En este ensayo se abordan los aspectos constitutivos medulares de la filosofía e historia de la cultura hispanoamericana, que el pensador dominicano Pedro Henríquez Ureña fue capaz de hilvanar y articular en un todo complejo, dinámico, diverso y plural en el conjunto de su obra. Esto incluye desde sus reflexiones filosóficas y literarias iniciales, sus estudios en torno a las universidades y la cultura de las humanidades, sus reflexiones constantes en torno a Grecia y Roma, sus estudios sobre la España clásica, medieval, moderna y contemporánea, sus estudios especializados en lingüística y filología, sus postulados políticos de la utopía de América y la Patria de la Justicia, así como sus investigaciones literarias y culturales en torno a la América Hispánica para definir su perfil identitario e independencia espiritual.
Se procederá a examinar el rol trascedente que Henríquez Ureña le otorga a España en el proceso formativo de la cultura hispanoamericana, los rasgos característicos de la filosofía e historia de la cultura hispanoamericana postulada por Henríquez Ureña en cada de sus obras fundamentales, el idioma español como elemento clave de expresión universal de la cultura hispanoamericana, el contexto económico-social, jurídico y político en que la América Hispánica adquiere su independencia espiritual y logra una expresión original indiscutible con respecto a los demás continentes y la presencia perpetua de la patria bien amada en la mayor parte de sus pulcros escritos.
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Rol de España en la Formación de la Cultura Hispanoamericana
El escritor hispanoamericano que con mayor profundidad y arrojo ahonda en el alma española en los diferentes momentos de su devenir histórico-cultural y de su vínculo con las nuevas tierras conquistadas y colonizadas a partir de 1492 es, sin duda alguna, Pedro Henríquez Ureña.
Este pensador da a conocer el grado de desarrollo cultural obtenido por Hispania en el período de dominación de la antigua Roma, donde personajes como Lucio Anneo Séneca -nacido en Córdoba-, hicieron aportes inmensos al desarrollo cultural y filosófico de la humanidad. También muestra cómo España entre los siglos V y VI fue conquistada y colonizada por varios grupos bárbaros, entre los cuales destacan los vándalos, suevos, alanos y visigodos, quienes contribuyeron a sentar las bases de la cultura medieval española que se desarrollaría posteriormente.
En el siglo VII hasta finales del siglo XV la península Ibérica sufrió la invasión árabe que duraría alrededor de ocho siglos, donde la filosofía, la ciencia, la tecnología, el arte y los demás ámbitos de la cultura material y espiritual lograron avances muy importantes en el territorio español. Pero a partir del siglo XIII Castilla asume una hegemonía cultural que le permitiría posteriormente hacerse dominante en toda España, al tiempo de desplazar el dominio que hasta entonces tenían los árabes. Sobre este proceso, Henríquez Ureña dice lo siguiente:
El siglo XIII, momento de culminación espiritual de la Edad Media en Europa, Castilla entra definitivamente a dominar en España: con Fernando III lleva la reconquista del territorio español hasta los mares del sur, aniquilando el poder de los árabes; con Alfonso X asume la dirección intelectual del país, emprendiendo la formidable tarea de sistematizar la cultura y divulgarla en la lengua hablada. Ningún otro pueblo europeo en la Edad Media intentó obra semejante ni en la amplitud ni en la intención democrática. Como instrumento principal, una colección enciclopédica de libros en castellano, desde San Fernando, lengua oficial del reino en lugar del latín: allí se resume el saber de la época, desde la más vasta entre las ciencias de la naturaleza, la astronomía, hasta la más compleja entre las disciplinas que estudian al hombre, la historia. Se organizan institutos de investigación y difusión, observatorios astronómicos, bibliotecas, oficinas de traducción de consulta.[1]
Henríquez Ureña señala que entre los siglos X y XIV, correspondientes a la Edad Media, se crearon los rasgos más destacados de la cultura española, muchos de los cuales perviven hasta el presente. En este periodo se produce una dualidad cultural en la península Ibérica, ya que los pueblos de la parte sur, de la región central y los de la zona meridional fueron dominados por los árabes (Badajoz, Málaga, Granada, Armería, Sevilla, Murcia, Córdoba, Valencia, Mallorca, Toledo y Zaragoza, pasando a constituir lo que los árabes denominaron el Al Ándalus), mientras que los pueblos del norte (Reino de León, Reino de Castilla, Reino de Navarra, Reino de Aragón y el Condado de Barcelona) rechazaron la dominación árabe y fueron desarrollando su propia cultura, derivada directamente del influjo latino a través de la lengua provenzal.
Las culturas de Galicia, Portugal, León, Cataluña, Aragón y Castilla lucharon por hacerse hegemónicas, hasta lograr imponerse esta última sobre las demás hacia el siglo XIII. De esta manera se hace predominante su cultura y su idioma, el castellano, que, tras la derrota de los últimos reductos árabes en la península Ibérica, la toma del Emirato de Granada en abril de 1492 por parte de los Reyes Católicos de Castilla y Aragón asume el nombre genérico de idioma español. Esto lo confirma Henríquez Ureña cuando sostiene:
El castellano se apodera definitivamente de toda la zona central de España, de norte a sur, de mar a mar: el momento decisivo es el siglo XIII. Cuando se descubre el Nuevo Mundo, Castilla le dará, sola, su triunfante idioma imperial.[2]
Henríquez Ureña, quien es el reconstructor más sigiloso de los aportes creativos de España a la multiculturalidad que hoy caracteriza a la América hispánica, desde los territorios de México hasta la Tierra del Fuego, es al mismo tiempo el crítico más acervo e incisivo de las acciones realizadas y de los errores cometidos por la nación ibérica contra la población originaria y su cultura en el proceso de conquista y colonización del Nuevo Mundo. Este pensador hispanoamericano estima que el Descubrimiento de América o del Nuevo Mundo por parte de Cristóbal Colón y los Reyes Católicos constituyó el acontecimiento más trascendente de la época moderna que le permitió a España tener un rol decisivo en el desarrollo político, económico-social y cultural de Europa.
A tono con esa perspectiva, el doctor en filología y semiótica Odalis Pérez, quien es un gran estudioso de la obra de Henríquez Ureña, coincide en señalar los esfuerzos inmensos desplegados por el humanista dominicano para establecer una correlación entre la antigua Grecia, Roma, España e Hispanoamérica, la que le sirve de base para hablar de la independencia política, cultural, literaria y filosófica de los países americanos de habla hispánica:

Los estudios de Pedro Henríquez Ureña sobre la cultura, la lengua, la literatura y la historia de América, revelan una comprensión de la Romania y la Hispania como líneas de una productividad y espiritualidad definidas en un ámbito de la América continental y de la Romania Occidental. La relación que impulsa una hispanística independentista se nutre de la idea de originalidad y creación en el mundo americano que Henríquez Ureña entiende como compromiso conciencial y etnocultural sostenido en la cultura, el pensamiento, el arte y la lengua de la América hispánica y continental. Toda una filosofía de la historia se hará visible y patente en sus obras Las corrientes literarias en la América Hispánica, Historia de la cultura en la América hispánica, La cultura y las letras coloniales en Santo Domingo y Seis ensayos en busca de nuestra expresión, donde se pueden advertir los signos, elementos y pensamientos de una culturología americanista y, sobre todo, de una cardinal que engendra el pronunciamiento de nuestra independencia cultural, literaria y filosófica.[3]
Esto significa, que mientras muchos veían a España como uno de los países de Europa que menos contribuyó al desarrollo de la cultura renacentista entre los siglos XV, XVI y XVII, Henríquez Ureña resaltaba los aportes inmensos hechos por este país en áreas tan disímiles como la geografía, la mineralogía, la zoología y la botánica en el reinado de los Reyes Católicos; así como en los ámbitos religioso y científico, por parte del fraile dominico Juan de Ortega en las matemáticas, el teólogo y médico Miguel Servet en el campo de la biología, llegando a descubrir la circulación pulmonar de la sangre, así como los atisbos de Hernán Pérez de Oliva sobre el electromagnetismo.
Henríquez Ureña ofrece una perspectiva amplia del desarrollo científico que logró España en el período situado entre los reinos de los Reyes Católicos y Felipe II, así como las grandes limitantes con que se encontró este, en los siguientes términos:
Desde la época de los Reyes Católicos hasta la de Felipe II, navegaciones y descubrimientos dan a España y Portugal -una sola unidad de cultura entonces- función renovadora en las ciencias de aplicación y descripción. Es enorme su labor en geografía, en mineralogía, en zoología y botánica; de la Zoología y la Botánica se ha dicho que renacen, después de siglos de estancamiento, con el descubrimiento de América. En las ciencias puras, la actividad es muy inferior. Pero en los tiempos de Carlos V, cuando no se echaba de menos en España ninguno de los impulsos del Renacimiento, cuando se discutían francamente problemas religiosos y filosóficos y se ensayaban novedades fecundas en todas las artes, el movimiento científico hispano-portugués estaba lleno de promesas, con los estudios de Fray Juan de Ortega en matemáticas, y de Pedro Juan Núñez, el genial Nonnius, en álgebra y en cosmografía, y de Álvaro Tomás sobre la teoría de las proporciones y las propiedades del movimiento, anticipando a Galileo, y de Miguel Servet en biología, y hasta los atisbos de Hernán Pérez de Oliva sobre el electromagnetismo. El posterior descenso de las ciencias teóricas se ha explicado siempre con la ojeriza inquisitorial hacia la investigación libre: sería inútil negar su influencia. Otra grave causa fue la norma dictada en 1550, con fines defensivos para las universidades españolas: se prohibió salir a estudiar en universidades extranjeras. Prueba de cómo la ciencia no puede aislarse: universal por esencia, en los tiempos modernos lo es además en su desarrollo.[4]
En la filosofía del siglo XVI, Henríquez Ureña señala a Juan Luis Vives, Sebastián Fox Morcillo, Gómez Pereira, Francisco Sánchez el escéptico y Juan Huarte, como los pensadores que contribuyeron a la renovación crítica, a la moderna teoría del conocimiento, a la nueva concepción del ser humano, así como a la interpretación y transformación de las doctrinas de Platón y Aristóteles. En la filosofía del siglo XVII expresa que la figura más destacada de origen hispánico, aunque vivió una parte importante de su vida en Holanda, fue Benedicto de Spinoza. En la reconstrucción de la metafísica escolástica y de la teología, que inicia con Francisco de Vitoria y tiene su complemento en Domingo de Soto, Melchor Cano, Domingo Báñez, Luis de Molina, Gabriel Vásquez, Francisco Suárez y otros, Henríquez Ureña subrayó el rol jugado por estos pensadores de gran trascendencia en la Europa de entonces. Algunos, como Pfandl, sitúan a Suárez como “el nombre europeo de mayor autoridad en la metafísica del siglo XVII”, al cual René Descartes y Godofredo Leibniz estudiaron atentamente.[5]
En cuanto a la mística y la ascética, Henríquez Ureña sostiene que tuvieron gran desarrollo y esplendor de la mano de Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Fray Luis de León y Fray Luis de Granada, cuyo movimiento había sido iniciado por el sutil heterodoxo del renacimiento Juan Valdés y concluido por el también heterodoxo y célebre escritor de transcendencia universal, Miguel de Molinos.
Entre los años de 1899 y 1914, Rafael Altamira -abogado e historiador español contemporáneo de Pedro Henríquez Ureña- escribió la singular obra Historia de España y de la Civilización Española, en cuatro tomos, en la cual aborda el proceso histórico complejo que vivió la nación española desde sus orígenes hasta inicios del siglo XIX. En los tomos 2 y 3 aborda el proceso de desarrollo que vivió España durante el período de la Edad Media, el establecimiento de la unidad política y de la monarquía absoluta (1252-1516), en que él analiza su composición clasista predominante y el sentido de la evolución social, cuando expresa:
La lucha principal no es ya de los siervos contra los señores, porque la servidumbre desaparece, sino de los ciudadanos, de los burgueses, contra la nobleza y el clero, para obtener la igualdad jurídica, especialmente en el orden económico (tributos, cargas concejiles, diezmos). Pero la mejora en la condición jurídica que obtienen los antiguos siervos y cultivadores pobres, no se traduce en un bienestar real, análogo al que adquiere la clase media ciudadana; sino que, como veremos (§ 431), la relación de dependencia económica (y hasta cierto punto jurisdiccional también) en que quedan respecto de los señores, es a menudo, de hecho, tan vejatoria y dura como la anterior dependencia personal. Al propio tiempo, la clase popular pobre, que va aumentando en las villas y ciudades, sufre también de una inferioridad jurídica respecto de la burguesía.[6]
Tras la unificación política de los reinos de Castilla y Aragón se produjo el triunfo de los cristianos ante los árabes y judíos, tomando así el reino de Granada. Antes de capitular y entregar la ciudad de Alhambra y otras fortalezas, los árabes negociaron un pacto de 67 artículos, en los cuales se consignaron las siguientes conquistas: seguridad de personas y bienes; libertad de continuar viviendo los moros en sus lugares y domicilios; mantenimiento del culto musulmán, conservando las mezquitas y los bienes de éstas, y la ley religiosa en punto a los juicios; que ningún cristiano entraría en casa de los musulmanes ni ejercería coacción sobre ellos; que sus gobernadores serían musulmanes o judíos, de los que con anterioridad hubiesen ejercido cargos públicos; libertad de todos los cautivos hechos en la guerra; limitación de los tributos al azaque y el diezmo; que todo moro pudiese dejar a su arbitrio la ciudad, vendiendo sus bienes sin traba alguna y que el que quisiera pasar al África pudiese también enajenar su hacienda y llevar consigo sus alhajas, haciendo el viaje en naves del rey sin pagar flete; “que no se forzaría al que hubiese abrazado el islamismo, a hacerse nuevamente cristiano, y que si algún musulmán se hubiese cristianizado, se le darían algunos días de plazo para que lo meditase y, transcurridos que fueran, comparecería ante un juez musulmán y otro cristiano, y si se negara a volver al islamismo sería mantenido en su resolución”; que los moros podrían discurrir libremente por tierra de cristianos con seguridad de sus personas y bienes; que no se les impondrían señales en el traje como se hacía con los judíos y mudéjares; que se les respetaría el almuédano y todas las prácticas religiosas, y que el rey cristiano garantizaría con su firma la capitulación.[7]
Sin embargo, Altamira relata que muy pronto cambiaron la política los que asumieron el control del poder y se dedicaron a perseguir a los moros y judíos, tratando de obligarles a convertirse al cristianismo:
Bien pronto los vencedores cambiaron de política. Olvidando los artículos de la capitulación, vejaron a los musulmanes, ya con limitaciones de su libertad, ya con nuevos tributos y, por último, con la coacción, más o menos velada en la forma, para que abrazasen el cristianismo. Dirigida en un principio la propaganda por el arzobispo fray Hernando de Talavera, el conde de Tendilla y Hernando de Zafra, en términos prudentes y por medio de la predicación, habíanse obtenido bastantes conversiones. Pero el celo excesivo de otros personajes de la corte, entre ellos el confesor de la reina y arzobispo de Toledo Ximénez de Cisneros, mudó tales procedimientos por otros de fuerza, pues no sólo importunaban para lograr la apuración, sino que, según dice un cronista castellano, “a los que no se querían convertir echábalos en la cárcel y trabajaba con ellos por todos los medios posibles, que se convirtiesen. Pareció que esto tocaba a muchos moros y se escandalizaban de ello”. Quejáronse en efecto, a los reyes, de aquella infracción de las capitulaciones, y por último se sublevaron los del Albaicín, a consecuencia de haber querido, dos criados de Cisneros, arrebatar a una joven mora, para convertirla. Sólo merced a la voz y prestigio de fray Hernando de Talavera y a la intervención del conde de Tendilla, pudo apaciguarse la sublevación. Don Fernando y Doña Isabel desaprobaron en un principio la conducta de Cisneros, pero luego se dejaron vencer por la opinión de éste, quien, entre otras cosas, alegaba que, habiéndose sublevado los moros del citado barrio, quedaban derogadas las capitulaciones.[8]
Altamira destaca que en el momento en que los Reyes Católicos ensanchaban el territorio castellano con todo lo perteneciente al reino de Granada, el genio, la perseverancia y la suerte de un marino extranjero, de origen genovés, de nombre Cristóbal Colón, incorporaba a la Corona un continente desconocido hasta entonces y muy superior en extensión y en recursos naturales a toda Europa, que recibió, años después, el nombre de América.
Otro historiador contemporáneo a Henríquez Ureña era el argentino Ricardo Levene, quien fue rector de la Universidad Nacional de la Plata y presidente de la Academia Nacional de la Historia, en varias ocasiones; escribió la Historia de la Nación Argentina en 12 tomos; fue uno de los fundadores de la Nueva Escuela Histórica de Argentina a partir de 1920, al tiempo que escribió varias obras sobre historia del derecho indiano, historia del derecho argentino e historia de América, desde la prehistoria, el proceso de conquista, el período de la independencia y la época republicana. En ese sentido, es importante destacar que coordinó la enciclopédica obra Historia de América en 14 tomos. En la redacción de los tomos VIII y XII colaboró el intelectual dominicano Henríquez Ureña con varios escritos. En el Tomo VIII aportó los textos: “La emancipación y primer período de la vida independiente en Santo Domingo”, “Haití” y “Puerto Rico en el siglo XIX”; mientras que en el tomo XII contribuyó con los textos: “La República Dominicana desde 1873 hasta nuestros días”, “La República de Haití” y “Puerto Rico en el siglo XX”, en los cuales analiza con bastante objetividad la situación de estos países, al tiempo de proporcionar un conjunto de informaciones clave en torno a sus diferentes características durante los siglos XIX y XX.
En su texto Las Indias no eran colonias, Levene intentó demostrar que en toda la Legislación Indiana de los siglos XVI y XVII, constituida por 6.377 leyes, no se consideraban a los territorios bajo el dominio de los reinos de Castilla y Aragón como colonias y que en una sola ocasión se empleó el concepto de colonia para referirse a la población que habitaba un determinado territorio. En ese sentido el historiador argentino expresa:
La incorporación de las Indias a la Corona de Castilla no podía hacerse en las mismas condiciones legales que los reinos de Portugal o Flandes, que eran Estados constituidos con sus leyes propias. En cambio, los reinos de Indias no eran Estados constituidos, pero lo serían, porque no se les habían rebajado a la condición de colonias, y se trasvasaban en ellos las Leyes de Castilla en defecto de las Leyes de Indias, leyes estas últimas que emanaban no sólo del Consejo de Indias sino de las autoridades e instituciones territoriales de Indias, con potestad legislativa… Estos territorios, según las leyes de Indias, no se habían logrado legalmente por la conquista, sino por la pacificación y población, realizadas “con toda paz y caridad”, “sin fuerza ni agravio”. Así se explica que en las 6377 leyes de la Recopilación de Indias de 1680 no se menciona la palabra colonia. Por excepción, como demostraré, aparece -nada más que la palabra, pero no el propósito político- en contadas leyes del siglo XVIII. Cuando se menciona una vez la palabra colonia en la citada Recopilación es en el sentido de constituir población (ley XVIII, título VII, lib. IV) al decir que “cuando se sacare colonia de alguna ciudad…” se procuraría “que las personas que quisiesen ir a hacer nueva población” fueran las que no tuviesen tierras.[9]
Es evidente, que aunque en la legislación indiana no se hable explícitamente de colonia o de conquista, sino de pacificación y población en paz y caridad, sin fuerza ni agravio, la realidad expuesta por fray Bartolomé de las Casas en su texto Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias (1552) no deja lugar a dudas de que la conquista y colonización de las Indias, el Nuevo Mundo o América, como indistintamente se le denomina a estos territorios, se realizó basada en el uso de la fuerza de las armas, en el abuso, en el agravio y en la depredación más vil e injusta, desconociendo en todos los sentidos el derecho de gentes y los derechos humanos.
No obstante, su perspectiva justificadora del proyecto colonial español, Levene reconoce la gran labor desarrollada por fray Bartolomé de Las Casas, fray Domingo Soto y Juan de Solórzano Pereira frente a la perspectiva esclavista que sustentó el helenista Juan Ginés de Sepúlveda:
La civilización cristiana que España ha acarreado a las playas del Nuevo Mundo tiene expresiones originales y brillantes en su historia de las ideas políticas, jurídicas, económicas, religiosas y sociales en general. Los publicistas de esta disciplina de los siglos XVI y XVII, en los que imperan los ideales de la libertad y la igualdad humana, pertenecen a la edad de oro de la literatura hispano-indiana. Continuaban una auténtica tradición, que constituye la corriente del pensamiento español, nacida antes y durante la legislación foral, renovada en las Partidas y extendida después a las múltiples cuestiones que planteaba la expansión del Imperio, pero recibió el impulso vigoroso del Descubrimiento. Las teorías de Democrates Secundus del helenista Juan Ginés de Sepúlveda, que admitía la esclavitud, fueron rechazadas en Junta de profesores de las Universidades de Salamanca y de Alcalá de Henares y, principalmente, por el precursor del Derecho Natural el padre Bartolomé de las Casas, controversias filosóficas, políticas y jurídicas a la vez, que determinaron la reunión de la «Famosa junta de los catorce», integrada por ese número de ilustres doctores y presidida por el teólogo y jurisconsulto fray Domingo Soto, de reputación por su obra De justitia et jure y por sus ideas avanzadas en defensa de los indios y de los negros. Eran ideas vivas y prácticas, con fuerza operante sobre los acontecimientos, y no pálidas imágenes concebidas en la especulación del gabinete o de la enseñanza, afirmación que formuló, acerca de los teólogos o los sabios del siglo XVI, donde nace la literatura política hispano-indiana y luego Argentina, que se caracteriza por su orientación; eminentemente realista. Evidentemente es que tan caudaloso movimiento social ha repercutido en el espíritu público y ha mantenido en alto nivel ese pensamiento hispano-indiano desplegándose su irradiante influencia en los publicistas del siglo siguiente. No se trata ahora de hacer memoria de estos escritores de la centuria decimoséptima, pero a la luz de la investigación y la crítica modernas, parece indudable que el más alto exponente en materia jurídica principalmente es Juan de Solórzano Pereira. Desde hace más de un cuarto de siglo vengo ocupándome de este humanista y jurisconsulto en mis libros y en mi cátedra.[10]
El derecho de gentes o derecho natural tuvo en Las Casas a uno de sus precursores más conspicuos y, tal como expresa Levene, uno de los más altos exponentes del derecho hispano-indiano a partir del siglo XVII lo fue Solórzano Pereira, quien entiende que la realidad heterogénea de las razas indígenas y sus jurisdicciones geográficas y políticas hizo posible la elaboración de un nuevo derecho, con características propias, que no se podían trasplantar o adecuar a las leyes de Roma o de España. En ese orden Levene expresa:
Con la Edad Moderna inicia España un nuevo período, el de Estado-Nación. Es la política unificadora de los Reyes Católicos, la formación de un Derecho nacional como resultado de la expansión del Derecho castellano en la Península y su expansión también en Indias. El Derecho indígena fue evolucionando gradualmente por la mezcla de las razas y la penetración de la legislación de Indias. Esta última es un derecho genuino resultante de la potestad legislativa de las autoridades e instituciones territoriales. Aunque la legislación de Indias se proponía continuar en América el espíritu y tendencia del Derecho castellano, empero, la realidad diversa de las razas indígenas y sus distritos geográficos y políticos elaboraba un Derecho nuevo, con caracteres propios, al que no eran simplemente adaptables las leyes de Roma o España, como observaba Solórzano. El Derecho indiano, en la extensión de los tres siglos de la dominación española, se constituyó sobre nuevas bases políticas, administrativas, jurídicas, económicas y espirituales, y en cada una de esas ramas se crearon instituciones originales. Con respecto a Hispano-América, el estudio de la legislación de Indias en general, desde el punto de vista político que considera a las Indias no como colonias o factorías, sino como Provincias integrantes de la monarquía, abarca dos períodos: 1) Desde los Reyes Católicos hasta la promulgación de la Recopilación de 1680, que se desenvuelve durante los siglos XVI y XVII. La dinastía austríaca, se caracterizó por la tendencia a la descentralización política en Indias; 2) Desde el advenimiento del rey Felipe V hasta la Revolución de la Independencia en 1810, que comprende el siglo XVII, de la dinastía borbónica, caracterizada por la reforma de la Legislación de Indias en todas sus ramas y por su tendencia eminentemente regalista o de centralización política de España e Indias. La Legislación de Indias, desde el punto de vista del derecho estrictamente, se puede dividir en legislación metropolitana, emanada del Consejo de Indias, y en legislación territorial o provincial, resultante de la potestad legislativa de los diversos órganos o instituciones indianas. Para que se perciba la importancia de esta legislación territorial, baste decir que al dictarse la Recopilación de Indias de 1680, se dejó expresamente establecido (apartado final de la ley I, título I, del libro II) que no se hiciera novedad en las ordenanzas y leyes municipales de cada ciudad, y las que estuvieran dadas por cualquier comunidades y universidades, y las ordenanzas para el bien de los indios hechas o confirmadas por los Virreyes o Audiencias, "que no sean contrarias a las de este Libro", las cuales, pues, continuaban en vigor.[11]
En ese mismo sentido, Henríquez Ureña expresa que, en el ámbito jurídico, España actuó con una actitud peculiar y una visión amplia, ya que la conquista de América le puso ante situaciones totalmente nuevas. En la contienda que libraron los frailes dominicos de la isla de Santo Domingo, encabezados por Fray Pedro de Córdoba, Fray Antón de Montesinos y Fray Bernardo de Santo Domingo, a la que le daría continuidad por varias décadas fray Bartolomé de las Casas, se obtuvieron resultados tangibles y trascendentales, como la proclamación de las Leyes de Indias y la adopción de la doctrina de Francisco de Vitoria y sus discípulos, que, transmitida al jurista holandés Hugo Grocio, pudo ser ampliada y divulgada. Esto representó un progreso extraordinario en la vida moral del género humano con la consagración del denominado “derecho de gentes”. En los siguientes términos Henríquez Ureña (2015) habla de los aportes de España en la esfera del Derecho:
En el pensamiento jurídico, España procede con originalidad y amplitud. La conquista de América la puso frente a problemas nuevos. Y la nación conquistadora es la primera, en la historia moderna, que discute la conquista. De la heroica contienda que abren tres frailes dominicos en la isla de Santo Domingo, en 1510, y que Bartolomé de Las Casas hizo suya durante cincuenta años, salieron las Leyes de Indias y la doctrina de Francisco de Vitoria y de sus discípulos, que, transmitida a Grocio, ampliada y divulgada por él, constituyó ‘un progreso en la vida moral del género humano’. Esta doctrina se resume en el igual derecho de todos los hombres a la justicia y en el igual derecho de todos los pueblos a la libertad. Sus primitivos están en disposiciones que dictó Isabel la Católica sobre América, anticipándose a los problemas de la discusión.[12]
El autor dominicano sostiene que España recibió de Italia, desde el siglo XV, la devoción por la antigüedad clásica, dedicándose a estudiarla con métodos rigurosos, donde personajes como Elio Antonio de Nebrija, Diego Hurtado de Mendoza, Pedro Simón Abril, Juan Páez de Castro, Alfonso García Matamoros, Pedro de Valencia, Bernardo Aldrete, Fray Pedro de Ponce, Manuel Ramírez de Carrión, Juan Pablo Bonet, Mateo Alemán, Fray Alonso de Molina y Fray Luis de Valdivia, entre otros, realizaron una ingente labor hermenéutica, crítica, de estudios históricos, lingüísticos y filosóficos, así como de revisión y depuración de textos.[13]

En el ámbito de la teoría literaria y la literatura, Henríquez Ureña expresa que los españoles tuvieron libertad y vuelos nunca vistos, elevándose a concepciones generales que se sobreponían a las que se habían derivado de formas estrechas de la antigüedad clásica, ya fuesen puras o con deformaciones. A ese proceso están asociados los grandes aportes de figuras claves de la literatura española, que el intelectual dominicano llama “Siglos de Oro Español”, para referirse a los siglos XVI y XVII, entre ellos el poeta Francisco de Rioja; el poeta, dramaturgo y teatrista Félix Lope de Vega y Carpio; el intelectual renacentista Hernán Pérez de Oliva; el cronista de Indias, historiador y defensor de los indios, Fray Bartolomé de las Casas; el cronista de Indias e historiador real Gonzalo Fernández de Oviedo; el intelectual Diego Hurtado de Mendoza; el prosista Juan Ruiz (más conocido como Arcipreste de Hita); el escritor Juan Ruiz de Alarcón y Villegas; el novelista y autor de La Celestina, Fernando de Rojas; el máximo representante de la novelística española Miguel de Cervantes y Saavedra (autor de Don Quijote de la Mancha); el destacado dramaturgo Fray Gabriel Téllez (cuyo seudónimo es Tirso de Molina, el cual en su condición de sacerdote de la Orden de la Merced vivió en la ciudad de Santo Domingo entre los años 1616 y 1618 ); el dramaturgo Pedro Calderón de la Barca; el poeta Garcilaso de la Vega; el poeta y dramaturgo Luis de Argote y Góngora; el poeta Luis Carrillo y Sotomayor; el prosista Don Juan Manuel (mejor conocido como el Conde Lucanor); la poeta Santa Teresa de Jesús y el poeta Francisco de Quevedo y Villegas, entre muchos otros.[14]
La cultura española tuvo un influjo fundamental en los orígenes y en el proceso de conformación de la cultura hispanoamericana, ya que varios frailes e intelectuales españoles, de descendencia española e indígena, así como criollos, contribuyeron con sus obras y acciones a la interpretación o reinterpretación de la nueva realidad con la que España tuvo que enfrentarse en América, denominada en principio las Indias. Esos son los casos de autores de las más disímiles áreas, como Fray Ramón Pané, Fray Antón de Montesinos, Fray Bartolomé de las Casas, Gonzalo Fernández de Oviedo, Pedro Mártir de Anglería, Diego Álvarez Chanca, Inca Garcilaso de la Vega, Juan de Torquemada, Bernal Díaz del Castillo, Francisco Javier Alegre, Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, Hernando de Alvarado Tezozómoc, Francisco Javier Clavijero y Lucas Fernández de Piedrahita, en la etnografía y la historia; Juan de Castellanos, Leonor de Ovando, Elvira de Mendoza, Diego José Abad, Gaspar Pérez de Villagrá, Alonso de Ercilla y Sor Juana Inés de la Cruz, en ámbito de la poesía; Juan de Guzmán, Diego de Guzmán, Francisco Tostado de la Peña y Alonso de Zuazo, humanistas, abogados y escribanos; Cristóbal de Llerena, Juan Ruiz de Alarcón, Tirso de Molina, Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza, en la dramaturgia y en el teatro, entre otros/as.
En lo que concierne a las instituciones políticas creadas por España tras el proceso de conquista y colonización de América, cabe destacar el Consejo de Indias, la Casa de Contratación de Sevilla, la Real Audiencia de Santo Domingo, los Virreinatos, las Capitanías Generales y los Cabildos. De igual manera, se fundaron ciudades en los diferentes territorios conquistados de América.
Henríquez Ureña resume los aportes de España al Nuevo Mundo en las siguientes palabras:
Al establecerse los españoles y los portugueses en América, trajeron consigo la cultura europea: religión, organización social, sistema jurídico, artes, ciencias, agricultura, crianza de animales domésticos, industrias, comercio, vestimenta, diversiones, costumbres en general. Trataron de transmitir esa cultura a los indígenas en mayor o menor medida, pero el empeño no pudo cumplirse del modo sistemático como lo había cumplido Roma en sus conquistas europeas; la colosal magnitud del territorio lo impedía; grandes núcleos de población nativa quedaron fuera del alcance de la nueva cultura, unos porque se oponían a ello violentamente, como los araucanos en Chile y los apaches en México, otros porque vivían en zonas donde resultaba difícil penetrar.[15]

Henríquez Ureña destaca que, hacia la década de 1940, más de dos millones de aborígenes no hablaban ni español ni portugués, sino únicamente los idiomas nativos de las diferentes regiones de América. Destaca que la mayor parte de la población indígena, además de hablar uno de los idiomas de los conquistadores, también hablaba algún idioma nativo. De igual modo, señalaba que existían y existen muchas ciudades bilingües como el Cuzco, Asunción y Mérida de Yucatán, donde se habla, respectivamente, el quechua, el guaraní y el maya. Asimismo, relevó que sobreviven centenares de lenguas, desde las habladas por más de medio millón de personas, como el náhuatl (idioma de los aztecas), el quechua, el aimara y el guaraní, hasta los que solo se hablan en grupos muy reducidos, como el tehuelche de Patagonia, otomaco en Venezuela, paya en Honduras, así como el huari y el karayá en Brasil. Centenares de palabras han recibido tanto el castellano como el portugués de esas lenguas nativas, entre las que destacan tabaco, cacao, papa y maíz.
Henríquez Ureña apunta los detalles de la complejidad lingüística que se mantenía a lo largo y ancho de la América Hispánica, entre los idiomas español, portugués y las lenguas originarias de los pueblos amerindios:
Hay todavía más de dos millones de indios que no hablan español ni portugués: hay, además, mucho mayor número de habitantes que hablan, junto con el portugués o el castellano, algún idioma nativo. Existen ciudades bilingües como el Cuzco, la Asunción y Mérida de Yucatán, donde se hablan, respectivamente, el quechua, el guaraní y el maya. Hasta en países como la Argentina, donde hay ya pocos indios puros, existen regiones bilingües, como Santiago del Estero (quechua), Corrientes y Misiones (guaraní). Sobreviven centenares de lenguas, desde las habladas por más de medio millón de personas, como el náhuatl (el idioma de los aztecas), el quechua, el aimara y el guaraní, hasta los que solo se hablan en grupos muy reducidos, como el tehuelche en Patagonia, el otomaco en Venezuela, el paya en Honduras, el huari y el karayá en el Brasil. El castellano y el portugués han recibido centenares de palabras de esas lenguas: unas están difundidas por el mundo entero, como cacao o tabaco, otras corren solo en zonas limitadas. Además, es interesante observar que los misioneros españoles y portugueses, después de aprender lenguas indígenas importantes para catequizar a los nativos, las extendían sobre territorios mayores que aquellos donde antes se hablaban: así ocurrió con el náhuatl de México, con el quechua y el guaraní.[16]
Henríquez Ureña reconoce que la cultura impuesta por los españoles y portugueses en el Nuevo Mundo no podía mantenerse idéntica a la de su tipo de origen. El simple trasplante obligaba a los europeos a modificarla inconscientemente para adaptarla a nuevos suelos y a nuevas condiciones, exactamente como ocurrió en las colonias inglesas que dieron origen a los Estados Unidos de América. Además de que las culturas indias ejercieron influencias variadas sobre los europeos que intentaban trasplantar la suya. En ese sentido, el escritor hispanoamericano hace un retrato del impacto que tuvo la cultura europea en las culturas aborígenes, y viceversa:
La Conquista decapitó esas culturas nativas: hizo desaparecer la religión, las artes, la ciencia (donde la había), la escritura (entre los mayas y los aztecas), pero sobrevivieron muchas tradiciones locales en la vida cotidiana y doméstica. Hubo fusión de elementos europeos y elementos indígenas, que dura hasta nuestros días. La alimentación era, y es, europea en parte, en parte nativa. Los conquistadores y colonizadores trajeron al Nuevo Mundo el trigo, el arroz, el café, la naranja, la manzana, la pera, el durazno o melocotón, el higo, la caña de azúcar, entre otras plantas; trajeron el caballo, la vaca, el cerdo, el carnero, la gallina; importaron de África el banano, el ñame y la pintada o gallina de Guinea. Adoptaron de los aborígenes el maíz –que todavía no se emplea como alimento humano en muchos países de Europa-, la papa, la batata, el cacao, la yuca, el tomate, el maní, la variedad enorme de frutas tropicales –desde el ananás o piña hasta la guayaba-, el pavo, la perdiz nativa, y con ellos recibieron los métodos culinarios de los indios. Así, junto al pan de trigo subsisten las tortas o tortillas de maíz en México, en la América Central y además en parte de Colombia, y el cazabe, hecho de yuca, en las Antillas.[17]
Henríquez Ureña destaca que hubo y aún persiste una gran fusión de elementos europeos, africanos y de los grupos étnicos nativos en la gastronomía que resultó del proceso de conquista, colonización y dominación. De igual manera, se produjo una gran integración, mezcla o fusión en los ámbitos lingüístico, religioso, arquitectónico, industrial, alfarería, orfebrería, escultórico, pictórico y poético, así como en el teatro, la narrativa, la ensayística y en todas las demás formas de expresión de la vida cotidiana y de las altas culturas, que es lo que permite explicar la multiculturalidad existente a lo largo y ancho de todas las regiones y de todos los pueblos que integran a Hispanoamérica.

Al igual que lo hizo Henríquez Ureña, otros pensadores españoles como de América Latina, como Rafael Altamira, Adolfo González Posada, Ricardo Levene, José Vasconcelos, Alfonso Reyes, Edmundo O’Gorman y José Gaos, entre otros, también realizaron grandes esfuerzos por reconstruir las relaciones entre España y las antiguas colonias españolas que pasaron a constituir a los países independientes de Hispanoamérica, al tiempo de contrarrestar la imagen negativa que hasta entonces se tenía de España.
Una nota de varias páginas en torno a la visita del destacado intelectual español Rafael Altamira a México, en diciembre de 1909, que contó con la presencia del presidente de la República Porfirio Díaz, el Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes Justo Sierra y el Ministro de Hacienda y Fomento Limantour y Molina, Henríquez Ureña la inicia con las siguientes palabras:
En el viaje de propaganda intelectual y social en América emprendido por Don Rafael Altamira, a nombre de la Universidad de Oviedo, acaso ninguna visita haya alcanzado tanta significación como la hecha a México: aquí logró romper, quizás de modo definitivo, con la rutinaria tradición anti-española.[18]
Al ponderar la campaña desarrollada por Altamira en América entre 1909 y 1910, Henríquez Ureña se va en elogios en torno a la figura de este sabio español, de quien dice que es solo comparable con Miguel de Unamuno, pero que éste, por su espíritu radical y contradictorio, muy difícilmente hubiese podido lograr los resultados positivos que obtuvo el catedrático de Oviedo:
Mejor que ningún otro español, debía ser Altamira quien iniciara esta nueva etapa de las relaciones entre España y América: relaciones intelectuales activas, intercambio internacional de hombres e ideas. Porque él es quien (si se exceptúa a Unamuno, con un espíritu combativo y paradójico), no creo que hubiera llevado a buen término una campaña semejante. Altamira, en cambio, se ha mostrado siempre severo y sereno, evitando todo exceso, toda apariencia de atrevimiento innecesario. “No vengo a decir cosas nuevas, sino cosas buenas”, repetía. A los que conocíamos sus obras, la solidez de su doctrina y la seguridad de su método, la magnitud de sus trabajos de historia y derecho, la fama, ya universal, de su labor en la extensión universitaria de Oviedo, Altamira nos reveló todavía algo nuevo: la plenitud de su personalidad, el secreto del éxito que ha obtenido en la enseñanza y en la propaganda social, su don de evangelizador, estimada la palabra en su valor neto, sin sombra de afectación, de pose ni de vanidad personal. La importancia de una obra social, parece decirnos Altamira con su actitud sencilla y firme, reside en ella misma y no en quienes la realizan: en estos solo se requieren fe y esfuerzo perseverante.[19]
Como un aspecto importante a destacar de la campaña desarrollada por Altamira en México, como parte de su gira por América, Henríquez Ureña reseña el contenido de las diferentes conferencias pronunciadas en los más disímiles escenarios: enseñanza de la historia del derecho, organización de las universidades, educación estética, extensión universitaria, el método en el estudio de la historia, ideas jurídicas de la España moderna, el respeto a la ley en la literatura griega, la Antígona de Sófocles y el Critón (platónico), arquitectura, en torno a Henrik Ibsen y Edvard Grieg, así como su disertación en torno a la cultura integral.
A propósito de la reanudación de las relaciones entre España y las diferentes repúblicas que conforman Hispanoamérica a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, en su texto Cuestiones Hispanoamericanas, Altamira le da mucha importancia a ese tipo de relaciones, incluso la pondera aun más que las establecidas por la nación ibérica con Francia, Italia, Inglaterra o Rusia:
Las repúblicas hispano-americanas son y deben ser para nosotros algo más que Francia, e Italia, y muchísimo más que Inglaterra o Rusia; y, por tanto, nuestra relación con ellas ha de ser, en todos órdenes, de un género distinto, de una intimidad infinitamente más honda, fundada de una parte en aquel común espíritu y aquellos análogos intereses de que antes hablábamos, y de otra en la existencia de numerosísima población, directamente peninsular, que existe en muchas de las citadas naciones y que tan vivo mantiene (corno recientemente se ha visto) el sentimiento patriótico. Que semejante necesidad la sienten ya muchos espíritus elevados, lo demuestran las manifestaciones de aproximación que antes de 1892 comenzaron a producirse en el orden de la industria, de la ciencia y de la literatura (personal docente y profesional español buscado por los gobiernes americanos-, creación de las Academias correspondientes de la Española y de la de Legislación y Jurisprudencia), y, sobre todo, por las que hubieron de producirse, en el orden intelectual, con motivo del Centenario del descubrimiento de América. Reunidas las conclusiones de los Congresos Jurídico, Mercantil, Geográfico, Literario y Pedagógico, entonces celebrados, ofrecen un programa amplísimo y fecundo para el patriotismo ideal de la dilatada familia hispánica, y una serie de sugestiones y proyectos gacetables, para dirigir y aplicar el indeciso entusiasmo de los que, con la mejor intención del mundo, no aciertan, después de mucho hablar, a traducir en “acción” sus propósitos de reforma y su propaganda de caminos y horizontes amplísimos, pero a menudo brumosos. Bastaría dedicar con ahínco todas las energías nacionales a la realización de las conclusiones citadas, para que esta parte esencialísima del patriotismo de raza se lograse en pocos años.[20]
Esto quiere decir que, desde finales del siglo XIX e inicios del siglo XX, Altamira tenía muy clara la necesidad que tenía España de estrechar lazos de amistad y reciprocidad con los países hispanoamericanos, tal como se puso de manifiesto en la conmemoración del IV Centenario del denominado Descubrimiento de América. Pero, además, sugiere un conjunto de acciones que permitirían aprovechar las naturales inclinaciones de colaboración de la intelectualidad española universitaria con los intelectuales de las repúblicas de Hispanoamérica:
Sistematicémosla, trabajemos para producir libros a la altura de la ciencia contemporánea, esforcémonos por perfeccionar nuestra literatura científica, pensando, no sólo en nuestro propio adelanto, pero también en el de nuestra familia de América; ocupémonos, incluso, de las cuestiones especiales de aquellos países, iniciando publicaciones que han de ser aquí más fáciles que en cualquier Estado americano, por la mayor posibilidad de centralizar elementos y de allegar relaciones con países que a veces se comunican mejor con nosotros que con sus próximos vecinos, y por otras circunstancias que, aun dada nuestra decadencia, nos favorecen; y veremos en poco tiempo cómo termina la tutela —en muchos respectos peligrosa—que el pensamiento francés, el yanqui y otros heterogéneos con el de nuestra raza, ejercen sobre el espíritu hispanoamericano. Hermosa obra la que se ofrece al profesorado español. Ante su grandiosidad y trascendencia, deberían desaparecer el temor de unos y la pereza pesimista de otros, que tantas hermosas aptitudes inutilizan. Y como al fin y al cabo el trabajo científico, al igual de todos, vive en parte de la recompensa material a que tiene justísimo derecho, piensen los escritores incluso en el amplio campo de difusión que se abriría a sus publicaciones si llegaran a América tal cual las desean los naturales de aquel mundo, apoyadas en buenos tratados (no egoístas, sino simplemente evitadores del fraude) y en una metódica y amplia organización del comercio de librería.[21]
Estas ideas, puestas en práctica por Altamira y González Posada en Hispanoamérica, en representación de la Universidad de Oviedo, estaban orientadas a restablecer las relaciones entre España y los diferentes países hispanoamericanos, en base al respeto mutuo y la colaboración recíproca, jamás en un espíritu de subordinación ni de colonialismo cultural e ideológico. Así lo pone de manifiesto el propio Altamira, cuando expresa:
La Universidad de Oviedo, como uno de tantos órganos de expresión de esa corriente, ha iniciado ya en la práctica (de la manera modestísima que su situación le permite) el establecimiento de relaciones intelectuales permanentes con los centros de enseñanza de América; y al recibir la grata sorpresa de ver aplaudido y patrocinado su esfuerzo por el Ministerio de Instrucción pública, confía en que no ha de ser éste el último acto oficial de política pedagógica americanista. Con el propósito de impulsarla, varios catedráticos de la Universidad acaban de dirigir al Congreso hispano-americano una Memoria comprensiva de las siguientes conclusiones, relativas a los problemas que exponemos en este capítulo: Adopción de una ley común de propiedad literaria y artística que proteja uniformemente los derechos de los autores en España y las repúblicas hispanoamericanas, suprimiendo los derechos de Aduanas y cualesquiera otra traba puesta a la libre introducción en los países indicados de libros impresos en lengua castellana.
Creación (de conformidad con el voto emitido por el Congreso pedagógico hispano-portugués-americano de 1892) de un Instituto pedagógico, en el cual se eduquen maestros uniformemente preparados para la enseñanza de los españoles de ambos continentes. —Para evitar dilaciones posibles si la organización de este Instituto se deja a la acción exclusiva del elemento oficial, se constituirá desde luego una Comisión compuesta por individuos de los diferentes órdenes de la enseñanza en España y América, a la cual se confiará la redacción de las bases oportunas, previa inteligencia especial con los centros docentes hispanoamericanos que no puedan tener representación constante en la Comisión referida. Establecimiento de una enseñanza superior internacional ibero-americana, que permita la frecuente comunicación del personal- docente de los países convenidos, sin afectar a la organización de los respectivos establecimientos oficiales. —Para este efecto pudiera servir de norma el Centro internacional de enseñanza de las ciencias sociales, recientemente proyectado en París, confiándose el cumplimiento de este acuerdo a la iniciativa del mismo profesorado.
Completa reciprocidad de títulos profesionales. Establecimiento de lecciones y cátedras de Historia y Geografía de Portugal y de América en las Escuelas primarias e Institutos de España, siguiendo el ejemplo dado por el ministro de Instrucción Pública al reorganizar el Doctorado de los estudios históricos; y adición a las actuales materias de la Facultad de Derecho, de una asignatura referente a Instituciones jurídicas, principalmente políticas, de Portugal y América. Recíprocamente, creación en los diversos grados de la enseñanza pública portuguesa y americana, de estudios referentes a la Geografía, Historia e Instituciones actuales de España. Organización del cambio permanente de publicaciones entre los centros docentes de las naciones congregadas, conforme lo ha solicitado de los de América la Universidad de Oviedo, en carta circular inserta en la Gaceta de 23 de julio del año corriente (1900).[22]
A México le cupo el honor de ser la primera república de Hispanoamérica en ser reconocida como Nación libre e independiente con la firma el 28 de diciembre de 1836 del Tratado de Santa María Calatrava. Mediante ese pacto la monarquía española renunciaba a cualquier tipo de interés o injerencia directa sobre el territorio nacional, al tiempo que reconocía que la nación mexicana era capaz de organizarse, legislar y gobernarse a sí misma, con lo que este país de reciente creación adquirió mayor presencia internacional. A este convenio siguieron muchos otros a partir de 1880, los cuales han posibilitado un fructífero intercambio académico e intelectual entre las instituciones de educación superior de España y los diferentes países hispanoamericanos.

Edmundo O’Gorman fue un destacado historiador y filósofo mexicano, que nació el 24 de noviembre de 1906 en la Ciudad de México, representante del revisionismo historiográfico en el surgimiento de la historiografía académica en México durante la primera mitad del siglo XX. Trabajó como profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de México (UNAM), donde se graduó de la licenciatura en Derecho en 1928, de la maestría en filosofía en 1948 y del Doctorado en Filosofía en 1951. Fue un intelectual innovador en el campo de la historiografía de su país, al aplicar las ideas raciovitalistas del filósofo español José Ortega y Gasset y las ideas existencialistas del pensador alemán Martin Heidegger. Sus obras más reconocidas a nivel internacional son Crisis y porvenir de la ciencia histórica (1947) y La invención de América (1958), obras críticas de la historiografía académica que pusieron en duda los fundamentos teóricos sobre los que se basa el conocimiento histórico, lo que le lleva a plantear que la historiografía construye sus propios objetos de estudio, razón por la cual debe verse desde una perspectiva ontológica. Fue amigo del ilustre filósofo de origen español, José Gaos, quien a su vez fue alumno de Ortega y Gasset. Falleció el 28 de septiembre de 1995 en la Ciudad de México.
O’Gorman en su texto La invención de América, esboza, a su manera, las características del proceso de conquista y colonización llevado a cabo por los españoles en el Nuevo Continente:
Si se examinan los principios que la guiaron en su política colonizadora, ya en la esfera de los intereses religiosos, políticos y económicos, ya en la relativa a la organización de las relaciones sociales, se advierte que la norma consistió en trasplantar en las tierras de América las formas de vida europeas, concretamente la ibérica. Pero lo decisivo al respecto es advertir el propósito consciente de perpetuar esas formas entendidas y vividas como entelequia histórica avalada por la voluntad divina. Esa finalidad se transparenta, no sólo, en la vigorosa e intolerante implantación del catolicismo hispánico y de las instituciones políticas y sociales españolas, sino en toda la rica gama de las expresiones artísticas, culturales y urbanas. Ciertamente, la convivencia con una nutrida población indígena, que había alcanzado en algunas regiones un alto grado de civilización, fue el mayor obstáculo para realizar en pureza aquel programa; pero, justamente, en los medios empleados para superarlo es donde mejor se aprecia la intención de adaptar las nuevas circunstancias al modelo. Efectivamente, en lugar de deshacerse del indio o simplemente utilizarlo sin mayor preocupación que la del rendimiento de su trabajo, España intentó de buena fe -pese al alud de críticas que se le han hecho- incorporarlo por medio de leyes e instituciones que, como la encomienda, estaban calculadas para cimentar una convivencia que, en principio, acabaría por asimilarlo y en el límite, igualarlo al europeo. España no conoció más discriminación racial que la consagrada en un cuerpo de disposiciones paternales y protectoras del indio contra la rapacidad y el mal ejemplo de los españoles, y si esas medidas no dieron el fruto esperado, debe reconocerse el propósito del intento que, a pesar de todo, no dejó de cumplirse de cierta manera en el mestizaje.[23]
Como se ha podido observar, O’Gorman en este texto asume, en ocasiones, una crítica mordaz hacia los principios y las acciones que rigieron la empresa colonizadora frente a la población originaria, mientras que, en otras, procede a justificar el sistema de explotación implantado, vía algunas instituciones sociales, como el sistema de encomiendas, y la legislación indiana en estas nuevas tierras, que considera estaban diseñadas de buena fe, orientada a propiciar una convivencia pacífica para asimilar al indígena o igualarlo al europeo. Al mismo tiempo, sostiene que no hubo discriminación racial, sino un cuerpo legal de disposiciones paternales y protectoras de los indígenas contra el despojo, el pillaje y las actuaciones incorrectas de los españoles, que, si bien no dejó los frutos esperados, por lo menos se cumplió a través del proceso de mestizaje, resultado de la unión de europeos e indígenas. Está claro que O’Gorman en este escrito adoptó una postura totalmente contemporizadora, queriendo obviar que los aborígenes fueron discriminados social y racialmente por los españoles y que fueron objeto de la más vil depredación y explotación con los sistemas económicos implantados tanto en el Caribe insular como en la zona continental de América, lo que se expresó en la desaparición de grupos étnicos enteros, como los taínos, los macorixes, los ciguayos, los siboneyes, los caribes y otros.
Aníbal Quijano nació en Yanama, provincia de Yungay, Departamento de Áncash, Perú, el 17 de noviembre de 1930. Fue un sociólogo marxista mariateguista y teórico político peruano. Fue profesor en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos hasta 1995. Desde 1986 fue profesor de la Universidad de Binghamton, en Binghamton, Nueva York, Estados Unidos. En 2010 fundó la cátedra “América Latina y la Colonialidad del Poder”, en la Universidad Ricardo Palma, en Lima. Residió en esta ciudad desde la década de los cuarenta, a excepción de dos períodos en Santiago de Chile: el primero cuando realizó sus estudios de maestría en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), y el segundo entre 1965 y 1971 como investigador de la División de Asuntos Sociales de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), además de estar un año exiliado en México en 1974, ocasión en que fue profesor en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Fue uno de los teóricos de la teoría de la decolonialidad del poder. Falleció en Lima, Perú, el 31 de mayo de 2018.

Al analizar el impacto cultural de la colonialidad europea en América, este autor muestra de manera descarnada sus efectos para las poblaciones originarias de este continente:
Las formas y los efectos de esa colonialidad cultural, han sido diferentes según los momentos y los casos. En América Latina, la represión cultural y la colonización del imaginario fueron acompañadas de un masivo y gigantesco exterminio de los indígenas, principalmente por su uso como mano de obra desechable, además de la violencia de la conquista y de las enfermedades. La escala de ese exterminio (si se considera que entre el área azteca-maya-caribe y el área tawantinsuyana fueron exterminados alrededor de 35 millones de habitantes, en un periodo menor de 50 años) fue tan vasta que implicó no solamente una gran catástrofe demográfica, sino la destrucción de la sociedad y de la cultura. Entre la represión cultural y el genocidio masivo, llevaron a que las previas altas culturas de América fueran convertidas en subculturas campesinas iletradas, condenadas a la oralidad. Esto es, despojadas de patrones propios de expresión formalizada y objetivada, intelectual y plástica o visual. En adelante, los sobrevivientes no tendrían otros modos de expresión intelectual o plástica formalizada y objetivada, sino a través de los patrones culturales de los dominantes, aun si subvirtiéndolos en ciertos casos, para trasmitir otras necesidades de expresión. América Latina es, sin duda, el caso extremo de la colonización cultural por Europa.[24]
Sin lugar a duda, la colonialidad de Europa en América constituyó uno de los procesos de exterminio más masivo y de lesa humanidad cometido por civilización alguna sobre otras, donde en menos de 50 años fueron eliminados o murieron por el rigor del trabajo a que fueron sometidos una población que sobrepasó los 35 millones de pobladores originarios en los territorios que ocupaban las civilizaciones del Caribe, Centroamérica, México, América del Sur y América del Norte, lugares habitados por los taínos, los aztecas, los mayas y los incas, así como otros grupos étnicos de igual o menor grado de desarrollo cultural, económico, social o político. Al tiempo que procedieron a eliminar a gran parte de la población autóctona, a la otra la esclavizaron, la sometieron culturalmente y la violentaron física y sexualmente, emergiendo de esas situaciones bochornosas nuevos grupos étnicos, como los mestizos, los mulatos, los zambos y otros, los cuales son el resultado directo de la imposición política, económica, social y cultural de los sectores colonialistas dominantes europeos.
Enrique Dussel, quien nació el 24 de diciembre de 1934, en el departamento de La Paz, Provincia de Mendoza, Argentina, y falleció el 5 de noviembre de 2023, en la Ciudad de México, México, fue un académico, filósofo, historiador y teólogo argentino naturalizado mexicano que hizo grandes aportes en los campos de la Ética, la Filosofía Política, la Filosofía Latinoamericana y, en particular, fue uno de los fundadores de la Filosofía de la Liberación, corriente de pensamiento de la que es arquitecto, habiendo sido también uno de los iniciadores de la Teología de la liberación.
Dussel mantuvo diálogos permanentes con filósofos como Karl-Otto Apel, Gianni Vattimo, Jürgen Habermas, Richard Rorty, Emmanuel Levinas y Adela Cortina. Su vasto conocimiento en filosofía, política, historia y religión, plasmado en más de 50 libros y más de 400 artículos –muchos de ellos traducidos a más de seis idiomas–, lo convierte en uno de los más prestigiosos pensadores filosóficos americanos del siglo XX e inicios del siglo XXI, que ha contribuido a la construcción de una filosofía comprometida. Fue un crítico del denominado descubrimiento de América y del proceso de dominación impuesto por España y otras potencias imperialistas en América, África y Asia, razón por la cual defiende la filosofía y la teología de la liberación de los pueblos tercermundistas.
Dussel asumió una postura crítica frente al hecho de la conquista o invasión europea al continente americano, cuando afirmó:

El impacto que causa la ‘invasión’ europea, llamada descubrimiento, y la conquista posterior de América, del continente amerindio, fue una espantosa destrucción que, por otra parte, repercutirá en la conciencia de la Europa latino-germana misma, constituyendo el fenómeno denominado ‘modernidad’. Es decir, para las civilizaciones amerindias será de profunda negatividad; para la europea, de inesperadas transformaciones, que la historiografía filosófica posterga frecuentemente hasta el siglo XVII.[25]
Dussel dejó ver con absoluta claridad que la presencia de los europeos, y dentro de ellos los españoles, fue una invasión que constituyó una desgracia horripilante para la población originaria de América, que tendría una repercusión profunda en la conciencia de la Europa latina y germana, dando origen al fenómeno de la modernidad, la cual sería muy negativa para las diferentes civilizaciones nativas y de insospechadas primicias, innovaciones y permutaciones para el mundo europeo.
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Filosofía e Historia de la Cultura Hispanoamericana
La producción intelectual de Henríquez Ureña está signada por una peculiar filosofía de la cultura que tiene como horizonte fundamental la creación de una Patria Grande basada en el reconocimiento de la multiculturalidad étnica y espiritual de los pueblos de Hispanoamérica, la conformación de una identidad propia, la asunción del ideal de justicia social con plena democracia y libertad, siempre en concordancia con el ideal de cultura y con su preocupación cardinal “por la emancipación del brazo y la inteligencia” de todos los hispanoamericanos y de la humanidad en sentido general.
Henríquez Ureña parte de la premisa de que los hispanoamericanos somos capaces de crear una expresión espiritual propia que nos distinga de las demás naciones del mundo, pero sin desconocer los inmensos aportes culturales que hemos recibido de las diferentes fuentes clásicas, modernas y contemporáneas de que hemos bebido, como son: la oriental, la grecolatina, la hispánica, la aborigen y la africana. Pero subraya que es necesario desterrar cualquier pretensión de someter a los pueblos más débiles, como han hecho hasta ahora grandes naciones colonialistas e imperialistas del pasado remoto, reciente o del presente.

Odalís Pérez reconoce el aporte que hace el humanista Henríquez Ureña a la creación de una perspectiva identitaria en torno al ser hispanoamericano, que logra a través de la reflexión profunda en torno a los valores manifiestos y sensitivos que aporta su producción filosófica, cultural, histórica, literaria, lingüística, política y social. En ese orden, el experto en semiótica expresa lo siguiente:
La contribución de Pedro Henríquez Ureña a la historiografía literaria y cultural es fundamental, por cuanto ella facilita, aporta, induce y propicia una visión identitaria de la cultura, la lengua, la historia, la educación y el sujeto social. El maestro dominicano produjo una reflexión en torno a los valores visibles y sensibles de la producción filosófica, literaria y social de un continente de signos e imágenes en ebullición. Sus incursiones en la vida intelectual y espiritual de América se han llevado a cabo, atendiendo a elementos que definen lo particular de las culturas nacionales de la América continental. Se podría decir que, en el caso de la historiografía, crítica y cultural de América, el pensamiento cultural y la vocación investigadora de PHU se expresa en la relación lengua-historia. Los estudios lingüísticos, ligados a un reconocimiento de las identidades plurales, adquieren valor desde una conciencia donde el sujeto cultural de América Latina y el Caribe, se encamina hacia una “patria de la justicia” y un ideal democrático añorado, buscado en la geografía política, espiritual y lingüística continental.[26]

No hay duda de que Henríquez Ureña hizo un esfuerzo serio por aportar a la definición de una visión integral sobre el proceso identitario hispanoamericano, el cual se hace tangible en la búsqueda de una expresión original y genuina del espíritu, donde el “ansia de perfección”, que aprehende y recupera de los griegos para ponerla en práctica en el contexto de la América Hispánica, es el buque insignia que orienta su peculiar filosofía de la cultura.
Henríquez Ureña, conocedor de los procesos de integración ideados y puestos en práctica por el libertador Simón Bolívar y continuados por otros patriotas e intelectuales destacados, quiso darle continuidad con sus obras Utopía de América (1922), Patria de la Justicia (1925) y Seis Ensayos en Busca de Nuestra Expresión (1928) a los debates e intentos integracionistas que desde el período post independentista se dieron en procura de convertir a la América Hispánica en una gran nación unitaria y confederada.
Han sido múltiples las iniciativas de unidad continental puestas en práctica desde el período inmediatamente posterior a los primeros procesos independentistas ocurridos entre 1810 y 1826, impulsada y puesta en práctica por el libertador Simón Bolívar, Francisco de Paula Santander, José Antonio Sucre y otros seguidores del ideal bolivariano, pasando por la unidad centroamericana estimulada por Francisco Morazán; la unidad de los países del Río de la Plata, iniciada por José de San Martín, Bernardo O’Higgins Riquelme y postulada posteriormente por Domingo Faustino Sarmiento en su texto Argirópolis.

La unidad continental postulada por el escritor y filósofo chileno Francisco Bilbao en el texto “Iniciativa de la América. Idea de un Congreso Federal de las Repúblicas” y en sus obras El Evangelio Americano y La América en Peligro, iba más allá de la unidad política, territorial y económica, razón por la cual postulaba:
No es sólo una alianza para asegurar el nacimiento de la Independencia contra las tentativas de la Europa, ni únicamente en vista de intereses comerciales. Más elevado y trascendental es nuestro objeto. Unificar el alma de la América. Identificar su destino con el de la República. Salvar la personalidad con el desarrollo integral de todas sus funciones y derechos. Salvar la independencia territorial y la iniciativa del mundo americano, amenazadas por la invasión, por el ejemplo de la Europa y por la división de los Estados. Unificar el pensamiento, unificar el corazón, unificar la voluntad de América. Idea de libertad universal, fraternidad universal y práctica de la soberanía. Acrecentamiento de fuerza por la unión, por la unidad de miras, la unidad de llamamiento al emigrante y unidad de educación al porvenir.[27]
No menos trascendente fue el proyecto regional de la Unidad Antillana, como parte de la Unidad de América, impulsada por los puertorriqueños Ramón Emeterio Betances, Eugenio María de Hostos y Pedro Albizu Campos, los dominicanos Gregorio Luperón y Máximo Gómez, así como el destacado escritor y apóstol de la independencia cubana, José Martí, quien al respecto indicó:
Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento es el único modo de librarlo de tiranías. La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas.[28]
En esa misma perspectiva, Henríquez Ureña consideraba que la América hispánica posee rasgos característicos que le permiten definir una identidad propia, entre los que destaca una historia común, propósitos políticos similares, una cultura diversa, pero con muchos rasgos semejantes y una multiplicidad de horizontes intelectuales genuinos que nos hermanan, todos los cuales permiten aspirar a la construcción de una Patria Grande. Para lograr este propósito estratégico visualiza como un aspecto central la unidad espiritual de los pueblos que la integran desde el Golfo de México hasta la Patagonia y la Tierra del Fuego, tal como ocurrió con la Grecia clásica y la Italia renacentista, muy a pesar de carecer de una unidad política territorial. En ese sentido señala:
La unidad de su historia, la unidad de propósitos en la vida política y en la intelectual, hacen de nuestra América una entidad, una magna patria, una agrupación de pueblos destinados a unirse cada día más y más. Si conserváramos aquella infantil audacia con que nuestros antepasados llamaban Atenas a cualquier ciudad de América, no vacilaría yo en compararnos con los pueblos, políticamente disgregados, pero espiritualmente unidos, de la Grecia clásica y la Italia del Renacimiento. Pero sí me atreveré a compararnos con ellos para que aprendamos, de su ejemplo, que la desunión es el desastre…Nuestra América debe afirmar la fe en su destino en el porvenir de la civilización.[29]
Para mantener la fe en el destino de los pueblos hispanoamericanos en pos de alcanzar los procesos civilizatorios anhelados, Henríquez Ureña no fundamenta sus ideas exclusivamente en el progreso material presente o futuro, en la fuerza militar, en el poder económico ni en los exiguos o inmensos aportes espirituales que hayamos podido hacer a la civilización mundial, sino en el poderoso espíritu unitario que le ha permitido superar las diferentes crisis por las que ha atravesado durante su más de quinientos años de existencia. En ese sentido, el humanista dominicano amplía su perspectiva cuando afirma:
En cada una de nuestras crisis de civilización, es el espíritu quien nos ha salvado, luchando contra elementos en apariencia más poderosos; el espíritu solo, y no la fuerza militar o el poder económico. En uno de sus momentos de mayor decepción, dijo Bolívar que, si fuera posible para los pueblos volver al caos, los de la América Latina volverían a él. El temor no era en vano: los investigadores de la historia nos dicen hoy que el África Central pasó, y en tiempos no muy remotos, de la vida social organizada, de la civilización creadora, a la disolución en que hoy la conocemos y en que ha sido presa de la codicia ajena: el puente fue la guerra incesante. Y el Facundo de Sarmiento es la descripción del instante agudo de nuestra lucha entre la luz y el caos, entre la civilización y la barbarie. La barbarie tuvo consigo largo tiempo la fuerza de la espada; pero el espíritu la venció, en empeño como de milagro. Por eso, hombres magistrales como Sarmiento, como Alberdi, como Bello, como Hostos, son verdaderos creadores o salvadores de pueblos, a veces más que los libertadores de la independencia. Hombres así, obligados a crear hasta los instrumentos de trabajo, en lugares donde a veces la actividad económica estaba reducida al mínimum de la vida patriarcal, son verdaderos representativos de nuestro espíritu.[30]
Consciente de que la cultura y sus múltiples manifestaciones no pueden ser uniformizadas para ahogar la expresión creativa que hay en cada ser humano, pueblo o región, sino que es necesario conservar los rasgos peculiares que le distinguen, Henríquez Ureña prefigura a un ser universal, pero con profundo arraigo en lo nativo. Ese tipo de ciudadano es hoy día más importante que nunca, por cuanto vivimos en un mundo global en que se pretende borrar todas las identidades y tradiciones de los países en vía de desarrollo para obligarlos a asumir la cultura de consumo y pasividad que las grandes cadenas comerciales y los medios de comunicación transnacionales pretenden imponer. Henríquez Ureña define así al hombre universal nuevo que es necesario construir en Hispanoamérica de cara a la sociedad del presente y del futuro:
El hombre universal con que soñamos, a que aspira nuestra América, no será descastado: sabrá gustar de todo, apreciar todos los matices, pero será de su tierra; su tierra, y no la ajena, le dará el gusto intenso de los sabores nativos, y esa será su mejor preparación para gustar de todo lo que tenga sabor genuino, carácter propio. La universalidad no es el descastamiento: en el mundo de la utopía no deberán desaparecer las diferencias de carácter que nacen del clima, de la lengua, de las tradiciones, pero todas estas diferencias, en vez de significar división y discordancia, deberán combinarse como matices diversos de la unidad humana. Nunca la uniformidad, ideal de imperialismos estériles; sí la unidad, como armonía de las multánimes voces de los pueblos.[31]
Henríquez Ureña muestra aquí su clara visión globalizante, pero sin dejar de lado los aspectos esenciales que salen del gusto intenso por lo nativo que llena de sabor, sentido y color propio nuestra existencia. Nos llama a no aislarnos del mundo, pero al mismo tiempo nos llama a aportar a ese mundo nuestro sello distintivo, para que no nos perdamos en la uniformidad que las grandes potencias mundiales de todos los continentes del planeta han querido imponer siempre e imponen en la actualidad. En ese sentido es necesario resaltar la importancia de las diferencias que nacen de las disímiles características ambientales, lingüísticas, culturales y de las tradiciones propias de cada pueblo que conforma Hispanoamérica. Al mismo tiempo nos recuerda que debemos propender a combinar esos diferentes matices para lograr la armonía que solo proporciona la unidad de las múltiples voces de los pueblos. Como parte de su visión filosófica sobre la cultura, el Quijote de la Identidad Hispanoamericana nos asegura que:

Si el espíritu ha triunfado, en nuestra América, sobre la barbarie interior, no cabe temer que lo rinda la barbarie de afuera. No nos deslumbre el poder ajeno: el poder es siempre efímero. Ensanchemos el campo espiritual: demos el alfabeto a todos los hombres; demos a cada uno los instrumentos mejores para trabajar en bien de todos; esforcémonos por acercarnos a la justicia social y la libertad verdadera; avancemos, en fin, hacia nuestra utopía.[32]
Lo que Henríquez Ureña perfila con sus sabias palabras es una profunda revolución cultural y espiritual, que le permitiría a los pueblos hispanoamericanos acceder al gran acervo que ha ido construyendo la humanidad en el decurso de su historia, para lo cual es necesario lograr la plena alfabetización de todos sus habitantes y que estén dotados de los instrumentos pertinentes para alcanzar el bienestar colectivo, única forma de que sea una realidad incontrovertible la justicia social y la libertad anheladas por todos.
Sobre la filosofía de la cultura, relativa a los diferentes modos de expresión del ser humano y enfocada a la descripción fenoménica de los valores objetivos de la cultura, que sustentó Henríquez Ureña, el filósofo dominicano Andrés Avelino expresa:
La filosofía de la cultura es, en su más recto sentido, filosofía de la expresión, filosofía de los modos de expresión del espíritu. Tal filosofía no podía sino ser filosofía de base fenomenológica, descriptiva de los valores objetivos de la cultura. En Henríquez Ureña aparece de cuando en cuando salpicada de dialéctica, cosa impropia de los modos fenomenológicos, su fenomenología de nuestra expresión. Excelencia debida, sin duda, a la honda influencia del divino Platón que en él había.[33]

Cuando Avelino analiza las características específicas de la filosofía de la cultura de Henríquez Ureña, muestra el sentido original y genuino que la define, pero al mismo tiempo resalta su perspectiva universal cuando refiere la vinculación existente entre la dialéctica platónica y la fenomenología de la expresión husserliana. Avelino pondera muy atinadamente los aportes de este gran pensador dominicano a la definición de una verdadera metafísica de la expresión hispanoamericana, cuando destaca que Henríquez Ureña trasciende el carácter espontáneo que hasta ese momento había tenido la filosofía de lo expresivo, para darle un carácter más sistemático y un sentido temático más unitario. Al mismo tiempo refuta la concepción que sobre este tipo de filosofía habían formulado tanto José Ortega y Gasset como Hermann Graf Keyserling, quienes la veían como una filosofía de lo intrascendente. De inmediato afirma que la misma es una filosofía de superlativa trascendencia y que por la forma en que la desarrolla le imprime categoría de filosofía sistemática de la expresión. Transcribamos las palabras de Avelino sobre este asunto tan medular:
Henríquez Ureña ha contribuido como el que más, aunque de modo espontáneo como los otros, a esa metafísica de la expresión, a esa filosofía de lo expresivo, que, aunque desdeñada en Ortega y Gasset y en Keyserling, con el mote impropio de filosofía de lo intrascendente, es, por el contrario, filosofía de superlativa trascendencia. En Ortega y Gasset, es ciertamente una admirable fenomenología de la expresión, sin unidad sistemática; en cambio, en Henríquez Ureña el tema unitario y central le imprime categoría de filosofía sistemática de la expresión.[34]
Avelino nos muestra con meridiana claridad que la preocupación fundamental de Henríquez Ureña estaba orientada a la creación de una metafísica de la expresión del espíritu hispanoamericano, que nos identifique como conjunto de pueblos que conformamos una indiscutible unidad cultural, política y espiritual en el Nuevo Mundo.
[1] Henríquez Ureña, Pedro. Obras Completas, 11: 1936-1940, Vol. II. (Miguel D. Mena, Compilador y Editor). Santo Domingo: Ministerio de Cultura de la República Dominicana, 2015, pp. 93-94.
[2] Ibidem, p. 102.
[3] Pérez, Odalís G. Pedro Henríquez Ureña: historia cultural, historiografía y crítica literaria. Santo Domingo: Archivo General de la Nación, 2010, pp. 29-30.
[4] Henríquez Ureña, Pedro. Obras Completas, 11: 1936-1940, Vol. II. (Miguel D. Mena, Compilador y Editor). Santo Domingo: Ministerio de Cultura de la República Dominicana, 2015, pp. 17-18.
[5] Ibidem, p. 18.
[6] Altamira y Crevea, Rafael. Historia de España y de la Civilización Española, Tomo II, Barcelona: Herederos de Juan Gili, Editores, 1902, p. 5.
[7] Ibidem, pp. 375-377.
[8] Ibidem, pp. 377-378.
[9] Levene, Ricardo. Las Indias no eran colonias. Madrid: Espasa-Calpe, 1951, pp. 45-48.
[10] Ibidem, pp. 49-50.
[11] Levene, Ricardo. Historia del derecho argentino. Buenos Aires: Editorial G. Kraft, 1956, pp. 11-12.
[12] Henríquez Ureña, Pedro. Obras Completas, 11:1936-1940, Vol. II. (Miguel D. Mena, Compilador y Editor). Santo Domingo: Ministerio de Cultura de la República Dominicana, 2015, pp. 93-94.
[13] Ibidem, pp. 19-20.
[14] Ibidem.
[15] Henríquez Ureña, Pedro. Obras Completas, 13:1941-1946, Vol. I. (Miguel D. Mena, Compilador y Editor). Santo Domingo: Ministerio de Cultura de la República Dominicana, 2015, p. 305.
[16] Ibidem, pp. 305-306.
[17] Ibidem, p. 305.
[18] Henríquez Ureña, Pedro. Obras Completas, 2:1899-1919, Vol. I. (Miguel D. Mena, Compilador y Editor). Santo Domingo: Ministerio de Cultura de la República Dominicana, 2013, p. 403.
[19] Ibidem, pp. 404-405.
[20] Altamira y Crevea, Rafael. Cuestiones Hispano-Americanas. Madrid: E. Rodríguez Serra Editor, 1900, pp. 9-11.
[21] Ibidem, pp. 15-16.
[22] Ibidem, pp. 27-29.
[23] O’Gorman, Edmundo. La invención de América. México: Fondo de Cultura Económica, 2010, p. 127.
[24] Quijano, Aníbal. Colonialidad y Modernidad/Racionalidad. Perú Indígena. 13 (29): 11-20, 1992.
[25] Dussel, Enrique; Mendieta, Eduardo y Bohórquez, Carmen (Editores). El pensamiento filosófico latinoamericano, del Caribe y “latino” (1300-2000): historia, corrientes, temas y filósofos. México: Siglo XXI: Centro de Cooperación Regional para la Educación de Adultos en América Latina y el Caribe, 2009, p. 55.
[26] Pérez, Odalís G. Pedro Henríquez Ureña: Humanidades Críticas y Democracia del Pensamiento. Santo Domingo: MESCYT-UASD, 2021, pp. 129-130.
[27] Bilbao, Francisco. Iniciativa de la América. Idea de un Congreso Federal de las Repúblicas (Publicada el 24 de junio de 1856 en París). México: UNAM, 1978, pp. 5-6.
[28] Martí, José. Nuestra América. Caracas: Fundación Biblioteca Ayacucho, 2005, p. 34.
[29] Henríquez Ureña, Pedro. Obras Completas, Tomo 5. Santo Domingo: Editora Nacional de la Secretaría de Estado de Cultura de la República Dominicana, 2003, pp. 467-468.
[30] Ibidem, pp. 468-469.
[31] Ibidem, p. 470.
[32] Ibidem, p. 469.
[33] Avelino, Andrés. “Pedro Henríquez Ureña: Filósofo y Humanista”. Homenaje a Pedro Henríquez Ureña. Ciudad Trujillo: Universidad de Santo Domingo, Volumen 50, 1946, p. 101.
[34] Ibidem.
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