«El Derecho Penal sólo pregunta: ¿hubo acción típica, antijurídica y culpable?» Mario Mendoza.
Ilustración con IA.

Se la llevaron como quien barre una verdad incómoda bajo la alfombra del poder. Laura Martínez. La fiscal de mirada recta, verbo limpio, y espalda erguida como estandarte, la mujer que un día dio la vida por mí, otra vez fue sacada de mi entorno, espero que Martha no haya tenido nada que ver esta vez. La enviaron al interior del país —«reubicación por rotación natural del Ministerio», dijeron. Pero yo lo supe. No fue rotación, fue exilio.

Allí, donde los papeles se mojan de humedad y los expedientes duermen en archivos sin luz, querían enterrarla. Quisieron silenciar esa voz que alguna vez me obligó a abrir los ojos. Y por un segundo, confieso, pensé en guardar silencio. Volver a ser sombra de juez, eco de despacho, rostro anodino entre expedientes. Pero entonces ocurrió. Era tarde. La mayoría se había ido del tribunal. La luz de las lámparas parpadeaba como un ojo cansado. Y yo, movido por ese impulso que no se puede explicar con leyes, bajé al archivo.

Al rincón olvidado donde los documentos sin dueño y sin ruido esperan su último polvo. Buscaba otra cosa. Un legajo menor, una solicitud antigua. Pero fue allí donde lo encontré. «El expediente».

No tenía número visible. Solo un rótulo a mano: Clasificación Especial / OJO / Sala B. Lo abrí con el temblor de quien ha hallado una víbora dormida. Allí estaban. Fotografías aéreas. Denuncias anónimas. Grabaciones. Pruebas sólidas como piedras; camiones sacando arena de los ríos como si fueran de nadie. Tierras invadidas bajo la mirada indiferente —o cómplice— de jueces. Un sistema de amedrentamiento a transportistas, choferes armados, rutas alteradas, amenazas. Y un nombre en la cúspide, repetido como un eco siniestro: Senador Eleuterio Vargas.

El mismo que aplaude en actos públicos. El mismo que promete progreso con voz pausada y trajes italianos. El mismo que, en las grabaciones, negocia sentencias como quien compra ganado. Y los jueces… Los jueces… Algunos conocidos. Uno de ellos, incluso, me saludó esta mañana con afecto y una mueca de café en los labios. Cerré el expediente. Lo sostuve como se sostiene una bomba. Sentí que ardía. Y entonces supe que ya no podía dejarlo allí. Lo deslicé entre los pliegues de mi abrigo, asegurándome de no dejar rastro.

Lo guardé como quien esconde un pedazo de la verdad que aún no puede mostrar, pero tampoco puede devolver. Desde ese día… algo cambió. Las miradas, no las frontales, sino las otras, las esquivas. Las que se sienten en la nuca. El ascensor que se detiene en el piso equivocado. El portero que murmura mi nombre por radio justo cuando camino. El ruido de pasos detrás de los míos, demasiado sincronizados para ser casualidad.

Estoy siendo vigilado. Lo sé. Lo siento. Pero no me arrepiento. Laura fue removida. Yo fui marcado. Y esa es la prueba más clara de que lo que encontramos tiene valor. Porque la verdad, cuando duele, no se enfrenta con argumentos. Se esconde. Se persigue. Se elimina. Pero yo… Yo no voy a desaparecer. Tal vez no lo diga aún. Tal vez no lo entregue. Aún no. No mientras tenga que protegerme. No mientras no sepa en quién confiar. Pero el expediente está seguro. Y yo, aunque rodeado de sombras, camino hacia adelante. Porque ahora lo entiendo, la justicia no siempre es la sala iluminada donde se dictan sentencias, a veces es solo un hombre con un documento escondido y la conciencia despierta. Y a veces, eso basta para que el mundo tiemble.

Ayer por la tarde me llegó la noticia como un disparo con silenciador; el traslado de la fiscal que escarbaba la podredumbre —la misma que pone a temblar a jueces, médicos, fiscales y fantasmas de toga— había sido solicitado por Martha.

Ella entró sin pedir permiso. Como entra la lluvia por una ventana mal cerrada, como un recuerdo que no se ha resignado al olvido. Laura Martínez, mi herida con nombre y labios. No la había visto desde aquel día en que visitó mi despacho y recordó el momento en que la rabia le rompió los nudillos contra el rostro de Martha, y el llanto le abrió la puerta de salida, silenciosa, brutal, definitiva.

La universidad nos parió en la misma sala de ideas y contradicciones, pero la vida se encargó de darnos destinos que jamás compartieron brújula. Hoy vuelve vestida de fiscal, pero sus pasos — aunque firmes— suenan a epitafio. Su mirada es acero, sí… pero envainado en esa tristeza que sólo cargan los que han visto la justicia sangrar.

No golpeó la puerta. No pidió permiso. Solo dijo mi nombre con la precisión quirúrgica de un juez leyendo sentencia: —Mario. Me han trasladado. De seguro que tu amiguita Martha tiene que ver con esto.

Nueva vez me habló de corrupción, de nombres que dormitan en expedientes manchados, de tramas que huelen a pólvora y a billete nuevo. Y de una solicitud de traslado que no era casualidad; era una puñalada con remitente. Martha, la otra mujer que me amó con la lógica del ego. Otra que confundió deseo con dominio.

Alguien, quizás con lengua larga o conciencia corta, le habló de la visita de Laura Martínez a mi oficina, bastó eso, un eco del pasado, para encenderle el rencor. Viejas rencillas de universidad…, pero los rencores de Martha no envejecen; se afilan.

La cité. No como hombre, sino como intento de juez, como el que aún se aferra a la idea ingenua de que se puede detener el lodo con las manos. Y vino. Dios… cómo vino. Vestida de infierno y perfumada de guerra, con ese andar que convierte los pasillos en pasarelas, con labios de sentencia y vestido que no dejaba lugar a la duda ni al perdón. Se sentó sin esperar invitación. Cruzó las piernas como quien traza una frontera y me disparó una media sonrisa, de esas que no ciegan, pero hieren.

—¿Por qué lo hiciste, Martha? —pregunté, todavía creyendo que las palabras sirven. —¿Por qué insistir en lo que quedó sepultado?

Y ella, sin cambiar de tono ni parpadear, soltó su veneno con voz de terciopelo:

—Porque soy mujer, Mario, y no de esas que se conforman con las sobras. Porque esa mosquita muerta tuvo lo que yo no; tu lealtad, tu mirada, tu fe. Y si el mundo tiene que arder para que ella caiga, yo le prendo fuego con mis propias manos.

—Ella es justa, Martha. No es como tú crees. Sigue las reglas. Camina en línea recta.

—Puede ser Santa Teresa, pero el diablo no discrimina. Y si yo me hundo, ella se va conmigo. No vine a justificarme. Vine a recordarte quién soy.

Martha salió como vino; sin permiso y sin arrepentimiento. Y yo me quedé aquí, entre papeles que pesan como cadáveres, entre pasillos donde el diablo fuma tranquilo, y donde las leyes, esas tristes letras muertas, son sólo el disfraz de una maquinaria que engulle almas para alimentar a unos pocos que se creen eternos.

He llegado a una certeza cruel; el infierno no está bajo tierra. Está en los tribunales. Y yo —Mario Mendoza— ya no sé si soy testigo, cómplice o simple carne de cañón en esta guerra sin honor que otros llaman justicia.

Se fue. Dejó tras de sí un rastro de perfume y pólvora. Y yo… me quedé viendo el vacío de la silla, pensando que quizás el error fue creer que la justicia se defiende desde adentro, cuando adentro —adentro, de verdad— ya no hay justicia, sólo un juego de máscaras y dientes afilados.

Estoy plenamente convencido; el diablo no vive en el infierno; vive en los tribunales. En las tazas de café compartidas por abogados con doble agenda, en las sonrisas de cortesía entre colegas que firmarían tu caída con tinta invisible. Aquí no hay justicia, hay espectáculo, y un público hambriento de sangre. Y yo… yo estoy atrapado entre el escenario y el abismo, con los manchados y el alma —¡Dios me ampare! — cada vez más lejos de lo que fui.

Esteban Tiburcio Gómez

Investigador y educador

El Dr. Esteban Tiburcio Gómez es miembro de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Licenciado en Educación Mención Ciencias Sociales, con maestría en educación superior. Fue rector del Instituto Tecnológico del Cibao Oriental (ITECO), Doctor en Psicopedagogía en la Universidad del País Vasco (UPV), España. Doctor en Historia del Caribe en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), entre otras especializaciones académicas.

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