16 de marzo de 1978, faltan pocos minutos para las nueve de la mañana, un señor de semblante sereno y apariencia piadosa, está a punto de salir del número 79 de Vía Forte Trionfale. Lo están esperando los miembros de su escolta en un Alfa Romeo Alfetta, y un Fiat 130 azul oscuro oficial. Este hombre, presidente del partido gobernante, tiene como agenda estar a las diez en el Congreso en una actividad oficial. Cuando salen, se dirigen a la vía Fani del centro de la capital. El tránsito se desarrolla normal. De pronto, en un Fiat blanco les bloquean el paso. En un ataque relámpago, un grupo de hombres matan a los cinco miembros de su escolta. Sin perder tiempo, lo montan en un vehículo y salen raudos con rumbo desconocido. La operación fue realizada con precisión quirúrgica.
Aunque lo descrito anteriormente, se asemeje a la escena de una novela policial, no lo es. Se trata, de uno de los acontecimientos más trágicos que conmocionó a Italia en el siglo XX: el secuestro y posterior asesinato de Aldo Moro, ex primer ministro de Italia, y Presidente de la Democracia Cristiana, el partido gobernante desde 1946.
Desde finales de los años sesenta, Italia vivió un período de violencia extrema, conocido como los años de plomo. La principal característica de esta época, fue la presencia del terrorismo, tanto de derecha como de izquierda. En esos convulsos años, se formó en 1970 las Brigadas Rojas, un grupo terrorista de extrema izquierda con ideas radicales. En 1973, Enrico Berlinguer, secretario del Partido Comunista Italiano, propuso el compromiso histórico, una iniciativa que buscaba el consenso, con el fin de que los partidos políticos mayoritarios colaboraran con el gobierno y así contribuir con la gobernabilidad. Esta propuesta, fue apoyada desde el principio por Aldo Moro, su mayor defensor. En esa misma medida, se opusieron las Brigadas Rojas y otros partidos políticos italianos.
Cuando las Brigadas Rojas secuestraron a Aldo Moro, había logrado el acuerdo histórico con una mayoría del Partido Comunista Italiano. Ese día, se dirigía al parlamento a dar su voto de confianza en la juramentación del nuevo gobierno de Giulio Andreotti. Durante su cautiverio en la prisión del pueblo, desesperado, destruido por sus captores, quizás drogado, comenzó a enviar cartas. Iban dirigidas a funcionarios, familiares, miembros de su partido, líderes políticos, incluso, al papa Pablo VI. La primera de ellas llegó trece días después del secuestro. Fue dirigida a Roberto Cossiga, ministro del Interior, donde le reclamaba, que el Estado tenía el deber de preservarle la vida. Una segunda carta tuvo como destinatario al secretario de la Democracia Cristiana y compañero de partido, Benigno Zaccagnini. En ella le advirtió que él era un prisionero político, le recordó, además, que el tiempo se agotaba y que podría ser demasiado tarde. Estas cartas, eran dejadas en lugares estratégicos, para que les llegaran a quienes iban dirigidas.
El mismo método usaron las Brigadas Rojas para dejar comunicados. En el número ocho, establecieron las condiciones para otorgarle la libertad a Aldo Moro: la liberación de las cárceles de trece de sus compañeros. El día uno de mayo, su familia hace un llamado a los líderes de la Democracia Cristiana para que asuman con valor su responsabilidad de salvarle la vida. Ocho días después, y tras 55 días de confinamiento, aparece el cadáver de Aldo Moro en el baúl de un automóvil Renault 4. Como sarcasmo, lo dejaron en medio de la sede del Partido Comunista y de la Democracia Cristiana. Decenas de cartas envió y nada fue posible para salvarle la vida.

Al momento del siniestro desenlace, Leonardo Sciascia era diputado por el Partido Radical, y fue miembro de la comisión parlamentaria que investigó los hechos. Cuando periodistas y políticos cuestionaban la veracidad de las cartas, diciendo que eran la obra de un desquiciado mental, o que Aldo Moro las había escrito bajo coacción por las Brigadas Rojas, el escritor siciliano las interpretó con severidad. De esa lectura, junto a la cronología de los hechos y el informe de la comisión parlamentaria, publicó en agosto del mismo año, El caso Moro, un libro de no ficción donde reflexiona sobre esa deplorable tragedia buscando acercarse a la verdad.
Un dato a destacar y de por sí innovador, es que Sciascia se valió de la ficción como material de apoyo para abordar la lectura de las cartas. En primer lugar, usando como guía el relato Pierre Menard autor del Quijote, de Jorge Luís Borges. Para explicar la razón de su interés de tenerlo como guía, dice él, que el mismo parte de un hecho real, de un acontecimiento concreto: la publicación en 1905, de Vida de Don Quijote y Sancho de Miguel de Unamuno. Como él gran escritor español escribió sobre un texto conocido, dándole al Quijote un sentido a su manera, Sciascia dedujo, que Borges lo tuvo presente para escribir su relato. Comparando el caso Moro con el apólogo de Borges, su impresión es, que ese hecho era un caso literario, que ya estaba escrito. Lo justifica afirmando: la abstracción o fuga de la realidad al paso de los hechos en el momento de ocurrir, y contemplarlos luego en conjunto, a una dimensión imaginativa o fantástica de impecable coherencia lógica, tanta perfección no puede darse más que en la imaginación, en la fantasía, no en la realidad. De esto se deduce lo siguiente: el secuestro y asesinato ha ocurrido, el hecho es como se cuenta, como pareció, como se creyó. Ese es el carácter literario que tiene el caso Moro, de acuerdo a la interpretación de Leonardo Sciascia a partir del relato borgiano.
El otro aspecto trascendente del secuestro, consistió en determinar donde se encontraba la prisión del pueblo, lugar del confinamiento de Aldo Moro. Este cuadro, lo analizó, a través de la lógica deductiva de C. Auguste Dupin, el detective ficticio creado por Edgar Allan Poe, considerado el creador del relato policial moderno. El detective Dupin, tenía por norma ponerse en el lugar del otro, y esto fue lo que hizo el autor del libro El caso Moro. El tema que analiza y pone como ejemplo, es el cuento La carta robada, donde el detective Dupin se pone del lado del ladrón, asumiendo que la carta estaba en un lugar visible, donde la policía nunca se podría imaginar que la había escondido. Leonardo Sciascia, sostiene que, en este caso, era necesario identificarse por partida doble, primero: con las Brigadas Rojas, pues se movían con total impunidad realizando acciones temerarias, ya que la prisión estaba a la vista de todos. Contaban con la invisibilidad de lo evidente de la que habla Dupin en el relato La carta robada. Segundo: con Moro, porque los mensajes contenidos en las cartas, debieron descifrarlos los receptores, en el sentido de que contenían indicadores, que, usando la deducción lógica del detective, y por lo que los amigos de Aldo Moro sabían de él, podían encontrar su ubicación. Sciascia analizó, que la prisión del pueblo entraba en lo que él llamó la invisibilidad de lo evidente, y por analogía con el razonamiento del detective de Poe, un exceso de evidencia. De ahí que, esa impunidad de las Brigadas Rojas, se debía a su evidente visibilidad.
El caso Moro, de Leonardo Sciascia, es un libro basado en hechos reales, un ensayo político. La fuerza de su originalidad consiste, en haberse apropiado de la ficción para escribirlo, en aportar al conocimiento de un hecho ya hoy histórico. Sin embargo, es un texto con una intensidad, que puede leerse como novela, de manera similar a las tantas policiales que escribió, pues el secuestro y asesinato de Aldo Moro, todavía un trauma nacional en Italia, tiene el oscuro aliento de una novela policial.
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