“La poesía es la religión natural del hombre” (Novalis)
“La poesía es secreto hablado, que necesita escribirse para fijarse, pero no para producirse” (María Zambrano)
“La poesía es el triunfo de la contemplación” (Benedetto Croce)
El poeta, al nombrar el mundo en el tiempo y querer aprehender lo real por la palabra, se embarga de un sentimiento de angustia, ante la muerte y la soledad. El suicidio y la muerte lo reducen y aterran. El poeta busca reconciliarse consigo mismo y con el mundo real; el filósofo, en cambio, intenta explicar el fenómeno de la angustia y su naturaleza, y el más allá de la muerte. Aquél le canta a la muerte, mientras que éste trata de encontrar el sentido de la muerte. La angustia en el poeta adopta una fuerza psicológica al intentar desentrañar el misterio y el enigma del mundo y de la vida. Además, se angustia ante la presencia inexorable y dramática de la muerte, ante el dolor de la desaparición del cuerpo, ante la descomposición de la carne, ante el fin de la belleza y ante la perplejidad del tránsito a la otra orilla o al fin de la muerte. En resumen: el poeta aspira a encarnar la expresión más pura de la existencia humana.
La angustia poética nace –o se desprende- de la búsqueda del poeta por alcanzar la perfección, la trascendencia y la plenitud de su obra: la consagración de su inspiración o estro creador. La sensación de desamparo ante el mundo y de irreconciliación con su ser provocan en su espíritu interior una carencia y un desarraigo ontológico sin remedio, que lo abisma en su soledad existencial. El poeta, en su búsqueda de absoluto, cae en la angustia. “La angustia, que parece ser la raíz originaria de la metafísica” (Zambrano 1998, 86). La poesía busca una forma, una plenitud, en medio del vacío, una expresión para salir de sí, y, al no encontrarla, el poeta se abisma en la angustia. Pero ese sentimiento de angustia tiene además su explicación en una búsqueda de perfección, cuando el poeta intenta escribir el poema perfecto, acabado, circular. En tal virtud, María Zambrano señala:
Y la angustia no se resuelve sino a un pensamiento que es acción, a un pensar que se pone en marcha porque es lo único que puede poner en marcha el ser angustiado, porque es lo único que tiene para afianzarse. Desde la duda cartesiana, la angustia era el final indeclinable (Zambrano 1998, 88).
La angustia aparece en la conciencia poética cuando se enfrenta a la soledad, poniendo en crisis la voluntad; es consustancial a la poesía y al poeta porque siempre acompaña todo proceso de creación. O tal vez hay angustia porque hay ya un principio de voluntad. Lo cierto es que angustia y voluntad se implican. “Y la voluntad requiere soledad, es anticontemplativa” (Zambrano 1998, 88).
La poesía no tiene poder de voluntad, ni aspira a tenerla: no tiene conciencia de poder. ¿No reside acaso en esto el rechazo que sufrió de Platón? “Y por eso es padecimiento y sacrificio. Es creación, en suma. Y por eso es inspiración, llamada, ímpetu divino. Y justicia caritativa; ocasión tendida hacia lo que no logró ser, para que al fin sea. Continuidad de la creación” (Zambrano 1998, 89).
El poeta se angustia porque busca su salvación por la palabra, y porque nunca se siente satisfecho con el producto artificial de su mente creadora, de su espíritu intelectual -y esto le genera incertidumbre. La angustia subyace, pues, en el fondo de toda poesía, y se expresa en el temor de no decir lo que dice. “La angustia es una categoría del espíritu que sueña, y en cuanto tal pertenece, en propiedad temática, a la Sicología” (Kierkegaard 1965, 90). Así pues, la angustia es un estado del ser correspondiente además a la psicología del arte, en cuanto a que el sujeto poético siente una sensación de culpabilidad que genera en él una impotencia creativa. El sentimiento de angustia aparece cuando se plantea una prohibición frente a la libertad de creación. Dicha prohibición paraliza el deseo y el impulso de toda creación estética, erosionando la inocencia. Libertad y angustia, inocencia y experiencia pugnan entre sí dentro del espíritu creador. En ese sentido, el pensador danés Soren Kierkegaard, señala:
El espíritu no puede librarse de sí mismo; tampoco puede aferrarse a sí mismo mientras se tenga a sí mismo fuera de sí mismo; el hombre tampoco puede hundirse en lo vegetativo, ya que está determinado como espíritu; tampoco puede ahuyentar la angustia, porque la ama; y propiamente no la puede amar, porque la huye. Aquí nos encontramos con la inocencia en su misma cúspide. Es ignorancia, pero no una brutalidad animalesca, sino una ignorancia que viene determinada por el espíritu, aunque en realidad es angustia, pues su ignorancia gira en torno a la nada (Kierkegaard,1965, 94).
Como se ve, la nada es el objeto de todo sentimiento de angustia. Su presencia está asociada al pecado cristiano y al paganismo. Más aún, al destino humano, a la muerte de la carne, a la desaparición física del cuerpo, al fin de la vida. Sin la idea de la muerte no existiría la angustia. El hombre vive en ansiedad angustiosa porque existe la muerte o la inevitabilidad de su presencia. “En el hombre sin espiritualidad no hay ninguna angustia; es un hombre demasiado feliz y está demasiado satisfecho y falto de espíritu como para poder angustiarse” (Kierkegaard 1965, 180). La angustia habita en el hombre arreligioso y sin espíritu. El fin del placer es el inicio del dolor. Pero, previo al dolor de la enfermedad como preámbulo de la muerte, está la presencia de la angustia consciente. Para los cristianos –ya se sabe- la angustia es la madre del pecado, pues el hombre creyente vive en un constante combate con el pecado de la culpabilidad, antes del paso a la muerte, que es el camino a la eternidad. La vida como destino es la raíz de la convicción cristiana y de la fe en Dios. La idea de la eternidad pelea con la nada, que es la madre de la angustia. En ese orden de ideas, Kierkergaard afirma:
Por tanto, el destino es la nada de la angustia. Es una nada, ya que la angustia desaparece tan pronto como entra en escena el espíritu, pero entonces también desaparece el destino, pues su lugar lo vienen a ocupar la Providencia … En el destino, pues, encuentra la angustia del pagano su objeto, su nada. El pagano no puede entrar en relación con el destino, pues este tan pronto es lo necesario como es lo casual. Y, sin embargo, está en relación con él, y esta relación es la angustia. El pagano ya no puede estar más cerca del destino (Kierkegaard 1965, 183).
El espíritu creador del poeta se angustia en el horizonte de su destino y frente a la trascendencia de su obra poética. La convicción de su empresa creadora entra en el territorio de la incomprensión, y de ahí que se sienta que está creando una obra única, eterna y trascedente. El poeta cae en un estado de espíritu que lo abisma en el misterio de la creación. La angustia está determinada por el destino de la obra, y esta sensación genera un estado de remordimiento y de incertidumbre. El camino de la perfección de la creación artística, por ser en soledad, es un camino tortuoso y espinoso, y por tanto, sujeto a la angustia teleológica. En la edificación de su obra, el poeta siente una sensación de tiempo perdido, y esta sensación depara en su espíritu creativo, en un vacío de angustia, pero en sí misma también es vital en todo acto de ficción poética. Salta a la vista que la angustia ha producido grandes obras literarias.
La búsqueda del ser conduce a la nada, y esa búsqueda genera angustia, desde el punto de vista de la psicología del arte. De ahí que lo psíquico y lo ontológico entran en escena, en una síntesis recíproca. El espíritu poético intenta librarse de sí mismo por la palabra y, al no poder hacerlo, se angustia. Tampoco puede comprenderse y, por tanto, se hunde, se abisma, impedido de huir, en su vana tentativa por reconciliarse con su ser, en su búsqueda de plenitud, o de completitud. El impulso poético siente angustia de sí y trata de liberarse de la caída en la nada, refugiándose en la escritura. Sustancia de pensamiento y materia de reflexión, la filosofía, en cambio, elige el camino del conocimiento. En ese orden de ideas, María Zambrano resalta:
En la angustia no existe el otro. Y en la angustia del poeta sí, sí existe ya algo que él se ve forzado a crear, porque se ha enamorado de su presencia sin verla, y para verla y gozarla la tiene que buscar. El poeta está enamorado de la presencia de algo que no tiene y como no lo tiene, lo ha de traer (Zambrano 1998, 95).
El poeta crea a partir de la angustia, de un rapto, de un vértigo, de un temblor lírico. Así pues Zambrano sentencia de nuevo:
Y sin angustia, el poeta no recorrería el camino que va desde el sueño –ese sueño que hay bajo toda poesía- y que es el sueño que hay bajo toda vida. No saldría el poeta de ese sueño de la inocencia, si no es por la angustia (Zambrano 1998, 95).
La poesía es un viaje a la lucidez y la filosofía, un viaje a la sabiduría. La primera busca el aliento, la luz: se alimenta del sueño, toma fuerza en la vigilia; explora en la luz de la inocencia, donde adquiere experiencia de libertad. La poesía permite la reconciliación del hombre con su inocencia primigenia. El pensamiento le sirve al poeta de acercamiento a lo fantástico y a lo imaginario, en el reino de lo onírico. El poeta anhela la salvación por la palabra; el filósofo persigue, en cambio, su salvación no por la inocencia sino por la experiencia intelectual. El filósofo odia el sueño; el poeta vive en él: lo busca, lo seduce, lo explora, reconciliándose en su mundo y su potencia creadora. Los poetas románticos hicieron del sueño su Dios creador. De ahí que el poeta romántico Novalis le escribió un Himno a la noche.
El poeta dibuja su mundo con los materiales del sueño y desde el corazón de la angustia creativa: busca en el sueño, el espejo de sus demonios inspiradores de imágenes. Encuentra en la angustia el rostro del sueño. “Por eso es melancolía. Melancolía que borra en seguida la angustia. El poeta no vive propiamente en la angustia, sino en la melancolía” (Zambrano 1998, 97). La melancolía está asociada al genio, al filósofo, al poeta y a todo hombre sabio.
Por qué razón –se pregunta Aristóteles- todos aquellos que han sido hombres de excepción, bien en lo que respecta a la filosofía, o bien a la ciencia del Estado, la poesía o las artes resultan ser claramente melancólicos, y algunos hasta el punto de hallarse atrapados por las enfermedades provocadas por la bilis negra, tal y como explican, de entre los relatos de tema heroicos, ¿aquellos dedicados a Heracles? (Aristóteles, 2007, 79).
La peculiar pose de la melancolía es típica de todo pensador o poeta, apoyando su mentón -o la cara- en la palma de una mano, o con el puño hundido en la mejilla, como en las fotos de César Vallejo, Walter Benjamín, etc., o como representa Auguste Rodin al filósofo, en su célebre escultura llamada El pensador, arquetipo de la figura del filósofo. La angustia está presente de manera indisoluble en todo espíritu artístico, en su búsqueda de perfección estética y lucidez. La angustia es la cárcel del ser poético, en su lucha con la voluntad de la libertad. “Y queda la poesía ligada a su sueño primero por la melancolía, melancolía que hace volver en su busca para precisarlo, para realizarlo. La poesía busca realizar la inocencia, transformarla en vida y conciencia: en palabra, en eternidad” (Aristóteles 2007, 97).
La poesía bebe, se alimenta de la inocencia, que se transforma en materia de su canto; es un camino inteligible hecho de palabras aladas. Es comunión, búsqueda de soledad que intenta alcanzar no el origen sino la plenitud del ser. En síntesis, la poesía trata de comunicar la experiencia sensible y perceptiva de la inocencia primigenia. La filosofía huye del sueño y se matrimonia con la vigilia reflexiva. “El filósofo vive hacia adelante, alejándose del origen, buscándose a ´sí mismo´ en la soledad, alejándose de los hombres. El poeta se desvive, alejándose de su posible ´sí mismo´, por amor al origen” (Zambrano 1998, 98).
Como nos dice la filósofa María Zambrano:
Poeta es el hombre devorado por la nostalgia de estos espacios, asfixiada más que ningún otro por la estrechez del que se nos da, ávido de realidad, de intimidad con todas sus formas posibles. La poesía pretende ser un conjuro para descubrir esa realidad, cuya huella enmarañada encuentra en la angustia que precede a la creación. Y de ahí, el espejismo que le ha hecho sentir el poeta moderno la nostalgia de su infancia, y que ha producido en muchos críticos o teorizantes la idea de que la poesía sea levadura de la infancia (Zambrano 2000, 47).
La poesía es lucha contra el silencio, y esa tensión psicológica provoca en el poeta una imagen ansiosa. La ansiedad en la búsqueda de la palabra justa, de la metáfora feliz, siembra en la conciencia poética un tiempo de nostalgia. “Porque solamente siendo a la vez pensamiento, imagen, ritmo y silencio parece que puede recuperar la palabra su inocencia perdida, y ser entonces pura acción, palabra creadora” (Zambrano 2000, 49).
Como representación de la imaginación, la poesía coquetea con la locura, y, al elevarse más allá de lo temporal, se vuelve enfermedad de la conciencia que perturba la memoria. En tanto expresión estética de la vida psíquica, la poesía representa, además, estados de percepción que bordean el límite de la conciencia. “En las obras de la imaginación poética imperan, pues, leyes psicológicas. Estas obras están configuradas por los sentimientos, que a su vez excitan. De ahí que la verdadera poesía sea una poderosa vitalidad, aunque inaccesible para la razón” (Dilthey 1961, 258).
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