicaragua en ese caso?
Si se trata de un cambio de paradigma, estamos en desventaja, porque a estos centros de poder económico y político no les importa la clase de régimen en términos ideológicos, sino si se apuntan a sus esquemas de poder. Es lo que se ha proclamado ahora, por parte de la Administración Trump: la existencia de una gran Norteamérica, del corolario Trump, de la doctrina Monroe, y la gran Norteamérica la comprenden México, el Caribe continental y el Caribe insular, y dentro queda Nicaragua.
Bajo este esquema es que se ha establecido en Venezuela un régimen en el cual quitaron arriba a (Nicolás) Maduro y dejaron la estructura del régimen de Maduro, y temo que en Nicaragua pudiera ocurrir algo parecido.
Nicaragua no ocupa hoy el centro del tablero geopolítico como durante la Guerra Fría, pero la Administración Trump sí ha endurecido su política hacia Venezuela y Cuba.
Nicaragua no tiene ninguna relevancia geopolítica. Quizá el factor económico más importante está llegando a ser el oro. China le está prestando atención al oro y (Daniel) Ortega les ha entregado más del 10% del territorio nacional a compañías chinas, y se puede dar un poco de fricción entre Estados Unidos y China, porque el oro cada vez más se volverá un material estratégico.
Daniel Ortega llamó recientemente a Trump “terrorista” y “desquiciado mental”. ¿Qué busca Ortega, sobre todo sabiendo cómo ha reaccionado Trump frente a otros mandatarios que lo han retado?
Que le hagan caso, que lleguen a entenderse con él y adelantarse a una futura crisis mayor buscando un entendimiento actual.
Creo que cuando Estados Unidos despeje el caso de Cuba, que es lo más inmediato en su agenda, como quien bota árboles en un bosque, primero fueron por el árbol de Venezuela, después por el de Cuba; entonces Nicaragua, a la fuerza, va a quedar visible.

Daniel Ortega y Rosario Murillo “tienen muchísimo temor”
¿Cree que de verdad Daniel Ortega y Rosario Murillo no tienen temor, como dijeron recientemente?
Creo que sí tienen muchísimo temor y eso los lleva a adoptar estas actitudes provocativas para apaciguar esta confrontación y buscar un entendimiento.
Tienen algunas ventajas por sobre Venezuela, una economía estable en términos macroeconómicos, pero no se sabe si en un momento determinado Estados Unidos impondrá sanciones, incluyendo (suspender) la membresía de Nicaragua del Tratado de Libre Comercio y esto sí significaría un descalabro absoluto.
“Nadie ha tenido tanto poder en Nicaragua” como Rosario Murillo
Usted conoció a Daniel Ortega y a Rosario Murillo desde dentro del sandinismo, ¿qué entiende hoy de la manera de ellos de ejercer el poder que quizás observadores externos no alcanzan a ver?
Nunca los vi ejercer el poder de manera conjunta porque la señora (Murillo) no tenía ningún poder y más bien era muy adversada por los miembros de la Dirección Nacional del Frente Sandinista.
Cuando la Dirección Nacional desaparece, el Frente Sandinista poderoso tradicional se disuelve tras las elecciones que gana doña Violeta (Barrios de Chamorro) y queda como un cascarón vacío, el único punto de apoyo que Daniel encuentra en esa soledad es ella (Rosario), y es cuando se arma este dúo en el cual ella tiene la preeminencia.
Nadie ha tenido tanto poder en Nicaragua como ella. Ella controla el aparato de gobierno, el Legislativo, la Corte Suprema, el consejo de elecciones, el Ejército, la Policía, un conglomerado de empresas a través de sus hijos, los medios de propaganda, las fuerzas paramilitares. Nunca se ha visto en la historia del país.
Poco a poco, el poder se ha ido decantando a favor de ella. Es una mujer con una ambición muy grande y la ha cumplido, y creo que ahora no se mueve en Nicaragua la hoja de un árbol sin que ella sople. (Sus libros no circulan libremente en Nicaragua, ni los de la poeta y novelista Gioconda Belli).
También por voluntad de ella. A pesar de que parece un gobierno tan ofensivo, es un gobierno también a la defensiva, porque, en términos de su prestigio internacional, está por el suelo.
Ya son tres años desde su destierro y varios más desde su exilio. Nicaragua ha desnacionalizado a centenares de personas. ¿Cómo se llega a convertir una práctica así en una herramienta habitual de un gobierno en pleno siglo XXI?
Es una de las grandes violaciones de los Derechos Humanos, porque la apatridia está prohibida por los convenios de Naciones Unidas. Siempre trato de ver esto como una medida administrativa de alguien que tiene el poder y puede hacer lo que quiera; pero que, cuando estas personas desaparezcan, esa es una medida que se disolvería en el aire, porque nadie me puede quitar a mí la nacionalidad y sé que, en cuanto yo ponga un pie en la Nicaragua que quiero poner pie, volvería a ser otra vez legalmente nicaragüense.
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En 2018, cientos de miles de personas salieron a las calles para demandar un cambio político y desde entonces la represión gubernamental se ha recrudecido. Ocho años después, ¿cuál cree que es el sentir de la población dentro de Nicaragua?
Sigue siendo el mismo. Me parece que el sentimiento es de rechazo a las formas dictatoriales y que, apenas quitaran la tapa de esa olla, la gente saldría a las calles por centenares de miles, como salió en 2018.
La propaganda oficial quiere colocar la gesta de 2018 como un golpe de Estado de unos cuantos, pero los videos y las fotos no mienten, y mis recuerdos de la marcha en la que yo estuve… era un río incontenible de gente.
El país había alzado su voz para reclamar un cambio de raíz y fue reprimido brutalmente. El miedo a la muerte es muy poderoso y estaban asesinando a la gente por la espalda.
Usted agradeció en su discurso a quienes le dieron el Ortega y Gasset “por premiar" sus "palabras, en su búsqueda sin concesiones por la libertad”. ¿Cuál es esa libertad que buscan sus palabras?
La de mi país. Siempre que me preguntan si volvería a Nicaragua, digo que sí, a la Nicaragua de todos. Donde los periodistas estén dentro, trabajando sin temor, que no haya exiliados, que los despojados de su nacionalidad vuelvan a ser legalmente nicaragüenses, que no haya paramilitares, que quienes han cometido la represión rindan cuentas, que los tribunales de justicia sean independientes.. Esa es la Nicaragua única posible donde yo viviría.
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