A menudo, la historia de las guerras de independencia se narra a través del estruendo de los cañones y el choque de los sables. Sin embargo, en República Dominicana, la primera batalla por la libertad no se libró en un campo abierto, sino sobre las tablas de un escenario.
Basado en una conversación sostenida en 2013 entre el dramaturgo Giovanny Cruz y el intelectual Tony Raful, se desprende una tesis fascinante: Juan Pablo Duarte diseñó una revolución única en el mundo, una donde el teatro y la poesía no eran simple entretenimiento, sino las armas tácticas para despertar la conciencia nacional.
El escenario como campo de batalla
Según explicó Giovanny Cruz, el teatro dominicano ha jugado un rol estelar en la historia del país, pero su punto cumbre fue durante la ocupación haitiana. Duarte entendió que para liberar la patria, primero debía liberar las mentes.
"La revolución independentista nuestra […] es única en todo el universo, porque fue la única que salió exactamente de los escenarios", afirmó Cruz.
A través del movimiento La Dramática, auspiciado por la sociedad La Filantrópica, los trinitarios pusieron en marcha un plan audaz. Mientras las autoridades haitianas vigilaban las conspiraciones políticas, subestimaron el poder de la ficción.
La genialidad de Duarte radicó en el "camuflaje". Para burlar la férrea censura de las autoridades de ocupación, quienes revisaban los libretos y detenían las obras si notaban algo sospechoso, Duarte recurrió a una estrategia de calidad y sutileza:
- Obras Internacionales como espejo: En lugar de escribir panfletos obvios, montaron obras de fama internacional como Bruto o Roma Libre (de Vittorio Alfieri). Bajo la trama de la antigua Roma, se escondía un mensaje directo al corazón de los dominicanos: el rechazo a la tiranía.
- Talento de alto nivel: Para dar legitimidad y distraer a los censores con la calidad artística, se importaron actores venezolanos de renombre como Cecilia Baralis, José Ferrer y Antonia Valdez.
- Actores comprometidos: Los papeles masculinos eran interpretados por trinitarios como Juan Isidro Pérez y Pedro Alejandrino Pina, quienes declamaban libertad en el escenario mientras la conspiraban tras bastidores.
Conciencia antes que combate
El historiador y poeta Tony Raful complementó esta visión señalando que la lucha por la Independencia Nacional transitó obligatoriamente por "procesos de creación de conciencia".
Los adversarios de Duarte a menudo han intentado restarle méritos por no estar presente en algunas batallas físicas, pero Raful y Cruz coinciden en que sin la estructura ideológica montada a través de la cultura, el trabucazo del 27 de febrero no habría tenido eco.
Duarte utilizó el simbolismo masónico (el secretismo, la estructura de tres en tres, el juramento) y el arte dramático para construir una identidad. Como bien señalan los entrevistados, aunque hubo manifestaciones teatrales previas (como los areítos taínos o los entremeses de Cristóbal de Llerena), fue Duarte quien transformó el arte en una herramienta de estado mayor.
La independencia dominicana nos enseña una lección atemporal: las armas pueden ganar una guerra, pero solo la cultura y la conciencia ganan la libertad definitiva.
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