En un pequeño pueblo del sur, nadie sube a las montañas después de que empieza a anochecer. No por miedo, sino por respeto. Al menos eso era lo que decía mi abuela, siempre, cuando nos contaba historias en la cena. Yo nunca le creí… hasta que llegó la primera carta.
La encontró Doña Paula mientras chequeaba los recibos de luz y unas que otras cartas que siempre llegaban. No tenía sello, ni una dirección, ni siquiera una fecha de emisión. Solo un nombre escrito al frente, con una caligrafía temblorosa, pero inconfundible: “Juana Orquídea Suárez Díaz”. Ese era el nombre de mi abuela, quien llevaba ya 5 años muerta.
—¡Esto tiene que ser un error! —me dijo Doña Paula, cuando me la entregó. Pero yo sabía que no, porque antes de abrirla, reconocí la letra. Era la de Don Augusto y Don Augusto estaba muerto.
Sentí un escalofrío, como si algo me dijera que esa carta no debería de existir, pero, aun así, la abrí.
El papel olía muy mal, como a tierra vieja. Y decía: “Aunque se tape con tierra y polvo, la verdad germina como una planta. La montaña recuerda lo que ustedes quisieron olvidar.” No había firma, pero no hacía falta.
Esa misma mañana, el pueblo entero estaba hablando de lo mismo. No fui la única. Don Santiago recibió una carta donde le hablaban de una esposa que nunca mencionaba. A Laura le llegó otra solo con una línea: “Tú sí fuiste aquella noche”. Y así, una por una, las cartas empezaron a aparecer. Siempre sin sello, siempre sin remitente, y siempre con la misma letra.
Traté de ignorar la de Don Augusto, de verdad que sí, pero esa noche no pude dormir. No por la carta, sino por lo que me hizo recordar. La última vez que vi a mi abuela, también fue cerca de la montaña. No quise pensar en eso. Me levanté de la cama, tomé agua, caminé por la casa como si estar en movimiento pudiera espantar los recuerdos, pero todo estaba demasiado silencioso. Como si el pueblo entero estuviera esperando algo.
A la mañana siguiente, fui a ver a mi madre. Esta estaba sentada en su mecedora, mirando televisión, como si nada estuviera pasando. Como si las cartas no hubieran convertido el pequeño pueblo en un murmullo constante de miedo.
—Madre, ¿tú te acuerdas de Don Augusto? —le pregunté, sin rodeos. Se puso toda nerviosa y, sin levantar la mirada, se quedó un momento en silencio y después respondió:
—Hay nombres que es mejor no mencionar. Él está muerto.
—Por eso mismo —dije.
Me acerqué un poco más y continué:
—Las cartas… las está escribiendo él.
En ese instante sí me miró. Y en sus ojos no vi sorpresa, vi preocupación.
—La montaña no olvida —dijo en voz baja—, nunca lo ha hecho.
—Eso no tiene sentido —reproché.
—Tampoco lo tiene que un muerto escriba cartas… y ahí lo tienes. Guardé silencio. Porque, en el fondo, una parte de mí le creía.
—¿Qué pasó con mi abuela esa noche? —le pregunté, después de pensar por un momento.
Mi madre apretó los labios, antes de responder.
—Ya eso pasó, niña.
—No. Lo enterraron. Y ahora… algo lo está desenterrando.
Esa misma tarde llegó otra carta, esta vez para mí, no dirigida por mi nombre, sino por mi apellido: Pérez.
La encontré justo en la puerta, como si alguien la hubiera dejado en el momento exacto en el que yo salía. Miré alrededor, pero no había nadie. La abrí con manos temblorosas y el papel era igual que el anterior. Decía: “Tú estabas ahí. No fue un accidente.” Sentí que el mundo se me caía encima, porque, por más que intentaba negarlo, yo también lo recordaba. No todo, solo fragmentos, pero lo recordaba: el sonido del viento golpeando los árboles, la voz de mi abuela llamándome desde lejos y la montaña, oscura e inmensa, mirándonos como si estuviera viva.
Esa misma noche, tomé una decisión: si la montaña estaba hablando, yo iba a escucharla. Antes de que amaneciera, salí de la casa sin hacer ruido. El pueblo todavía dormía, pero se sentía distinto. Como si ya nadie confiara en la oscuridad. Caminé por esa vereda que lleva hacia la montaña. La misma que juré no volver a pisar.
Sentía mucho miedo; el aire era más frío, como si estuviera entrando en un lugar donde el tiempo no avanzaba, donde solo esperaba. Cuando llegué al pie de la montaña, el sol empezaba a salir. Y ahí la vi: una pequeña caja de madera, como si estuviera esperándome. Dentro había cartas, decenas de ellas, algunas abiertas y otras no. Todas con nombres del pueblo y, en el fondo, había una diferente, una que tenía mi nombre completo.
La tomé y esa última carta pesaba más que todas las demás juntas, no por el papel, sino por lo que sabía que había dentro, aquello que llevaba años evitando.
Mis manos temblaban mientras la abría. Dentro solo había unas pocas líneas: “NO FUE TU CULPA. Intentaste detenerla, pero el miedo de otros habló más fuerte que la verdad. Tu abuela no cayó, la dejaron caer.”
Sentí que el aire me faltaba, las palabras no entraban en mi mente, se clavaban. Y entonces, lo recordé todo.
Esa tarde no ocurrió un accidente, mi abuela no resbaló. Ella estaba discutiendo con varios hombres del pueblo. Sus voces se alzaban y se rompían contra el viento. Yo estaba más atrás, escondida, sin entender del todo, pero sintiendo que algo estaba mal.
—¡Esto no se va a quedar así! —gritó ella.
—Hay cosas que es mejor dejar enterradas —respondió una voz.
Recuerdo haber corrido hacia ella, recuerdo haberle tomado la mano, recuerdo haber dicho su nombre, y luego, el empujón.
No vi quién fue, o tal vez sí, pero lo olvidé porque era más fácil vivir sin esa verdad. Me derrumbé en lágrimas y pensé: este dolor no es nuevo, solo lo estoy sintiendo otra vez. Lo sabía, todo este tiempo lo sabía.
El viento sopló con fuerza, como si la montaña respondiera. Miré las otras cartas, todas esas verdades, todos esos silencios y todo lo que el pueblo decidió esconder para seguir viviendo como si nada. Y entendí, no era la montaña la que escribía: era la memoria, era la culpa y era todo lo que nadie se atrevió a decir en voz alta.
Tomé la caja, no para botarla, sino para llevarla conmigo. Cuando regresé al pueblo, el sol ya estaba en lo alto. La gente me miraba desde lejos, pero nadie preguntó nada porque todos sabían.
Fui directo a la plaza, ahí donde todos pasan, donde todos ven y dejé la caja abierta.
—Ya no hay nada que esconder —dije, mientras la voz y las manos me temblaban. Nadie respondió, pero uno a uno empezó a acercarse.
Esa noche, por primera vez en años, el pueblo no estuvo en silencio. Se escucharon voces, confesiones, llantos y verdades.
Y yo… yo fui a la montaña una última vez. No llevé cartas ni preguntas, solo llevé unas hermosas flores que compré en el centro y me senté frente al lugar donde todo pasó, el mismo que evité durante años.
—Perdóname por tardar tanto —susurré.
El viento fue suave, esta vez casi cálido. Cerré los ojos y, por primera vez, no sentí miedo, sentí paz. Porque hay verdades que duelen, pero hay silencios que duelen más.
Seudónimo Elara Nix. Autora: Jasmely Peña Mejía
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