Hace tiempo que traía cierta curiosidad por el libro que acompaña este título de la autoría de Lev Tolstói considerado uno de los grandes íconos de la literatura Rusa.
Cuando se lee la reseña del editorial Pingüino, muy práctico, por cierto, nos dà la idea que el libro versa sobre una reflexión de Ivàn Ilich sobre lo que ha sido su vida cuando repentinamente se ve la cara con la muerte, sin embargo, en la medida que vamos recorriendo el camino que discurre entre una página y otra podemos entender la historia desde otro matiz, algo distinto a lo que comúnmente se suele percibir del texto.
Volviendo al introito de la obra hay que converger que ciertamente la muerte es tema central durante las discurridas páginas en que se desarrolla la novela o también pudiera ser centrada en una especie de ensayo por lo que pretende el autor y la manera en que lo aborda, erigiéndose como una profunda reflexión sobre los acontecimientos que se ponen de manifiesto cuando algo tan real como la muerte misma abandona el anonimato y reclama su estrellato.
Iván Ilich, personaje central de la historia es un alto funcionario, el cual en su dilatada carrera administrativa ocupa diferentes cargos dentro de los que destacan la función de ministerio público y la de juez, por lo que la justicia ejerce un papel preponderante en su peregrinar por esta vida, sin embargo, estos cargos apenas son mencionados, porque el autor hace escasa alusión en como Ivàn juega su rol de justiciero en los intramuros de la justicia.
Al respecto podemos anticipar de manera equívoca que uno de los pasajes reparará en como desarrolló la carrera de juez o fiscal: si era severo, flexible, los temas que más llamaban su atención, si era indiferente ante las desigualdades, o el abuso, si su fallo era influenciable o moldeado por algún poder extraño que sesgaba su actuación judicial, en fin, si fue justo en la adjudicación del derecho, sin embargo, nada de esto entra con rigor en las palabras en las que se cuece la historia.
Por lo que más allá de algunas ideas parcas de su dignidad con sus superiores y que cumplía con exactitud e insobornable honestidad las diferentes misiones que le eran encomendadas de la cual a decir del autor, Iván, se sentía profundamente orgulloso, pero tal y como hemos referido precedentemente esos destellos no están vinculados de manera inequívoca a su papel en la justicia.
El silencio, sobre cuál espíritu de justicia gobierna a Iván, no es un mutismo inconsciente sino uno deliberado, en el que el autor intenta mantener el relato al margen de las consideraciones de la moral cristiana, en donde más de uno, reduce la vida a causa y efecto, asumiendo de manera imbatible que el buen proceder es consustancial a un buen desenlace, y viceversa, como si se tratara de una especie de Oliver Twist y su decidida marcha a Londres bajo el influjo de Dickens.
No es que esté mal mirar así la vida, sin embargo, más de uno sabe que no siempre opera de ese modo, porque como se refiere en Enemigo Íntimo: “no es un cuento americano, es un cuento irlandés”, evocando quizás al Dublineses de Joyce.
Dentro de los aspectos más importantes que destacan en las páginas en la que se condensa la obra, resalta la manera en como la sociedad se comporta prácticamente en todos los lares. Llama poderosamente la atención la forma en que los amigos o colegas de Ivàn se enteran de su muerte a través del diario, en el que se leìa: “Praskovia Fiòdorovna Golovìn, con profundo desconsuelo, comunica a parientes y amigos la triste noticia del fallecimiento de su muy querido esposo Ivàn Ilich Golovìn, miembro del Tribunal de Apelaciòn, acaecido el 4 de febrero de 1882. El sepelio tendrá lugar el viernes, a la una de la tarde”.
Acto seguido empieza a describirse la actitud de cada uno de los presentes y los allegados al extinto. Mas que lamentar, y aùn, con el diario en manos, comienza una carrera frenética para sacar partida al deceso, olfateando las bondades que trae consigo la muerte y como podrían ser efectivamente aprovechadas. Este acontecimiento sin duda concita la desgracia para algunos, más a otros le alienta el porvenir. El cargo que dirigía tendrá irremediablemente que ser ocupado por algún colega lo cual abre un abanico amplio de posibilidades y una especie de cadena provechosa para el círculo de su propio entorno. El autor en solo unas cuantas líneas deja plasmado de manera magistral el modo en que solemos reaccionar ante el lecho de muerte, desnudando uno de los lados más oscuros del ser.
Volviendo a Ivàn Ilich y examinando su fuero interno se puede observar como este asume una postura de negación, de rabia si se quiere, como si entendiera o tuviera certeza que el tictac del reloj se apaga por una decisión de las personas que convergen a su alrededor, de manera específica de su esposa Praskovia Fiodorovna y su hija Lisa, llegando esta última a cuestionar a su madre el por què su padre exhibe un comportamiento tan áspero con relación a ellas, infiriendo de su quebranto una responsabilidad exclusivamente familiar.
Este pasaje reviste de una importancia capital ya que cuando el ser humanos no alberga suficiente capacidad cognitiva y emocional de aceptar lo que la vida de manera tiránica impone, puede provocar una sensación de angustia insuperable, propiciando un escenario para la obnubilación en el peor sentido posible. Este estado poco juicioso y distante de lo racional tiende a generar una ruptura con el mundo real, aquel que se manifiesta y se nos presenta en el día a dìa.
La discusión que mantiene el personaje con su esposa Praskovia constituye una parte neurálgica para entender bien los silencios de Tolstòi. Para comprender mejor el trasfondo conviene reparar en algunos detalles que van engrosando el texto como el hecho mismo de que la elección de Praskovia como esposa no fue un hecho casual producto del azar o de alguna flecha furtiva de Cupido, sino más bien, una decisión tomada no desde la lógica del amor sino la del estatuto quo.
En aras de tener mejor contexto me permito citar al autor cuando habla sobre el casamiento de Ivàn, en efecto, refiere lo siguiente: “Decir que Ivàn Ilich se casó porque se había enamorado de su novia y porque había encontrado en ella a una persona que compartía sus ideas serían tan injusto como afirmar que contrajo matrimonio solo porque la gente de su esfera social aplaudía dicho enlace. Ivàn Ilich se casó por ambas razones: satisfacía asì sus propios deseos tomando a semejante esposa y a la vez contentaba a las personas de la mas alta posición social que consideraban razonable dicho enlace. De modo que Iván Ilich se casò”.
Resulta bastante evidente que la razòn que motivò el casamiento no fue porque Praskovia lo encandilara, sino por oportuno y conveniente desde el punto de vista social, o al menos dicho matrimonio no resultaba desconsiderado o altisonante para las altas esferas (a pesar de que ninguno de los dos subiera un solo peldaño en el discurrir) y esto era bastante importante para la trayectoria política de Ivàn.
Como la boda se construyó en pies de barros pronto vinieron los dilemas, desatando una guerra fría entre la pareja que provocó el desgaste tanto de uno como del otro. El fracaso fue aceptado con irremediable resignación al punto que sentencia el escritor lo siguiente: “De la vida familiar solo pedìa las comodidades de una mesa puesta, de tener ama de casa y lecho, es decir, las comodidades que la vida podría proporcionarle y, sobre todo, el buen tono de las apariencias, tal y como requería la opinión pública”. Sobre este punto resulta palmaria la latosa vida de Ivàn Ilich.
Volviendo sobre los vicios de la conducta, pretender que la gente circundante asuma el mal propio por el que estamos pasando es una exigencia incomprensible y carente de todo sentido de subsistencia. Además de que no resulta posible, amèn de que al final en nada ayuda que el dolor o la angustia propia sea desplazado hacia otro, porque a la postre compartir el padecimiento de otro en nada mejora el dolor propio. Bajo este escenario, poco altruista pero realista, es preciso distinguir entre lo complaciente y lo sumiso.
La actitud que exhibe el personaje en cierto modo es de verdadero egoísmo y en el fondo muestra escasa madurez ante los embates de la vida. Por eso lo que vemos en el pensamiento de Ivàn, es una reflexión profunda sobre lo que ha sido su vida, su paso por la administración, su matrimonio, su familia y claro su relación con sus amigos. Sobre este punto resalta la forma en como Ilich asume su nueva forma, en la cual el pensamiento activo se desgasta y se concentra en criticar para sus adentros a su esposa e hijos porque esto no hacen lo suficiente para entenderlo, para comprender su dolor físico, su pesado dolor emocional que lo desgasta y lo arrincona.
Podemos asentir que lleva razón Ivàn cuando piensa que su esposa e hijos se han mostrado poco empático con su nueva forma, con la condición de salud precaria por la que atraviesa, ya que ciertamente al examinar los diálogos llevados a cabo entre los esposos, resultan pocos armoniosos sobre todo de parte de Praskovia. En aras de comprender mejor la situación y no caer en sesgos cognitivos, por no hablar de injusticia, es preciso, reparar en los detalles que de manera magistral se exponen en el relato.
Uno de ellos deviene de la vida azarosa llevada por la pareja, lo cual con nuestra vieja y absurda idea de buscar culpable, pudiéramos convenir que el problema de esa vida marcada por las diatribas fue propiciado por las ausencias de Ivàn, el cual hizo de su trabajo un asilo político, hostigado talvez por los constante ataques de Praskovia, lo que provocó que cada vez fuera más escasa su presencia.
A la vez también podemos convenir que la obsesión de trascendencia de Ivàn, motivò un marcado distanciamiento, lo cual desataba con mayor frecuencia e intensidad las peleas y reclamos de Praskovia sobre el huidizo comportamiento de aquel ser con sueños de grandezas.
Ese detalle es de una importancia vital porque el autor no se decanta por el uno o por el otro, desde una perspectiva moral, bondadosa o de simple culpabilidad, sino más bien que Tolstói, no hace juicio de valor sobre los personajes principales, obligando al lector a que sea en su propio juicio donde descanse la difícil tarea de juzgar (obviamente si asì lo consiente, aunque también hay que decirlo, resulta difícil no hacerlo) cada una de las conductas y actuaciones de los consortes.
Por otro lado y desde una mirada más filosófica pudiéramos advertir que la vida es tan compleja y a la vez tan incierta, que se impone que reflexionemos cada dìa, cada instante, de lo que hoy estoy haciendo, si realmente importa y sobre todo, el por qué importa si así finalmente lo convenimos; o si simplemente me estoy dejando arrastrar por el deseo de pertenecer, por el ego o afán de descollar, o talvez por la loca y absurda idea de ser propietario del título de señor.
No es posible abordar estos temas sin invocar una de las obras más importante sobre la existencia humana y el sentido de la vida, que es el texto homónimo de Victor Frank, quien de manera magistral (sin comparación alguna en la forma en que lo hace) se adentra en la siquis de los prisioneros de los campos de concentración para examinar si realmente se puede encontrar algún sentido a esta vida, que a veces se nos desvela con tal encono que casi soslayamos la infinitud de su belleza, verbigracia del despunte o la caída del sol en la playa, del viejo Samàn que nos regala su sombra en medio del desértico terreno injuriado por la fragilidad de la lluvia, o sencillamente el enorme privilegio de despertar cada mañana con todas sus consecuencias, o parafraseando a Dostoievski, aquel inmenso privilegio que implica escuchar en la casita del campo el susurro de los olmos y los castaños.
Volviendo al título que abordamos, en ella se cuela la idea de reflexionar si realmente tiene la importancia que solemos dar (ante el lecho de muerte) a todo aquello que hicimos en vida, es decir, los peldaños que alcanzamos, el estatus logrado, en más de una ocasión por el esfuerzo ingente que desplaza relaciones de familia y de la amistad sincera.
La muerte de Ivàn Ilich hay que verla cada día, cada noche, cada instante, es un mantra, una especie de biblia que es preciso tenerla presente en cada una de nuestras actuaciones, cuestionando y respondiendo con absoluta sinceridad si lo que hoy estoy haciendo es verdaderamente importante, si realmente vale la pena, no solo para mí, sino para la familia y con ello para la sociedad a fin de no caer en el otro borde de la rivera y atrincherar nuestra existencia con marcado egoísmo.
Entiendo necesario preguntarse también si lo que estoy realizando responde a un interés genuino de amor al oficio o más bien obedece a un capricho resultante de la vanidad que nos agobia y nos aplasta, aquella que nos aparta del camino sincero. Sin embargo, también entiendo que no hay autoridad con suficiente bagaje capaz de expresar argumentos imbatibles en torno a dar por sentado en como debemos vivir esta vida bañada constantemente por el mar de la incertidumbre. Pudiéramos decir que tiene muy poco sentido aquel que se desgasta yendo de fiesta en fiesta, sin raíces, viviendo a un ritmo frenético y hedonista; bajo el argumento de que esa vida discurre en la superficialidad, en lo banal, asumiendo que esa persona soporta un gran vacío existencial.
A la vez también pudiéramos criticar con sobrada razón, aquellas otras, que lejos de fiestas y de relaciones sociales, fuera del radar de la Dolce Vita, gastan sus días imbuidos en el arte, la cultura, ensimismado en su mundo superior, renegando toda tribu.
Por eso me alzo con la idea de que se hace necesario buscar adentro, o como diría Rainer en una de sus famosas cartas, bucear en lo más recóndito del interior, del corazón, para poder vivir conforme a nuestras mejores convicciones y que previo a la hora de lo inevitable, en donde el tirano tiempo impone su salvaje autoridad, y al hacer balance de lo vivido que el desasosiego no sea tan cruel, al menos no para aquellos que han de soportar nuestro “legado”.
En conclusión, creo poderosamente que la obra de Tolstói nos invita a un profundo viaje a nuestro ser inconsciente, reflexionando cada día sobre la vida que debemos llevar mientras nos dure este brevísimo ensueño por estas tierras raras. Es un llamado de atención para no vivir en piloto automático, sin hacer un alto y enjuiciar nuestro comportamiento con relación al alter ego y claro está con la sociedad que nos codeamos. La muerte de Ivàn, no es solo un acontecimiento que se presenta en la esfera literaria, sus ideas no perecen con el óbito, más bien deben seguir flotando en el pensamiento reflexivo de quien la descubre.
Finalmente, resaltar lo fascinante y admirable de como el autor puede condensar todo su libro en unas cuantas páginas, porque en honor a la verdad y desde una mirada crítica, en los primeros párrafos queda expresada toda su obra, al punto de que resulta mandatorio leerse sus dos primeras páginas y disfrutar de un asombro inusitado, como si nos pasmáramos al desvelar El caballero de la mano en el pecho o Las Meninas de Velásquez.
Compartir esta nota