Hay novelas que parecen adelantarse a su tiempo no por simple intuición, sino porque tocan una fibra que la historia aún no ha terminado de tensar. La invención de Morel (1940), de Adolfo Bioy Casares, pertenece a esa estirpe. Leída hoy, en una era saturada de pantallas, duplicaciones y presencias virtuales, su argumento adquiere una claridad inquietante. Lo que en su momento pudo parecer una fantasía filosófica o una fábula científica es, en realidad, una meditación profunda sobre la imagen, el deseo, la conciencia y una idea perturbadora : la inmortalidad no como promesa, sino como castigo.

a novela se construye a partir de un hecho ordinario, que poco a poco va cobrando su verdadera configuración. Un fugitivo llega a una isla desierta buscando refugio y, de pronto, descubre que no está solo. Un grupo de personas aparece y desaparece, repite gestos, conversaciones y paseos con una exactitud casi mecánica. El narrador los observa desde la distancia, primero con temor, luego con fascinación, hasta comprender que aquello que presencia no es vida, sino reproducción. La isla está ocupada por imágenes, seres vacíos de conciencia: proyecciones de un pasado que se repite eternamente.

El centro de este mecanismo es la máquina creada por Morel, un artefacto capaz de registrar no solo la imagen, los gestos, el sonido de las personas, sino también su experiencia sensible, su modo de estar en el mundo. No se trata de una simple grabación, sino de una captura total: quien es registrado queda fijado para siempre en "una semana eterna", condenado a revivirla una y otra vez. El cuerpo real muere, pero su apariencia persiste. La promesa de inmortalidad se cumple, aunque a un precio devastador.

Amar a una imagen: 'La invención de Morel' y la eternidad como condena

Bioy Casares comprende con gran lucidez algo que el siglo XX apenas comenzaba a intuir : toda tecnología de reproducción es también una tecnología de pérdida: fijar un momento en el tiempo lo mata como experiencia viva (Véase: La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica, de Walter Benjamin). Las figuras que pueblan la isla parecen vivas, pero no lo están. Hablan, ríen, se mueven, pero no pueden desviarse un milímetro de su destino grabado. Son sombras con volumen, espectros luminosos que recuerdan tanto a la caverna de Platón como al cine primitivo, donde la vida parecía resucitar solo para revelar su condición fantasmal.

En este sentido, La invención de Morel es también una reflexión sobre la naturaleza del cine y de la imagen técnica. ¿Qué vemos cuando vemos una imagen? ¿Presencia o ausencia? ¿Vida o simulacro? El artefacto de Morel embalsama el tiempo, lo conserva intacto, pero al hacerlo lo vacía de sentido. No hay conciencia que sepa que repite, no hay memoria ni espera. La eternidad que se ofrece no es trascendente ni espiritual, sino mecánica, un bucle perfecto sin libertad.

Esta intuición dialoga con una superstición antigua y persistente : la idea de que la imagen roba el alma. Muchas culturas originarias desconfiaron de la fotografía por ese motivo. Bioy Casares convierte esa sospecha en un hecho literal. El alma —si entendemos por ella la singularidad irrepetible de una experiencia viva— queda atrapada en la imagen. No se eleva, no trasciende, no se salva : queda fijada, como un insecto en ámbar, a una repetición infinita.

Pero el verdadero núcleo emocional de la novela no está en la máquina, sino en el amor. El narrador se enamora de Faustine, una de las figuras proyectadas. La observa durante horas, aprende sus gestos, sus recorridos, su manera de mirar el mar. Ese enamoramiento es tan intenso como imposible. Faustine no puede verlo, sentirlo; no puede responderle, no puede siquiera saber que existe. Es una imagen cerrada sobre sí misma:

"Pasaron otros minutos de silencio. Insistí, imploré, de un modo repulsivo. Al final estuve excepcionalmente ridículo: trémulo, casi a gritos, le pedí que me insultara, que me delatara, pero que no siguiera en silencio.

Adolfo Bioy Casares.

No fue como si no me hubiera oído, como si no me hubiera visto; fue como si los oídos que tenía no sirvieran para oír, como si los ojos no sirvieran para ver" (La invención de Morel, Penguin Books, p. 18-19).

En una frase brillante, filosófica, el narrador describe su amor como el de un "solitario acumulado". En esa expresión se condensa la melancolía profunda que recorre todo el libro. No se ama desde el encuentro, sino desde la carencia; no desde la reciprocidad, sino desde la acumulación de ausencia. Faustine no es solo una mujer inaccesible: es la figura misma del deseo moderno, dirigido hacia imágenes que prometen plenitud pero devuelven vacío.

Aquí la novela roza una dimensión psicológica inquietante. El amor del narrador se revela como una proyección absoluta: no se dirige a una mujer real, de carne y hueso, sino a una imagen, a un reflejo ideal que, por definición, no puede responder. En este sentido, la máquina de Morel no se limita a reproducir cuerpos y gestos, sino que pone en escena la estructura misma del deseo, siempre orientado hacia lo inaccesible, hacia aquello que nunca puede poseerse del todo.

El enamorado no persigue tanto a Faustine como la posibilidad de ser visto por ella: de adquirir consistencia en su mirada, de existir bajo su foco, de orillarse a su vértigo. Sin embargo, esa mirada, capturada por la máquina, no mira, no reconoce, no responde: permanece congelada para siempre.

La decisión final del narrador —integrarse él mismo a la proyección, aceptar la muerte para compartir la eternidad ilusoria de Faustine— constituye uno de los gestos más perturbadores de la novela. No se trata de una victoria del amor, sino de su derrota más radical. Para amar, el narrador renuncia a la vida; para ser visto en esa otra dimensión, acepta dejar de ser. La inmortalidad que alcanza no es conciencia ni continuidad, sino desaparición.

Desde esta perspectiva, La invención de Morel plantea una pregunta esencial: ¿ qué valor tiene una existencia sin muerte? La novela parece sugerir que la finitud no es un defecto, sino una condición necesaria. Solo porque el tiempo se agota, la vida adquiere sentido. Solo porque el otro puede perderse, el amor importa. La repetición infinita, lejos de garantizar plenitud, anula toda posibilidad de autenticidad.

No es casual que esta obra dialogue de manera tan estrecha con la narrativa de Borges. Como en Las ruinas circulares, aquí también el mundo ilusorio termina por revelarse como una prisión. Los personajes creen crear o habitar una eternidad, pero en realidad quedan atrapados en un artificio que los excede. La pregunta por quién crea y quién es creado, por qué es real y qué es copia, atraviesa ambos textos como una inquietud metafísica compartida.

Amar a una imagen: 'La invención de Morel' y la eternidad como condena

Leída hoy, La invención de Morel resuena con una fuerza particular. Vivimos rodeados de imágenes que nos sobreviven, que nos empujan, de registros que prometen memoria eterna, de identidades duplicadas en pantallas. Bioy Casares intuyó temprano que la imagen no garantiza salvación. Puede, por el contrario, convertirse en una forma sutil de muerte: una vida conservada a costa de perder su espesor.

Tal vez por eso la pregunta final de la novela sigue siendo incómoda y vigente. En un mundo obsesionado con la visibilidad, la permanencia y el archivo, ¿qué estamos dispuestos a sacrificar para no desaparecer? ¿La imagen nos salva del olvido o nos condena a una repetición sin alma? Bioy Casares no ofrece ninguna salida; no sugiere ninguna solución.

Solo nos deja frente a una isla poblada de espectros, donde la eternidad se parece demasiado a una jaula luminosa.
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Julio Adames

Escritor

Julio Adames, nacido en Constanza, provincia La Vega, República Dominicana, es escritor y abogado. Realizó estudios en Letras Modernas, Psicología y Derecho, con posgrado y maestría en áreas jurídicas, en las universidades UTESA, UASD y PUCMM. Ha publicado una decena de libros, entre los que destacan Huéspedes en la noche, Cuerpo de baile, Infame turba, Parábolas para muñecas, El treno fatigado, Cuerpo en una burbuja, Monedas al aire y Tempo alcohólico. Su obra ha sido reconocida con el Premio de Cuento de Casa de Teatro (1990), el Premio Nacional de Poesía Infantil Aurora Tavárez Belliard (2005-2006) y el Premio Nacional de Poesía Salomé Ureña de Henríquez (2012). También incursiona en la pintura, dentro del estilo impresionista abstracto, y ha participado en diversas exposiciones colectivas. Contacto: xjulioadames@hotmail.com | xjulioadames@gmail.com

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