El periodista Vianco Martínez da la bienvenida a la jornada de siembra de libros en El Gramazo. Fotografía de César de la Cruz.

Salutación a los invitados a la Jornada de siembra de libros en la cordillera, llevada a cabo el día 27 de marzo. Escritores y escritoras, educadores, periodista, gestores culturales, bibliotecarios, orientadores y otros profesionales, asistieron a esta hermosa jornada de solidaridad con la comunidad El Gramazo, del distrito municipal Las Lagunas, de la provincia de Azua, colindante con el municipio de Constanza, provincia La Vega.

El Gramazo no se rinde

La comunidad mantiene la esperanza en que el actual ministro de Obras Públicas, ingeniero Eduardo Estrella, ponga fin a la larga espera y a las frustraciones de promesas incumplidas de pasados ministros y gobiernos, y construya el puente sobre el río Grande y reparen los caminos vecinales.

El Gramazo no se rinde

Estos invitados vinieron de muy lejos a declararle su amor a El Gramazo, a mirarlo a los ojos y a escuchar de cerca los latidos de su corazón. El hecho de que estén aquí quiere decir que El Gramazo no está solo, que al otro lado del río hay un mundo mirando y admirando nuestra lucha. Y eso también quiere decir que tenemos un compromiso muy grande: el compromiso de seguir adelante, de no parar nunca y no rendirnos jamás.

Yo les conté de un pueblo que vive colgado de la luz de una estrella, un pueblo pequeño y grande que tiene prisa por encontrarse con el futuro. Les conté de su escuela y de su incansable lucha por hacer valer el derecho a la educación. También les hablé de la belleza de sus atardeceres y de una cordillera que cada día inventa nuevos colores por si algún día se asomaran a ella los pintores y los poetas.

El Gramazo no se rinde

Les hablé de las tristezas del río y de las cosas que cuentan sus aguas, de la historia de un hombre llamado Leonor que, cuando era agosto, no pudo alcanzar la otra orilla y fue arrastrado por las grandes aguas, en el mismo lugar donde los gobiernos, unas detrás de otras, se han negado a construir un puente. Les hablé de Dauris y de Talía, que cada día tienen que cruzar el Río en Medio y subir una montaña para llegar a su escuela, él cargándola a ella a calitomé, y ambos cargando sobre sus hombros el peso del olvido.

La doctora Lilliam Fondeur, con las niñas adolescentes, en la jornada de educación y prevención. Fotografía César de la Cruz.

También les hablé de aquellas mujeres, algunas embarazadas, que tuvieron que ser bajadas en parihuela y que se agravaron o se murieron en el camino porque la carretera estaba rota y no pudieron llegar a tiempo para encontrarse con la vida.

La profesora y escritora Reyna Rosario, en su diálogo con los estudiantes.

Les referí, además, las plantaciones de habichuelas y guandules sembradas a la orilla de las nubes y de las exquisitas auyamas que en abril hacen que las lluvias solo lluevan para ellas. Les hablé de Odalisa, una princesa valiente que un día le mandó una carta a un ministro y con eso contribuyó a que esta escuela dejara de ser un sueño truncado para convertirse en una realidad. También les hablé de la risa eterna de Antonia y de sus muchachas, que tuvieron que irse al otro lado de los aguaceros a buscar lo que de este lado de las aguas no pudieron conseguir.

Esta muchacha llamada cordillera, que siempre huele a tierra sembrada y que vive entre la espera y el olvido.

Les dije que hubo una vez un hombre, hijo del viento y de la tierra, que era promotor de salud y que se llamaba Francisco y que era el bisabuelo de las flores y que antes de irse para siempre tuvo el detalle de dejar su nombre colgado de una estrella. También de los viejos robles de la cordillera, de María y de Mané, de Ranfles y de don Mario, el hombre que entregó un pedazo de su tierra para construir esta escuela, un patriarca de la montaña que cada día anda y desanda su cordillera con un bastón desafiando el calendario.

El escritor Avelino Stanley, con los estudiantes.

Les hablé de Alcides, un alcalde que tiene su jurisdicción entre las nubes, y de Yeici, Antonia, Danerys y Analinda, las cantadoras de la montaña, que toman la noche de la mano y hacen versos con ella.

La escritora Evelyn Ramos Miranda, en su participación con los niños de los primeros grados.

Y para esta historia esté completa, les hablé de Kelvin y de su equipo, que no son héroes anónimos porque tienen nombres y apellidos, pero que son héroes silenciosos, maestros que luchan cada día por cambiar el mundo con una tiza y un borrador en las manos, y de las precarias condiciones en que tienen que educar a los hijos de estas montañas.

La escritora Leiby Ng, con los estudiantes.

También les hablé de las misioneras de la Congregación de las Hermanas Apostólicas del Cristo Crucificado que se han curtido sus pies con el polvo de estos caminos.

Pero, ante todo, les hablé de la sonrisa de sus niños y sus niñas, que es el lugar donde se encuentran cada día el sol, la luna y todos los luceros del alba. De la sonrisa de Yari, una hermosa niña que conocí un día en que las amapolas estaban florecidas y que me dijo que un día quiere ser maestra. También les conté de sus amigos y amigas, de Franchesca, de Rosalía, de Esmilianny, de José Antonio, de Marisela y de Alanna.

El Gramazo no se rinde

En fin, les hablé de esta muchacha llamada cordillera, que siempre huele a tierra sembrada y que vive entre la espera y el olvido.

Aquí están ellos, nuestros invitados. A ellos gracias por estar aquí, y a ustedes gracias por recibirlos. Vamos a entregarles lo mejor que tenemos: nuestros corazones.

Aquí está la cordillera, toda ella, con su pañuelo verde y su cabello al viento. Y aquí está El Gramazo, todo él, con las galanterías de sus nubes y con la galana coquetería de sus pinares.

El Gramazo no se rinde

Cuando se vayan llévense esta idea: que El Gramazo despertó y que está de pie; que esta tierra entera que se llama cordillera y que su gentilicio es esperanza, quiere vivir; que soñar es un derecho que nunca vamos a negociar, y que, por estos sueños, que huelen a pino y a futuro, vamos a seguir peleando cueste lo que cueste.