Dile al novio tu yo

Si no quiere que lo entierre

O le paso encima uliando con le xr

Que tumbe los buenos nose el que no se aterre

O que coja un pasaje y se valla de pr (Titerito/Farruko)

 Crónicas de la Bohemia del digital Acento se place este domingo de contar con breves reflexiones sobre la actualidad literaria caribeña, la necesidad de que las Islas se reconozcan y se auto reconozcan, lo que representa la cultura en Puerto Rico como imagen para el mundo. Hablamos con el joven escritor puertorriqueño, Efe Rosario, autor de su primera novela Morales 19 publicada por La Pereza Ediciones 2025.

Tu novela se inscribe de alguna manera dentro de una tradición de realismo sucio en América Latina y el Caribe: La Virgen de los Sicarios, Ciudad de Dios y recientemente Temporada de Huracanes de Fernanda Melchor, entre otras. ¿Un realismo sucio a lo boricua? ¿novela negra? ¿Cuál es tu apreciación? 

Me resisto un poco a declarar que Morales 19 sea una variante puertorriqueña del realismo sucio o de la novela negra. Ciertamente exhibe algunas características como son la marginalidad, la violencia, la precariedad, la corrupción y la ambigüedad moral, pero su aspiración es distinta.

Una de las particularidades del texto es que, aunque se trata de un relato coral, los personajes están subordinados a la agencia del propio residencial. Armando Morales no es un escenario donde ocurren los acontecimientos, es una fuerza que los organiza. La novela propone, de hecho, una inversión: no son los personajes quienes definen el espacio, es el espacio el que los define.

Así, las generaciones cambian, los bichotes se suceden, los muertos se acumulan… y Morales permanece.

Si hubiera que aproximarla a una categoría, quizá tenga más puntos de contacto con el realismo sucio que con la novela negra en sentido estricto. Pero esa es una discusión que le atañe a la crítica. Lo que sí puedo aventurar es que Morales 19 desobedece expectativas de ambos registros.

Por ejemplo, cuando se desata la balacera, el lenguaje abandona por un instante su pacto con el realismo y se resquebraja, como si la poesía reclamara un canal en medio de tanta muerte. La intensidad de ese episodio no descansa en los cuerpos que caen ni en la sangre derramada, sino en la configuración del lenguaje que desea aproximarse a algo que lo excede.

Tampoco hay una distribución clara de inocentes y culpables. Y eso es más cercano a la experiencia histórica de Puerto Rico que a las convenciones de un subgénero. Después de todo, es un país donde la violencia rara vez puede atribuirse a una sola causa o a un solo responsable.

En cualquier caso, descreo de las aclaraciones autorales. El trabajo del escritor debería agotarse, o casi agotarse, en la escritura misma. Ahí tendría que cristalizar las cosas humanas e inteligentes que tuviera por decir. Luego viene el eco y la nada… o los lectores, los comentaristas y las conversaciones que una obra es capaz de suscitar por su cuenta. Escribir es un mar, lo demás: espuma. 

Efe Rosario: "escribir es un mar, lo demás es espuma".

Hablas de este tiempo de inestabilidad en la literatura caribeña. ¿La búsqueda de identidad es una obsolescencia del siglo XX?

Yo diría que la identidad no ha menguado, pero es insuficiente como eje explicativo. En la literatura caribeña contemporánea, lo central ya no es afirmar una esencia, sino pensar la experiencia de la inestabilidad. Desde mediados del siglo 19 hasta finales del 20, la urgencia era definirse. Hoy la pregunta es otra: cómo sobrevivir e imaginar un futuro en medio de realidades cada vez más fragmentadas.

Si el siglo 20 le pidió al Caribe insular que se explicara a sí mismo desde su condición política y geográfica, el siglo 21 le exige explicar su sensibilidad y estética.

Actualmente, ¿qué tendencias definen a la literatura puertorriqueña?

Veo al menos tres movimientos claves. Primero, una literatura tocada por la migración. Desde hace décadas existe un tránsito no menor de puertorriqueños que van a Estados Unidos y de otros tantos que regresan a la isla, y eso ha de generar obras que cuestionen la pertenencia desde el desplazamiento más que desde el arraigo.

Segundo, una revaluación crítica o irreverente de los relatos nacionales. Muchos escritores desconfían de las versiones oficiales de la historia y prefieren explorar aquello que permanece fuera del archivo, dándole al pasado un tinte épico que nunca tuvo o ensayando una especie de revisionismo para explicar desde la ficción cómo Puerto Rico ha sido simultáneamente nación y laboratorio imperial.

Y tercero, una creciente preocupación por la fragilidad. Tras varios años enfrentados a la austeridad económica y los desastres ecológicos, la literatura puertorriqueña ha comenzado a procesar la precariedad no como una excepción, sino como una circunstancia estructural de nuestra época. Cuando algunos divulgadores aseguran que la literatura puertorriqueña está más viva que nunca, sospecho que se debe a una visión utópica del país que queremos, mientras el país real se cae a pedazos.

Naciste y creciste en un caserío en San Juan, el Armando Morales.  Cuéntanos, ¿cómo nació el escritor Efe Rosario dentro de esa realidad?

Mis padres nacieron y crecieron en el residencial Luis Llorens Torres que ubica en San Juan y resulta ser el más grande del Caribe. Yo, en cambio, nací y crecí en Carolina y viví en otro residencial hasta mis 24 años. De esa familiaridad viene mi educación sentimental, mis cadencias y mi manera de bregar con la memoria: de conversaciones en barberías, canchas, balcones, guaguas públicas, pasillos, escaleras.

Es toda esa vida común que apenas figura en la Gran Historia. Creo que el escritor se reconoce cuando advierte que hay algo que el resto elude o ignora. Por ello, Morales 19 arrancó como un ejercicio de escuchar esas voces y de devolverles una parte de la dignidad narrativa que con frecuencia se les niega.

Con todo, en la representación del caserío no fuerzo su lógica para que sirva como rincón marginal ni como escenario para la pornomiseria. El caserío me atrae por ser un espacio profundamente humano, donde la gente ama, fracasa, trabaja, se enamora, hace chistes o insiste en su crueldad.

Morales 19

El fenómeno global de Bad Bunny —tanto en lo musical como en su supuesta defensa de la cultura boricua—, ¿cómo lo percibes?

Uno de los problemas fundamentales de Puerto Rico responde a su incapacidad de resolver la dirección política de la isla. Sin esa facultad soberana, la posición del embajador es ocupada por los deportistas y los artistas. Primero los peloteros, baloncelistas y boxeadores.

Luego, el sonido tropical de Daniel Santos, Rafael Cortijo, Maelo Rivera, Héctor Lavoe, La India y tantos otros. Más tarde, los reguetoneros, que van desde Ivy Queen, Don Omar, Tego Calderón, … hasta el Conejo Malo.

La música y la cultura popular constituyen una de nuestras formas de proyección y de afirmación simbólica, logrando internacionalizar cierta imagen de Puerto Rico con una eficacia que las instituciones políticas jamás han alcanzado. Independientemente de que uno coincida o no con cada gesto de representación, Bad Bunny y compañía emplean sus plataformas para ofrecer perspectivas sobre desplazamiento, turismo extractivo e identidad. Eso no significa que debamos convertirlos en próceres ni en teóricos políticos; eso dice menos de Bad Bunny que del país, pues seguimos depositando en los artistas responsabilidades que corresponderían a otras instituciones. En la sociedad del espectáculo —y en este siglo 21 en que los modelos a seguir son casi inencontrables—, sustituimos al revolucionario y al intelectual público por el culto a la celebridad.

Guste o disguste, el fenómeno confirma que la cultura sigue siendo uno de los espacios más poderosos para analizar, disputar y proyectar lo puertorriqueño.

¿Qué proyectos tienes a futuro? 

Acabo de ponerle punto final a dos manuscritos: un libro de cuentos y otro de poesía. En el primero juego con la idea del relato como investigación incompleta. Los narradores en esas historias perversas no poseen respuestas definitivas, sino que avanzan mediante sospechas, conjeturas y colapsos discursivos del Yo en un universo plagado por la violencia en sus múltiples expresiones.

En ese sentido, el texto está atado a mi fijación literaria por el secreto, la reconstrucción y los modos en que establecemos significados cuando la realidad se rehúsa a acomodarse en una explicación cualquiera.

El segundo es una serie de haikús que da continuidad a inquietudes sugeridas en obras previas. Si en Mermar inicié una imposición de lo no-lírico —como un esfuerzo por superar los últimos coletazos del postromanticismo que todavía al sol de hoy dominan el registro literario— y en Verás llamas como flores recurrí a las formas —sonetos, décimas, liras, octavas italianas, coplas, zéjeles, etc.—, en este inédito, la voz poética retoma temas relacionados a la explotación laboral, el desamparo contemporáneo, las ciudades desparramadas, la maquinaria de la nostalgia y su producción de políticas personales que se vuelven conservadoras, lo natural y, finalmente, el haikú mismo como camisa de fuerza para no resbalar en lo sentimental. 

¿Has visitado República Dominicana? ¿Tienes alguna relación con nuestra literatura?

He visitado República Dominicana menos de lo que quisiera y lo siento como una deuda personal, pero también como una deuda con todo el Caribe. Con esto se ratifica una de nuestras paradojas más duraderas: a pesar de la vecindad, a menudo conocemos mejor los bloques latinoamericanos y los imaginarios estadounidenses o europeos.

Por ende, he procurado combatir esa distancia a través de la literatura. En el caso dominicano, llegué primero a Juan Bosch y a cuentos extraordinarios como “Dos pesos de agua”. Después vino Pedro Mir, con poemas como “Si alguien quiere saber cuál es mi patria” y libros como Contracanto a Walt Whitman. Más adelante descubrí a Pedro Antonio Valdez, en específico su Bachata del ángel caído y Palomos; la poesía de Homero Pumarol y Frank Báez, de quien destaco su obra más reciente Desarmando la biblioteca de mi padre, así como sus crónicas.

Pero mi relación con República Dominicana también pasa por la vida cotidiana. Mi infancia y juventud estuvieron intervenidas por la salsa, el reguetón, el merengue y la bachata sin ningún tipo de jerarquía. Para cualquier puertorriqueño, la cultura dominicana forma parte del paisaje afectivo del país.

Uno de los desafíos de nuestra generación consistirá en fortalecer los diálogos intercaribeños y reducir los alejamientos que la geografía, la política y las lenguas han impuesto entre nosotros. Por eso el trabajo de autoras como Marta Aponte Alsina es prometedor, pues una de sus próximas publicaciones gira en torno a las literaturas menores y de países pequeños, especialmente de islas.

Es hora de dejar de pensar estas tradiciones desde la falta o la subordinación para entenderlas como lugares de enunciación capaces de rendir entramados de conocimiento. Parte de la potencia reside en la posibilidad de imaginar otros mapas de lectura y otras conversaciones más allá de los centros acostumbrados de legitimación.

¿Qué diferencia hay entre un escritor híbrido como yo —soy periodista, he vivido de eso— y un escritor con formación académica como tú? 

La diferencia principal no está en el talento ni en la inteligencia, sino en la relación con el lenguaje. El periodista tiene plena conciencia de que escribe para alguien; tiene que imaginar a ese lector concreto, captar su atención, administrar la información y sostener su interés. Está obligado a preguntarse quién leerá ese texto y por qué debería importarle. El académico, en cambio, trabaja dentro de comunidades especializadas; escribe para interlocutores que ya comparten un vocabulario, unas referencias y unas preguntas determinadas. Eso permite alcanzar niveles de profundidad extraordinarios, pero también puede ahuyentar a ciertas audiencias.

Otro punto a favor del periodismo es que enseña que escribir no es solo expresarse. Es, como antes dije, construir un vínculo con la evidencia para así probarse ante el lector. Fuera del periodismo, mucha gente dedica años intentando descubrir para quién lo hace.

El escritor y lingüista Mario Montalbetti sugiere que el escritor no le escribe a un lector ni a la sociedad; le escribe al lenguaje mismo. Es posible que toda escritura oscile entre esas dos fuerzas: el destinatario imaginado y la materia verbal que siempre termina imponiendo sus propias reglas.

Dicho esto, ambas tradiciones tienen algo que aprender una de la otra. Al periodismo le vendría bien repensar cómo en estos tiempos acelerados comunica su verdad sin devaluarla con la obcecación por la primicia; a la academia, un mayor compromiso por la claridad y la legibilidad.

En lo que a mí respecta, trato de cuidar la precisión intelectual, pero también la bondad de contar una historia.

Por último, aprovecho para decir que vivimos un momento alarmante para la vida intelectual. Hay manifestaciones de antiintelectualismo que antes provenían de actores externos y que ahora parecen infiltrarse en instituciones educativas.

Cada vez es más difícil justificar espacios dedicados a la lectura, la reflexión crítica o la investigación que no se traduce en beneficios inmediatos. Paradójicamente, eso vuelve más necesaria la literatura, pues esta sigue siendo una de las baterías del saber desde donde todavía podemos detenernos a pensar sin la obligación constante de producir resultados medibles.

Efe Rosario (Carolina, Puerto Rico). Es escritor y doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Cornell en Nueva York. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía del Instituto de Cultura Puertorriqueña (2023) por Mermar y el I Premio Internacional de Poesía Juan Ramón Jiménez de Coral Gables (2020) por También mueren los lugares donde fuimos felices. Además, es autor de la novela Morales 19 (2025), así como de los libros de poesía Verás llamas como flores (2024) y El tiempo ha sido terrible con nosotros (2020). Actualmente enseña en Atlanta, Georgia.

Muchas gracias, Efe…

José Arias

Periodista y escritor

Periodista y escritor

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