Decir Bécquer y decir Rimas –en términos literarios- es lo mismo.
Bécquer-el más popular (popular no significa carente de calidad) de los poetas románticos en lengua española- no era cien por ciento emotividad. Dentro de su intimidad hay reflexión, su emoción conduce a pensar. El ya célebre verso “¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!”, perteneciente a Rima LXXIII, tiene un poder que trasciende lo puramente emotivo. Si leemos las líneas finales de dicho poema lo descubrimos todavía con mayor claridad e intensidad:
¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es sin espíritu,
podredumbre y cieno?
No sé; pero hay algo
que explicar no puedo,
algo que repugna
aunque es fuerza hacerlo,
el dejar tan tristes,
tan solos los muertos.
El sentimiento se agarra de la meditación. La famosísima duda –manoseada por muchos- del origen y el futuro del ser humano aparece en Bécquer sin petulancia. Basta con leer Rima II:
Saeta que voladora
cruza, arrojada al azar,
sin adivinarse dónde
temblando se clavará;
hoja que del árbol seca
arrebata el vendaval,
sin que nadie acierte el surco
donde a caer volverá;
gigante ola que el viento
riza y empuja en el mar,
y rueda y pasa, y no sabe
qué playas buscando va;
luz que en cercos temblorosos
brilla, próxima a expirar,
ignorándose cuál de ellos
el último brillará;
eso soy yo, que al acaso
cruzo el mundo, sin pensar
de dónde vengo ni a dónde
mis pasos me llevarán.
Esa idea de que Bécquer es un escritor cursi (centrado siempre en el puro desahogo) debe reconsiderarse. Hay textos en los que, sin separarse jamás de la carga sensible, sin dejar de lado el mundo inocentemente vivo, el poeta nos lleva a meditar, sirva como ejemplo la última estrofa de Rima LXVII:
Qué hermoso es cuando hay sueño,
dormir bien… y roncar como un sochantre
y comer… y engordar… ¡y qué desgracia
que esto sólo no baste!.
Asimismo, el cotidiano tema de la muerte (que seguramente ha servido de inspiración a muchos autores a partir de la lectura de Bécquer) aparece con plena naturalidad y profundidad en su lírica, y pone en evidencia una creación transparente que trasciende el vano narcisismo:
| Al ver mis horas de fiebre e insomnio lentas pasar, a la orilla de mi lecho, ¿quién se sentará? Cuando la trémula mano Cuando la muerte vidríe Cuando la campana suene Cuando mis pálidos restos ¿Quién, en fin, al otro día, |
(Rima LXI)
Nadie ignora que el mundo actual es un pulpo, que sus tentáculos son las crisis (mentales, sociales, económicas, éticas, ecológicas…); y que ese mundo ha sido creado por nosotros. Pero:
mientras haya en el mundo primavera,
¡habrá poesía!
Puede que valga la pena –y también la alegría- redescubrir a Bécquer en pleno siglo XXI. Intentar alejarnos del ruido y del humo –del eterno presente- y escuchar las voces, las músicas, los pequeños mundos, que emergen de sus poesías. Y después responder –no como jueces, sino como simples lectores- a la interrogante:
¿Está realmente muerto Gustavo Adolfo Bécquer?
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