Nos hemos propuesto, este año, publicar un nuevo libro, que titularé Un encuentro con la literatura: entrevistas a escritores dominicanos. En el año 2010, publicamos nuestra primera obra de este tipo, Entrevistar es pensar: un encuentro con la cultura. Tuvimos la oportunidad de hacerlo gracias a la colaboración de un selecto grupo de escritores e intelectuales de nuestro país, siendo la primera vez que lo hace un autor de Santiago.
Teniendo una gran recepción en el país, reconociendo que el libro era importante como la bibliografía dominicana, como lo señalaron José Rafael Lantigua y Andrés L. Mateo, para solo citar dos casos. Reunimos a once escritores, donde están incluidos los dos primeros, además de Diógenes Céspedes, Marcio Veloz, Maggiolo, José Alcántara Almánzar, Mateo Morrison, José Mármol, Plinio Chahín, León David, Silvio Torres Saillant y Enegildo Peña; esta última realizada por la periodista y poeta Arelis Albino.
En la introducción, hablamos de los distintos tipos de entrevistas; también elaboramos una bibliografía con los libros del género que habíamos leído y que nos habían impresionado. En aquella ocasión, centramos algunas preguntas clave, desde el punto de vista cultural, así como las inquietudes fundamentales de los autores, siempre partiendo del criterio de que «entrevistar es pensar, pero responder es reflexionar». Asimismo, decimos: «Cada uno tiene su estrategia; se pregunta para conocer y saber. El primero es un interrogador que busca develar los secretos más entrañables del otro para divulgarlos. Debe saber lo que pregunta y para qué; ahí está la clave; no saberlo es una derrota, lo que sería aprovechado por el entrevistador» (pág. 9).
Dieciséis años después, emprendemos de nuevo el camino con otro grupo de destacados escritores nacionales, en el que enfatizaremos, sobre todo, el ejercicio escritural de cada uno de ellos, así como sus peculiaridades y preferencias. Esa será la razón primordial de esta obra, que servirá de ejemplo y estímulo para los jóvenes escritores y para todos los amantes de este género y forma de pensar, donde los entrevistados nos muestran sus capacidades intelectuales e intereses creativos. Por estas razones, lo hemos titulado Un encuentro con la literatura, porque eso es lo que será con cada uno de los autores que entrevistaremos.
Qué suerte hemos tenido de iniciarlo con el escritor e intelectual Basilio Belliard, autor de la llamada generación de la década de los 80, que nació en el seno del legendario Taller Literario César Vallejo, fundado por el poeta y gestor cultural Mateo Morrison, Premio Nacional de Literatura. Belliard se ha ganado un puesto importante en nuestra literatura, reconocido incluso por excelentes escritores anteriores a él. El autor en cuestión nos muestra su vasta cultura lectora, además de sus hondas y atinadas reflexiones literarias. Belliard es uno de los mejores ensayistas que tienen las letras nacionales, con una exquisitez estilística y un dominio conceptual impresionante.
¿Qué metodología utilizas para escribir? ¿Tienes algún ritual a la hora de hacerlo o varía según el tipo de texto: ensayo o poesía?
No tengo ninguna metodología. Mucho menos un ritual. Es decir, no tengo una superstición ética o cábala, como tienen algunos autores, a la hora de escribir o en el instante del impulso creador. Desde luego, como cultivo la poesía y el ensayo —además del aforismo y el microrrelato—, sí tengo, en efecto, quizás no un método —pues soy no ortodoxo sino heterodoxo o ecléctico— sino una conciencia en el uso del lenguaje, en prosa o en verso. Y más aún: una concepción y una visión consciente de que, cuando escribo poesía, sé que tengo que saber que en esta predominan la metáfora y la imagen; y en el ensayo, las ideas, aunque en ambas expresiones de la lengua y del lenguaje, hay dos discursos estéticos, que navegan entre la intuición y el intelecto. Pero tengo la convicción de que, en ambas manifestaciones de la escritura, debo tener una vocación de estilo y un equilibrio, entre el concepto y la imagen. Ambas expresiones estéticas de la palabra poseen orígenes distintos. Como la poesía es más antigua que el ensayo, y aun que la novela, todo lo que se escribía se hacía en verso: la epopeya, la poesía lírica y el teatro, por ejemplo. La prosa surgió después, y de ahí que, cuando Michel de Montaigne inventa el ensayo, en Francia, en 1580, ya lo hace en prosa. La poesía ya tenía siglos de invención y tradición. Incluso, la poesía es la partera o madre de la filosofía. Ambas vivieron luego en habitaciones contiguas, pero en una relación histórica de atracción y repulsión, en disputa por su primogenitura. De modo que, de la poesía, nacen todas las expresiones del arte verbal y del pensamiento, incluyendo la filosofía, de donde se desprendieron, a su vez, todas las ciencias, los saberes y las demás disciplinas. Así que, cuando escribo ensayo, lo hago siempre con vocación poética y filosófica, es decir, combino ideas y estilo. Pienso estéticamente en el ensayo —no con vocación de tratado— y en la poesía, siento, sueño y pienso. En poesía, no tengo método (¡Dios me libre!). Trato, eso sí, de escribir con libertad formal, temática y expresiva. Tengo, antes que método, influencias. Sí alguna tengo, ha de ser del surrealismo, pero nunca he usado su técnica del “automatismo psíquico” bretoniano. Con la poesía, me dejo llevar por la intuición, la imaginación, la ensoñación y la fantasía, tanto en prosa como en verso. Como he leído poetas, sin importar su corriente estética, desde luego que habré asimilado, de las técnicas y procedimientos, del simbolismo y de las vanguardias: surrealismo, creacionismo, dadaísmo, futurismo y cubismo. De alguna manera, se habrán metabolizado o procesado, en mi inconsciente y en mi memoria creadora, esas corrientes poéticas. Pero, en fin, no empleo método para escribir ni en poesía ni en crítica literaria, aunque sí he estudiado muchas teorías literarias, pero para pasar sobre su cadáver, pues pasan de moda. Y, para evitar desfasarme en el tiempo, trato de evadir la adscripción a teorías literarias, ideologías estéticas y a métodos de creación poética. Sí estudio las corrientes literarias y poéticas para enseñarlas en el aula y para conocerlas.
¿En cuál de ellos te sientes mejor o más satisfecho?
En el ensayo y el artículo, pues puedo inyectarle poesía e imaginación crítica, y hacer que participen a un tiempo del poema en prosa, que debería ser la aspiración del ensayista, como creía Baudelaire. Además, me puedo sentar a escribir un ensayo o un artículo, mas no así a escribir poesía. El poema solo lo escribo cuando siento un escozor, un impulso, una emoción, un ardor. O el llamado de un misterio o una necesidad espiritual y estética. La poesía necesita un estado de ser, un estado poético, para que surja, nazca o brote el verso –o la prosa poética. De modo que la poesía no es un oficio sino un estado de ocio creativo. Por eso no se escribe todos los días. Uno puedo escribir un ensayo (o una página de un ensayo), y hasta un artículo cada día, pero es difícil que pueda escribir un poema (y hasta un verso) cada día. Se necesita una llama que los antiguos llamaban inspiración y que los modernos llaman memoria. Es esa parte de dios, según Gide, o de satanás, al decir de Baudelaire. O “un automatismo psíquico”, dijo Breton, o el cool memory, de Schopenhauer. Darío y Lugones decían que “la poesía nace de la poesía”. Creo más en esta idea, pues muchos de mis poemas me han surgido de la lectura de otro poema o de otro poeta, es decir, de oír la “otra voz”, según Octavio Paz, que viene de la tradición histórica de la poesía.
Puedes definirnos cada uno. Por ejemplo, empecemos por el primero; quien utilizó el término fue el escritor francés Michel de Montaigne. Pero el mexicano Alfonso Reyes lo llamó «El centauro de los géneros» por su diversidad.
Así es. Montaigne (1533-1592) inventó el ensayo personal, a la pregunta que se hace en el prólogo de sus Ensayos (Essais): “Qué sais je” O sea: ¿Qué sé yo? Y lo crea, a partir de la idea de que el ensayista no debe agotar el tema, como el tratadista, sino que debe opinar o emitir su punto de vista sobre un tema o una idea, de un modo personal, no partiendo de una investigación previa sino de lo que sabe: de su cultura, y sin investigar. Y de lo que uno sabe, de eso debe hablar. Esa es la idea o poética original del ensayo, como género literario que inventa el “Señor de la Montaña” —como se le dijo—, pues se refugió el resto de su vida en un castillo, tras la muerte de su íntimo amigo, Etienne de la Boetie, en 1563. En las paredes de su torre, Montaigne escribió muchas frases de los clásicos latinos y griegos, y que fueron sus influencias. Antes que Montaigne, los griegos ya habían inventado, para vehicular las ideas y el pensamiento, el aforismo, el fragmento y el tratado, no así el ensayo, que es más bien, un género moderno, o sea, del siglo XVI. Alfonso Reyes, le llamó “el centauro de los géneros”, pues quería significar que el ensayo se monta sobre los demás géneros literarios anteriores para expresar ideas y conceptos. O el “ensayo como forma”, como lo definió Adorno, es decir, como la forma que usan los filósofos, los ensayistas, los científicos o los críticos literarios, para expresar sus ideas, opiniones y argumentos. De modo que, el ensayo es la forma de la crítica literaria. Así pues, el ensayo le di forma, cuerpo y carne, a la crítica. Sin el ensayo no hubiera sido posible la aparición del Discurso del método (1637), de Descartes (1596-1650), con el que se funda la filosofía moderna en Occidente y la duda metódica, que descansa en el Cogito ergo sum: “Pienso, luego existo”). Ni Marx y Engels, hubieran escrito El manifiesto comunista, en 1844. De manera que no han sido la poesía ni el cuento ni la novela, que han transformado el mundo y el pensamiento humano sino el ensayo, ya que son las ideas y no las metáforas las que han encarnado el espíritu de la civilización y de la sociedad. De modo pues, que ha sido el ensayo el género literario que más ha contribuido a la transformación de las ideas de los hombres y a la marcha de sociedad, para bien o para mal. Es decir, el ensayo ha sido vital y esencial en el pensamiento político, filosófico y estético de la modernidad.
Uno puede observar que tus ensayos son más literarios y estilísticos que académicos, pese a que eres profesor en varias universidades dominicanas desde hace tiempo.
Así es. Yo estudié a nivel de grado y posgrado (con maestría y doctorado) en la Universidad. Sin embargo, tienes razón, al decir que provengo del mundo académico. Lo que sucede es que siempre la vocación artística y la poesía, surgieron primero. Soy académico por profesión, pero no por vocación. Escribí poesía y artículos antes que ensayo académico, aunque puedo hacer ensayos de tipo académico y no académico, a la vez. Incluso he publicado artículos para revistas indexadas, aunque prefiero escribir mejor para revistas literarias o culturales, donde me siento con más libertad expresiva y técnica. Acaso el periodismo literario ha tenido un peso específico más potente en mi oficio de escritor que la Academia, pues me inicié publicando en periódicos antes que en revistas académicas. Quizás se deba a que me formé leyendo a ensayistas no académicos como Octavio Paz o Borges.
¿Por qué y cómo se distingue uno de otro?
En los ensayos académicos tengo que usar notas, citas y bibliografías, y escribir con más sequedad, claridad, certeza y dirección, y con la imaginación contenida. Lo puedes ver en mis ensayos El ojo de Ion. Poesía y filosofía, que fue mi tesina del máster en la Universidad del País Vasco —y que ganó el Premio de Ensayo de Funglode, en 2019; o en mi tesis doctoral de la misma Universidad, Octavio Paz: temporalidad y soledad, editada con ese título por el Banco Central. Si te fijas, en esos libros me ciño al protocolo académico. Ya en el ensayismo literario o en el artículo periodístico trato de ser más libre, poético, personal, y pensar en un público no estrictamente académico y especializado; ni en un jurado de tesis, sino en un púbico general. Pero me cuesta más escribir ceñido a unos procedimientos académicos que a la libertad expresiva que me ofrece el periodismo literario, es decir, el diario o la revista cultural.
En una entrevista de televisión escuché decir al maestro y gran escritor dominicano Andrés L. Mateo, quien te impartió algunas materias en la UASD, que tú eres uno de los casos donde el alumno supera al maestro. ¿Cómo consideras este elogio?
Me sentí ruborizado y en deuda moral con Andrés L. Mateo, pues que lo diga mi ex profesor de tantas asignaturas de literatura como él, representa un acto de generosidad suya y, para mí, un desafío intelectual. Sobre todo que el responsable, en gran medida, de mi vocación literaria fue justamente, Andrés L. Mateo, cuando tomé mi primera materia, Introducción a los estudios literarios, en la carrera de educación, mención filosofía y letras, en el Centro Universitario de San Francisco de Macorís, de la UASD, en 1987. Me impresionaron mucho su dicción, su pasión didáctica, su dominio de la materia y su entusiasmo. Fue él quien, sin saberlo, despertó en mí una vocación suspendida por el activismo de izquierda o paralizada o dogmatizada por las lecturas de marxismo. Lo he dicho otras veces. En 2002, dije esto mismo a Clodomiro Moquete, en una entrevista que me hizo para su desaparecida revista Vetas. Ciertamente, Andrés L. me sorprendió y más que lo haya dicho un consagrado intelectual y novelista, de prosa lírica, gran cultura literaria, y con una trayectoria consagratoria, me llenó de orgullo, pero también de rubor.
Sé que ganaste el Premio Anual de Poesía Salomé Ureña de Henríquez en el año 2002 con tu poemario Sueño escrito, pero hay muchos que te prefieren más como ensayista que como poeta. ¿Qué tienes que decir al respecto?
Bueno. No sé qué decirte. Desde ese libro hacia acá ya he publicado ocho libros de poesía y siete de ensayo. No me siento mal. Son dos oficios que he llevado de manera paralela, que se retroalimentan y dialogan entre sí, en mi conciencia creadora y en mi intelecto. Eso mismo dicen de Octavio Paz: que era más ensayista que poeta; y sin embargo, ganó el Premio Nobel de Literatura, y no fue como poeta ni como ensayista de manera separada, sino como un todo, es decir, como un escritor. El mismo Paz dijo que el ensayista nació del poeta cuando, desde la poesía misma, empezó a reflexionar, meditar y pensar el oficio poético, el lenguaje de la poesía y del poema. Decía que la poesía no debía escribirse todos los días, y de ahí nació su vocación de ensayista, teórico y crítico de la poesía. Ciertamente, el tipo de poesía que cultivo es más fría, calculada, esencialista, filosófica, y como en nuestro país la tradición poética se caracteriza por una poesía hímnica, lírica, emotiva, altisonante, retórica, donde predomina más el canto que el pensamiento (y la poesía debe cantar y contar), acaso esa es la razón de esta concepción sobre mi poesía, y la raíz de esa opinión de mí como poeta. Pero no me siento mal, pues el ensayo ha sido un género que, como ves, tiene una larga tradición, y ha sido esencial, en el debate de las ideas, en el diálogo intelectual y en la transformación del pensamiento estético, filosófico, sociológico, antropológico y político de la humanidad. Además, en nuestra cultura, el ensayo ha sido poco cultivado, y ejercido tardíamente, lo cual ha sido negativo, ya que, el ensayo debe ser el centauro de los demás géneros literarios, como dijo Alfonso Reyes. Acaso esa es la causa de nuestra pobreza conceptual y filosófica. Por otro lado, el ensayo, junto con la novela, es lo que más se lee y los géneros que tienen más mercado en el mundo editorial. En cambio, la poesía, pese a que es el que más que se escribe (y mucho más aquí), es el que menos se lee y el que menos atención tiene de los editores (aunque el teatro se lee menos). Quizás la causa de nuestro aislamiento en el mundo se deba a que nuestro país no es un país de ensayistas ni de novelistas sino de poetas. Fíjate que todos los movimientos literarios, y las generaciones del país, son poéticos.
Como ya entramos al mágico y maravilloso mundo de la poesía, ¿cómo catalogas la tuya?
No sabría decirte, ya que es una labor de la crítica y de los críticos literarios. Ahora bien, si fuera a elaborar una poética, diría que es metafísica y filosófica, pues el tiempo, la memoria, el instante, el silencio, el vacío y la brevedad han sido mis impulsos vitales, mis símbolos imaginarios y mis obsesiones creativas. Y que son, a la vez, categorías filosóficas o conceptos dables para la reflexión, la meditación y el pensamiento. En síntesis, son temas metafísicos-filosóficos.
¿Cómo defines la poesía?
La poesía es un viaje y una aventura de la palabra, alimentado por el tiempo y la memoria. En suma, la poesía es la sustancia del poema, el contenido de ese continente, la esencia de una forma verbal que vive en la palabra: en el verso, en una película, en una fotografía, en un cuadro de pintura, en una pieza escultórica, en un monumento arquitectónico, en una composición de ballet o de danza. En fin, la poesía es invisible: está en todas las artes, contrario al poema, que solo habita como forma de la poesía o del lenguaje poético.
De los escritores de la década de los ochenta que surgieron del importante Taller Literario César Vallejo de la UASD, fundado por el poeta y gestor cultural Mateo Morrison, el 13 de enero de 1979, concibieron la poesía con el líder de ese grupo, José Mármol, como un acto del pensar. Aunque ese concepto existe en la tradición literaria desde hace tiempo, incluso el padre del Creacionismo, el excelente poeta chileno Vicente Huidobro, en su poema Arte poética, que es uno de los textos donde mejor la explica, también dictaminó: «El vigor verdadero / Reside en la Cabeza». ¿Consideras que la poesía es un ejercicio del pensar puro y simple?
No. Ya los románticos alemanes e ingleses, en el siglo XIX, emplearon el pensamiento en la poesía, pese a que lo que dijo Novalis, el romántico alemán: “El hombre es un mendigo cuando piensa y un príncipe cuando sueña”. Para ellos, el sueño, la naturaleza salvaje, el mundo natural, fuera de la cultura letrada, era la hormona del acto poético y creador. Como vez, creían más en el sueño que en el pensamiento, y más en la noche que en el día. Más bien: estaban enamorados de la noche, y de ahí que la luna era su diosa, su musa, su inspiración. Novalis le escribió un “himno a la noche”. Y Kant, que no era poeta sino un filósofo sistemático dijo: “Si el día es bello, la noche es sublime”. Para Heidegger, otro filósofo sistemático, el poeta Holderlin, representó “la esencia de la poesía”. La poesía es pensamiento, ciertamente. Pero también es imaginación y creación. Es imagen e ideas a la vez. El pensar puro es propio de la filosofía. La poesía es un acto, un arrebato, un rapto, un equilibrio entre el cálculo y el azar. Por lo tanto, no puede ser, de ningún modo, un acto puro del pensamiento. Lo que ocurre es que los primeros que hicieron los griegos fue escribir la filosofía en forma de aforismos y fragmentos, y en verso, pues no existía la prosa, como que te dije antes. Como los griegos inventaron la poesía antes que la filosofía se quedó la creencia, no la idea, de que la poesía debe ser pensamiento puro o filosofía, pero esa forma evolucionó con el tiempo. En efecto, el pensamiento atraviesa la poesía y la filosofía, y es la piedra angular de esta última, las unificas y habita, pero en la primera, debe existir un equilibrio entre pensamiento e imagen, entre metáfora y metonimia. Si hay metáfora poética, también ha de haber metáfora filosófica (como en Nietzsche). Un poeta no es un filósofo ni un filósofo es un poeta. Sin embargo, en la tradición occidental, hay filósofos que hicieron filosofía en fragmentos y aforismos, como los presocráticos, en la antigüedad clásica griega, o Nietzsche, en el siglo XIX, o Cioran, en el XX. Pero, en cambio, hubo poetas que escribieron poesía filosófica, aunque en versos, como Dante, Goethe, Pessoa, Eliot, Antonio Machado, Valery, Borges, Juarroz, Manuel del Cabral o Paz.
A uno de los primeros que escuché escribiendo sobre poesía y filosofía en el país fue al escritor e intelectual Antonio Fernández Spencer. En los últimos años, te has involucrado en el tema como nadie. Incluso tuve la oportunidad de premiarte —junto a Franklin Gutiérrez y Pedro Ovalles— con el Premio Único de Ensayo Pedro Francisco Bonó (2019) de Funglode, con tu interesante obra El ojo de Ion. Poesía versus filosofía. En el capítulo III trabajaste: «La poesía como forma de conocimiento». ¿Podrías explicar qué es lo que planteas de manera general, para aquellos que no tienen el libro?
Ciertamente. Como en la poesía, sobre todo en los poetas filosóficos, al ahondar en el pensamiento y al emplear el pensamiento como forma sustancial del poema, desde luego que hay conocimiento. Es decir, cuando leemos poesía, vemos y sentimos, pero también aprendemos, conocemos. ¿Por qué aprendemos? Porque hay conocimiento: conocimiento filosófico, mitológico, psicológico, histórico o antropológico. Cuando leemos poesía, nos creamos una cultura poética, y una sensibilidad especial, que la dan la lectura y la escritura de poesía. Cuando leo poesía, aprendo filosofía, psicología humana y antropología filosófica, y acaso se deba al poder de síntesis de la poesía, y de su abstracción conceptual. No olvides que, Horacio, en su Poética, definió el arte con dos funciones: dulce et utile, o sea, como productor de placer o deleite estético, y como productor de conocimiento. Es decir, produce goce y tiene utilidad: posee una función estética y otra moral.
Hablan mucho, desde los filósofos clásicos de la antigüedad, para mostrarnos la vinculación que existe entre ambas. Hay una autora que los escritores de tu generación, igual que tú, no pueden ignorar: la filósofa española María Zambrano, con su exquisito ensayo Filosofía y poesía: «El hombre y la poesía. No se encuentra el hombre entero en la filosofía; no se encuentra la totalidad de lo humano en la poesía» (pág. 13). ¿Te sirvió esta obra de base o de inspiración para escribir la tuya?
Por supuesto. María Zambrano es una de mis pensadoras favoritas y de cabecera. Además, acaso fue ella la primera en estudiar la relación entre poesía y filosofía en nuestra lengua. Esa obra fue una conferencia que dictó en Morelia, México, en 1939, durante su exilio. Y Octavio Paz estuvo ahí o la siguió y se hicieron grandes amigos. Zambrano fue una mujer muy culta y una estilista de la lengua. Se formó a la sombra de su maestro, José Ortega Gasset, aunque luego se distanciaron, cuando Ortega acuñó el concepto de “razón vital” y ella desarrolló de “razón poética”. Lo que sucede es que Ortega no fue poeta y Zambrano sí. Además, ella fue una helenista, una enamorada del alma, de lo divino, de los sueños, del delirio y de los griegos; y Ortega era más un filósofo anclado en la razón, en los alemanes, en el hombre, la persona, las masas, las técnicas y las ciencias.
¿Cuáles han sido tus poetas preferidos, a nivel internacional y local? En mi caso, tengo varios, pero tengo una gran fascinación y respeto por nuestro Franklin Mieses Burgos.
A nivel internacional los ubico por época o lengua: Quevedo, Rimbaud, Baudelaire, Rilke, Lorca, Apollinaire, Emily Dickinson, William Blake, Fernando Pessoa, Whitman, T. S. Eliot, Pound, Saint John Perse, Octavio Paz, Cavafis, Wallace Stevens, Borges, Jorge Guillén, Neruda, Juan Ramón Jiménez, César Vallejo, Alejandra Pizarnik, William Carlos Wiliams, Ida Vitale, David Huerta, Gonzalo Rojas, Wislawa Szymborska, Álvaro Mutis, Hugo Mujica, Raúl Zurita, Luis García Montero, Rafael Cadenas, etc. Del país, hay poemas: Rosa de tierra, Yelidá, Los huéspedes secretos, Poema de la hija reintegrada, Círculo, pues en nuestra tradición poética abundan los poemas, los grandes poemas de largo aliento, a veces, por encima de sus autores. Desde luego, Franklin Mieses Burgos, Manuel del Cabral, y más recientes, José Mármol, Soledad, Álvarez, Plinio Chahín, entre otros, a quienes leo y releo.
¿Por qué los escritores e intelectuales dominicanos disfrutan leer y citar a los extranjeros, en vez de a los nuestros? ¿Es por ese famoso «Complejo de Guacanagarix»?
No te sabría decir con propiedad. Pero pienso que es porque la nuestra es una tradición no universal y reciente. Pero fíjate que te cité a varios compatriotas.
Eres un extraordinario lector, con una excelente biblioteca personal, que muchos quisiéramos tener. ¿Por qué no se lee tanto en el país, aunque existe una Ley No. 502-08 del Libro y Bibliotecas Públicas, promulgada en 2008 por el presidente Leonel Fernández?
Porque en nuestro país nunca ha habido una tradición lectora. Y porque la lectura es una práctica burguesa, de países desarrollados, de gran cultura letrada. Los libros siempre han sido caros y un lujo. Nuestros poetas y escritores del pasado, apenas leían la Biblia y algunos clásicos, y en bibliotecas, y no tenían bibliotecas personales. Además, esto es una isla, y por tanto, viajar siempre ha sido una tragedia y un privilegio de unos pocos, y durante la tiranía de Trujillo (de 31 años), solo el tirano daba pasaporte y permiso para viajar. Y la educación universitaria era un lujo para unos pocos, y por tanto, en esa etapa es donde se forma el hábito de lectura y se crea la cultura letrada. Es más fácil y cómodo escribir que leer, pues no hay que comprar libros. Fíjate que los novelistas nuestros no han leído –ni estudiado– a los grandes clásicos del género. Ni siquiera muchos poetas han leído a los clásicos de la poesía. Es decir, no hay costumbre ni practica de estudiar sistemáticamente a los escritores, ni de leerlos en sus obras completas, sino, a menudo, de manera fragmentaria. Aquí no hay un clima de estímulo y de competencia intelectual dinámico, que impulse el debate de las ideas. En las peñas casi nadie habla de libros, del último libro que leyó o está leyendo. Más bien, quienes leen son los no escritores, es decir, los lectores. Hay una cultura oral, de café, no académica. En las tertulias, enseguida los contertulios, y a diario, solo hablan de política, de candidatos, y de su participación en la política y en la vida social. Fíjate que nuestros escritores son los que menos libros compran. Quienes más libros compran son los abogados, los médicos, las mujeres de clase alta o media. Hay escritores que nunca van a una librería, y si van, es a reunirse con alguien para hablar de negocios, de política o de justicia. Tampoco viajan a ferias de libros a comprar novedades librescas y a conocer el circuito del mundo editorial y del libro. Leer es un acto desinteresado y espiritual, intelectual e improductivo. Por eso no se lee. Además, los profesores tampoco leen, y por tanto, no crean en sus alumnos el hábito lector. Porque no tienen dinero o porque tampoco leyeron cuando eran estudiantes. También este es un país de escasas librerías y de pocos habitantes. Y en las provincias el drama es escalofriante: Nunca ha habido buenas librerías, sino apenas papelerías y farmacias con algunos libros de venta. El divorcio y el abismo entre la ciudad capital y las provincias, o entre la ciudad y el campo, son terribles, y antes era peor. Es decir, que, para formarse el hábito lector en el interior del país y en hogares pobres, es más patético el panorama. Y en las universidades tampoco se lee, ni se crea el hábito lector. Apenas los estudiantes hacen las tareas de los profesores, pero no leen por placer y autonomía. En fin, es un drama infinito y un círculo vicioso.
No puedo concluir esta maravillosa entrevista sin antes hablar un poco de tu oficio como crítico literario y de artes.
He ejercido la crítica literaria acaso más que la creación literaria. Quizás es un vicio. También suelo leer crítica literaria, teoría literaria e historia literaria, porque las he enseñado: para nutrirme y formarme y para poder tener competencia para hacer crítica. Hago crítica de otros y de libros como un ejercicio de generosidad y como una pasión, antes que como una profesión castrante, dogmática y maniquea. Prefiero escribir reseñas o hacer critica pero siempre la hago desde el fervor, y sobre libros de amigos a quienes admiro, quiero y estimulo (o estimo). Escribo más sobre poesía y poetas que sobre novelas y novelistas o cuentista, acaso porque soy poeta y no novelista o cuentista. Y lo hago con autores nacionales e internacionales, con quienes tengo deudas de admiración, influencia o aprendizaje. Hago crítica literaria y a veces he hecho crítica de arte, pues soy profesor de teoría, historia y crítica de arte, y porque desde que arribé a Santo Domingo, era y he sido un habitué de las galerías de arte, de las exposiciones de pintura, fotografía, dibujo o escultura, y de museo de arte del mundo. Quizás también siguiéndole los pasos a Octavio Paz, quien fue un gran crítico de arte. Pero también a Baudelaire (el padre de la crítica de arte moderna), a José Ángel Valente, Carlos Fuentes, Cardoza y Aragón, entre otros, poetas y escritores.
¿Qué es la crítica para ti
La crítica es para mí un ejercicio del criterio, en el análisis y la interpretación de obras de artes y de literatura, desde la pasión, la imaginación, la celebración de la mirada y el buen gusto.
¿Te sientes como si la ejercieras en una sociedad donde se espera que se elogie todo lo que se publica, además del delirio de grandeza que posee nuestro sector?
No. Lo hago como ejercicio de admiración. Y como un diálogo entre la obra y yo, es decir, entre el libro y mi sensibilidad. No la practico para detractar, sino para estimular y para ponerla a dialogar son su autor y con el público. O para servir de intermediario o agente mediador de lectura entre autor, la obra y el público. Además, como un acto de descubrimiento y de fiesta del intelecto y del conocimiento sensible.
Desde mi punto de vista, la crítica dominicana es muy personal y subjetiva. ¿Qué piensas?
Ojalá y sea así. Prefiero esa crítica a la crítica dogmática, maniquea, autoritaria, que practica el terrorismo de la cátedra, de la academia o de las revistas especializadas. Mejor si es subjetiva, pues el arte es subjetivo, polisémico y connotativo, y la obra literaria, también. No puede ser objetiva. La crítica no es ciencia, como creían muchos teóricos estructuralistas, semiólogos o los de la nueva crítica americana (new criticism) o los formalistas rusos. No creo que haya ciencia del arte o ciencia de la literatura. La crítica que practico es subjetiva e imaginativa y sensible. ¿Está en crisis, y si está en crisis, es porque la mataron o la anquilosaron en los muros de las academias o de la ciencia lingüística? Si sobrevive –o ha sobrevivido– no ha sido por los teóricos cientificistas, sino porque la han practicado, con entusiasmo e imaginación, poetas y narradores como Paz, Eliot, Valery, Pound, Baudelaire, Proust, André Breton, Alfonso Reyes, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Borges, Cernuda, Jorge Guillén, Pedro Salinas, Rubén Darío, Lezama Lima, Julio Cortázar, Alejo Carpentier, José Emilio Pacheco, Ramón Xirau, Tomás Segovia, Saúl Yurkievich, Guillermo, Sucre, José Miguel Oviedo, Carlos Bousoño, Ángel Rama, Emir Rodríguez Monegal, etc.
¿Cuáles son las causas de que no se ejerza una crítica más metodológica y científica aquí? Como, por ejemplo, lo hace en España Jesús G. Maestro en su colosal obra de 20 tomos: Crítica de la razón literaria.
A la ausencia de Academias que enseñen la carrera de filología hispánica, inglesa o alemana, o literatura comparada, o teoría literaria, por ejemplo. A la carencia de Universidades que tengan facultades y escuelas de letras o literatura. El mundo académico aquí está muy divorciado del resto de la sociedad. Si te fijas, la crítica que ha dominado en el país ha sido la crítica periodística: la que se hace fuera de los muros universitarios, es decir, la crítica práctica y divulgativa, de revistas y periódicos. No hay revistas académicas especializadas donde se publiquen artículos académicos con un aparato metodológico, como dices. Las tesis de grado y posgrado no se publican en libros. En fin, se debe a que no hay un circuito académico con rigor, ni maestros que enseñen bajo esos esquemas, protocolos o estándares.
¿De cuáles críticos aprendiste más, además de Octavio Paz, de quien hiciste tu tesis doctoral y sigues escribiendo constantemente en el periódico digital Acento?
De Harold Bloom, Roland Barthes, George Steiner, Maurice Blanchot, Adolfo Castañón, Christopher Domín-guez Michael, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Borges, Piglia, Sartre, Edmund Wilson, etc.
En ese trabajo, ¿qué fue lo que descubriste del excelente poeta y ensayista mexicano y Premio Nobel de Literatura?
Su lucidez y brillantez al combinar pensamiento y poesía en el ensayo y la crítica. Asimismo, su estilo y su prosa, su gracia verbal, su claridad expositiva, su agudeza argumentativa y la originalidad en sus ideas. Es decir, Paz le inyectó poesía al ensayo y pensamiento a la poesía. En efecto, fundió así pasión, critica, poesía, ensayo e ideas.
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