Collage de máscaras y personajes del carnaval dominicano. Fuente autor.

Este domingo, en la continuidad de nuestra serie reflexiva en esta columna, nos sumergimos nuevamente en las profundas aguas del carnaval dominicano. En el presente ciclo festivo que atraviesa la geografía nacional, se hace imperativo trascender la mirada epidérmica del espectáculo para proponer reflexiones académicas situadas desde otras ópticas.

El interés fundamental de este abordaje es aportar al debate científico y proponer miradas que el ecosistema carnavalero del país necesita con urgencia; aproximaciones que no se limiten a la descripción folklórica, sino que se aventuren en la densidad de la teoría crítica, partiendo de la premisa de que el patrimonio cultural no es un objeto estático de consumo, sino un acontecer social y humano, un "ser en relación" cuya existencia depende de la vitalidad del tejido social.

En este sentido, el carnaval no es solo un desfile de disfraces, sino una explosión de semiosis y un diálogo profundo donde la nación se comunica consigo misma a través de una gramática visual y espiritual. Explorar la semiología del carnaval implica entender el lenguaje del pueblo como diseñador de mundos, utilizando la calle como el espacio sagrado de la significación.

Fundamentos de la Semiótica del Carnaval

Para comprender la complejidad del carnaval dominicano, es preciso situarlo dentro de lo que Yuri Lotman (1996) denomina la "semiosfera": ese espacio abstracto donde los procesos de significación ocurren y fuera del cual la comunicación es imposible. El carnaval funciona como un sistema semiótico denso que comunica jerarquías, procedencias geográficas y memorias históricas sin necesidad de la palabra hablada.

Desde una perspectiva filosófica, el personaje carnavalesco es un signo complejo; no es simplemente un individuo disfrazado, sino una "semantización del cuerpo" en términos de Umberto Eco (1976). El cuerpo del carnavalero se convierte en un soporte de mensajes donde el significante (la máscara, el traje, el accesorio) se articula con un significado profundo que remite a la burla al poder, la representación de la muerte o la fertilidad.

Esta estética de la fiesta no es aleatoria, como bien señalaba Roland Barthes (1970), cualquier objeto cultural puede ser leído como un sistema de significación. En nuestro país, el carnaval constituye la gramática visual más dinámica de las Antillas, y lo planteamos así, ya que tenemos la dicha de conocer varios de esos carnavales.

El lenguaje del carnaval, analizado por nosotros en otros artículos, sugiere que existe una codificación del gesto que desafía la comunicación lingüística tradicional. Mientras que el lenguaje verbal es lineal, el lenguaje carnavalesco es simultáneo y multidimensional: es color, es sonido, es movimiento y es aroma.

Es una "gran sintaxis" donde cada provincia aporta su propia frase visual para construir el discurso de la identidad dominicana, permitiendo que incluso aquellos sectores históricamente marginados articulen discursos de una sofisticación intelectual asombrosa a través de esta plástica popular, que es el carnaval.

La máscara y la careta: Dimensiones sagradas, ritual y profana

En la antropología del carnaval, es vital distinguir entre la máscara y la careta, dos elementos que a menudo se confunden pero que operan en dimensiones distintas de la semiosis. La máscara posee un componente ritual ligado a la dimensión espiritual y a las cosmovisiones sincretistas llegadas de África y transformadas en el Caribe. Autores como Fernando Ortiz han analizado cómo estos elementos actúan como mediadores entre el mundo de los vivos y el de los ancestros.

En la tradición dominicana, la máscara no oculta; por el contrario, revela una verdad ontológica superior. Es el vehículo de una espiritualidad que sobrevive en la clandestinidad del rito, vinculándose a la cosmogonía de las cofradías y hermandades y a la memoria de la resistencia negra. Aquí, la máscara es un signo de lo sagrado, una herramienta de transubstanciación donde el portador deja de ser "él mismo" para convertirse en el "otro" mítico.

Por otro lado, la careta se vincula más estrechamente con la dimensión de la fantasía y la representación estética del poder. Si bien mantiene raíces en lo diabólico colonial, la careta dominicana especialmente en regiones como La Vega o Santiago ha evolucionado hacia una sofisticación del volumen y el brillo que comunica una semiótica del estatus.

Como analiza el querido maestro Carlos Andujar en su artículo "Lenguaje del carnaval" (Acento, 2024), la careta de los Pepineros y los Joyeros en Santiago utiliza la forma de los cuernos (lisos o con rugosidades) como un marcador de identidad barrial y un signo de pertenencia. Esta distinción es puramente semiótica: el signo visual divide la ciudad en zonas simbólicas, estableciendo una dialéctica de rivalidad creativa. Mientras la máscara ritual nos conecta con el pasado ancestral y las divinidades, la careta de fantasía nos sitúa en el presente de la competencia estética y la innovación técnica, ambas coexistiendo en la misma semiosfera festiva.

Cromatología y gramática del Color y la visibilidad como acto político

El uso del color en el carnaval dominicano no responde únicamente a criterios decorativos o de disponibilidad de materiales; constituye lo que aprendí en mis estudios de antropología en la academia mexicana, una "estética de la estridencia", que funciona como un signo de visibilidad política.

En una sociedad que históricamente ha intentado blanquear u ocultar sus raíces, el uso de colores saturados, espejos y oropel es un signo de autoafirmación. El vico ejemplo son los Tiznaos de nuestro carnaval. Cada color en el traje de un "Diablo" o un "Tiznao" es un semema (una unidad de significado) que remite a una herencia específica.

El rojo, por ejemplo, no es solo un color primario, sino el signo de la pasión y la sangre colonial derramada; el amarillo remite a la riqueza esquiva y al sol caribeño; y el negro, particularmente en los personajes que utilizan aceite y carbón, se erige como un signo potente de la negritud silenciada que reclama su lugar en el espacio público, además de la resignificación o la burla a la muerte, con personajes como la muerte en Jeep en sus diferentes variaciones.

Esta gramática del color se inserta en lo que Bajtín denomina el "mundo al revés". Durante el carnaval, la jerarquía cromática de la cotidianidad se subvierte. Lo que habitualmente se considera "chillón" o "fuera de lugar" se convierte en la norma, aquí cabe todo, no orden ni regla. El día que existe pierde su esencia el carnaval.

Esta inversión es fundamentalmente filosófica, pues propone que la belleza no es un valor absoluto, sino una construcción social que puede ser desafiada. La estridencia carnavalesca es un acto de resistencia semántica contra la hegemonía de lo sobrio y lo eurocéntrico, eso lo vemos en los carnavales caribeños como el de Haití, Cuba, Jamaica, Antigua y Martinica. Al usar el color como alfabeto, el dominicano escribe sobre su propio cuerpo una historia que los libros oficiales a menudo omiten. Es una comunicación que trasciende las barreras del analfabetismo, permitiendo que el pueblo sea el diseñador de su propio lenguaje de liberación. Por esa razón para que el que no entiende el carnaval le resulta complejo, pero yo también planteo que no necesariamente el carnaval se debe entender, lo que se debe es vivir y apreciar.

La semiosis del sonido: El vejigazo y el foete como signos de autoridad y liberación

Al comparar el sistema semiótico dominicano con otros modelos regionales, como el Carnaval de Trinidad y Tobago o el Mardi Gras de Nueva Orleans, nuestra fiesta destaca por su agresividad comunicativa. En este contexto, el "vejigazo" y el "foete" no son ruidos aleatorios, sino signos auditivos que marcan el ritmo del relato carnavalesco.

El sonido del foete es un signo de autoridad y de limpieza del espacio y un elemento de liberación; es el preanuncio del caos que se avecina y, al mismo tiempo, el instrumento que ordena ese caos. Desde la perspectiva de la semiótica del impacto, estos sonidos obligan al espectador a interactuar con el signo, sacándolo de su pasividad estética y obligándolo a participar en la dinámica de la fiesta.

A diferencia de otros carnavales donde la música es el signo dominante y el espectador es un receptor melódico, en el carnaval dominicano el signo acústico del golpe, el foete y el cencerro tiene una carga semántica de purificación y advertencia. Es una semiótica del contacto físico y sonoro.

El cencerro, por ejemplo, remite a la cultura pastoril y al control del rebaño, pero en el cuerpo del Diablo Cojuelo se transforma en un signo de desorden controlado. Esta dimensión sonora es fundamental para entender la ontología de la fiesta: el carnaval dominicano se siente antes de verse y esto es muy importante tenerlo claro. El sonido es el índice (en términos de Peirce) que señala la presencia de lo extraordinario en medio de la cotidianidad urbana.

El carnaval como texto social: Entre la tradición y la crítica contemporánea

Finalmente, debemos entender el carnaval como un texto social en constante reescritura, por ejemplo, personajes centrales de nuestro carnaval como el "Robalagallina", "Se me muere Rebeca" "El Papelón" o "los Galleros", no son solo personajes jocosos, sino enunciados cargados de ironía y crítica social. Por eso nuestro carnaval es una democracia de signos donde todos los participantes saben leer el significado oculto detrás de la exageración.

Esta capacidad de lectura colectiva demuestra que el pueblo posee una competencia semiótica altamente desarrollada. Sin embargo, este ecosistema enfrenta desafíos ante la mercantilización y la estandarización que intenta fijar la tradición en formatos inamovibles, perdiendo de vista que el ser del patrimonio es un ser en relación como planteamos más arriba, siempre dinámico, siempre cambiante.

Desde una mirada académica y antropológica, es necesario rescatar la profundidad de estos códigos. La semiología nos permite ver que el carnaval es un diálogo estructurado donde la nación se comunica consigo misma. Al decodificar la gramática visual y auditiva de nuestra fiesta, no solo aprendemos sobre disfraces, sino sobre los procesos de resistencia cultural y creación de identidad en el Caribe. Es una invitación a ver el carnaval como un laboratorio de pensamiento donde se gestan nuevas formas de entender la realidad dominicana, más allá de cualquier discurso.

Hacia una nueva epistemología del carnaval

A modo de cierre, es imperativo que las reflexiones sobre el carnaval dominicano abandonen el terreno de la mera anécdota para instalarse en el rigor de la investigación científica. Hemos visto que la fiesta es un sistema semiótico complejo que integra dimensiones filosóficas, antropológicas y espirituales. La máscara y la careta, el color y el sonido, no son elementos aislados, sino componentes de una gramática sagrada que narra nuestra historia y nuestras aspiraciones. La propuesta que dejamos al lector y a la comunidad carnavalera es la de construir una nueva epistemología del carnaval que reconozca al portador de la tradición como un productor de conocimiento.

Resulta urgente que las políticas públicas y los estudios culturales integren estas miradas profundas para salvaguardar no solo el objeto (el traje, la máscara), sino el proceso de significación que le da vida. El carnaval es el espacio donde la nación se permite ser otra para encontrarse a sí misma. Invitamos a seguir analizando estos códigos, pues en ellos reside la clave para entender quiénes somos y cómo nos proyectamos hacia el futuro. El carnaval es, en última instancia, nuestra mayor obra de arte colectiva, un texto infinito que espera ser leído con la altura y el respeto que su densidad intelectual merece. Hasta la próxima semana.

Referencias

Andujar, Carlos. Acento. (2017). Lenguaje del carnaval. Recuperado de https://acento.com.do/opinion/lenguaje-del-carnaval-8477103.html

Barthes, R. (1970). Elementos de Semiología. Madrid: Alberto Corazón Editor.

Eco, U. (1976). Tratado de semiótica general. Barcelona: Editorial Lumen.

Lotman, J. (1996). La Semiosfera. Madrid: Ediciones Cátedra.

Mateo, A. L. (2004). Mito y cultura en la era de Trujillo. Santo Domingo: Editora Nacional.

Tejeda, D. (2010). Mascara e identidad: Imágenes del Carnaval Dominicano. Santo Domingo: Ministerio de Cultura.

Jonathan De Oleo Ramos

Antropólogo Social, Investigador, Gestor Cultural

MSc. Jonathan De Oleo Ramos: Antropólogo, docente-investigador y consultor en patrimonio cultural y políticas culturales. Doctorante en Humanidades y Patrimonio Cultural enfocado en la Investigación. Maestro en Gestión del Patrimonio Cultural, con especialización en antropología de la alimentación, estudios afrolatinoamericanos, derechos humanos y políticas culturales. Becario Mellon (DSI, City College of New York) 2024. Docente en FLACSO-RD y UNIBE. Miembro de la Sociedad Dominicana de Antropología; World Anthropological Union; Instituto Panamericano de Geografía e Historia; Federación Mundial de Estudios Culturales y Consejo Mundial de Académicos e Investigadores Universitarios. Autor de Antropología del Plátano y Cofradías Dominicanas del Espíritu. jonathan.deoleoramos@gmail.com

Ver más