Un hombre tirado en el suelo. Sangrando. Encomendándose a Dios. Respondiendo preguntas a quien lo filmaba en lugar de ayudarlo. A doscientos metros de un hospital. Frente a agentes de seguridad que no movieron un dedo, pese a que supuestamente hicieron acciones de disuasión.
Esa es la imagen que nos dejó la muerte de Delvy Carlos Abreu Quezada, chofer recolector de basura del Ayuntamiento de Santiago, asesinado el pasado fin de semana por una turba de motoconchistas que lo persiguió desde la avenida Circunvalación Sur hasta las mismas puertas del Palacio de Justicia, tras un alegado roce de tránsito. No hubo juicio, ni los reenvíos de los adinerados y poderosos. No hubo proporcionalidad. Hubo furia ciega, armas blancas y una vida que se apagó mientras el mundo alrededor seguía girando.
Lo que ocurrió ese día no es solo un crimen. Es un espejo de nuestra sociedad actual.
Las turbas de motoconchistas que ejercen justicia por mano propia no son un fenómeno nuevo en República Dominicana. Son la expresión más cruda de una cultura de la intolerancia que hemos ido construyendo, ladrillo a ladrillo, con cada insulto que no cuestionamos, con cada linchamientos que justificamos con un "algo habrá hecho", con cada vez que aplaudimos la ira como si fuera valentía.
Que su muerte no sea solo una noticia que se consume y se olvida. Que sea, al menos, el espejo que nos obliga a preguntarnos qué clase de país queremos ser.
Un roce de tránsito —un roce, no un atropello deliberado— desató una cacería humana. Delvy Carlos buscó refugio primero en un destacamento policial, que tampoco le abrió las puertas. Luego corrió hacia el Palacio de Justicia. La justicia, literalmente, tampoco pudo protegerlo. Pueden, incluso, alegar, que era sábado en la tarde.
Hay algo profundamente simbólico en eso.
Pero hay otra violencia en esta historia, más silenciosa y quizás más reveladora: la de quien saca el teléfono antes que dar la mano. Las imágenes que circularon en redes sociales muestran a Delvy Carlos respondiendo preguntas mientras se desangra. Alguien lo filmaba. Nadie, al parecer, corría a buscar ayuda al hospital que estaba al cruzar la avenida 27 de Febrero.
Nos hemos vuelto espectadores de nuestra propia tragedia. Documentamos el dolor ajeno con una frialdad que debería perturbarnos. La empatía —esa capacidad de sentir lo que siente el otro, de reconocer en el sufrimiento ajeno algo propio— parece haberse evaporado en el calor de la inmediatez digital.
Grabamos. Compartimos. Indignamos… Y seguimos.
La Procuraduría General de la República ordenó cargos por asesinato y ocho hombres han sido detenidos. El Ayuntamiento de Santiago condenó el hecho y exigió justicia. Bien. Pero esas acciones llegan después. Siempre después. Todo tan orquestado como un programa televisivo de antaño.
Lo que no ha llegado es una explicación sobre por qué los agentes del destacamento frente a la Zona Franca no auxiliaron a Delvy Carlos cuando llegó pidiendo socorro. Tampoco sobre por qué los agentes de seguridad del Palacio de Justicia no pudieron —o no quisieron— contener a la turba. La Policía en Santiago ha guardado un silencio elocuente sobre esas omisiones e indica que investiga.
Las instituciones no fallaron solo el día del crimen. Fallan todos los días en los que no forman a sus agentes en el valor de proteger una vida, en los que toleran que una turba dicte sentencia en la calle, en los que el miedo o la indiferencia pesan más que el deber.
José David Abreu, hijo de Delvy Carlos, lo dijo con una sencillez que duele: "Es un abuso, un hombre que lo que estaba era buscándose la comida del día a día".
Eso era Delvy Carlos. Un trabajador. Un padre. Un hombre que manejaba un camión de recolección de basura para ganarse el sustento, que no se estaba metiendo con nadie, que cometió —si acaso— el error involuntario de rozar una motocicleta.
Murió por eso.
Nos falta empatía. Nos falta la capacidad de detenernos antes de la furia. De preguntarnos qué siente el otro. De reconocer que detrás de cada camión, de cada motoconcho, de cada carro que nos cierra el paso, hay un ser humano con una historia, con una familia, con hambre y cansancio igual que el nuestro.
Nos falta también la valentía institucional de actuar en el momento, no en el comunicado de prensa, o el x dominguero. De proteger al débil frente a la turba, aunque la turba sea numerosa y ruidosa y amenazante.
Y nos falta, sobre todo, la honestidad de mirarnos en ese video —en ese hombre en el suelo, en esa cámara que graba en lugar de socorrer— y admitir que algo en nosotros, como sociedad, está roto.
Delvy Carlos Abreu Quezada merecía llegar a su casa esa noche. Merecía ver a sus hijos. Merecía que alguien, cualquiera, hubiera cruzado esa avenida a buscar ayuda.
Que su muerte no sea solo una noticia que se consume y se olvida. Que sea, al menos, el espejo que nos obliga a preguntarnos qué clase de país queremos ser.
Compartir esta nota