El poema "Hay un país en el mundo" de Pedro Mir es una profunda reflexión sobre la identidad de un pueblo, su relación personal con la tierra y la marca indeleble de la opresión. A través de un lenguaje vívido y una distribución que oscila entre la descripción bucólica y la denuncia social, Mir construye un retrato complejo de una nación la República Dominicana, pero con resonancias universales que, a pesar de su potencial y su belleza natural, sufre una profunda herida: la falta de pertenencia y la privación de su derecho más fundamental, la tierra. El poema se extiende como un lamento, una interpelación y, en última instancia, una reivindicación de la identidad negada.
Desde el inicio, el poema establece la presencia de un "país en el mundo", pero lo instala en una posición ambigua y paradójica. No es un lugar geográficamente nítido, sino una entidad colocada "en el mismo trayecto del sol. / Oriundo de la noche”. Esta dualidad propone una identidad marcada por la luz y la oscuridad, por la presencia y la ausencia, por lo que es visible y lo que permanece oculto. La representación continúa con imágenes de una naturaleza exuberante, pero a la vez extraña: "en un inverosímil archipiélago / de azúcar y de alcohol” (Mir, P. (1999). El azúcar y el alcohol, productos de la tierra y a menudo asociados con la explotación económica y el escapismo, proponen que la riqueza natural de este país está intrínsecamente ligada a la dependencia y a una forma de embriaguez que nubla la realidad.
La ingenuidad con la que se cuentan las características del país ("Sencillamente liviano", "Sencillamente claro", "Sencillamente frutal. Fluvial. Y material” (Mir, P. (1999), difiere con la complejidad de las metáforas empleadas. La liviandad se compara con "un ala de murciélago / apoyado en la brisa" (Mir, P. (1999), una imagen sutil pero también triste, que evoca fragilidad y misterio. La claridad se compara con "el rastro del beso en las solteronas antiguas / o el día en los tejados" (Mir, P. (1999), imágenes que insinúan una nostalgia, una belleza efímera o una cotidianidad marcada por el paso del tiempo y la soledad. La representación "frutal. Fluvial. Y material" destaca la abundancia y la concreción de la naturaleza, pero esta vitalidad se ve matizada por la siguiente imagen: "sencillamente tórrido y pateado / como una adolescente en las caderas” (Mir, P. (1999). Esta metáfora introduce una sexualidad incipiente, pero también la idea de ser golpeado, abusado, indicando una nación joven y vulnerable, expuesta a la violencia y la explotación. El poema concluye esta primera descripción con un "Sencillamente triste y oprimido. / Sencillamente agreste y despoblado," (Mir, P. (1999), sentando las bases de la melancolía y la falta de plenitud que caracterizan a este país.
La segunda parte del poema pretende cuantificar esta realidad, pero la cifra ("tres millones") parece insuficiente para abarcar la complejidad de la tierra y sus elementos: "tres millones / suma de la vida / y entre tanto / cuatro cordilleras cardinales / y una inmensa bahía y otra inmensa bahía…" (Mir, P. (1999). La enumeración de elementos geográficos cordilleras, bahías, ríos verticales marca la extensión y la riqueza del territorio. Sin embargo, esta riqueza se muestra de forma casi abrumadora, como si la tierra misma estuviera en constante movimiento y presencia: "y tierra bajo los árboles y tierra / bajo los ríos y en la falda del monte… y tierra sobre el día, bajo el mapa, alrededor / y debajo de todas las huellas y en medio del amor” (Mir, P. (1999). La repetición de "tierra" resalta su centralidad, pero su omnipresencia también sugiere una saturación, una tierra que lo abarca todo pero en la que, paradójicamente, no hay lugar para todos.
La última parte del poema intensifica la denuncia y la melancolía. La imagen del campesino se torna más trágica: "seco y agrio / muere y muerde / descalzo / su polvo derruido, / y la tierra no alcanza para su bronca muerte” (Mir, P. (1999). La tierra, que debería ser sustento y heredad, es insuficiente incluso para el acto final de morir. La tierra no alcanza para "quedar dormido," para un descanso digno. El país se describe como "pequeño y agredido. Sencillamente triste, / triste y torvo, triste y acre. Ya lo dije: / sencillamente triste y oprimido." Aquí, la sencillez de las descripciones iniciales se carga de una profunda amargura, confirmando la opresión y la tristeza como características definitorias.
La demanda directa al lector ("¡Oídlo bien!") y la afirmación del poeta como "Procedente del fondo de la noche" y "Natural de la noche soy producto de un viaje" (Mir, P. (1999), otorgan al poema un tono de profecía y de testimonio. El poeta no habla desde la comodidad de un país propio, sino desde la oscuridad, desde una experiencia de viaje que le ha permitido ver la verdad desnuda de este lugar. Pide "tiempo / coraje / para hacer la canción," reconociendo la dificultad y la valentía que requiere nombrar esta realidad.
La imagen del aire "brusco de un breve puño" que "abre una herida donde unos ojos" (Mir, P. (1999), es una metáfora de la violencia que causa esta privación. La tierra es robada, y quienes la roban son descritos con una ausencia total de humanidad o divinidad: "Los que la roban no tienen ángeles / no tienen órbita entre las piernas / no tienen sexo donde una patria." La negación de la "patria" es la negación de la identidad, de la pertenencia, de la posibilidad de un futuro arraigado.
El poema culmina con la afirmación de la ausencia total de paz y de tierra: "No tienen paz entre las pestañas / no tienen tierra no tienen tierra” (Mir, P. 1999). La falta de tierra se convierte en la causa de la falta de paz, de la intranquilidad perpetua. La tierra no es solo un recurso material, sino el fundamento de la existencia, de la identidad y de la dignidad humana. Al negársela a los campesinos, se les niega su propia humanidad y su derecho a existir plenamente.
El poema es un llamado a la conciencia, una denuncia de la injusticia y un lamento por una tierra que, aunque presente y fértil, persiste inaccesible y negada para aquellos que debieran ser sus dueños y guardianes. La obra de Mir resuena como un testimonio de la lucha por la tierra y la identidad, una lucha que, en este país del mundo, parece aún marcada por la tristeza y la opresión.
Referencia bibliográfica
Mir, P. (1999). Hay un país en el mundo (poema gris en varias ocasiones). Comisión Permanente de la Feria del Libro.
Compartir esta nota