Una entrevista nacida de la confianza 

Freddy Ginebra.

​Hay entrevistas que nacen de la curiosidad periodística. 

Otras nacen de la admiración. 

Esta nació de un acto de confianza. 

​Cuando decidí entrevistar a Freddy Ginebra preparé, como había hecho con otros escritores, artistas e intelectuales dominicanos, un cuestionario amplio. Quería recorrer, junto a él, los territorios fundamentales de una vida que desde hace más de cinco décadas forma parte inseparable de la historia cultural de la República Dominicana. Me interesaba conocer, detrás del fundador de Casa de Teatro, al niño que soñó primero; detrás del gestor cultural, al ser humano; detrás del personaje público, al hermano mayor cuya vida ha estado guiada por una convicción inquebrantable: que el arte puede transformar la existencia de las personas. 

​Las preguntas abordaban la infancia, la familia, las primeras emociones estéticas, la decisión de dedicar su vida a la cultura, el nacimiento de Casa de Teatro, la identidad dominicana, el lenguaje, las nuevas generaciones, los sueños pendientes y el legado. 

​Se las envié convencido de que respondería con la misma generosidad con la que siempre ha compartido sus ideas. 

​Su respuesta llegó pocas horas después. 

Breve. 

Directa. 

Y absolutamente inesperada. 

"Tú conoces todo o casi todo de mí. Respóndelo tú hermanito." 

Freddy Ginebra.

​Confieso que permanecí largo rato contemplando aquella frase. 

No era una evasiva. 

No era una cortesía entre hermanos. 

Era un gesto de una enorme generosidad. 

Y también de una enorme responsabilidad. 

​Freddy no me estaba devolviendo un cuestionario. 

Me estaba entregando algo mucho más valioso. 

Me estaba confiando la tarea de interpretar una vida. 

​Hasta donde alcanza mi memoria, no recuerdo un ejercicio semejante. 

Un entrevistado suele responder las preguntas de un periodista. 

Aquí ocurría exactamente lo contrario. 

El entrevistado le pedía al entrevistador que respondiera por él. 

​Pero no para inventar una biografía. 

Sino para reconstruir una voz. 

​Acepté aquel desafío con gratitud. 

Y también con respeto. 

Porque escribir sobre un personaje público exige rigor. 

Escribir sobre un hermano exige, además, honestidad. 

​Comprendí desde el primer momento que esta conversación no podía edificarse sobre la imaginación. 

Debía construirse sobre la memoria. 

Sobre una vida compartida. 

Sobre incontables conversaciones familiares. 

Sobre sus libros. 

Sobre sus artículos. 

Sobre sus conferencias. 

Sobre las alegrías y las dificultades que he visto atravesar a lo largo de los años. 

Y, sobre todo, sobre la extraordinaria coherencia entre el hombre que habla en público y el hombre que permanece cuando se apagan las luces del escenario. 

​Freddy ha sido siempre el mismo. 

El que recibe con el mismo entusiasmo a un Premio Nobel que a un muchacho desconocido con un poema doblado en el bolsillo. 

El que conversa con un ministro y, pocos minutos después, se sienta a escuchar a un joven músico que busca su primera oportunidad. 

El que nunca ha permitido que el prestigio establezca diferencias donde solamente deberían existir personas. 

​Mientras preparaba estas páginas comprendí que esta entrevista no aspiraba únicamente a reconstruir una biografía. 

Intentaba responder una pregunta mucho más profunda. 

¿Cómo consigue un hombre dedicar más de medio siglo a la cultura sin perder la capacidad de asombro? 

¿Cómo logra conservar intacta la ilusión después de miles de conciertos, centenares de exposiciones, incontables presentaciones de libros y generaciones enteras de artistas que encontraron en Casa de Teatro su primera oportunidad? 

​La respuesta no podía encontrarse solamente en la historia de una institución. 

Había que buscarla en la historia de un ser humano. 

​Y fue entonces cuando comprendí algo que nunca antes había pensado con tanta claridad. 

Freddy Ginebra nunca ha trabajado para construir una carrera. 

Ha trabajado para construir esperanza. 

El guardián de la cultura dominicana 

​Hay hombres que construyen edificios. 

Otros fundan instituciones. 

Muy pocos consiguen levantar un lugar donde varias generaciones terminan encontrándose para descubrir quiénes son. 

​Freddy Ginebra pertenece a esa rara estirpe. 

Desde 1974, cuando abrió las puertas de una antigua casona de la calle Arzobispo Meriño, en la Ciudad Colonial de Santo Domingo, se ha convertido, silenciosa e incansablemente, en uno de los grandes guardianes de la cultura dominicana. 

​Muchos lo conocen como el fundador de Casa de Teatro. 

Otros lo identifican con el Festival Internacional de Jazz, con las noches de poesía, con los recitales, las exposiciones, el teatro, el cine, la fotografía o los miles de artistas que durante más de cinco décadas han encontrado allí un espacio para crecer. 

Freddy Ginebra.

​Todo eso es cierto. 

Pero resulta insuficiente. 

Porque ninguna de esas definiciones consigue explicar completamente quién es Freddy Ginebra. 

​Mientras escribía estas páginas comprendí que sería un error reducirlo a la condición de gestor cultural. 

Los gestores administran proyectos. 

Organizan actividades. 

Elaboran presupuestos. 

Dirigen instituciones. 

Freddy ha hecho todo eso. 

Pero su verdadera obra comienza exactamente donde terminan esas responsabilidades. 

​Ha dedicado su vida a construir un lugar donde el talento se sintiera acogido antes incluso de ser reconocido. 

Un lugar donde el artista no necesitara exhibir premios para sentirse respetado. 

Un lugar donde la juventud encontrara puertas abiertas en vez de desconfianza. 

​Le pregunté cómo definiría hoy a Casa de Teatro después de más de medio siglo de existencia. 

Guardó unos segundos de silencio antes de responder. 

"Nunca soñé con fundar solamente un teatro. Soñé con una casa donde la gente pudiera entrar y sentirse parte de algo. Una casa donde convivieran la poesía, la música, el teatro, el cine, la pintura, el pensamiento y, sobre todo, la amistad. Porque el arte también necesita afecto para florecer." 

​Esa respuesta resume probablemente toda su trayectoria. 

Casa de Teatro nunca fue concebida como una institución distante. 

Fue imaginada como un hogar. 

Y esa diferencia resulta esencial. 

​Existen edificios magníficos donde nadie permanece. 

Existen instituciones impecablemente organizadas donde jamás nace un recuerdo. 

Casa de Teatro pertenece a otra categoría. 

Pertenece a esos lugares que terminan formando parte de la biografía emocional de un país. 

​¿Cuántos artistas presentaron allí su primer libro? 

¿Cuántos músicos ofrecieron su primer concierto? 

¿Cuántos pintores colgaron por primera vez una obra en sus paredes? 

¿Cuántos actores descubrieron allí que el escenario también podía convertirse en una forma de vivir? 

​Resulta imposible responder esas preguntas. 

Porque Casa de Teatro dejó hace mucho tiempo de pertenecer únicamente a Freddy Ginebra. 

Pertenece ya a la memoria cultural de varias generaciones de dominicanos. 

​Y quizá esa haya sido su mayor creación. 

No construir una casa. 

Sino demostrar que la cultura también puede convertirse en un hogar. 

Mucho más que un gestor cultural 

​Toda vocación auténtica exige, tarde o temprano, un salto de fe. 

Un momento de ruptura en el que las certezas del mundo exterior se rinden ante el mandato invisible de la pasión. 

​En el caso de Freddy Ginebra, ese instante ocurrió cuando, siendo un brillante Doctor en Derecho graduado Summa Cum Laude, tomó una de las decisiones más audaces y desconcertantes de su entorno: entregar el diploma académico a su familia para anunciarles que renunciaba a una carrera jurídica prometedora para dedicarse por completo a la cultura. 

​No fue un impulso irresponsable; fue un acto de absoluta obediencia a su verdad íntima. Sabía que su vida no transcurriría entre expedientes ni tribunales, sino entre escenarios, palabras y emociones compartidas. Cruzó el mar hacia Nueva York para profundizar su formación en gestión e industrias culturales, absorbiendo la efervescencia artística de una metrópoli global. 

​Sin embargo, a diferencia de tantos otros que buscan el éxito personal en el extranjero, Freddy regresó al país con una idea fija. No traía la ambición de acumular triunfos individuales, sino la urgencia de abrir un espacio que transformara el panorama cultural de su tierra. 

Freddy Ginebra: El hombre que convirtió los sueños en una casa (I) 

​Fue así como la vocación de aquel joven jurista dio paso al nacimiento de Casa de Teatro en 1974. Una decisión radical que, vista en perspectiva, no solo definió el destino de un hombre, sino que cambió para siempre la historia cultural dominicana. 

La cultura como una forma de hacer patria 

​Le pregunté si alguna vez había sentido que la cultura ocupaba el lugar que merece dentro de la sociedad dominicana. 

Su respuesta evitó el pesimismo fácil. 

Prefirió hablar desde la esperanza. 

"La cultura nunca ha sido un lujo. Es una necesidad. Los pueblos necesitan carreteras, hospitales y escuelas, pero también necesitan canciones, libros, teatros y lugares donde encontrarse. Sin cultura podemos crecer económicamente, pero corremos el riesgo de empobrecernos espiritualmente." 

​Mientras anotaba sus palabras recordé una frase que le he escuchado repetir en innumerables ocasiones: 

"Las artes son el último refugio de la humanidad." 

​No es una metáfora. 

Es una manera de entender el mundo. 

​Freddy ha visto cómo un concierto puede reconciliar a una familia. 

Cómo una obra de teatro despierta preguntas que permanecen toda la vida. 

Cómo un libro encuentra al lector justo en el momento en que más lo necesita. 

​Por eso nunca habla del arte como entretenimiento. 

Habla del arte como alimento. 

Como memoria. 

Como encuentro. 

Como una forma de construir ciudadanía. 

​Cuando le pregunté qué significa realmente hacer patria desde la gestión cultural, respondió sin vacilar: 

"Hacer patria es crear espacios donde las personas puedan encontrarse desde el respeto, la sensibilidad y la imaginación. Es demostrar que un país también se construye cuando una niña descubre la poesía, cuando un joven encuentra un escenario o cuando un anciano vuelve a emocionarse escuchando una canción que creía olvidada." 

Freddy Ginebra: El hombre que convirtió los sueños en una casa (I) 

​Esa respuesta resume probablemente toda su existencia. 

Porque Freddy nunca ha entendido la gestión cultural como administración de actividades. 

La ha entendido como creación de oportunidades. 

​Su verdadera especialidad no ha sido organizar festivales. 

Ha sido reunir personas. 

Tender puentes. 

Provocar encuentros que, muchas veces, terminaron cambiando el rumbo de una vida. 

​Y esa quizá sea la forma más silenciosa y más profunda de hacer patria. 

(Continuará con la Segunda Parte: «La palabra como la casa donde también habita un país», donde exploraremos el lenguaje, las nuevas generaciones, el niño que jamás dejó de soñar y la alegría como forma de resistencia).

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

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