«La literatura es la demostración de que la vida no basta.» (Fernando Pessoa)
El planteamiento según el cual toda obra literaria posee una estética específica merece, a mi juicio, matizaciones profundas. No puede afirmarse que exista una relación fija e inamovible entre la obra y su autor. Esa relación, por su propia naturaleza, es cambiante, compleja, viva. Como diría Octavio Paz, «la literatura es tradición y ruptura al mismo tiempo», una afirmación que nos obliga a reconocer su carácter dialéctico.
Esa dialéctica nace porque la poeticidad del discurso irrumpe y subvierte cualquier linealidad, cualquier intento de convertir el sentido en una cadena lógica. La obra literaria, si es verdaderamente valiosa, es siempre transgresora. «La poesía —escribió Vicente Aleixandre— rompe los límites de la costumbre», y justamente por eso ninguna ideología puede domesticarla del todo.
Toda obra de arte dialoga con las ideologías que la circundan, pero no se somete a ellas. Esto ocurre porque el sujeto creador es único e irrepetible, y porque el lenguaje literario se configura mediante imágenes, símbolos, alegorías y paradojas que impiden fijar un significado definitivo. Ezra Pound lo expresó con lucidez: «La literatura es una novedad que permanece nueva», recordándonos que cada lectura reinventa el texto.
En esa urdimbre simbólica, el texto literario postula una contradicción indefinida: cada lector encuentra sentidos distintos según su tiempo, su cultura, su historia y su sensibilidad. «Los libros —dijo Italo Calvino— no son lo que el autor escribió, sino lo que el lector entiende». Por eso cualquier intento de reducirlos a un solo sentido resulta limitado y fallido.
Sostener que una obra literaria está completamente determinada por lineamientos estéticos o ideológicos invariables es, pues, una visión simplista. La obra vive en pluralidad, en multivalencia. Mario Vargas Llosa lo ha señalado: «La literatura es fuego, y el fuego nunca conserva la forma que lo contiene». Ese fuego simbólico desborda cualquier molde impuesto.
Si frente a una obra de arte ingresamos en el territorio de la expresividad absoluta, no podemos emitir juicios rígidos que pretendan instalarse como verdades definitivas. Cada lectura es el testimonio de un sujeto irrepetible, dotado de una lengua-cultura particular. En palabras de Borges: «El libro es una extensión de la memoria y de la imaginación», nunca una caja cerrada.
Por eso, la experiencia estética no se reproduce de manera idéntica entre lectores; tampoco puede repetirse en un sujeto dos veces de la misma forma. La obra, al enfrentarnos, se transforma. Y nosotros, al leerla, nos transformamos también. Esa es una de sus grandezas: «El arte —recordó Ortega y Gasset— es la interrogación sin respuesta», una tensión infinita entre lo dicho y lo posible.
Pensar, entonces, que las obras literarias carecen de estética o que no contienen lineamientos ideológicos propios del autor es insostenible. Lo que ocurre es que tales elementos, aunque presentes, son constantemente trascendidos por la energía poética que los supera. La obra no se queda en los límites del pensamiento que la originó: los desborda.
Ese desborde ocurre porque, en su dimensión simbólica, el texto literario se convierte en un significante abierto. Un crítico dominicano lo dijo con claridad: «Es un trans, no un como». Rompe las circunstancias que motivaron su creación y se desprende de las intenciones iniciales de su autor. Desde ese instante, inicia su vida propia.
Al iniciar esa vida autónoma, la obra se vuelve un manantial permanente de sentidos. Habla de nuevas maneras al lector, dependiendo de su experiencia vital, su contexto histórico y su horizonte cultural, sin importar de qué hemisferio provenga. Como afirmaba Antonio Machado: «Cada lector lee su propio poema en el poema».
La literatura, en consecuencia, no puede encajarse ni en una sola ideología ni en una estética cerrada. Es metáfora en expansión, símbolo en movimiento. Todo lo que se exprese sobre ella será siempre una interpretación particular, la mirada de un sujeto que intenta erigir su verdad entre las infinitas verdades posibles que el texto suscita.
En definitiva, la obra literaria es un organismo vivo, un espacio de libertad simbólica y un territorio de sentidos infinitos. No se agota ni en la estética del autor ni en sus ideas; las trasciende, las amplifica, las contradice. Por eso la literatura sigue siendo, como escribió Octavio Paz, «la forma más alta de la libertad humana»: un espejo que nunca refleja lo mismo dos veces.
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