«Esta toga, que un día soñé como escudo, hoy me pesa como un pacto con la sombra.» Mario Mendoza.
Hay noches en que el derecho tiembla, no por lo que dice la ley, sino por lo que uno está dispuesto a callar.
La madrugada llegó, como un testigo mudo y tembloroso, y yo, Mario Mendoza, el magistrado investido con toga y con culpa, sigo sentado frente a este expediente que arde. El acusado; Luis Manuel Gómez Mota, alias «El Flaco». Un muchacho de cuerpo escurrido y mirada hueca, capturado en un colmado del barrio «Las Cañitas», con la pistola aún caliente en la cintura, y a sus pies el cadáver de un sargento del DICRIM.
Dicen que fue un crimen a sangre fría. Que entró buscando venganza por una redada pasada. Que disparó sin aviso y huyó con la misma calma con que uno se toma un trago amargo. Pero yo conozco otra versión. Una que no está escrita en el acta fiscal, una que viajó entre murmullos y sobres sellados, directamente de los labios de Alcides Ramírez, el padrino de las cortes oscuras, el viejo zorro que me hizo juez titular en un país donde los méritos pesan menos que un favor bien cobrado.
Me llamó anoche, sin preámbulos, sin pudor. Mario, ese caso lo tienes que arreglar. El Flaco es gente nuestra. Fue un mensaje, no un delito. Y colgó. Como quien cierra un ataúd. Pero yo… Yo aún tengo la condena fresca en los ojos. El muerto era un padre. Tenía tres hijos y una esposa que lo esperaba con la cena caliente. Y ahora espera, sí, pero justicia. ¿Cómo salvar a Luis Manuel sin asesinar lo que queda de mí?
¿Cómo escribir una sentencia que no termine por sepultar la palabra justicia? Tal vez… sólo tal vez… Podría hacer bailar el lenguaje del derecho, torcerlo sin romperlo, y vestir el crimen con ropajes de causa noble.
Podría invocar la legítima defensa, construirla como un castillo de humo: — Que el sargento entró sin orden ni identificación. —Que El Flaco pensó que venían a matarlo. —Que actuó ante una agresión ilegítima, inminente, peligrosa. Sí… Podría decir que el arma del agente no estaba visible, que El Flaco actuó por miedo insuperable, que su respuesta fue instintiva, no premeditada. Y así… podría empujar el caso hacia una eximente incompleta, reducir la pena, darle cinco años en lugar de veinte. Un regalo que no se ve como tal.
Y para los ojos del mundo, yo seguiría siendo juez, no cómplice.
¿Y si mañana el próximo cadáver es tu hermano, tu hijo, tu gente? ¿Qué valor tiene tu título si pesa menos que el silencio de Alcides? Soy Mario Mendoza, estudié Derecho para proteger, no para encubrir. Pero esta toga, que un día soñé como escudo, hoy me pesa como un pacto con la sombra. El día está por comenzar. Y con él, la audiencia. Una firma me separa del abismo. ¿Firmo… y salvo a un culpable para pagar un viejo favor? ¿O me convierto en mártir de una causa que hace tiempo dejó de pagar sueldos… o seguridades? El derecho penal de hoy no mira al alma, no husmea el linaje, ni examina la frente en busca de estigmas. No busca cuernos bajo el sombrero, ni mide cráneos con compases. Ese viejo tribunal, donde la Inquisición juzgaba cuerpos como señales del infierno, ha sido silenciado por una razón ilustrada. Hoy, no importa si naciste torcido según Cesare Lombroso, sino, si tu acto concreto ha quebrado la norma.
Juzgar el ser es imponer una condena sin calendario y sin absolución. La justicia auténtica no persigue la esencia humana, sino los actos que quebrantan la ley. Porque mientras la conducta permanezca inocente, ninguna persona debería cargar el peso de un juicio por el simple hecho de ser.
Escucho pasos. Golpes en la puerta. Mi asistente anuncia que el tribunal me espera. Voy. Pero no como juez. Voy como hombre. Y que la historia decida si fui valiente… o simplemente vencido.
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