Hay artistas que necesitan un museo para que sus obras parezcan importantes. Y hay otros que llegan al museo —o a una universidad convertida provisionalmente en espacio expositivo— cargando consigo un pedazo del lugar del que vienen. Genaro “Cayuco” Reyes parece pertenecer a los segundos.

Hay una tensión muy productiva entre lo que Cayuco hace con los materiales, lo que la exposición dice que hace y la manera en que la institución decide mostrarlo. Ahí está, para mí, el verdadero asunto.

Genaro Antonio Reyes Mercedes, «Cayuco».

La exposición “Cayuco: Entre Miches y Punta Cana”, presentada en el marco de Este Festival 2026, reúne diez piezas de este artista michense y propone un recorrido por más de quince años de producción. La muestra funciona como reconocimiento a una trayectoria vinculada con la preservación y celebración del patrimonio material e inmaterial dominicano. Pero basta detenerse frente a las piezas para descubrir que el asunto es bastante más complejo que una celebración institucional de la cultura regional.

Porque Cayuco no parece interesado simplemente en representar el paisaje del Este. Parece interesado en hacer que el paisaje vuelva a aparecer dentro de la obra.

La diferencia es importante.

La madera que utiliza no funciona únicamente como materia prima. Conserva una memoria. Sus superficies ásperas, las marcas del corte, las irregularidades y las cicatrices permanecen visibles. El artista no intenta esconder completamente el origen material de sus piezas. Por el contrario, construye a partir de él. Allí donde la escultura académica suele imponer una forma sobre la materia, Cayuco parece negociar con ella.

Y esa negociación produce una estética muy particular.

Cayuco en Este Festival 2026

Una de las piezas más llamativas es la figura femenina que emerge de una embarcación. Su cuerpo vertical está construido sobre un tronco y cubierto de monedas, medallas, botones, piezas metálicas y pequeños objetos de procedencias diversas. Sobre la cabeza, una corona radial formada por alambres convierte al personaje en una especie de santa profana.

La embarcación funciona aquí como mucho más que un pedestal.

Es origen, desplazamiento y destino.

El cuerpo humano está literalmente parado sobre una embarcación. La mujer parece navegar sin moverse. La contradicción resulta hermosa: el viaje está detenido, pero la embarcación permanece como signo de movimiento. En un territorio como Miches, donde el mar forma parte de la memoria económica, social y emocional de la comunidad, la imagen adquiere una densidad particular.

También aparece algo fundamental en Cayuco: la acumulación.

El artista acumula objetos sobre sus esculturas como quien acumula recuerdos. Monedas, medallas, fragmentos metálicos y objetos encontrados crean una piel adicional. La superficie deja de ser simplemente superficie y comienza a comportarse como un archivo.

La escultura no sólo representa algo: contiene cosas que alguna vez pertenecieron a otra cosa.

Ese principio aparece nuevamente en la embarcación cargada de cabezas humanas. El efecto inicial puede resultar incluso humorístico —hay algo deliberadamente carnavalesco en ese barco repleto de rostros—, pero la imagen admite una lectura mucho más oscura. Un barco lleno de cabezas es también un barco lleno de identidades, pasajeros, historias y destinos.

La embarcación vuelve a aparecer como metáfora del desplazamiento.

Pero esta vez no transporta mercancías: transporta personas reducidas a sus rostros.

Hay aquí una relación posible con la historia caribeña de migraciones, viajes, partidas y desplazamientos. No necesitamos convertir cada cabeza en un símbolo específico para comprender que Cayuco trabaja con una memoria colectiva en la que el mar no es solamente paisaje turístico. El mar también separa, conecta, alimenta, amenaza y obliga a partir.

Y ahí aparece una de las mayores virtudes de la exposición: su capacidad para producir significados sin necesidad de explicarlos completamente.

El problema es que el texto institucional que acompaña la muestra parece querer explicarlo todo.

El panel introductorio habla de descentralización cultural, patrimonio, identidad, diversidad, reconocimiento y políticas culturales. Todo ello es legítimo. Pero frente a las obras, tanta solemnidad institucional puede resultar contraproducente. Las esculturas de Cayuco tienen algo más vivo, más irreverente y más ambiguo que el lenguaje administrativo que pretende presentarlas.

El artista trabaja con una imaginación que parece no haber recibido todavía el memorándum de cómo debe comportarse el “arte patrimonial”.

Y eso es bueno.

Una de las piezas más interesantes es el tronco cubierto de frutos de cacao. Aquí la operación de Cayuco adquiere una claridad casi didáctica. El árbol deja de ser representación botánica y se convierte en cuerpo escultórico. Los frutos aparecen adheridos al tronco como protuberancias, casi como órganos.

La pieza introduce una relación directa entre naturaleza, agricultura y territorio.

El cacao posee además una enorme capacidad simbólica dentro de la historia económica y cultural dominicana. Cayuco no necesita convertirlo en monumento nacional. Lo devuelve a una escala casi doméstica: un árbol transformado por la mano humana, pero todavía reconocible como árbol.

La misma operación aparece en otra pieza donde las vainas amarillas se adhieren al tronco hasta convertirlo en una criatura a medio camino entre árbol y tótem. Cayuco trabaja precisamente en ese territorio fronterizo donde lo natural se mezcla con lo humano, lo religioso con lo cotidiano y lo funcional con lo ornamental.

Entonces aparece el Cristo crucificado.

La figura roja, de anatomía deliberadamente simplificada, se encuentra suspendida frente a una enorme cruz negra cuya superficie posee una textura áspera y repetitiva. El contraste es inmediato: rojo contra negro, cuerpo contra estructura, carne contra materia.

Aquí el artista entra en una dimensión más ritual.

Sin embargo, tampoco estamos ante una representación naturalista de Cristo. Es más bien una presencia: un cuerpo reducido a los signos esenciales de la crucifixión. La obra puede relacionarse con esa religiosidad popular dominicana donde los objetos sagrados conviven con materiales cotidianos, soluciones improvisadas y formas alejadas de la ortodoxia académica.

Cayuco no parece preguntarse cómo debe verse un objeto sagrado.

Parece preguntarse qué sucede cuando lo sagrado entra en contacto con los materiales de la vida cotidiana.

Algo parecido ocurre con la pieza que transforma objetos metálicos y cerámicos en una especie de planta. Los elementos industriales se convierten en flores y tallos. Otra vez aparece la metamorfosis como principio de trabajo.

Un barco puede convertirse en pedestal. Un tronco puede convertirse en cuerpo. Un residuo puede convertirse en ornamento. Una herramienta puede convertirse en elemento escultórico.

Y aquí la palabra “reciclaje”, tan utilizada para describir este tipo de producción, empieza a quedarse corta.

Porque reciclar implica reutilizar.

Cayuco hace algo más interesante: resignifica.

Ahora bien, una crítica constructiva también tiene que mirar aquello que la exposición podría haber hecho mejor.

La primera dificultad está en la museografía.

Las obras aparecen instaladas en un espacio universitario que no fue concebido originalmente como sala de exposiciones. Barandas, oficinas, carteles administrativos, pantallas, anuncios y personas circulando compiten constantemente con las esculturas.

En algunos casos, esa condición resulta accidentalmente interesante: las obras parecen apropiarse de un espacio cotidiano y no de un cubo blanco. En otros, sencillamente distrae.

La exposición podría haber construido relaciones más claras entre las piezas: mar, cacao, religiosidad, migración, memoria, trabajo y transformación. En cambio, buena parte del montaje descansa en la fuerza individual de los objetos.

Paradójicamente, Cayuco parece haber construido un universo más coherente que el discurso museográfico encargado de explicarlo.

Y aquí aparece otra pregunta: ¿estamos frente a un artesano, un escultor, un artista popular o un artista contemporáneo?

Quizás la pregunta menos interesante sea precisamente esa.

¿Por qué seguimos necesitando decidirlo?

Cayuco trabaja desde una tradición material que no necesita pedir permiso a las categorías académicas. Su obra posee algo que muchas veces el arte contemporáneo institucionalizado pierde: una relación directa con la experiencia.

Eso no significa que todas las piezas posean la misma potencia. Algunas son más literales, otras más decorativas y algunas dependen demasiado del impacto inmediato del objeto. En determinados momentos, la acumulación de materiales amenaza con convertirse en fórmula. Precisamente por eso sería interesante someter su producción a una curaduría más exigente, capaz de seleccionar, contextualizar y establecer diálogos con otras prácticas contemporáneas dominicanas vinculadas al territorio, la memoria y la cultura popular.

Porque Cayuco ya tiene algo difícil de conseguir:

una voz reconocible.

Lo que necesita no es que la institución le diga al público que su obra es importante. Necesita que le proporcione las condiciones para que podamos descubrir por qué.

“Entre Miches y Punta Cana” termina siendo, entonces, algo más que una exposición sobre un artista del Este. Es también una pequeña batalla contra la idea de que el territorio sólo puede representarse mediante paisajes, monumentos o folclor.

Aquí el territorio aparece en la madera.

Aparece en el cacao.

Aparece en la embarcación.

Aparece en los objetos encontrados.

Aparece incluso en esa mezcla tan dominicana de lo religioso, lo cotidiano, lo improvisado y lo festivo.

Y quizás por eso Cayuco resulta particularmente pertinente dentro de Este Festival. Porque mientras el festival intenta reunir bajo una misma identidad institucional a seis provincias distintas, su obra recuerda algo que ningún festival debería olvidar: la cultura no existe porque una institución la nombre. Existe porque una comunidad la produce, la transforma y la vuelve a inventar.

La verdadera tarea de la gestión cultural no debería consistir únicamente en llevar estas obras a un escenario institucional. Debería consistir en crear las condiciones para que podamos mirarlas con la misma libertad con que fueron creadas.

Cayuco, con sus troncos, barcos, cabezas, cruces, vainas de cacao y objetos rescatados del anonimato, parece decirnos algo muy sencillo: las cosas no desaparecen necesariamente cuando dejan de cumplir la función para la que fueron hechas.

A veces esperan.

Esperan que alguien las encuentre.

Y que, con un poco de imaginación y bastante oficio, les dé otra vida.

Gustavo A. Ricart

Cineasta y gestor cultural

Soy cineasta, gestor cultural y crítico en formación. Desarrolló mi carrera entre la creación audiovisual y el pensamiento crítico, combinando la práctica artística con estudios universitarios en Historia y Crítica del Arte. Actualmente cursa una maestría en Gestión Cultural, con el firme propósito de contribuir a la vida pública desde la reflexión estética y el análisis sociocultural. En paralelo, colabora activamente en proyectos que buscan descentralizar el acceso a la cultura y revalorizar nuestro patrimonio.

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