Hay momentos en que la historia no avanza: simplemente, y lamentablemente, se repite, con distinto vestuario, nuevos actores… pero idéntica lógica. Ayer el pastor dominicano Ezequiel Molina ofreció uno de esos momentos con una declaración que merece ser examinada no solo como opinión política, sino como síntoma de una patología más profunda: la disposición de ciertos líderes religiosos a bendecir la guerra cuando el enemigo del momento coincide con el enemigo teológico de siempre.
Así es, para que conste en los anales de la historia, Molina respaldó la política bélica de Donald Trump hacia Irán y, de paso, arremetió contra el papa León XIV. El argumento, en su esencia, no es geopolítico ni humanitario: es denominacional. El Papa habló en favor de la paz, y eso basta para que algunos pastores evangélicos, como Molina, lo conviertan en adversario. La lógica es tan simple como aterradora: si el Papa está contra la guerra, yo estoy a favor. ¡Qué limitada visión!
El papa León XIV ha sido inequívoco. Desde Castel Gandolfo hasta la Basílica de San Pedro, ha repetido que "la amenaza contra Irán no es aceptable" y que hay "muchísimas personas, niños, ancianos, completamente inocentes que se verían afectadas". Ha convocado vigilias por la paz, ha hablado de "delirio de omnipotencia" y ha clamado: "¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra!"
Cuando la fe se pone al servicio de la sinrazón, no pierde solo credibilidad. Pierde su razón de ser.
Frente a esa voz, el pastor Molina eligió el bando contrario. No el bando de la paz. No el bando de los inocentes. El bando de quien ataca al Papa, que es el de Donald Trump y sus compartes, incluyendo al vicepresidente James David Vance (JD Vance).
Eso no es teología. Es rivalidad sectaria disfrazada de postura política. Es la incapacidad de separar el mensaje del mensajero, de reconocer que la verdad moral no tiene denominación. Un pastor que apoya una guerra porque quien la condena pertenece a otra iglesia no está ejerciendo su fe: está traicionándola.
La mirada corta tiene consecuencias largas. Y la historia lo ha demostrado con sangre.
No es la primera vez que líderes religiosos ponen su autoridad espiritual al servicio del poder político más brutal. El siglo XX ofrece el ejemplo más escalofriante. En 1933, cuando Adolf Hitler llegó al poder en Alemania, un sector del protestantismo alemán no solo no resistió: aplaudió. El movimiento conocido como los Deutschen Christen —Cristianos Alemanes— propuso abiertamente una "fusión" entre el cristianismo y el nazismo. Eran pastores, teólogos y feligreses que veían en Hitler la mano de Dios actuando en la historia.
Su figura más representativa fue Ludwig Müller, quien en 1933 fue impuesto por el gobierno nazi como Reichsbischof —Obispo del Reich— de la Iglesia Evangélica Alemana. Müller no solo legitimó al régimen: lo sacralizó. Bajo su liderazgo, la iglesia protestante alemana mayoritaria se convirtió en un instrumento de propaganda del Tercer Reich, expurgó el Antiguo Testamento por considerarlo "demasiado judío" y respaldó las leyes raciales de Núremberg.
Frente a ellos, una minoría valiente fundó la Iglesia Confesante, que se negó a doblegarse. Su voz más lúcida fue la del pastor Dietrich Bonhoeffer, quien denunció desde el primer momento la persecución de los judíos, fue perseguido por la Gestapo, y terminó ahorcado en el campo de concentración de Flossenbürg en abril de 1945, apenas tres semanas antes del fin de la guerra. Bonhoeffer entendió que una fe que no resiste la injusticia no merece llamarse fe.
La lección de ese capítulo no es solo histórica: es estructural. Los Deutschen Christen no apoyaron el nazismo por maldad pura. Lo hicieron porque el nazismo era el enemigo del comunismo, del liberalismo, de los judíos —todos sus adversarios teológicos y culturales de siempre. El enemigo de mi enemigo se convirtió en mi aliado, aunque ese aliado construyera campos de exterminio.
¿Suena familiar?
Conviene recordar también que la postura de la Iglesia Católica frente al conflicto en Irán no es un capricho del pontífice actual ni una novedad ideológica. Es continuidad de una doctrina de paz que atraviesa siglos y que, en tiempos modernos, ha sido reafirmada por cada papa desde Juan XXIII en la su encíclica Pacem in Terris (1963), hasta el Papa Francisco y su llamado permanente al diálogo.
León XIV no está improvisando. Está siendo fiel a una tradición que coloca la dignidad humana por encima de los intereses nacionales, que rechaza la guerra como instrumento de política exterior y que recuerda que ningún poder terrenal tiene mandato divino para bombardear civiles.
Lo que estamos presenciando tiene un nombre antiguo. Cuando los poderes políticos invocan la fe para justificar la violencia, cuando los líderes religiosos bendicen las armas de un bando, cuando la guerra se presenta como voluntad divina, estamos ante la misma lógica que en el siglo XI lanzó a miles de hombres a morir —y a matar— bajo la cruz.
Las Cruzadas no fueron solo una empresa militar. Fueron el resultado de una alianza entre el poder político y el poder religioso que produjo siglos de violencia, resentimiento y fractura civilizatoria cuyos ecos llegan hasta hoy. El Medio Oriente que hoy arde es, en parte, heredero de aquellas heridas.
Trump ha presentado su política hacia Irán con un lenguaje que roza lo mesiánico. Funcionarios de su administración han hablado de acciones militares "bendecidas". Y hay pastores, como Molina, que recogen ese guante y lo elevan al púlpito.
Eso no es fe. Es fanatismo con micrófono.
La historia juzga con dureza a quienes pusieron su autoridad moral al servicio de la guerra. Ludwig Müller murió en el olvido y la vergüenza. Los Deutschen Christen son hoy un símbolo de la capitulación de la fe ante el poder. Bonhoeffer, en cambio, es mártir y referencia universal.
La pregunta que debe hacerse el pastor Molina —y quienes lo siguen— no es si el Papa tiene razón en política exterior. La pregunta es más simple y más urgente: ¿Del lado de quién está su fe? ¿Del lado de los que quieren la guerra o del lado de los que lloran a sus muertos?
Porque cuando la fe se pone al servicio de la sinrazón, no pierde solo credibilidad. Pierde su razón de ser.
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