En Hansel y Gretel, Máximo Vega construye una historia en la que lo cotidiano y lo grotesco conviven con una inquietante precisión. Desde la primera línea, la protagonista se presenta como una figura meticulosa y obsesiva: su rutina matutina —baño, cepillado, elección de la ropa, café y transporte público—, en apariencia banal, se transforma en un microcosmos de la vida urbana dominicana, donde la repetición funciona como mecanismo de control y supervivencia. A ello se suman manías que sugieren la existencia de un secreto latente. Las oraciones largas y acumulativas reproducen la mente hiperobservadora de la protagonista, en un procedimiento técnico que evoca el detallismo de Onetti para capturar la conciencia y el tiempo interior (véase El astillero).
El cuento articula una crítica social sutil y mordaz. La protagonista administra una oficina de pasaportes, donde la vida cotidiana transcurre con toda normalidad: reprende subordinados, controla la eficiencia, pero también se adapta al clientelismo y la jerarquía (“esos son votantes y si resienten el mal trato quién sabe por quién echarán la boleta”…). Vega explora cómo el ascenso social y la ambición se entrelazan con el problema ético, mostrando un equilibrio precario entre poder, condición social y oportunidades. Su aspiración al confort, simbolizada en la obsesión por un Toyota, contrasta con la mediocridad de colegas y subordinados, creando un retrato irónico y agudo de la sociedad dominicana.
El humor y lo grotesco son factores esenciales en el texto. La relación con Rosita introduce un tono ligero, cotidiano, mientras que el final macabro —los huesos en cajas— transforma la narración en un terreno de humor negro y grotesco, casi surrealista. La protagonista revela su afición macabra: cría niños para alimentar… algo que recuerda a la versión más literal y grotesca de Hansel y Gretel, el cuento de hadas alemán recogido por los hermanos Grimm, publicado en 1812.
Como señala Mijaíl Bajtín, “el rasgo sobresaliente del realismo grotesco es la degradación, o sea la transferencia al plano material y corporal de lo elevado, espiritual y abstracto” (La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento, Alianza Editorial, 1995, p. 24). En este sentido, Vega convierte la vida urbana en un escenario de lo absurdo y lo satírico, donde lo cotidiano pierde su apariencia de normalidad: la rutina, la ambición y lo transgresivo coexisten en un mismo plano degradado, generando simultáneamente incomodidad y fascinación.
Mediante una prosa minuciosa, irónica y lacerante, el cuento termina insinuando que la normalidad cotidiana es, muchas veces, apenas la superficie bajo la cual se agitan las pulsiones más oscuras y las preguntas más inquietantes sobre la naturaleza humana
El lenguaje refuerza la crítica social y, al mismo tiempo, perfila la psicología de la protagonista. La alternancia entre jerga popular, dominicanismos y el registro formal de oficina pone en escena la tensión entre el deseo de poder, la necesidad de seguridad y la aspiración al orden; entre un yo oculto y la máscara que se exhibe. Asimismo, el detallismo en objetos, comida, música y ropa funciona como recurso simbólico de clase, aspiración e identidad. Esta dinámica se condensa en pasajes como el siguiente:
“Lo más difícil consistía en mantener el puesto, en soportar, en aras de continuar en esa oficina y metida en ese aire acondicionado y seguir ahorrando para tal vez el Toyota, a la vieja fea esa, su jefa capitalina que se aparecía sin avisar y que todo lo encontraba mal hecho o mal colocado y siempre estaba hablando de lo amiga que era del presidente de la república. (…) y el marido metiche y medio idiota que le servía de chofer, chiquito y fresco, que le hacía indecorosas proposiciones a espaldas de la vieja, o prometiéndole que, si se lo daba, convencería a su señora esposa para que la nombrara asesora en la capital, con el doble del sueldo y la mitad del trabajo” (La ciudad perdida, 2004, p. 11).
Aquí, la sintaxis desbordada y acumulativa no solo reproduce el flujo mental de la protagonista, sino que también expone un entorno laboral atravesado por jerarquías abusivas, clientelismo y violencia simbólica. El léxico coloquial —cargado de desprecio y deseo— revela, además, una subjetividad que oscila entre la sumisión estratégica y la fantasía de ascenso social, evidenciando cómo el lenguaje mismo se convierte en un espacio de negociación entre poder, precariedad y aspiración.
El texto explora, además, las fronteras entre ficción y realidad, proyectando el relato hacia la construcción de un mito urbano contemporáneo arraigado en la experiencia dominicana. La protagonista se configura como una figura de doble faz: ejecutiva calculadora en el espacio público y transgresora en la intimidad, donde emergen pulsiones que desbordan lo normativo y lo ético. Esta fractura entre apariencia y deseo, así como entre ética y ambición, articula la trama y sostiene su impacto psicológico. En este sentido, el mito urbano no surge de lo extraordinario, sino de la intensificación de dinámicas reconocibles: la cultura del ascenso social, las jerarquías laborales marcadas por el clientelismo y la precariedad, y la presión por sostener una imagen de éxito en la vida citadina.
El desenlace deja en el lector una sensación extrañamente perturbadora: el contraste entre lo cotidiano y lo macabro produce un efecto simultáneo de impacto y desconcierto (“Bajó un poco la cabeza hacia los dos objetos (de los cuales salía el hedor casi insoportable) y se decepcionó: no, ya no quedaba nada, lamentablemente. Los huesos estaban limpios en las jaulas…”). En ese momento se insinúa un giro psicológico inesperado, un desplazamiento identitario en la protagonista que reconfigura de forma inquietante la percepción del lector. Con este recurso, Máximo Vega logra algo poco frecuente en la narrativa dominicana: articular crítica social, humor negro y tensión narrativa en un relato donde la rutina urbana funciona como superficie engañosa que oculta un trasfondo de ambición, transgresión y deseo.
De ese punto surgen varias preguntas escabrosas: ¿hasta dónde puede llegar la ambición? ¿Qué se oculta detrás del orden y la rutina? ¿De qué manera las máscaras sociales deforman la ética y la psicología individual? Y, en última instancia: ¿cuántas identidades o estados del yo podrían coexistir detrás de la experiencia de un único yo?
Hansel y Gretel confirma la capacidad de la literatura para convertir lo aparentemente trivial en un espacio privilegiado de revelación crítica. En el relato de Máximo Vega, la rutina urbana se configura como un dispositivo narrativo desde el cual se articulan tensiones entre lo cotidiano y lo grotesco, el humor y el horror, la ambición y la ética. A través de este entramado, el cuento pone en evidencia las fisuras de la vida urbana contemporánea y problematiza el papel de las máscaras sociales, que no solo encubren sino que también deforman la interioridad de los sujetos. Así, mediante una prosa minuciosa, irónica y lacerante, el cuento termina insinuando que la normalidad cotidiana es, muchas veces, apenas la superficie bajo la cual se agitan las pulsiones más oscuras y las preguntas más inquietantes sobre la naturaleza humana.
Compartir esta nota