Espejos hechos de música, en donde el silencio, callado, contempla sus reflejos.
Centellea un acorde entre la luz y la bruma, agua y luna, mar que en el oído reposa,
Canta el silencio, no para el oído sino para el que, con ojos ciegos, al silencio mira.
Oír es ver. En la tradición hindú, Akasa en sánscrito significa lo oído; el Akasa, en el Vedanta, es el vacío, un vacío en donde el Ser es oído por el otro oído.
En los Upanishads se cuenta que el miedo a la muerte creó a los dioses por el sonido, y agrega además que la esencia del hombre es la palabra, como la palabra es el Himno y el Himno lo es del canto. “El sonido es el alimento de los dioses, y el Sol y la Luna tienen un sonido, y el fuego y el Atma”. Kandasha Upanishad.
En el Libro tibetano de los muertos se le recita un mantra al oído del fallecido, para que no se pierda ni se extravíe y encuentre el camino ciego, la melodía infinita que lo lleve a los cielos.
El verdadero nombre del Libro tibetano de los muertos es el Bardo Thödol, que significa: Liberado por el oído.
En los pitagóricos, o akousmáticos —que significan “los que escuchan”—, a los neófitos se les enseñaba a callar, a guardar silencio por cuatro años, y así podrían escuchar la música, las sonoridades de los números y la armonía de las esferas.
La música ocurre siempre en presente, en donde todo el pasado se escucha ahora
Basilio II, emperador de Bizancio, ordenó cegar a quince mil soldados búlgaros en el siglo IX.
Los soldados ciegos emprendieron el camino hasta la capital búlgara, guiados por el oído, creando sendas, caminos, bosques, montañas, ríos, abismos, paisajes interiores.
Hoy David Toscana, escritor mexicano, acaba de ganar el Premio Alfaguara de Novela 2026 con su novela El ejército ciego, en donde nos cuenta la historia de este ejército ciego guiado por el oído.
En una entrevista reciente para El Sol de México, David Toscana nos confiesa que esta novela la escribió con los oídos, y además que la mayor parte del texto lo escribió con los ojos cerrados:
“El ciego es un aventurero; cuando los veo cruzar las avenidas, solo acompañados por el bastón, me digo eso: yo no me atrevería a hacerlo”.
Imaginar la ciudad desde los oídos, seguir los pasos de un ciego por la zona colonial, perderme por un laberinto sonoro, escuchar el contrapunto sonoro, escuchar la sinfonía de sus pasos, el swing del jazz y el repique del bastón de un ciego por la calle El Conde, es un anhelo no satisfecho, como aquel que realizó el compositor italiano Luigi Nono: el de grabar por un año los pasos de los paseantes por la Plaza de San Marcos. Es un proyecto sonoro que algún día soñaría poder realizar.
Martin Heidegger escribe que cuando decimos “no escucho bien”, estamos expresando que no entendemos bien.
La imposibilidad de ver impulsa a crear una melodía interior, como si fueras un John Milton ciego creando un paraíso sonoro ante el caos; o la inteligencia sonora de Borges ciego, al que sus oídos afinan mejor el verso que aquellos que escribía cuando sus ojos podían ver; o Johann Sebastian Bach, trazando líneas y voces en contrapunto con volúmenes sonoros, orientado en el caos de una fuga ciega.
Elías Canetti afirmaba que el oído, no el cerebro, es la sede del espíritu.
María Zambrano nos cuenta que la escucha de Apolo en el templo de Delfos colocaba el oído en el centro del mundo.
Lo de adentro es lo de afuera. Escucha y el mundo se vuelve música.
La música acompaña lo sagrado del hombre desde las primeras ceremonias iniciáticas, las danzas órficas, el canto gregoriano y el dikr sufí.
Las cuatro voces de las sonatas, los tres temas que se vuelven uno en un cuarto movimiento como si fuera un cuarto camino, la suavidad y la intensidad simultánea en la música romántica, las abstracciones dodecafónicas, la descreación del sonido en John Cage y las aplicaciones y programas informáticos son los caminos por donde vuelven y retornan dioses olvidados.
Igual que el silencio, la música es una imagen de nuestro origen:
“…La cultura griega se inicia con el misticismo antiguo, la música renaciendo en el oído, todo el universo en un acorde en diversas tonalidades, teniendo al oído como el origen del ser…”. Schneider. El origen musical de los animales-símbolos en la mitología y la cultura antigua, pág. 123.
Coincidencias, acordes afinados en distintos tiempos: John Cage y Sexto Empírico sincronizan sensibilidades, uno nacido en el 180 después de Cristo y el otro, un hombre del siglo XX, nacido en 1910. Se encuentran y armonizan diecisiete siglos después:
“…El tiempo no es nada, ni las melodías ciegas, ni los ritmos, ni los pies ni los acentos, ni la ciencia de los ritmos”.
Sexto Empírico, Adversarius mathematicus, cap. 6.
John Cage concluye en 1980, en su ensayo Escritos al oído:
“…En realidad no hay nada que decir acerca del ritmo, porque el ritmo no existe”.
John Cage, pág. 33.
La música ocurre siempre en presente, en donde todo el pasado se escucha ahora: melodía ciega, infinita, interpretada en todos los presentes.
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