El proyecto cibernético se destacó por una ambición central: comprender la mente humana para reproducirla artificialmente. Esta aspiración surge en un contexto interdisciplinario, cuando las conferencias Macy buscaban construir una “ciencia general del funcionamiento de la mente” (Sadin, p. 65), reuniendo expertos de distintos campos. Esto muestra que, desde su origen, el estudio de la mente fue concebido como un fenómeno complejo que no podía reducirse a una sola disciplina. De ahí el enfoque cibernético de lo interdisciplinar, multidisciplinar y transdisciplinar, en contraste con el positivismo, que partía de un único enfoque metodológico.
La idea clave es que el cerebro puede ser entendido como una máquina, lo cual abre la posibilidad de imitarlo. Esto se expresa claramente cuando se afirma: “Teóricamente, si podíamos construir una estructura mecánica que completase exactamente todas las funciones de la fisiología humana, obtendríamos una máquina cuyas capacidades intelectuales serían idénticas a las de los seres humanos” (Sadin, ibid.). Aquí se revela un prisma mecanicista del ser humano, en el que la inteligencia deja de ser un atributo exclusivo o misterioso para volverse técnicamente reproducible.
El desarrollo de este proyecto quedó atrapado en lo que se denomina el invierno de la IA, un período en el que disminuyeron drásticamente el interés, la financiación y el desarrollo del campo. De acuerdo con Sadin, esta etapa se prolongó hasta 2010, momento en el que “asistimos a un retorno masivo de esta aspiración, aunque ya no motorizada por un número (…) de personas (…), ahora está sostenida por múltiples batallones de tecnocientíficos que llevan adelante su investigación en los cinco continentes y se benefician de fondos financieros poderosos” (Sadin, pp. 67–68). Este retorno no solo implica un avance técnico, sino un cambio de escala y de lógica: la inteligencia artificial pasa a constituirse como una infraestructura global capaz de intervenir en procesos de decisión, organización y gobierno de lo social.
Sadin (2022) sostiene que “la tecnología está hoy en condiciones de proferir el verbo, el logos, con la pretensión de indicarnos la supuesta verdad de todos, fenómeno que surge a partir de los avances acelerados de la inteligencia artificial desde el inicio del nuevo milenio, impulsados por fuertes inversiones del mundo económico” (pp. 127–128).
Del mismo modo, el desarrollo de dispositivos capaces de interactuar de forma aparentemente natural con los sujetos ciberneticos inaugura una nueva etapa en la relación entre humanos y tecnología, particularmente en la gestión de la vida cotidiana. Según el filósofo de la cibernética y la inteligencia artificial Éric Sadin, “entramos en una era caracterizada por la proliferación de instrumentos dotados de poder de elocución, con los cuales estableceremos relaciones cada vez más naturalizadas; una tendencia cuyo origen se sitúa a comienzos de la década de 2010 con la aparición de los asistentes digitales personales, siendo Siri de Apple el primero de ellos” (Sadin, 2022, pp. 127–128).
En este contexto, resulta insuficiente una concepción de la cibernética basada exclusivamente en la observación objetiva y el control externo de los sistemas, rasgo característico de la cibernética de primer orden. La creciente integración de estos dispositivos en prácticas cotidianas pone en evidencia que el observador —el usuario— no se limita a interactuar con un sistema desde fuera, sino que participa activamente en su funcionamiento y en la producción de sentido que este genera. Como respuesta a estos límites, emerge la cibernética de segundo orden, formulada principalmente por Heinz von Foerster a partir de finales de la década de 1960, la cual introduce al observador como parte constitutiva del sistema que observa, desplazando el foco desde el control hacia la autorreferencialidad y la co-construcción de la realidad.
Este desplazamiento teórico permite comprender que los sistemas inteligentes no solo procesan información, sino que producen realidades y orientan decisiones, integrando en su funcionamiento los marcos epistemológicos, políticos y económicos desde los cuales son diseñados y operados. De este modo, la cibernética de segundo orden ofrece una clave conceptual para profundizar la crítica de Sadin, al poner en cuestión la supuesta neutralidad de los sistemas tecnocientíficos contemporáneos y visibilizar las condiciones de poder que atraviesan su despliegue global.
Esta cibernética de segundo orden se consolida como un nuevo paradigma epistemológico que redefine profundamente la relación entre conocimiento y observación. Su aporte central consiste en desplazar la atención desde los sistemas observados hacia las condiciones mismas de la observación, incorporando al sujeto cognoscente como parte inseparable del proceso de conocimiento. Con ello, se rompe con la pretensión objetivista de la cibernética clásica y se inaugura un enfoque reflexivo en el que conocer no significa representar fielmente una realidad externa, sino intervenir activamente en su configuración. La observación deja de ser un acto transparente y pasa a entenderse como una práctica situada, históricamente condicionada y mediada por marcos conceptuales y sociales.
En Las semillas de la cibernética (1996), von Foerster profundiza esta perspectiva al vincular el conocimiento con el lenguaje y la vida social, mostrando que los procesos cognitivos no pueden aislarse de las prácticas comunicativas en las que se producen. El conocimiento emerge así de dinámicas intersubjetivas, donde los significados se estabilizan provisionalmente en redes de interacción social. Desde este punto de vista, la cognición no es el reflejo de un mundo dado, sino el resultado de procesos colectivos de construcción de sentido que se transforman continuamente en función de sus propios contextos de uso.
No obstante, este giro reflexivo característico de la cibernética de segundo orden, esta no logró desprenderse por completo de las ambiciones totalizantes heredadas de la cibernética clásica, especialmente en su proyección hacia la IA y la automatización de lo social. La crítica desarrollada por Sadin (2020) permite examinar retrospectivamente los límites de este proyecto. Para él, la aspiración de modelar, predecir y optimizar la inteligencia y la acción humanas se mostró rápidamente desproporcionada frente a la complejidad efectiva de lo humano, en la medida en que tendía a simplificar su historicidad, su densidad simbólica y su inscripción social. Desde esta perspectiva, incluso las formulaciones más reflexivas de la cibernética permanecen atravesadas por una tensión no resuelta entre la apertura epistemológica que introduce la reflexividad y la persistencia de un ideal de control y formalización integral de la experiencia humana.
Este proyecto, señala Sadin, iniciado ya en los años sesenta, no condujo a la emergencia de inteligencias artificiales superiores, sino a una informatización creciente orientada a la optimización administrativa y al control eficiente de los procesos sociales. La persistencia de esta matriz de pensamiento, reactivada periódicamente pese a los reiterados “inviernos de la IA”, pone de manifiesto la fuerza ideológica de una creencia que continúa proyectando sobre las máquinas la promesa de un orden superior de los asuntos humanos (Sadin, 2020, p. 67).
Él pone como ejemplo el programa AlphaGo Zero como la encarnación de un paradigma avanzado de la IA capaz de emerger a partir de un entorno inicialmente desprovisto de contenidos, en el que agentes computacionales autónomos aprenden y refinan sus conductas mediante reglas formales. Este proceso incluye una modalidad de “curiosidad artificial” que les permite reconfigurar sus propios fines a través de aprendizajes no orientados a un objetivo predeterminado, retomando así «una aspiración con lo que fantaseaba enormemente la cibernética» (Sadin,2020, p.79).
Esta visión sobre la actualización del proyecto cibernético articulado con la IA, Sadin la refuerza con la referencia del texto de Wiener Cibernética y sociedad, del cual extrae la siguiente cita:
«Creo que esta idea brillante de Ashby de un mecanismo que actúa por azar y sin finalidad, y que busca su propia finalidad a través de un proceso de aprendizaje, no es solamente una de las mayores contribuciones a la filosofía actual, sino que llevará a desarrollos técnicos muy útiles en el campo de la automatización. Podemos darles un objetivo a las máquinas; además, en la mayoría de los casos, una máquina inventada para evitar ciertas situaciones catastróficas buscará otras finalidades que ella misma pueda satisfacer» (Wiener, citado por Sadin, ibid.)
Tal afirmación se inscribe en una concepción de la máquina que desborda la mera ejecución de órdenes humanas, al presentar sistemas capaces de aprender, redefinir sus fines y adaptarse de manera autónoma. En relación con el proyecto cibernético articulado con la IA, la reflexión de Wiener deja precisado cómo la automatización incorpora una lógica propia que puede generar objetivos no previstos inicialmente, lo que refuerza la idea de una técnica que ya no solo sirve a propósitos humanos predefinidos, sino que participa activamente en la configuración de nuevas finalidades y formas de acción.
Desde esta perspectiva, nos sigue diciendo Sadin, la capacidad de autoaprendizaje no alude únicamente a la adquisición continua de nuevas competencias por parte de estos “individuos técnicos”, sino que se inscribe en una dinámica técnico-antropológica de carácter permanente, llamada a intensificarse y a ejercer una influencia cada vez mayor sobre la conciencia humana.
Sadin (2020) afirma, que el desarrollo de la IA en estos tiempos cibernéticos prolonga de manera directa el proyecto de la cibernética, en la medida en que consolida sistemas capaces de regular, anticipar y corregir la acción mediante circuitos de retroalimentación automatizada. Desde esta óptica, los dispositivos algorítmicos no solo procesan información, sino que instauran una racionalidad cibernética orientada al control continuo de los comportamientos y de los entornos, desplazando gradualmente la intervención humana. Así, la automatización inteligente se configura como un fenómeno técnico-antropológico que extiende el ideal cibernético de gobierno de lo vivo, transformando las formas de decisión, percepción y acción en la vida social.
De ahí que diga:
«Esta disposición es parte integrante de estos nuevos “individuos técnicos’, para retomar la expresión de Gilbert Simondon, en este caso más apropiada que nunca por la naturaleza de su codificación o su código de ADN, porque se convierten de algún modo en “seres temporales”, consumando de este modo uno de los axiomas principales de la cibernética» (pp. 73–74).
Tal apreciación subraya cómo los sistemas técnicos contemporáneos dejan de ser simples herramientas para convertirse en entidades dotadas de una lógica propia de funcionamiento, cercana a la idea simondoniana de “individuos técnicos”. En este contexto, Sadin retoma a Simondon para enfatizar que estas tecnologías ya no pueden entenderse solo como objetos pasivos, sino como conjuntos organizados que integran información, reglas de operación y capacidad de adaptación. La referencia al “código de ADN” no es biológica en sentido estricto, sino metafórica: alude a la codificación algorítmica que estructura su comportamiento, orienta sus respuestas y condiciona su evolución en el tiempo.
La noción de “seres temporales” apunta a que estos sistemas existen y actúan en una dinámica continua de actualización, aprendizaje y anticipación. No se limitan a ejecutar instrucciones fijas, sino que procesan flujos de datos en tiempo real, ajustando sus decisiones según el contexto. De este modo, el tiempo deja de ser un marco externo y se integra al propio funcionamiento del sistema, que opera en función de predicciones, retroalimentaciones y correcciones constantes.
En cuanto a la referencia que hace Sadin, sobre la consumación de uno de los axiomas principales de la cibernética, se afianza en lo que Wierner dice en el texto Dios y Golem, y que es citado por este de la manera siguiente: “Si este principio de transformación se ve sometido a un criterio de valor de ejecución, y si además el método de transformación está regulado de modo tal que mejore la ejecución del sistema según ese criterio, entonces diremos que se trata de un sistema autoadaptativo, un sistema que aprende” (Wiener, citado por Sadin, p. 74).
Esta argumentación articula así con uno de los principios centrales de la cibernética: la idea de que los sistemas, tanto técnicos como biológicos o sociales, se definen por mecanismos de control y retroacción (feedback) que les permiten autorregularse. Al “consumar” este axioma, los individuos técnicos contemporáneos encarnan plenamente la visión cibernética formulada por Wiener, en la que la frontera entre lo vivo y lo técnico se vuelve más porosa, en la cual la capacidad de anticipar, corregir y optimizar comportamientos se convierte en el principio organizador fundamental.
La IA puede entenderse, ante todo, como una fuerza activa de estructuración que opera como un nuevo principio de organización, dirección y control. En este punto reaparece la tradición cibernética, que, tras un largo recorrido histórico, converge en una aspiración compartida: desplazar las formas tradicionales de intervención humana, consideradas lentas e ineficaces. Se perfila así la idea de un sistema capaz de sustituir las limitaciones evidentes de los mecanismos y las mentes políticas convencionales, sin que quede claro si tal reemplazo tuviese consecuencias favorables o funestas.
Partiendo de esto, vemos el refuerzo que asume Sadin cuando retoma el texto Cibernética y sociedad, de Wiener, al que cita: «Podemos soñar con una época en la cual la máquina de gobernar llegue a suplir —¿para bien o para mal?, ¿quién lo sabe? — la insuficiencia hoy patente en las cabezas y aparatos habituales de la política» (2020, p. 213).
La arquitectura de gobierno ciberautomatizado que comienza a consolidarse con la IA, vuelve obsoleta la voluntad política como tal y da lugar a un orden social guiado por flujos de información y respuestas automáticas, tal como lo aborda Sadin:
«La gran máquina de gobernar que hoy está tomando forma hace caduca toda voluntad política abriendo paso a una sociedad regida por las señales, y que elimina todo proyecto deliberado, conforme a la fantasía humana, nunca explícitamente formulada como tal, de ver prevalecer un mundo sin signatario que trabaja en cierta manera por sí mismo, de manera orgánica, para su mejor curso» (ibid.,).
En este marco, desaparece la posibilidad de un proyecto construido deliberadamente, acorde con una imaginación humana que, aunque rara vez se formula de manera explícita, alberga desde hace tiempo el anhelo de un cibermundo sin intervención humana, que opere de forma autónoma y casi natural, orientado por su propia lógica interna. Subyace aquí una pulsión antigua: la de contemplar una realidad que funcione prescindiendo de nosotros, liberada de la intervención humana y de sus excesos de voluntad.
Referencias
Ideas. (2025, 14 de diciembre). Los 10 pensadores tecnológicos más influyentes del mundo. El País. https://elpais.com/ideas/2025-12-14/los-10-pensadores-tecnologicos-mas-influyentes-del-mundo.html.
Sadin, É. (2020). La inteligencia artificial o el desarrollo del siglo: Anatomía de un antihumanismo radical. Caja Negra Editora.
Sadin, É. (2022). La era del individuo tirano: El fin de un mundo común. Caja Negra Editora.
Von Foerster, H. (1996). Las semillas de la cibernética. Obras escogidas. Gedisa.
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