(Parte 2)

Presentación

En la primera entrega de estas reflexiones sobre el extraordinario conversatorio celebrado la noche del 13 de mayo en la sala Carlos Piantini del Teatro Nacional Eduardo Brito, junto al maestro José Antonio Molina, el doctor José Joaquín Puello Herrera y Margarita Miranda de Mitrov, nos aproximamos a la dimensión filosófica y existencial de la música.

Pero aquella noche todavía guardaba otra revelación fascinante: la relación profunda entre la música y el cerebro humano.

Lo extraordinario del conversatorio fue que la neurociencia no apareció para desmontar el misterio de la música, sino para ampliarlo. Ciencia y sensibilidad parecían avanzar juntas hacia una misma intuición: que la música no constituye un simple entretenimiento cultural, sino una necesidad profundamente ligada a la estructura humana de la memoria, la emoción y la conciencia.

Y fue justamente en ese punto, cuando la conversación parecía ya haberse internado en los territorios más filosóficos y espirituales de la música, que ocurrió algo aún más sorprendente: la ciencia apareció no para reducir el misterio, sino para profundizarlo.

El cerebro y la música

El doctor José Joaquín Puello Herrera y Margarita Miranda de Mitrov durante Conversaciones con el Maestro Molina, memorable concierto y conversatorio celebrado en el Teatro Nacional Eduardo Brito.

La intervención del doctor José Joaquín Puello introdujo entonces otra dimensión del conversatorio: la neurociencia. Pero lejos de producir una ruptura entre razón y sensibilidad, sus palabras terminaron estableciendo un puente inesperado entre el cerebro y el alma de la música.

Confieso que una de las experiencias más fascinantes de aquella noche fue observar cómo:

el artista, el director de orquesta, y el neurocirujano, parecían avanzar desde caminos distintos hacia una misma intuición esencial: que la música no constituye un lujo ornamental de la civilización, sino una necesidad profundamente humana.

El Doctor José Joaquín Puello comenzó afirmando algo que, en otro contexto, habría parecido casi poético:

“Existe una relación íntima entre el cerebro humano y la música.”

Pero inmediatamente la neurociencia empezaba a revelar algo todavía más extraordinario: no solo existe esa relación, sino que hoy sabemos que el cerebro posee circuitos específicamente vinculados a la experiencia musical.

Existen neuronas especializadas.

Existen zonas cerebrales que responden particularmente al lenguaje musical.

Existe incluso una arquitectura neurológica diseñada para procesar aquello que llamamos música.

La afirmación resultaba deslumbrante.

Porque durante siglos el arte fue considerado por muchos como:

adorno, entretenimiento, refinamiento cultural, actividad secundaria del espíritu.

Sin embargo, aquella noche la neurociencia parecía afirmar exactamente lo contrario: la música forma parte de la estructura profunda del ser humano.

No es casualidad.

No es accesorio.

No es un lujo evolutivo.

Es necesidad.

Y entonces el conversatorio comenzó a desplazarse hacia otra pregunta aún más profunda:

¿qué ocurre dentro de nosotros cuando escuchamos música?

No se trataba únicamente de emoción. Tampoco solamente de memoria.

José Joaquín Puello, explicaba que el cerebro musical involucra: percepción, aprendizaje, atención, emoción, lenguaje, coordinación, e incluso identidad.

La música aparecía entonces como una de las actividades más complejas y completas que puede realizar el cerebro humano.

La música como lenguaje invisible

El maestro José Antonio Molina mientras definía la música en Conversaciones con el Maestro Molina.

Y quizás uno de los momentos más reveladores ocurrió cuando Puello habló de la existencia de varios lenguajes humanos.

Está: el lenguaje hablado, el lenguaje escrito, el pensamiento interno, y también el lenguaje musical.

Aquella afirmación produjo en mí una profunda resonancia teatral.

Porque el teatro también conoce esa región donde el ser humano comunica algo que las palabras solas no alcanzan a expresar completamente.

Hay silencios escénicos que dicen más que largos parlamentos.

Hay respiraciones colectivas del público que no pertenecen ya al lenguaje racional.

Y quizás la música habita precisamente ese territorio anterior o posterior a las palabras.

Entonces comprendimos que la música no solo acompaña la vida humana: la atraviesa neurológicamente.

El cerebro, explicaba el Dr. Puello parece haber evolucionado junto a ella.

Y allí apareció otro de los momentos más conmovedores de toda la noche: el caso de compositores que, aun perdiendo el habla tras accidentes cerebrovasculares, conservaron intacta la capacidad de crear música.

La escena resulta casi sobrecogedora.

El lenguaje verbal desaparece.

Pero la música permanece.

Como si existiera en ella una región más profunda, más resistente y más esencial de la conciencia humana.

Aquello parecía confirmar algo que el Maestro José Antonio Molina había insinuado desde el inicio: la música pertenece a un territorio distinto.

No exactamente racional.

No enteramente físico.

No completamente explicable.

Y sin embargo profundamente humano.

La memoria y el misterio del cerebro

Orquesta Sinfónica Nacional, dirigida por el maestro José Antonio Molina.

Fue entonces cuando el conversatorio entró en uno de los territorios más fascinantes de toda la noche: la memoria.

Y nuevamente ocurrió algo extraordinario. La neurociencia, lejos de enfriar la emoción del encuentro, parecía ampliarla.

Cada explicación científica terminaba abriendo nuevas preguntas filosóficas sobre la conciencia humana.

Puello habló del sueño.

Pero no del sueño entendido simplemente como descanso, sino como una de las operaciones más misteriosas del cerebro humano.

“El que no duerme, no recuerda.”

La frase, pronunciada con la sencillez pedagógica que caracterizó gran parte de sus intervenciones, produjo un extraño silencio en la sala.

Porque de pronto comprendíamos que incluso nuestros recuerdos dependen de un proceso invisible que ocurre mientras dormimos.

Aquella idea me pareció profundamente poética.

Vivimos una experiencia.

Escuchamos una conversación.

Nos emocionamos con una música.

Pero nada de eso pertenece todavía plenamente a nuestra memoria.

Será durante el sueño, explicaba el Dr. Puello es cuando el cerebro comenzará verdaderamente a organizar, seleccionar y fijar aquello que permanecerá dentro de nosotros.

Y entonces formuló una idea extraordinaria: el cerebro no lo graba todo.

Graba solamente aquello que considera importante.

Qué revelación tan profundamente humana.

Porque entonces recordar no sería únicamente almacenar información, sino seleccionar emocionalmente aquello que nos transforma.

Quizás por eso ciertas músicas permanecen durante décadas dentro de nosotros mientras miles de acontecimientos desaparecen silenciosamente de la memoria.

Tal vez algunas melodías sobreviven porque lograron tocar regiones particularmente profundas de nuestra experiencia emocional.

El “gusano musical” y la persistencia de la emoción

El maestro José Antonio Molina, el doctor José Joaquín Puello Herrera y Margarita Miranda de Mitrov durante Conversaciones con el Maestro Molina, celebrado en el Teatro Nacional Eduardo Brito.

La conversación derivó entonces hacia ese fenómeno cotidiano y misterioso que todos hemos experimentado alguna vez: una melodía que se instala persistentemente en la mente y se repite durante horas o incluso días.

Puello habló del “gusano musical”, esa especie de insistencia melódica que la neurociencia relaciona con el hipocampo y ciertos mecanismos de repetición cerebral.

Pero incluso allí, en medio de explicaciones neurológicas, la experiencia humana seguía imponiendo su dimensión poética.

Todos hemos vivido ese extraño momento: una canción aparece sin aviso, se instala en la conciencia, y comienza a acompañarnos como una presencia invisible.

A veces consuela.

A veces perturba.

A veces simplemente insiste.

Y quizás eso demuestra hasta qué punto la música no actúa únicamente como entretenimiento exterior, sino como una forma íntima de ocupación emocional del pensamiento humano.

Más allá de las palabras

Pero probablemente el instante más sobrecogedor de aquella parte del conversatorio llegó cuando Puello relató el caso de un compositor europeo que, tras sufrir severos accidentes cerebrovasculares que destruyeron su capacidad de hablar, continuó componiendo música.

La escena posee algo casi trágico y al mismo tiempo profundamente luminoso.

El lenguaje verbal se rompe.

La palabra desaparece.

Pero la música permanece intacta.

Confieso que en ese momento sentí que toda la conversación comenzaba a girar alrededor de una pregunta inmensa:

¿Existe en la música una zona más profunda que las palabras?

La neurociencia parecía sugerir que sí.

Y aquello resultaba extraordinario porque, lejos de disminuir el misterio de la música, la ciencia terminaba revelando cuán profundamente arraigada está ella en la estructura misma del cerebro humano.

Entonces Puello pronunció otra afirmación memorable:

“El cerebro no es una computadora.”

En tiempos dominados por algoritmos, automatización y discursos tecnológicos que intentan reducir la conciencia humana a simples procesos mecánicos, aquella frase adquirió una enorme fuerza filosófica.

Porque el cerebro humano:

selecciona, filtra, asocia, emociona, olvida, sueña, transforma, de maneras todavía imposibles de reducir a una lógica puramente matemática.

Y quizás allí reside precisamente uno de los grandes misterios de la música: que siendo un fenómeno organizado con rigor, con estructura, con matemática, con tiempo y con disciplina, termina produciendo algo que desborda completamente toda explicación racional.

La música parecía revelarse entonces como una de las grandes paradojas humanas:

es orden, pero también misterio;

es cálculo, pero también emoción; es física, pero también memoria del alma.

Y fue precisamente en medio de aquella reflexión sobre la complejidad casi infinita del cerebro humano cuando ocurrió uno de los momentos más humanos y conmovedores de toda la noche.

El doctor José Joaquín Puello, hablando de ese órgano prodigioso, de su perfección estructural, de sus conexiones invisibles y de sus capacidades todavía no completamente comprendidas por la ciencia, hizo una pausa breve, como si incluso él mismo quedara sobrecogido ante el misterio que describía.

Entonces expresó, con una sinceridad profundamente humana:

“Por eso yo creo en Dios.”

La frase no apareció como dogma ni como discurso religioso.

Surgió más bien como asombro.

Como la reacción íntima de un hombre de ciencia que, después de décadas explorando el cerebro humano, parecía reconocer que aún existen regiones del misterio imposibles de abarcar completamente desde la razón.

Y quizás aquel instante resumió silenciosamente el espíritu entero de la noche:

la ciencia y el arte no aparecían enfrentados.

A veces ambos terminan conduciendo hacia la misma sensación de asombro frente al misterio de la existencia humana.

Epílogo

Pero la noche aún guardaba otra dimensión profundamente reveladora.

Porque después de recorrer:

la filosofía de la música, la neurociencia, la memoria,

y el misterio del cerebro humano,

el conversatorio terminó desplazándose hacia una reflexión todavía más amplia: la música como herramienta de educación, sensibilidad colectiva y construcción humana.

Y allí aparecería entonces otra imagen inolvidable:

ochenta músicos, ochenta cerebros, y un solo latido en Conversaciones con el Maestro José Antonio Molina.

(Continuará…)

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

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