Tengo predilección por la lectura de diarios, máxime cuando son de escritores o pintores. El último que he leído se titula El pabellón de los niños locos. La autora lo escribió cuando era tan solo una niña de quince años, pero, más que un diario, constituye un estremecedor testimonio de primera mano que a la vez se convierte en denuncia. Al leerlo, pensé en un fascinante cuento del brasileño Machado de Assis titulado El alienista —a veces traducido al español con el título de El psiquiatra, que está más acorde con la modernidad—, en el cual los habitantes de Itaguaí empiezan a padecer de trastornos mentales, pues la locura pasó a ser, en dicho pueblo, una especie de epidemia que logró contagiar a casi todos. El brote de alienación era cada vez más elevado y, entonces, los pacientes eran poco a poco internados en el manicomio llamado la Casa Verde. Llegó un momento en que nadie sabía quién estaba sano y quién no lo estaba. Sólo el psiquiatra "lo sabía" y, a la vez, hacía ingentes esfuerzos para sanar a sus pacientes. Así logró curar a todos los "locos" de su manicomio. Pero pensó al final que acaso él también se había contagiado de locura y que, por lo tanto, no era que ésta se había ausentado del pueblo, sino que ya era tenida como normal. Es decir, llegó un momento en que ni siquiera él mismo sabía quién estaba loco y quién cuerdo, pues en Itaguaí lo anormal ya era visto como normal y viceversa. Pero, en realidad, el lector advierte que la verdadera plaga de Itaguaí no es otra que el doctor Simón Bacamarte. Mas todos los personajes del libro ignoran esta realidad. De igual modo, en El pabellón de los niños locos nadie sabe realmente quién está cuerdo o quién no lo está.  

El diario describe el modus operandi de un centro psiquiátrico en el cual son internados los niños tildados de enfermos mentales, pero, como en El alienista, es imposible determinar quién está loco y quién no lo está. A juzgar por el diario, me inclino a creer que los psiquiatras, los psicoanalistas y las enfermeras del manicomio son los verdaderos enfermos mentales que deambulan por el libro, o al menos los niños internados ahí están más cuerdos que ellos. Y, sobre todo, la niña que escribió El pabellón de los niños locos está bastante cuerda. Pero, ¿por qué está interna en calidad de loca? ¿Qué es estar loco? ¿Qué hace que los médicos y las enfermeras de este manicomio estén más enfermos que los niños tildados de locos? ¿Funciona o no funciona el sistema? ¿Cómo surge el problema? ¿La culpa es del sistema, o de los padres, o de los médicos, o de la sociedad, o del Estado, o de quién o quiénes? Estas y otras interrogantes son las que, de forma inteligente y persuasiva, responde el diario del que hablo. 

El diario de la niña prodigio que fue internada en un manicomio 

No cabe duda de que Le pavillion des enfants fous, de la jovencísima escritora francesa Valérie Valère (1961-1982), es un libro desgarrador y único en su especie. Lo he leído en la traducción al español de Amalia Monasterio, quien lo tituló, acaso para adaptarlo a los tiempos actuales, Diario de una anoréxica. En lo personal, preferiría que el título al español fuese el correcto, esto es, El pabellón de los niños locos, pero yo no soy el traductor. Además, debemos agradecer esta traducción porque se ha hecho célebre en español y, en consecuencia, gracias a ella hemos leído este libro.   

El diario nos revela que la niña Valérie Valère es el producto de un matrimonio disfuncional, o sea, es hija de un padre casi ausente, neurótico, egocéntrico, descaradamente infiel, acomplejado, alcohólico, hijo único, bisexual, enamoradizo y andariego. Y también de una mujer sin vocación de madre, infiel, desatenta, superficial, inepta, insensible, lunática, engreída, histérica, inculta y viajera incansable (siempre viajó sin su esposo y sin su hija, por supuesto).  

Todo comenzó cuando, a los trece años, la niña se niega a comer en abundancia. Es delgada y decide no engordar. Sus padres notan que le repugna comer mucho, que tiene tendencia a verse largo rato en el espejo, que habla poco, que no muestra interés en salir a pasear y que le gusta encerrarse a leer en su cuarto por varias horas. Así, pues, consideran que semejante conducta no es normal y, en consecuencia, acuden ante un psiquiatra. Éste diagnostica al instante una anorexia nerviosa y, para seguir el protocolo de la época, la envía donde otro especialista del área. La niña es interrogada, pero se niega a hablar, por tanto, es declarada enferma incurable e internada en un manicomio. Un psicoanalista le pregunta si ha tenido sueños con bananas y si encuentra que su padre es bonito o feo, o si gusta o no de sus abrazos.  A la niña le exasperan semejantes preguntas y, por ende, se niega a dar una respuesta. De modo que tanto el psicoanalista como el psiquiatra afirman, ante los padres de la menor, que existen pocas posibilidades de que vuelva a la normalidad, pero añaden que no pierdan las esperanzas, ya que, si en el hospicio para niños locos, recupera el apetito y engorda, serían buenas señales de mejoría y hasta podría volver a casa. Los padres, a juzgar por el libro, se muestran casi indiferentes al internamiento. Incluso, parecen desearlo para deshacerse de la carga que para ellos representa la niña, la cual es hecho prisionera en una cárcel psiquiátrica y psicológicamente torturada durante meses. ¡Decididamente, Albert Camus tiene razón cuando afirma que el absurdo y la estupidez humana casi siempre se imponen! 

A los quince años de edad la niña decide desahogarse de los horrores que ha visto y padecido en el manicomio. Es decir, escribe sin tapujos un diario en el que vomita todo lo que absorbió en el psiquiátrico. Lo que injustamente sufrió allí es inenarrable. De modo que su lucha, a juzgar por el diario, no es inferior a la de Ana Frank. De hecho, ni siquiera en los diarios de Franz Kafka, de Alejandra Pizarnik o de Virginia Woolf es posible encontrar tanto desprecio ante la vida. Pero El pabellón de los niños locos, que describe al dedillo un hecho real, no solamente constituye un manual psicopatológico de primera magnitud, sino que, además, representa un testimonio invaluable de la estupidez, la insensibilidad y la mediocridad profesional imperantes en un manicomio parisino de la segunda mitad del siglo XX, tanto es así que, entre los libros que he leído de denuncias o de testimonios sobre la opresión y la rebeldía, únicamente lo igualan en irracionalidad y atrocidad Archipiélago Gulag, de Solzhenitsyn, y Antes que anochezca, de Reinaldo Arenas. Y, por ejemplo, Mis 500 locos, de Antonio Zaglul, es desde luego un simple chiste en comparación con El pabellón de los niños locos. Tal vez únicamente en Memorias de la casa muerta, de Dostoievski, se ha logrado describir —de una forma superior al diario de esta niña— la angustia de un prisionero. Pero el libro de Dostoievski, a diferencia del libro de Valère, es de ficción, aunque está basado en sus años de presidio en Siberia.  

Valére Valérie.

Cuando Valère escribió El pabellón de los niños locos logró aliviarse y volver a integrarse a su familia, hasta tal punto que no volvió a ser internada en el manicomio. Llevó una vida tranquila en la que escribir y leer se convertirían en sus principales pasatiempos. De hecho, se ha dicho que estaba más feliz que nunca. Sin embargo, el diario que escribió a los quince años de edad sería publicado en forma de libro cuando ella tenía diecisiete años. De la noche a la mañana, se convirtió en un best seller francés y sería traducido de inmediato a más de diez idiomas. Al parecer, la enorme fragilidad de Valère no resistió tanta recepción, pues fue objeto de entrevistas, burlas, ofensas, aplausos, invitaciones, reconocimientos y demás oropeles y fastuosidades ajenas a su mundo interior. De modo que, acaso, no soportó tanta presión mediática y, por tanto, sus nervios empezaron a flaquear. De ahí que a los veintidós años de edad decidiera huir para siempre de este mundo. 

Este libro, El pabellón de los niños locos, pone de manifiesto que el requisito supremo del arte es la sinceridad del artista, porque esta niña, que ni siquiera era culta, logra desahogar exitosamente su interioridad a través de la escritura. Su única norma artística ha sido escribir ciñéndose fielmente a lo que padeció y sintió en el manicomio. El resultado ha sido un libro poco superficial, con valor artístico, y de una energía literaria no tan frecuente. De ahí que su autora, Valérie Valère, engrose la lista de niños prodigio cuya precocidad literaria los coloca en un puesto de preferencia en la historia de la literatura, como, entre otros poquísimos nombres, Rimbaud, Keats o Ana Frank. Sea como fuere, merece la pena leer este libro desgarrador, extraño y patético que nos legó el genio atormentado de esta niña prodigio de la literatura. 

José Agustín Grullón

Abogado y escritor

José Agustín Grullón Nació en La Vega, República Dominicana, pero reside en Santiago de los Caballeros desde hace más de una década. Es licenciado en Derecho por la Universidad Tecnológica de Santiago (UTESA) y agrimensor por la Universidad Abierta para Adultos (UAPA). Cursa además un postgrado en Legislación de Tierras. Ha cursado algunos diplomados sobre Derecho Inmobiliario, Bienes Raíces, Topografía y Derecho Sucesoral. Como escritor ha publicado el libro de cuentos Las ironías del destino (2010).

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