Deisy siempre había sentido que su vida era demasiado tranquila.
Vivía en un pequeño pueblo rodeado de montañas, donde todos se conocían y nada parecía cambiar. Las mañanas eran iguales, las tardes silenciosas y las noches… completamente normales. O eso creía.
Todo comenzó una tarde cuando su mejor amiga, Cristina, llegó corriendo a su casa.
—Deisy… tienes que ver esto —dijo, agitada.
En sus manos sostenía un viejo cuaderno cubierto de polvo. Lo había encontrado en el ático de su abuela, una mujer que siempre hablaba de cosas extrañas que nadie entendía.
Al abrirlo, Deisy sintió un escalofrío.
No era un cuaderno común.
Había mapas dibujados a mano, símbolos raros y una frase que se repetía en varias páginas:
“El bosque no es lo que parece.”
Esa misma noche, Deisy no pudo dormir.
El bosque… ese mismo bosque que todos evitaban después del atardecer.
Siempre habían escuchado historias: sombras que se movían solas, ruidos sin origen, personas que entraban… y no volvían.
Al día siguiente, Deisy tomó una decisión.
—Vamos a ir —dijo con firmeza.
Cristina dudó.
—¿Estás loca? Eso no es un juego…
Pero algo en la mirada de Deisy era diferente. Era curiosidad… pero también algo más profundo, como si el bosque la estuviera llamando.
Finalmente, aceptó.
No irían solas. Invitaron a Marcos, un amigo valiente (aunque un poco miedoso), y a Laura, quien siempre creía en lo sobrenatural.
El plan era simple: entrar al bosque, seguir el mapa, descubrir la verdad y salir antes de que anocheciera.
O al menos… eso esperaban.
El bosque era más oscuro de lo normal.
Incluso de día, la luz apenas lograba atravesar las copas de los árboles. A cada paso, el aire se volvía más pesado.
—¿Escucharon eso? —susurró Laura.
Un sonido… como un susurro.
Pero no era viento.
Era como si alguien hablara muy cerca.
Deisy sacó el cuaderno. El mapa indicaba un camino que no existía a simple vista.
—Por aquí —dijo.
Caminaron durante lo que parecieron horas. Entonces lo encontraron.
Una piedra enorme cubierta de símbolos, exactamente igual a los del cuaderno.
Y debajo de ella… una entrada.
Una especie de túnel.
—No deberíamos entrar —dijo Marcos.
Pero Deisy ya había dado el primer paso.
El túnel los llevó a una cámara subterránea. Había paredes cubiertas de dibujos antiguos: personas, sombras, un círculo y algo en el centro.
Deisy se acercó.
En el suelo había una caja.
Al abrirla, encontró un objeto extraño: un colgante que emitía una luz tenue.
En ese momento, el suelo tembló.
Y los susurros se hicieron más fuertes.
—Devuélvelo… —decía una voz.
Cristina agarró a Deisy.
—Tenemos que irnos ya.
Pero la salida… había desaparecido.
Las sombras comenzaron a moverse.
No eran ilusiones.
Eran figuras oscuras que se arrastraban por las paredes, acercándose lentamente.
El colgante brilló con más intensidad.
Deisy sintió algo extraño, como si entendiera lo que estaba pasando.
—No quieren dañarnos —dijo.
—¿Qué? —gritó Marcos.
—Quieren que lo devolvamos.
Deisy miró el centro de la cámara. Había un círculo exactamente igual al del cuaderno.
Sin dudarlo, colocó el colgante en el centro.
El silencio fue inmediato.
Las sombras desaparecieron.
Y una luz cegadora llenó todo.
Cuando abrieron los ojos, estaban fuera del túnel.
El bosque estaba en calma. Demasiado en calma.
—¿Terminó? —preguntó Cristina.
Deisy miró sus manos.
El colgante ya no estaba.
El cuaderno… tampoco.
Como si nunca hubieran existido.
Pero algo había cambiado.
El bosque ya no se sentía peligroso.
Se sentía tranquilo.
Como si hubiera estado esperando ese momento.
Días después, la vida volvió a la normalidad.
Pero Deisy ya no era la misma.
A veces, por las noches, escuchaba el viento…
Y en él, un susurro suave.
No daba miedo.
Era más bien… un agradecimiento.
Cristina nunca volvió a hablar del tema. Marcos fingía que todo fue un sueño. Laura, en cambio, solo decía que hay cosas que no deben entenderse, solo respetarse.
Deisy volvió al bosque una última vez.
Se paró frente a los árboles y sonrió.
Porque ahora sabía la verdad.
El bosque no era oscuro.
Solo estaba protegiendo un secreto.
Y ella, sin quererlo,
se había convertido en parte de él.
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