“Las corridas de toros son la fiesta más culta que hay hoy en el mundo” García Lorca
Corridas de toros en El Seibo, en las festividades de la Santísima Cruz. Fotografía de Martin Rodriguez.

Hace unos años comenzamos a trabajar este tema desde las diferentes fuentes bibliográficas y documentales como parte fundamental de nuestra línea de investigación sobre los juegos coloniales y su transformación en el Caribe. Este interés científico surge de la necesidad de comprender las dinámicas lúdicas no solo como meras formas de entretenimiento, sino como estructuras profundas que articulan la identidad, la memoria y la resistencia cultural de los pueblos caribeños.

En este sentido, el estudio de la lidia de toros en la provincia de El Seibo representa un caso excepcional de persistencia etnohistórica. Es pertinente señalar que el pasado viernes 1 de mayo marcaron el inicio de las festividades patronales de El Seibo en honor a la Santísima Cruz, una celebración que constituye el eje central del calendario festivo de esa provincia y se manifiesta con especial vigor en la Plaza del Toro.

Un hito de trascendental importancia ocurrió en enero del presente año, cuando el gobierno dominicano inauguró formalmente la Plaza Multiuso Seibana, por parte del Ministerio de Turismo y que ha sido concebida bajo un diseño arquitectónico incluyente que garantiza el acceso universal a sus 2,500 asientos y áreas comunitarias. Lo que antes era una estructura preexistente ha sido remodelado para transformarse en un epicentro cultural que dignifica la tradición sin alterar su esencia popular.

Definición, ontología y origen del fenómeno taurino

La Real Academia Española (RAE), define al toro como “el macho bovino adulto”; en ese sentido, tenemos que el toro es un animal vertebrado, mamífero, que pertenece a la familia de los bóvidos, cuyo nombre científico es “Bos primigenius Taurus”. Encontramos diferentes tipos de razas de toro, las más significativas para el consumo son la Beefmaster, Charolais, Angus y Hereford, pero la que es sólo para las corridas es el toro de lidia o toro bravo.

En cuento al toro de lidia también conocido como toro bravo, de acuerdo a la (RAE), es “el toro que se cría en el campo para el toreo”. En ese sentido, podemos decir que el toro de lida es un tipo de raza de toro procedente de la península ibérica que se desarrolla, selecciona y cría solamente para su empleo en los espectáculos taurinos, se caracterizan por presentar unos instintos arcaicos de defensa y temperamentales, que define su bravura.

Mientras que el torero, la (RAE), lo define como “la persona que por profesión ejerce el arte del toreo”. Por consiguiente, podemos decir que el torero es la persona que tiene como oficio lidiar toros en los espectáculos o ferias taurinas, lo realiza llevando repetidamente las embestidas del toro, midiéndolo a través del capote, dirigiéndolo a la pica, poniéndole banderillas, templarlo con la muleta y realizando finalmente el estoque por medio de una espada. Otro de los términos propio de este juego es el coso taurino: La plaza de toros, lugar donde se realiza la lidia, cuya característica es que son redondos y descubiertos generalmente.

Sobre la corrida de toros, una de las definiciones más amplias y clara, la establece la Ley 18/2013, “que regula la Corrida Toros como Patrimonio Cultural en España” y la define como: “El conjunto de conocimientos y actividades artísticas, creativas y productivas, incluyendo la crianza y selección del toro de lidia, que confluyen en la corrida de toros moderna y el arte de lidiar”. De esta manera, podemos precisar que las corridas de toros o tauromaquia no solamente es el espectáculo o la lidia, sino que también es el conjunto de conocimientos y actividades artísticas que nacen con ella, es por eso que es conocida como un arte entre artes.

Sobre el origen del juego, Felipe B. Pedraza, en la obra, Iniciación a la fiesta de los toros (2008), refiere: "Esta se remonta al inicio de la existencia de la humanidad, el hombre para sobrevivir además de la recolección de vegetales y frutos, necesitó de la caza, enfrentándose a todo tipo de animales, siendo uno de estos el uro, antepasado del toro de lidia, el más feroz de los bovinos. Posteriormente, el hombre asombrado por la fiereza de este animal, comenzó a rendirle culto, es así que en varias civilizaciones (Egipto, Mesopotamia, Grecia y Roma) se utilizó al toro para venerarlo; por último, en el siglo XI, en España, se comienza usar al toro bravo para festejos organizados, llevándonos a una tradición, que hoy conocemos como corridas de toros o tauromaquia".

En el año 1567, el Papa San Pío V publicó la Bula “De Salutis Gregis Dominici”, en la que excomulgaba a perpetuidad a los que participaran u organizaran espectáculos taurinos, esta condena se mantuvo durante mucho tiempo de la historia como resultado la gran cantidad de tragedias que se producían, en cierta medida por la gran proliferación de festejos taurinos que se realizaban, provocó que se llegasen a prohibir, al fallecer varios caballeros, incluso muchos plebeyos cogidos por las astas de los toros (Fernández, Juan 2005).

Corridas de toros, protección animal y derechos culturales

Las corridas de toros forman parte de la historia y la cultura de los países donde se desarrollan, por eso son una tradición artística cultural, y al ser una tradición cultural no afecta los derechos fundamentales de otras personas, por eso son socialmente aceptada y formando parte del derecho a la cultura de quienes la desarrollan, ya que toda norma referente a la protección de los animales las exceptúa por razones culturales. Por esa razón en muchos países donde históricamente este juego es parte de sus culturas, las legislaciones establecen límites cuando se realizan específicamente corridas de toros, peleas de toros y peleas de gallos, materializando de esta manera a la cultura como una excepción a la protección animal.

Etnohistoria de la tauromaquia en la Española (Siglos XVI-XIX)

Amadeo Julián en Diversiones públicas en Santo Domingo. Las corridas de toros y los juegos de canas en los siglos XVI y XVII, publicado en CLIO, 2013, citando a Francisco Morales Padrón en Teoría y leyes de la conquista 1979, sobre las primeras actividades de diversión publica en América refiere: "Entre las instrucciones que dieron los reyes de España a Cristóbal Colón, el 15 de junio de 1497, para el buen gobierno y mantenimiento de la gente que quedo en las Indias y aquella que, posteriormente, se trasladara a poblar y residir en estas, se dispuso que fueran "algunos instrumentos e músicos para pasatiempo de las gentes que allá han de estar". Esa fue la primera disposición en materia de diversiones públicas, dictada para los recién descubiertos dominios de América".

Ya sabemos que desde el segundo viaje de Colón que salió de la ciudad de Cádiz el 25 de septiembre de 1493 se introdujeron a la isla Española diferentes clases de animales entre ellos ganados, tomando que en esta isla no existían caballos, vacas, cabras, cerdos ni aves de corral. Juan Gil y Consuelo Varela en Cristóbal Colón. Textos y documentos completos, 2da, edición ampliada 1992, refieren que, en su relación del segundo viaje, enumera Colon, los animales que había introducido en la isla. Según refiere el descubridor: "Lleve los cavallos, yeguas y mulas y todas las otras vestías y simientes de trigo y cevada y todos los árboles y de suerte de frutas, todo esto en muy grande abundancia".

En lo que concierne a la isla de Santo Domingo, las corridas de toros son una manifestación presente desde la colonización, introducidas por los españoles e impregnadas actualmente como una tradición cultural dominicana. De las primeras referencias historiográficas sobre la celebración de las corridas de toros en la Española, Justo L. del Rio Moreno y Lorenzo F. López y Sebastián en, "Hombres y ganados en la tierra del oro: Comienzos de la ganadería en Indias" 1998, establecen: "En las Antillas, las corridas de toros fueron muy frecuentes realizándose las primeras durante el gobierno de Nicolas de Ovando".

Una celebración muy importante ocurrida en la isla, en la que entre otros juegos hubo corridas de toros, fue con motivo de la llegada de don Diego Colón el 9 de julio de 1509, Fray Bartolomé de las Casas, refiere sobre el hecho: "Se llevaron a cabo grandes fiestas y Nicolas de Ovando que se encontraba en el interior de la isla, una vez "llegado a esta ciudad, fue a ver al Almirante y doña María de Toledo, su mujer, los cuales le hicieron grande y gracioso recibimiento y la no menor reverencia a ellos. Hubo grandes fiestas y representaciones, estando todos tres y los tíos y hermanos del Almirante presentes, donde también concurrieron de toda la isla muchos caballeros y muy lucida gente".

Fue tan grande el acontecimiento que Amadeo Julián 2013 citando a Luis Arranz Márquez en su obra, Don Diego Colón, tomo 1, establece lo siguiente, "El poeta Juan de Castellanos dedicó al acontecimiento en sus Elegias de Varones Ilustres de Indias. Dando rienda suelta a su imaginación, narra los festejos así: "Grandes fiestas hicieron aquel día y muchos juegos más en el siguiente, Demas de regocijos y alegrías Que duraron por más de veinte días. Sacaron todas invenciones bellas Manifestando prósperos caudales, Porque vinieron damas y doncellas Generosas, hermosas y cabales, Que por haber entonces falta dellas, Se casaron con hombres principales. Hubo toros, sortijas, juegos, canas, En que se daban todos buenas manas".

De acuerdo a lo que refiere Amadeo Julián, es este el acontecimiento que los historiadores toman de referencia para establecer que, "En 1509 los isleños saludaron la llegada del nuevo gobernador, Diego Colón, con festejos de corridas de toros". Considerando Julián basado en la obra, Hombres y ganados en la tierra del oro 1998, de Justo L. del Rio Moreno y Lorenzo L. López y Sebastián, que, "a partir de dicho año, las corridas de toros se generalizaron en numerosas fechas, comprometiéndose el obligado de las carnicerías de Santo Domingo a ceder cierta cantidad de reses anuales para este efecto".

Marcio Veloz Maggiolo en Historia de la cultura dominicana: momentos formativos 2012, sobre las festividades y la vida lúdica en la colonia detalla lo siguiente, Vale recordar que el juego de la caña y las corridas de toros se realizaron en las calles desde las épocas de la colonia al igual que el juego de las carreras de la cinta y otras expresiones como las mascaradas.

Se hicieron tan populares las corridas de toros en la isla al igual que en otras posesiones españolas en el siglo XVI, que se conocía como el juego oficial, pero no con casta de toros de lidia, idéntica a la actual, ya que no existía tal casta de vacunos, en esa época en la isla. Asimismo, se ha afirmado que cuando se habla en esa época de corrida de toros, "conviene entender que se trataba de los comúnmente denominados "cornilargos" de procedencia andaluza en estado salvaje que, al ser acorralados, acometían a hombres y a caballo (Julián, Amadeo 2013).

Otro acontecimiento importante celebrado en la isla donde hubo corridas de toros, así como el tradicional juego de caña, lo destaca J. Marino Inchaustegui en la obra, Reales Cedulas y correspondencia de Gobernadores de Santo Domingo 1958, haciendo referencia a la "Carta del licenciado Zuazo del 22 de enero de 1518″, documento que Amadeo Julián también cita en, Diversiones públicas en Santo Domingo. Las corridas de toros y los juegos de canas en los siglos XVI y XVII 2013, estableciendo:

"En 1518, con motivo del ascenso de Carlos V al trono y su primer viaje a España en Santo Domingo hubo festejos. En una carta del licenciado Alonso de Zuazo al rey, del 22 de enero de 1518, se dio cuenta, sin especificar, que con ese motivo fueron celebradas muchas y grandes fiestas. Aunque en su carta Zuazo no describió tales festividades, lo más probable es que entre otras diversiones se corrieran toros y se jugara canas. De todos modos, por su importancia histórica, ya que era la primera vez que se celebraba en el Nuevo Mundo el ascenso al trono de un monarca español, no sería superfluo consignar lo que informo el licenciado Zuazo al rey, sobre las celebraciones a que dio lugar en la isla española, ese acontecimiento".

Manuel Mora Serrano refiere que las corridas de toros se hicieron habituales en las plazas públicas de la colonia como en la que hoy se encuentra el parque Hostos, que debió llamarse Plaza Colombina, el parque “Colón” frente a la Catedral y al lado del convento de los dominicos como refieren los cronistas. En el libro, Ayer o el Santo Domingo de hace 50 años 1944, Luis Emilio Gómez Alfau recoge una valiosa crónica de comienzos de siglo, refiriendo, "Para mejor éxito y organización de las corridas, eran nombradas madrinas y un jurado que discernía premios a los lidiadores, gente del pueblo que se atrevía a citar el toro. Las damas lucían en la corrida la clásica mantilla o el vistoso mantón de Manila a usanza de España".

Un cronista que hace mención de las corridas de toros en las celebraciones de la isla, es Gonzalo Fernández de Oviedo, en una carta enviada el 12 de abril de 1554, al príncipe Felipe desde Santo Domingo, en la que hace serios señalamientos contra la reputación del Licenciado Alonso Maldonado, nuevo Gobernador y Presidente de la Real Audiencia desde 1 de febrero de 1553 en la isla Española, denunciando muchos de sus actos y los problemas que afectaban a la isla, dando a conocer al príncipe la inclinación de Maldonado por disfrutar de placeres, encantos actividades y ser un aficionado con las diversiones y festejos propios de la vida colonial donde nunca faltaban las comidas, banquetes, muchas corridas de toros y juego de cañas, lo que iba en contra con su posición de preeminencia política y social.

Refiere Oviedo en su carta publicada íntegramente por Enrique Otte en "Una Carta inédita de Gonzalo Fernández de Oviedo" en la Revista de Indias 1956:

"El segundo día de pasqua de la resurrección de este presente año (cosa nunca aquí vista) el presidente hizo un banquete; que otros dizen que boz fue de un mercader, que se dice Melgarejo, pariente de la mujer, pero la fiesta fue en la casa de la audiencia real de vuestra alteza, e comieron quince casados e sus mugeres, de los principales desta cibdad e los oficiales de vuestra alteza e las suyas, en un espléndido banquete en que no falto muy buen pan fresco e harto a los combidados, no se hallando en la cibdad un pan por ningún prescio, e muriendo de hambre. para completar el cuadro, explicar las motivaciones de los festejos y las graves implicaciones y consecuencias políticas y sociales a que daba lugar, que el presidente no atendiera los asuntos de Estado, por estar en esos menesteres. Despues de comer se corrieron seys toros, e ovo juego de canas. El color de la fiesta dizen, ques del regozijo por la venida de la mujer del presidente. Yo no veo hasta agora nuevas de España ni seguridad de la guerra para estos regozijos; antes paresce a otro que los dias pasados se hizo, en que antes que viniese la muga del presidente, le corrieron muchos toros, porque huelga mucho de verlos correr, e era entonces venido la nueva de como los corsarios franceses avian tomado e saqueado e quemado la villa de la Yaguana, ques al fin desta ysla; e parescio muy fea cosa, que perdiendose como se perdió aquella villa, e se destruyó e robo parte de la tierra, se hiziesen estas demostraciones de alegrias, aviendolo de remediar e yr en persona, si menester fuese a lo remediar e defender, e no correr toros por tan mala nueva ni en tal razón". Es importante destacar que el envío de esta carta le costó el puesto al gobernador Maldonado como señalan los cronistas.

A pesar de todos estos acontecimientos vinculados a las corridas de toros en la ciudad de Santo Domingo, a mediados del siglo XVI, se seguían celebrando en la plaza pública o plaza mayor, situada al norte de la catedral, en cuyas inmediaciones también se encontraba el corral en donde se encerraban los toros, refiere Emilio Rodríguez Demorizi en la obra, Familias Hispanoamericanas, 1959.

En otra celebración que se llevó a cabo en la isla, por motivo del descubrimiento de las islas terceras del archipiélago de las Azores a cargo de don Álvaro de Bazán, marques de Santa Cruz, en 1583, el gobernador Cristóbal de Ovalle, quien sucedió a Gregorio González de Cuenca el 25 de julio de 1582 por su muerte, envió una carta al rey donde informó, que por el triunfo obtenido por sus armas en la conquista de esas islas, los pobladores de Santo Domingo habían celebrado con corridas de toros, juego de cañas, máscaras y desfiles de carrozas. Esta carta está contenida en los documentos, "Carta del Licenciado Cristóbal de Ovalle al Rey. Santo Domingo, 31 de octubre de 1583″, publicada por J. Marino Inchaustegui.

Refiere José Torre Revello en la obra, Las corridas de toros 2004, que Alonso López de Ávila, arzobispo de Santo Domingo, que había sucedido por su muerte a fray Andrés de Carvajal, ocurrida el 28 de agosto de 1577, desde su llegada a Santo Domingo, en 1581 estuvo opuesto a las corridas de toros, en los días de fiestas de guardar, conforme a lo que disponía un breve papal que el nuevo arzobispo había notificado al Cabildo de Santo Domingo, que según su propia traducción expresaba lo siguiente: "Que no permitan y consientan que en sus provincias, ciudades, tierras y lugares se ejerciten fiestas y rregozijos donde ay lidia de toros y otras fieras y a [los] soldados y a otras cualquier personas, mandamos no salgan a lidiar los dichos toros y fieras ni a pie ni a caballo en las dichas fiestas, rregozijos y si algunos de ellos allí fuese muerto carezca de eclesiástica sepultura".

José Torre Revello destaca que a esta disposición del arzobispo y representante de la iglesia católica se opuso el cabildo de la ciudad de Santo Domingo, y una carta enviada el 15 de octubre de 1583, sostuvo, "Por agora no estan obligados a guardarlo ni cumplirlo, porque en los reynos de Castilla no se admitió, antes se hizo grande ynstancia con Su Santidad, que lo rrebocase, lo qual se hizo en cierta forma de manera que en los reynos de Castilla se corren los toros". Además, en su respuesta, el Cabildo alego que las corridas de toros eran una antigua tradicion, que siempre se había ajustado a las disposiciones legales, que la reglamentaban. El arzobispo, mantuvo su criterio y sostuvo que el motu proprzo solo prohibía las corridas de toros los domingos y dias de precepto. No conforme, el Cabildo apodero a la Real Audiencia, "la que a su vez revoco cuanto había ordenado el arzobispo, por carecer el motu properzo del pase correspondiente del Consejo de las Indias de acuerdo con lo legislado para que pudiera tener validez en tierras de América".

El arzobispo no se detuvo ante la negativa del gobierno de la ciudad y envió otra carta al cabildo refrendado la negación, pero refiere Amadeo Julián que tres años después, el 31 de diciembre de 1586, fue dictada la Real Cedula para que en la isla Española se publicara y guardara el motu proprio de su Santidad sobre las corridas de los toros, estableciendo la disposición que se había hecho relación que no se guardaba en la isla el motu proprio de su Santidad Gregorio decimo tercio, sobre el correr de los toros, "porque contra lo que en él se ordena se corren en dias de fiesta y de ello se siguen muchos inconvenientes". Luego en el año 1610 se celebró en Santo Domingo un Sínodo por el arzobispo Cristóbal Suarez y con respecto a las corridas de toros la única disposición que se refiere, es la que prohíbe a los clérigos andar tras de aquellos, haciendo referencia a la participación que tenían los religiosos y su gusto por disfrutar de las corridas de toros, como establece a continuación Amadeo Julián citando el documento, "Acta del Sínodo celebrado en Santo Domingo", 1610 publicada en el Boletín del Archivo General de la Nación de 1945, estableciendo:

"No dancen ni baylen ni salten ni anden tras los toros los clérigos ni hagan visages ni otros movimientos o menos de su persona con que se deroguen a la autoridad y gravedad que requiere su orden y avito y si desto excedieren el prelado o su provisor lo castiguen como vieren que es menester con todo rigor". Las corridas de toros continuaron celebrándose en la colonia española de Santo Domingo en el siglo XVII, especialmente con motivo de festividades religiosas de la Natividad de la Madre de Dios el 8 de septiembre, para esa fecha en el año 1616 por disposición del cabildo en la plaza del Convento de las Mercedes se realizaron corridas de toros en honor a la virgen para que librara a la isla de los terremotos y temblores de tierras, refiere Fray Cipriano de Utrera en la obra, La Inmaculada Concepción, Documentos y noticias para la historia de la Arquidiócesis de Santo Domingo, Primada de América 1956.

Continuando con el recorrido histórico de este juego, en octubre de 1627 se corrieron toros y se jugaron cañas en la plaza ubicada frente al Convento de los Dominicos. (Utrera, Fray Cipriano 1932). Los toros que se corrían y los juegos de cañas que se celebraban en la plaza del Convento de los Dominicos, eran parte de las festividades que la Cofradía del Rosario y los vecinos devotos hacían en honor de la Virgen del Rosario, como refirió Luis Gerónimo de Alcocer en "Relación sumaria del estado presente de la Isla Española, citado por Emilio Rodríguez Demorizi en Relaciones históricas de Santo Domingo 1942.

Para el matrimonio de Felipe IV con doña Mariana de Austria hubo celebraciones y festejos en la colonia española de Santo Domingo. El 7 de septiembre de 1650, el presidente de la Real Audiencia anunció el cumplimiento de la Real Cedula que comunicaba la boda real, para que se iniciaran las festividades entre ellas corridas de toros. Las corridas de toros eran tan numerosas en Santo Domingo que el arzobispo fray Domingo Fernández de Navarrete, el 4 de abril de 1679, se quejaba de esa práctica. Con expresiones que revelaban su disgusto y rechazo, haciéndole saber al rey en una carta lo siguiente: "La ociosidad de esta isla es la mayor del mundo. Los toros que se corren este ano pasan de raya, con que fomentan el vicio y bastara con que se corriera tres o cuatro veces al año" (Utrera, Fray Cipriano 1945).

Era tan fuerte y radical el arzobispo Navarrete contra las corridas de toros que en una carta enviada al rey de fecha 4 de abril de 1679, había informado lo siguiente, "La ociosidad con que viven todos los moradores de la isla, de que se siguen los malos efectos que se dejan considerar, pues con esto ni acuden a sus haciendas, ni pueden vivir decentemente, con que lo más principal de la gente se retira y vive fuera y aun desamparan la isla". Aun así, no se volvió a prohibir la corrida toros, como afirman erróneamente algunos historiadores en el país que fue prohibida, ni siquiera ocurrió con la Real Cedula del 22 de febrero de 1680. Estos datos lo corroboran en sus investigaciones: Emilio Rodríguez Demorizi en, Familias hispanoamericanas 1959, Amadeo Julián, Amadeo en, Diversiones públicas en Santo Domingo. Las corridas de toros y los juegos de canas en los siglos XVI y XVII, 2013 y Fray Cipriano de Utrera en, La Inmaculada Concepción, Documentos y noticias para la historia de la Arquidiócesis de Santo Domingo, Primada de América 1956.

Documentos consultados establecen que del siglo XVII al siglo XVIII, las corridas de toros continuaron como la principal diversión pública de la población de la parte oriental de la isla, y todavía en el siglo XIX se podía encontrar en muchas celebraciones que ocurrieron en determinados momentos de la historia de la colonia española de la isla de Santo Domingo hasta el año 1844 con la recién fundada Republica Dominicana.

La mejor corrida de toros que recordamos tuvo lugar en la plaza Colón, años antes de levantarse allí la estatua de su nombre, durante la administración de Cesáreo Guillermo, a finales del siglo XIX. Muchas veces, cuando el toro salía flojo, se lanzaban al centro de la barrera algunos aficionados, dando la nota cómica, entre los chiflidos de la plebe y los aires marciales de la música. Otras veces se le ataba al rabo del animal un mazo de cohetes que al detonar le producían espanto y quemaduras, haciéndole dar desesperadas carreras. También se elegía un novillo de poca fuerza, se le embotaban los cuernos y se ataba fuertemente de ellos un saquito conteniendo algunas monedas para que los más atrevidos se disputaran el cogerlo (Gómez, Luis Emilio 1944).

Entrado el siglo XX, y en la medida en que los asentamientos de residentes españoles fueron estableciéndose en el interior de la isla y dedicándose a negocios mucho más prácticos como el comercio, el fervor por aquellas tardes de corridas de toros en Santo Domingo fue desapareciendo. Dicho en otras palabras: a Trujillo no le gustaban los toros, establece la obra Ayer o el Santo Domingo de hace 50 años 1944.

Ya a mediados del siglo XX se hacían corridas, pero de forma esporádica y como acto de notoriedad más que de tradición. Santo Domingo no sería una plaza de toros, pero sí otro ejemplo de corridas eventuales y uniformes de toreros enriquecidos por la tradición del criollo. Desde su fundación el ruedo de la Feria Ganadera estuvo dedicado fundamentalmente a las competencias equinas, siendo la sede de estos ocasionales espectáculos, uno de los últimos lugares donde se realizó esta tradición dominicana legada por los españoles y adaptada a la vida cotidiana de República Dominicana.

Corridas de toros en Santo Cruz de El Seibo

El Seibo, una provincia enclavada al este de la Republica Dominicana, es la referencia del país cuando se habla de corridas de toros, siendo esta una expresión de la cultura popular muy importante para el municipio Santa Cruz de El Seibo. En los libros de registros de actas de la Hermandad de Fervorosos, entidad ligada a la iglesia católica en El Seibo, existen datos documentados que sostienen que fue un español en el año 1890 que estableció en la blasonada e hidalga ciudad oriental, que comenzó el evento para festejar y alegrar a los seibanos en medio del ciclo festivo de las patronales en honor a la Santísima Cruz, para aquella época que denominó “tarde taurina seibana”.

Los toros bravos son facilitados por el Central Romana Corporación cada año a instancias de la Hermandad de Fervoroso, ya que desde la década de los sesenta no se crían animales para corridas. Para los seibanos torear es la manifestación cultural más arraigada y famosa que no solo atrae a seibanos, sino a todo el pueblo dominicano, que va en procesión en mayo de cada año a El Seibo a presenciar el espectáculo medieval. Para quienes hemos ido a disfrutar del espectáculo, el clímax del evento comienza cuando el toro comienza a embestir al torero que bailotea siempre un pañuelo o manta de color rojo, que se cree embravece al animal.

El historiador seibano Ramon Rijo refiere que esta tradición comenzó a fomentarse en los terrenos del Estadio La Manicera de la ciudad, desde donde “La lidia de toros erige como la joya de la corona más preciada del ciclo festivo de las patronales en El Seibo”. Rijo refiere que el espectáculo del tipo sevillano comienza en el redondel al toque de una corneta y el toro sale embravecido en busca de quien considera su objetivo y enemigo principal, el torero. En la provincia de El Seibo, se criaba el ganado más bravo y eran llevados hasta la ciudad a los que algunas veces acompañaba una cuadrilla de rústicos toreros que, provistos de pedazos de tela roja, lidiaban el ganado en las corridas que se hacían fuera de la provincia.

La colonia de españoles en El Seibo organizaba siempre las corridas de toros. Ellos tenían crías de toros y eran los encargados de cuidarlos. Pero poco a poco se fueron, y algunos hacendados de la ciudad continuaron la tradición. Ellos suministraban gratuitamente los toros a lidiar.

Directivos de la Hermandad de Fervorosos de la Santísima Cruz, entidad de la Iglesia Católica, que organiza cada año las Fiestas Patronales de El Seibo en la que se llevan a cabo las corridas de toros, refieren que las corridas de toros seibanas no tienen carácter gerencial, por ser actividades tradicionales, al aire libre, ofrecidas a la comunidad para su sano esparcimiento. No se cobra la entrada al público y no se incurre en gastos, ya que las mismas son patrocinadas por empresas y entidades bancarias que generosamente aportan los recursos. Lo único que se retribuye es el trabajo de los toreros. Ellos cobran, por cada función, entre ochocientos y mil quinientos pesos, según su grado de antigüedad y maestría.

Sobre los toreros de la provincia el historiador de El Seibo Víctor Bienvenido Beras Medina en una entrevista para el periódico Listín Diario en el año 2001 refiere, "Los primeros toreros seibanos fueron campesinos como Goyito Mercedes y Manuel Valencio, entre otros. Nativos de la ciudad se encuentran Temístocles Zorrilla, los hermanos José (Chito) y Diógenes Arístides Mejía (Felito), ambos vivos, ya retirados, pero con un gran historial y con participación en corridas de toros en Santo Domingo (Feria Ganadera) y Santiago de los Caballeros. Entre los toreros activos hasta el presente año se encuentran Darío Guzmán, Marino Montilla, Rafael Aybar y Chito Figueroa. A partir del año 1971 comenzaron a torear Manuel de Jesús Doroteo (Santos), quien a esta fecha ha sido la figura principal del actual toreo seibano, acompañado por los jóvenes Freddy Mejía, Nely Cisco Pourié, Julio César Hernández, Joan Arredondo y ‘‘Cacatica’’ Constanzo. Es bueno recordar que los españoles Raúl Zermeño y Antonio Plaza, participaron en una corrida de toros seibana, donde mataron sendos animales al estilo español".

En el mes de abril del año 2022 el Senado de la Republica Dominicana, aprobó el proyecto de ley que declara las corridas de toros de la provincia El Seibo como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Republica Dominicana, por iniciativa del senador seibano Santiago José Zorrilla. En unos de sus considerandos el proyecto establece que las corridas de toros celebradas en la ciudad de Santa Cruz de El Seibo, es una de las expresiones culturales de mayor atractivo de la República Dominicana, con la peculiaridad de que, a diferencia de las celebradas en otras partes del mundo, no le producen daños al animal, lo que se ha constituido en una verdadera fiesta para toda la familia y apta.

Puesta en valor

A modo de conclusión, la tauromaquia en El Seibo no debe interpretarse como un anacronismo, sino como un sistema lúdico de resistencia que ha sabido negociar su supervivencia a través de los siglos. Su evolución desde los hatos ganaderos coloniales hasta su consolidación como Patrimonio Cultural Inmaterial demuestra la capacidad de la sociedad dominicana para resignificar los elementos hispánicos en una expresión propia, pacífica y comunitaria.

La reciente inversión en infraestructuras como la Plaza Multiuso Seibana no solo dignifica el espacio del juego, sino que asegura la continuidad de una memoria histórica que vincula a la República Dominicana con el mundo taurino. En este rito de mayo, donde el hombre y el toro se encuentran en el ruedo de la fe y la destreza, se reafirma que la cultura es el escudo de la identidad seibana, elevando este oficio ancestral a la categoría de arte socialmente aceptado y jurídicamente protegido.

Referencias

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Jonathan De Oleo Ramos

Antropólogo Social, Investigador, Gestor Cultural

MSc. Jonathan De Oleo Ramos: Antropólogo, docente-investigador y consultor en patrimonio cultural y políticas culturales. Doctorante en Humanidades y Patrimonio Cultural enfocado en la Investigación. Maestro en Gestión del Patrimonio Cultural, con especialización en antropología de la alimentación, estudios afrolatinoamericanos, derechos humanos y políticas culturales. Becario Mellon (DSI, City College of New York) 2024. Docente en FLACSO-RD y UNIBE. Miembro de la Sociedad Dominicana de Antropología; World Anthropological Union; Instituto Panamericano de Geografía e Historia; Federación Mundial de Estudios Culturales y Consejo Mundial de Académicos e Investigadores Universitarios. Autor de Antropología del Plátano y Cofradías Dominicanas del Espíritu. jonathan.deoleoramos@gmail.com

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