Las lenguas me dieron griega:
Pobre la casa en los arenales de Homero.
Allí, bremas y percas
verbos que el viento azota
Corrientes verdes en el azul
Cuanto vi alumbrarse en mis entrañas
esponjas, medusas
Con las primeras palabras de las Sirenas
Conchas rosadas con los primeros negros
estremecimientos…

Lepoldo de Luis, padre de Jorge Urrutia, quien prologó la edición más reciente de El fabulador, de José Enrique García.

Así comienzo, en este acto, por decirlo así, declamando estos versos, pieza clave en la obra titulada Digno es, del celebrado Odysseus Elytis, poeta griego perteneciente a la generación de 1930 que con curiosidad atesorada invoco en el día de hoy.

No encuentro mejor asiento para dejar en este salón estampado, en la consideración de un alto poeta del mundo eliseo, como lo fue Elytis, para significar en este momento lo que quiero decir en el sentido de la creación poética, que me viene de los eximios artífices españoles San Juan de la Cruz, Miguel de Cervantes Saavedra y Rubén Darío, dentro de la impresión soterrada de que toda obra poética arranca o proviene de esos arenales en que se asume una conjunción de altas expresiones, precedentes, a su vez, de los hacedores de civilizaciones primigenias, constituidas por el designio supremo de vibrantes energías universales que nos hacen imborrables en la antigüedad y contemporaneidad de las eras y tiempos, pero que tales expresiones provienen desde mucho antes del ya hacer en el marco inicial que dicta a todo principio metafísico partir de otro principio, haciendo de este concepto un tejido infinito de posibilidades con la palabra misma, dada como ejemplo en los textos bíblicos, el Génesis, que dicta:

En el principio, Dios creó los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.
Y dijo Dios: Hágase la luz; y hubo luz.

Y analizamos que se hizo el día separado de la noche partiendo de la nada, que también es un principio generalizado del todo.

En ese sentido del todo, de aquello que contempla principio y final, una obra para ser denominada como tal germina en la intertextualización de grandes voces, y nosotros nos hacemos en ellas. Venimos de la primera arcilla que se sinonimia en las primeras articulaciones humanas y este libro, específicamente este libro, El fabulador, que hoy celebramos en torno a esta edición especial, que nace por voluntad y decisión del Ministerio de Cultura de nuestro país, encabezado por su primer representante, Roberto Ángel Salcedo, y a la encomiable labor de su viceministro, poeta de la lengua, Pastor de Moya, que hermosamente coordinó la cubierta del libro impreso por la Editora Nacional, contando con un estudio de uno de los poetas intelectuales de más alto nivel del orden hispánico, don Jorge Urrutia, quien ejemplifica los arenales de la lengua sin modestia, porque el libro hoy glorificado no es mío, es de toda esa grandilocuencia de primeras articulaciones humanas, que testimonian y testimoniaron, precisamente, el hacer y el fluir humano de acuerdo con sus fealdades y turbulencias.

Palabras para “El fabulador” y España, con motivo de la nueva edición del poema para la XXVIII Feria Internacional del Libro de Santo Domingo

La lengua, sostén y tronco de El fabulador, escrito a mano en Santiago de los Caballeros, en el año 1978, con una duración de tres meses, y cuyos originales conservo sin tachaduras, anotando sistemáticamente lo que, de algún modo, podía faltarle sin que necesitase nada, es una pieza viva, que partió de una masa cósmica donde se manifiesta el principio de lo absoluto, o si quieren llamarle tejido vocal impuesto por un ser superior, divino, que parte del andar humano para transformarse en polvo cósmico.

Un libro milagroso desde mi óptica particular, y perdonen mi inmodestia, pues su compostura se segrega a un poema desglosado en tres vertientes.

Digo a toda honra que El fabulador es perfecto, porque en su interioridad habita, lo que supone mi entera convicción: el poder tangible de Dios.

Declaro en este momento que he venido a esta dimensión para servir, ratificar y provocar vocaciones subyacentes del arte de la creación en mis semejantes y cercanos.

Dos puntos fundamentales posee El fabulador: primero, aquí en nuestro país ha echado raíces y, segundo, se erigió en España.

En nuestro espacio:
Recuerdo con claridad que fue en la casa de Juan Alberto Peña Lebrón, en Moca, cuando terminé la primera lectura. Aquel día, Juan dijo, de una manera serena y categórica: «Ese poema debe concursar al premio Siboney, y si no gana ese premio, yo lo voy a publicar con mi dinero». Y el libro obtuvo el premio. A partir de ahí, comenzó a andar. Subrayo también mi relación con los poetas Máximo Avilés Blonda, Freddy Gatón Arce y Manuel Rueda, donde se fomentó el respeto y la admiración por aquello que mi puño plantó en la simiente de las letras en un conglomerado universal como válido y verdadero.

El otro espacio de divulgación de El fabulador en los ámbitos de la lengua española es España. El libro tiene a España como su soporte más decisivo. Y lo explico de la manera más fácil:

Cuando llegué a esas tierras en el año de 1987, a través de la concesión de una beca por el Instituto de Cooperación Iberoamericana que fue diligenciada insistentemente por el notable intelectual, narrador nuestro, Pedro Vergés, a quien conocí dando clases en la Universidad Pedro Henríquez Ureña, y me dijo en ese entonces: «Tienes que irte a España para ampliar tus conocimientos, realizar un doctorado». Y luego obtuve una beca de cincuenta y tres mil pesetas, que era la dotación económica con la que pude realizar mis estudios y hacer una tesis doctoral de 500 folios, la que obtuvo la más alta calificación: Apto cum laude.

Pedro Vergés.

Posteriormente, escribí la novela Una vez un hombre y continué trabajando en el poemario Huellas de la memoria, y así, sucesivamente, me involucré en otros importantes proyectos.

Que siga diciendo España, sí: esta edición de El fabulador lleva un prólogo de Jorge Urrutia, hijo de Leopoldo de Luis.

Leopoldo de Luis representa un punto mayor en el conocimiento de la literatura española. Con él conocí a Miguel Hernández, a Juan Ramón Jiménez y, sobre todo, a un poeta que llevo en mi memoria: León Felipe, quien dejó sentada esta máxima:

—Lo importante no es ser el primero, sino llegar a tiempo y equipado: ser en la palabra y en la línea misma, palabra modificada para ser en la historia poética de esa misma palabra, así en la línea, en la estrofa, en el conjunto versal y en los otros que están ahora, que estuvieron antes y que estarán después por práctica y por esencia profética en esta dimensión que ocupamos—.

España, sí, elogio de ella, porque, en mi caso, creo, sin arrogancia, que Meditaciones alrededor de una sospecha, mi primer poemario, publicado en 1977, asume esa consideración de don León Felipe. El conocimiento, reitero, de manera más profunda y sistemática, lo inicio leyendo a Leopoldo de Luis, quien dedicó parte de su vida a instruir, tradición de enseñar que asume su hijo, Jorge Urrutia, como una voz demandante en las altas letras de la hispanidad.

Desde luego, tengo que enfatizar aquí que, antes de estos estudios sistemáticos, ya había leído, de manera demorada, el ensayo-tesis de Pedro Henríquez Ureña, La versificación irregular en la poesía castellana, publicada por primera vez en Madrid en 1920: diacronía y sincronía en el comportamiento de la poesía de nuestra lengua. Para ratificar su tesis, termina citando poemas de dos excelentes poetas dominicanos: Domingo Moreno Jimenes y Héctor Incháustegui Cabral.

Asunto de tiempo

El fabulador fue asumido inmediatamente llegué a España. Resumo este suceder:

Pedro Shimose, que en ese momento asumía la dirección de la colección de poesía del Instituto Iberoamericano de Cultura, cuando le facilité una copia de El fabulador, me dijo: «Después de leerlo, este libro tiene que conocerlo Gastón Baquero (1914-1997)». Y a los cinco días me llamó Baquero, poeta cubano exiliado en España, y me dijo: «Yo quiero que usted me acompañe a una comida». Aquel hombre, gran poeta, erudito, ensayista… fuimos amigos, nos veíamos todos los sábados, teníamos una tertulia que fungía a su vez como intercambio de conocimientos. A partir de esas dos lecturas, El fabulador fue caminando de mano en mano gracias a la difusión de Baquero y de Pedro Shimose, de Rafael Morales, Rafael Montesinos, Claudio Rodríguez y Luis Rosales.

Bueno, en la Universidad Complutense de Madrid, muchos de mis profesores me dijeron que me quedara allí para que completara mi obra literaria. Por lo citado y un sinfín de cosas más, le agradezco enormemente a España: quizás fue el espacio o el país en el que yo me sentí más pleno como ser humano.

Y para finalizar

En modo alguno, al pronunciarme de esta forma en torno a España, país al que agradezco, no quiero que se tergiverse este decir con respecto a lo que ha sido mi trayecto como escritor en República Dominicana, mi país, pues aquí desarrollé una obra diversa, y de esa diversidad están mis roles como profesor, como tallerista, como ensayista, como narrador, como crítico y como el poeta que soy, pero, sobre todo, como el ser humano que ha ido a la par de tropiezos evolucionando, siempre dispuesto a dar lo mejor de mí a quienes tengan ojos y oídos abiertos para aprender.

José Enrique García, en Plaza Mayor, Salamanca.

MUCHAS GRACIAS
José Enrique García

XXVIII Feria Internacional del Libro de Santo Domingo.
28 de octubre de 2026

José Enrique García

Poeta y novelista

Nacido en 1948, Licenciado en Educación y Letras de la Universidad Católica Madre y Maestra, Doctor en Filología por la Universidad Complutense de Madrid y Miembro de número de la Academia Dominicana de Lengua. Ganador de premios como Siboney de poesía con su obra El Fabulador, Premio Nacional de Novela con Una vez un Hombre. Escritor del Ritual del tiempo y los espacios, Un pueblo llamado pan y otros cuentos infantiles, ensayos como La palabra en su asiento y El futuro sonriendo nos espera.

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