Cada noche era lo mismo.
Justo a la hora de dormir, aparecía una figura tétrica: una gran sombra con dos gotas de luz que le daban rostro… ojos que se quedaban fijos en mi cama.
Mi yo pequeño no podía entender por qué me pasaba eso a mí.
Pasaba noches de desvelo, donde mis ojos solo se apagaban al escuchar el canto de algún ave.
Fue entonces cuando decidí dormir del otro lado de la cama, mirando hacia la pared. Pero, aun sabiendo que solo era una sombra formada por la oscuridad y dos gotas de luz que entraban por agujeros del techo de zinc, sentía algo raro… una presencia incómoda.
Era como cuando sientes que alguien te está mirando y no sabes de dónde… pero igual lo sientes.
Ignorar eso no era una opción.
Así que una noche decidí hacer lo impensable: enfrentar mi miedo.
Me giré lentamente y miré la sombra fijamente.
“No eres real”, repetía en mi cabeza una y otra vez.
“Solo eres real si yo lo creo”.
Por un momento sentí que todo iba bien…
hasta que la sombra se movió.
No sé si fue mi mente jugándome sucio, pero yo juraría que se movió.
El pánico me cayó de golpe.
Sentí un peligro raro, como si algo malo fuera a pasar.
Quise gritar… pero no podía.
Es difícil explicarlo.
Era como estar despierto, consciente… pero sin poder moverme.
Me quedé así hasta que salió el sol.
Esa mañana no tenía hambre.
Mi mente solo daba vueltas con lo mismo, una y otra vez.
Mis padres se dieron cuenta de que algo no estaba bien. Me veían pálido, raro… y pensaron que era alguna enfermedad.
Pero… ¿cómo yo iba a explicar algo así sin que sonara loco?
Era solo un niño de trece años.
En ese momento yo no lo entendía, pero estaba bajo mucho estrés.
Esa cosa no se me salía de la cabeza, y mi propia mente empezó a jugar en mi contra.
Sentía que la sombra me seguía incluso de día.
Ya no era solo en la noche.
Por el rabillo del ojo, a veces veía su forma… como si nunca se hubiera ido.
Ahí fue cuando mis padres decidieron llevarme a un psicólogo infantil.
Le contamos todo, y él dijo que lo mejor era cambiarme de habitación.
Pero eso no era tan fácil.
Vivíamos en una casa pequeña, de dos cuartos, con lo justo.
Aun así, decidieron que durmiera con ellos por una semana.
Y, por un momento… todo mejoró.
Dormía mejor.
Me sentía más tranquilo.
Hasta mi cara cambió.
Pero como dicen… las cosas malas no vienen solas.
Porque una noche…
volvió.
No era la misma.
Era otra sombra.
Diferente…
pero con la misma sensación.
Ya yo estaba al límite.
Sentía que, si seguía así, iba a terminar creyendo completamente en eso.
Hoy entiendo que era mi mente… pero en ese momento no.
Y lo más irónico es que la solución fue algo simple.
A mi hermano se le ocurrió sellar los agujeros del zinc y dejar una luz encendida donde yo durmiera.
Esa misma noche lo hicimos.
Tapamos todo.
No más huecos.
No más formas raras.
Me acosté como siempre… con miedo.
Esperando verla.
Pero no apareció.
Y esa noche… dormí.
Pasaron los días.
Luego semanas.
Y no volvió más.
Con el tiempo, todo quedó atrás.
O al menos eso pensé.
Porque años después entendí algo que nunca se me va a olvidar:
la sombra nunca estuvo en el techo…
siempre estuvo en mí.
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