Nuestro invitado en “Libertad bajo palabra”, es Selmy Accilien (Gonaïves, Haití (1992). Graduado de Psicología por la Universidad Joseph Claude Bernard  y Ciencias de la Educación en la École Supérieure Isaac Newton.

Accilien se desempeña como docente de filosofía, psicología, literatura y francés. Su obra poética, escrita en creol y francés, ha sido publicada en Haití y Francia, así como en revistas y antologías internacionales. Fundó en 2017 el colectivo “Des fleurs et des poèmes” y colabora con Éditions de la Rosée en la formación de jóvenes escritores. Entre sus libros destacan Passion du silence (2012), Vag yo pran egzil (2014) y Et tu m’as dit (2017).

Para decirlo en palabras de Vicente Huidobro, en su gesto de “pequeño dios”, Selmy Accilien construye una voz lírica errante que se desplaza entre visiones cósmicas y una profunda introspección, donde la soledad y la búsqueda del yo se convierten en eje de la experiencia. A través de imágenes oníricas, a veces de sesgo surrealista, se articula un diálogo constante con ese “tú” que opera como conciencia, revelación o contrapunto espiritual. La isla sobresale como símbolo central, marcada por el dolor histórico y la miseria, pero también atravesada por una esperanza de regeneración colectiva y redención. En conjunto, la poesía de este creador de la hermana República de Haití, oscila entre el desarraigo y la fe, proponiendo una poética que busca reconciliar el sufrimiento humano con una visión trascendente del amor y el tiempo.

Entre el desarraigo y la esperanza: la voz poética de Selmy Accilien 

Y tú me dijiste
Yo estaba en el espacio.
Nadie me vio.
El sol bostezó de fatiga.
Los querubines gritaron de hambre
en mi corazón,
y la oscuridad me estrechó la mano.
Caminaba descalzo,
la cabeza velada en la gruta,
para curar las heridas de la soledad,
para dar sentido a las bellas canciones
del rocío blanco y negro,
para medir las largas trenzas del aquilón
en la ceremonia de los mares salvajes.
Caminaba con los ojos cerrados,
la boca abierta,
la lengua colgante,
como la de los perros de los bosques de Lascaux,
en busca de mis sombras,
de mi carne,
de mi alma en ebullición,
de mi yo, poeta galeote
o de mí mismo
en una calle de sombras,
sombras crispadas o mal disimuladas.
Pero lo que ha entorpecido mis pies
fue saber
que la ruta de los Dátiles
no es fácil de cruzar.
Y tú me dijiste:
Me alegró ver
a un reno de pelaje bronceado
sentado sobre el lomo de un bisonte,
de dedos hendidos,
con los pies perdidos en la nieve,
esa nieve que cura al tiempo de su vértigo.
De tanto mirar el cielo,
las estrellas orinaron
en los ojos de los semidioses.
Y tú me dijiste:
¡La isla llora demasiado!
Con tantas lágrimas en los ojos,
lágrimas que ahogan las arenas
en el crepúsculo de una esperanza difusa.
¿Quién la sostendrá?
¿El Dios de los milagros
o el Gigante de Pichon?
Al ver las Antillas
sin ver su perla,
se ha vuelto a ver la perla
sin ver las Antillas.
¿Cómo llamarla «Perla de las Antillas»
bajo la mano de los simulacros?

Y tú me dijiste:
Soy la paloma
que extendió sus alas blancas
bajo lluvias turbulentas,
la que revoloteaba, pico afilado,
pies polvorientos,
en busca de una utopía cavada en el vacío.
He visto que la lluvia caerá sobre la isla,
que el granizo llenará las grietas de la tierra,
que animales mansos y fieros vendrán de todas partes
y que las plántulas brotarán en abundancia.
Habrá crianza
para los rebaños sin pastor,
los exiliados regresarán,
y entonces renacerá la isla azul pálida:
la isla de aves policromas,
de café matinal,
de tambores, pistachos y maíz tostado,
de tchatcha y cuero vibrante,
de toros rebeldes.
Entonces renacerá la isla:
la isla de negros,
negros de oración,
oración de dioses olvidados
a los pies del Buen Dios
que recuerda a este pueblo
que habita la miseria,
En la primavera de la vida,
cuando el frío abraza la noche
sin arrebatarle su inocencia.
Y tú me dijiste:
La isla no morirá;
se alzará de este polvo maldito.
En el viaje de las golondrinas,
sus montañas y sus ríos
recobrarán su forma.
Cada gota de agua toca la arena.
He escrito una oración en la playa Kaliko Beach:
Dios de las islas,
bendito seas.
Levanto a los pobres del polvo —dices—.
¿Cuándo se alzará la isla de su miseria?
Clama sin aliento: ¡basta!
Perdón, Padre todopoderoso,
por las líneas de sangre
que dibujan el triángulo isósceles de la isla,
por el odio que roe el corazón de su pueblo
y por todos los males que devastan la belleza del suelo.
Establece en la isla
tu paz, tu gracia y tu amor infinito,
y todo irá bien.
Invita a la nación a seguir al sol
que se casa con la tierra,
al rocío con la aurora,
a las nieblas con las colinas ondulantes,
y todo irá bien.
Me dijiste que el viento
tiene dolor de garganta:
ha cantado demasiado
en la cola de los cometas.
El viento tiene dolor en los dedos:
ha sacudido demasiado a los marineros.
Está exhausto.
No podrá presentarnos el invierno.
El invierno vendrá tibio,
vendrá como pueda.
Y tú me dijiste:
¿Para qué velar el alba
si el sol pintará el día
de todos los colores?
Cuando los juncos de los lagos
son portadores de fiebre,
fiebre que rima nuestra vida sentenciosa
con la de las hormigas en viaje.
¿Para qué comprender
que el sapo, como bestia alada,
de pies pesados y fangosos,
pisotea la nieve,
aplaca tormentas,
y cuando no halla qué comer
muerde el sol a dentelladas?
¿Quién le dio tal poder?
¿Para qué despojar a las nubes
que un día me dijeron:
«¿Cómo va el mundo?
¿Quién ha sanado su cuerpo enfermo?»
¿Para qué impedir el matrimonio
de flores tendidas
hacia tierras lejanas
donde crecí con la aurora,
que una tarde de otoño me dijo:
«¿Dónde está el tiempo
de la división de las iglesias?
¿Y cuándo vendrá la unión
en los países en guerra?»
¿Para qué regar las girolas
en el aliento de nieves huérfanas,
donde sopla un viento de piel roja?
En ese viento vive
un poeta que crece,
y ese poeta que crece
es el tiempo a la altura del hombre:
un viento de piel roja y negra,
negro de tristeza,
tristeza de manos frías
que extiende su sábana sobre la tierra
y da miedo mirarla.
Y tú me dijiste:
El tiempo entrará en sí mismo
para transformar el odio en amor puro,
y se alegrará
cuando el hombre ame al hombre,
ame la tierra,
ame los árboles
sin mirar el color de sus hojas.
Y tú me dijiste:
¿Para qué impedir a los aviones
explorar el firmamento
antes de que el Viento de Azur
inicie su solo de piano italiano
de ritmos densos y graves
que agradan a los indios?
Y tú me dijiste:
El pie izquierdo de las nubes
es un paso de gatos salvajes
que ha partido el cielo en dos,
y los fragmentos que caen
dibujan un poema:
Quería devorar los días venideros
porque el tiempo es demasiado corto
para morir bien.
Quería masticar los atardeceres pasados
porque la vida es demasiado larga
para vivir bien.
¡Oh inexistencia, dulce inconsciencia!,
llévame
a la existencia del sortilegio
o a esta vida sentenciosa,
tan difícil,
con la que he intentado
hacer amistad.
Sus tormentos, sus golpes,
sus mordeduras en mi piel;
un mosquito en la herida
de una oveja enferma.
Mis ojos: un gran navío.
Mis lágrimas: su rada.
Y de esa rada hago
un hueco de sal
para depositar mi sentencia de hombre.
Y Eliva me dijo:
¿Tendrás tiempo de cosechar
tus viñas, tus huertos,
plantados en tu campo de ciruelas?
Y tú me dijiste:
Un hombre camina bajo el sol,
alimentado por el sudor de su frente,
y el viento, en el Oriente eterno,
busca el perdón o una esperanza perdida
en ríos de aguas salvajes.
¡Oh Dios todopoderoso!,
¿no merecía Eva ser perdonada?
Y tú me dijiste:
«Tú» es la voz que delimita,
la voz que dice, que juega, que danza
mientras la noche enrojece;
voz cuyas palabras
me queman el oído,
ese «tú» que le habla a un «yo».
¿Qué voz es esa?
Y tú me dijiste:
He guardado tu recuerdo
en la memoria
de las fuentes de agua dulce que humean,
y he llorado en silencio de muerte
ante el Mar Rojo.
Sus olas me hicieron muecas
y dijeron:
pobre de la tierra de los hombres,
pobre poeta.
La bandera desgarrada del cielo
se parece a tu rostro,
porque miras demasiado las estrellas
que se disputan
en el abrazo de los ángeles rebeldes.
Las brisas de los pantanos
son aguas dulces
que llenan el vacío de los mares indios.
¡Reír!
Fascinado de ver la lluvia caer
a plena cintura.

(Fragmento tomado de su libro: Et tu m’as dit (2017).)
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Traducción: Valentín Amaro

Valentín Amaro

Escritor

Nació en La Piragua, Gaspar Hernández, provincia Espaillat, República Dominicana (1969). Segundo Lugar en el XIX Concurso Nacional de Cuentos de Radio Santa María, Primer y Segundo Lugar en Poesía en el 4to. Certamen Literario de la Universidad Iberoamericana, Premio Jaycees´72 en el 2008. Posee una Maestría en Gestión y Educación Universitaria por la Universidad Católica Santo Domingo. Poemas suyos aparecen en diarios y revistas de su país y el extranjero. Desde el año 2000 pertenezce al Taller Literario César Vallejo de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Es miembro del Ateneo Insular que dirige Bruno Rosario Candelier. Tiene publicado:"En el temblor de las visiones" por la Editora Nacional y Ediciones Ángeles de Fierro, también publicado por Obsidiana Press de West Virginia. Profesor universitario.

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