Acumulé rabia y dolor durante demasiado tiempo, como brasas encendidas bajo la piel. Pero un día se terminó de romper algo dentro de mí. La lluvia caía con furia sobre el callejón cuando vi a varios hombres golpear a mi padre sin piedad, hundiéndolo en el barro a golpes y patadas, sin importarles que un niño pequeño estuviera allí mirando. Mi padre intentaba cubrirse el rostro mientras el agua arrastraba sangre por el pavimento. Yo gritaba. Gritaba con la desesperación salvaje de quien descubre, demasiado pronto, que el mundo puede ser cruel hasta con los inocentes.

—¡Dejen a mi padre en paz, suéltenlo! ¡Auxilio, auxilio!

¡Están matando a mi padre!

Nadie salió. Todos contemplaron desde sus ventanas mientras la lluvia continuó cayendo. Mi padre en medio de los golpes vociferó:

—Vete a la casa, ve con tu madre.

—¡No! ¡No te voy a dejar solo!

No había tiempo que perder; siguieron golpeando a mi padre. Me dirigí a la casa del viejo Valyán, a quien dos meses atrás en una huelga le habían matado a su hijo. Toqué la puerta con una piedra.

—¡Valyán, Valyán, están matando a mi padre los del Batallón Olimpia, como mataron a su hijo! ¡Valyán, no deje que maten a mi padre!

El viejo lloraba de impotencia dentro de la casa, mientras en la inocencia de mi alma permanecí insistente.

—¡Valyán, Valyán, están matando a mi padre como mataron a su hijo!

El viejo se puso en pie, secó sus lágrimas y salió con una escopeta realizando un disparo al aire. En ese momento algunos hombres se apostaron al frente de sus casas con machetes y otras armas en las manos, mientras la lluvia golpeaba el rostro de mi padre que boca arriba yacía en el suelo. Cuando los agresores vieron la reacción de aquellos hombres, se marcharon dejando a mi padre. Corrí hacía él bajo la lluvia, que tendido allí sangraba por boca y nariz. Los vecinos salieron, lo montaron en una camioneta y a medio camino murió. Desde ese momento juré vengarme.

La acción o la no acción depende del hombre, así como la dirección de sus actos. El hombre maltrata y cura, perdona o culpa, da vida o mata. No es buen camino culpar a terceros de nuestros malos actos y adjudicarnos en primera persona los éxitos. Esos dos malnacidos iban a pagar por la muerte de mi padre.

La venganza (cuento)

Décadas más tarde, el Batallón Olimpia cobró la vida de cientos de jóvenes estudiantes. A mi padre lo mandaron a matar a golpes para escarmentar a los huelguistas que, según el gobierno, quisieron empañar la imagen de los juegos olímpicos para afectar la de México internacionalmente. En la portada del periódico «La Prensa», del 3 octubre 1968, un gran titular ocupaba la mitad de la página: «Balacera del Ejército con Estudiantes».

Los asesinos de mi padre fueron reportados como desaparecidos. Aún conservo en mis manos las ampollas frescas fruto de la excavación donde los enterré.

EN ESTA NOTA

Esteban Tiburcio Gómez

Investigador y educador

El Dr. Esteban Tiburcio Gómez es miembro de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Licenciado en Educación Mención Ciencias Sociales, con maestría en educación superior. Fue rector del Instituto Tecnológico del Cibao Oriental (ITECO), Doctor en Psicopedagogía en la Universidad del País Vasco (UPV), España. Doctor en Historia del Caribe en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), entre otras especializaciones académicas.

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