“En las constelaciones Pitágoras leía. Yo en las constelaciones pitagóricas leo”.

“Pero se han confundido dentro del alma mía el alma de Pitágoras con el alma de Orfeo”.

Con paciencia, paso a paso, galaxia tras galaxia y de constelación en constelación, Rubén Darío escribe:

“He querido ir hacia el porvenir, siempre bajo el divino imperio de la música de las ideas y de la música de las esferas”.

Analogía, ritmo, música y poesía: son reveladoras las enseñanzas de Pitágoras en la poesía de Darío.

En el conocidísimo poema de Rubén Darío Ama tu ritmo, que describe en una carta a Juan Ramón Jiménez, Darío presenta el poema como una iniciación pitagórica:

“Ama tu ritmo y ritma tus acciones. Bajo su ley, así como tus versos, eres un universo de universos y tu alma una fuente de canciones”.

“La celeste unidad que presupones hará brotar en ti mundos diversos, y al resonar tus números dispersos, pitagoriza en tus constelaciones”.

Declaración de principios pitagóricos es toda la poética de Darío: “…que vida con los números pitagóricos crea”.

El universo es un sistema de correspondencias regido por el ritmo: todo está cifrado, todo rima; cada forma natural dice algo; la naturaleza se dice a sí misma en cada uno de sus cambios. Ser poeta no es ser el dueño, sino el agente de la transmisión del ritmo. La imaginación más alta es la analogía.

La nostalgia de la unidad cósmica es un sentimiento permanente en su poesía: “La celeste unidad que presupones —escribe Darío— hará brotar en ti mundos dispersos”.

Disposición del ser en formas diversas, en colores, vibraciones, fusión de los sentidos en uno.

La imagen poética, encarnación a un tiempo material, espiritual y sensible de ese ritmo plural y uno.

Esta manera de ver, oír y sentir el mundo se explica en términos poéticos: la sinestesia, una expresión que trasciende lo que nombra, palabra que es el ser entero.

“Ama tu ritmo y ritma tus acciones”.

“La poesía de lengua española nunca se había atrevido a afirmar algo semejante; nunca había visto en la naturaleza la morada del espíritu ni en el ritmo la vía de la acción, no para la salvación, sino para la reconciliación entre el ritmo, el hombre y el cosmos”.

Así escribe Octavio Paz en El caracol y la sirena, uno de los ensayos más lúcidos, sensibles e inteligentes que se han escrito sobre la poesía de Rubén Darío en nuestra lengua (p. 28).

En El oro de Mallorca Darío reflexiona:

“Pitágoras y Wagner tenían razón: la música, en su inmenso concepto, lo abarca todo, lo material y lo espiritual, y por eso los griegos comprendían también en ese vocablo a la excelsa poesía, la ola creadora. Y que el arte era de trascendencia consoladora y suprema, sabia por excelencia propia, pero jamás habría recurrido a él sin saber de su baño de luces y correspondencias mágicas” (p. 144, O.C.).

Rubén Darío consideraba que Wagner había continuado e innovado la visión pitagórica de la música como elemento mediador entre el hombre y el cosmos.

En numerosos artículos, ensayos y poemas —como Extravagancia, Ama tu ritmo, Constelaciones, El coloquio de los centauros, Marina— Rubén Darío vuelve a coincidir en su mirada con la de Pitágoras.

“Al mandato de una lógica imperiosa, todo se mueve obedeciendo al número” (p. 150, O.C.).

Pero en la poesía la idea de armonía está vinculada al ritmo: “Por donde quiera os halaga la maravilla del ritmo; reina la música en su sentido original” (p. 155, O.C.).

Es decir, el número y la armonía se vuelven expresión de un orden universal.

En el poema Marina, por ejemplo, la idea de Darío sobre el ritmo se expresa claramente:

“Mar armonioso, mar maravilloso, de arcada de diamante en que se rompen vuelos; ritmo que denuncia algún ímpetu oculto…” (p. 156, O.C.).

En Extravagancia, Darío confiesa:

“La vida será bella cuando el mundo sea un canto de rítmica armonía que se cante triunfante en el profundo abismo que separa todavía” (p. 83, O.C.).

Con paciencia, galaxia tras galaxia, pequeños soles en cada paso; con un andar tan leve y tan callado, Rubén Darío cruza el salón hasta llegar al jardín donde Pitágoras le espera. Se sienta a su lado. Pitágoras pulsa la lira y, a dos voces, cantan el poema de las constelaciones:

“Sé que soy, desde el tiempo del paraíso, reo;
sé que he robado el fuego y rota la armonía;
que es abismo mi alma y huracán mi deseo;
que sorbo el infinito y quiero toda vida…

En la arena me enseña la tortuga de oro hacia dónde conduce el coro de las musas, y donde triunfa, augusta, la voluntad de Dios”.
—Rubén Darío, O.C.

Ángel Concepción Lajara (Yeyé)

Escritor y crítico

Escritor, teatrista, crítico de arte.

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