Después de examinar la deuda institucional de estos 26 años y la responsabilidad que también corresponde a quienes pensamos, producimos, estudiamos y administramos cultura, llegamos a la pregunta inevitable:
¿Qué debemos hacer?
No necesitamos otro diagnóstico.
Necesitamos convertir el pensamiento en decisiones, las decisiones en instituciones y las instituciones en políticas capaces de permanecer.
Un plan nacional de cultura
La primera decisión debería ser elaborar un Plan Nacional de Cultura de largo plazo, con objetivos para diez, quince o veinte años.
No un programa del próximo ministro.
No una agenda del próximo gobierno.
Un verdadero proyecto de Nación.
Ese plan debería partir de la Constitución y de la Ley 41-00, pero también de una evaluación rigurosa de lo ocurrido durante estos 26 años.
¿Qué instituciones funcionan?
¿Cuáles necesitan fortalecerse?
¿Qué políticas han dado resultados?
¿Qué patrimonio estamos perdiendo?
¿Cómo están nuestras escuelas de formación artística?
¿Qué ocurre con nuestros museos, bibliotecas y archivos?
¿Qué hacemos por el teatro, la danza, la música, el cine, las artes visuales y el libro?
¿Cómo incorporamos las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial?
¿Qué política tenemos para las industrias culturales y creativas?
¿Qué relación existe entre Cultura y Educación?
¿Qué hacemos con nuestra cultura en el exterior?
Estas preguntas no pueden responderse desde un despacho.
El Plan debe surgir de una consulta nacional que incluya artistas, escritores, investigadores, gestores, universidades, instituciones públicas y privadas, municipios, comunidades y organizaciones culturales.
No necesitamos otro documento administrativo.
Necesitamos acordar qué cultura queremos construir y para qué país.
Recuperar el Sistema Nacional De Cultura
La Ley 41-00 concibió el Ministerio como parte de un Sistema Nacional de Cultura.
Esa idea debe ser recuperada.
El Ministerio debe ejercer una verdadera función rectora y coordinarse con Educación, Turismo, Relaciones Exteriores, Economía, Juventud, gobiernos locales y las instituciones responsables del patrimonio.
Pero el sistema tampoco puede ser exclusivamente estatal.
Debe incorporar universidades, fundaciones, centros culturales, empresas, comunidades, creadores, gestores y ciudadanía.
Un sistema cultural no es una oficina más. Es una forma de organizar la responsabilidad cultural de una Nación.
Los partidos deben construir su política cultural antes de gobernar
Aquí quiero insistir en una propuesta concreta.
Los partidos que aspiran a gobernar deberían crear un Gabinete de Cultura en la oposición: un equipo permanente dedicado a investigar, escuchar, fiscalizar y formular propuestas.
No un comité electoral.
No un grupo que aparezca meses antes de las elecciones.
Un equipo que conozca el territorio cultural del país, visite escuelas de arte, museos y centros culturales, dialogue con artistas y gestores, estudie el patrimonio, converse con universidades y analice las políticas públicas.
Su tarea principal sería construir, desde la oposición, el programa cultural que ese partido llevaría al gobierno.
Y esa voluntad debería demostrarse también con hechos y recursos, dentro de los mecanismos legales de financiamiento y rendición de cuentas correspondientes.
La propuesta es sencilla: que los partidos destinen una parte de sus recursos de funcionamiento político a desarrollar programas culturales propios, con transparencia, objetivos públicos y evaluación.
No para sustituir al Estado.
No para convertir la cultura en propaganda.
Sino para que quienes aspiran a gobernar conozcan realmente el país cultural que pretenden administrar.
Así, después de dos o tres años, un partido tendría algo que hoy pocas veces posee al llegar al poder: conocimiento acumulado, experiencia territorial y una política cultural elaborada.
Y los ciudadanos podrían formular una pregunta distinta antes de votar:
¿Qué hicieron ustedes por la cultura mientras estuvieron en la oposición?
Eso también sería democracia.
Porque una política cultural de Estado no debería comenzar el día en que un partido gana las elecciones.
Debería comenzar mucho antes.
La cultura debe entrar en el debate político
©Emil Socías/acento.com.do
Los candidatos presidenciales deberían explicar qué país cultural quieren construir.
Los periodistas deberían preguntarles.
Las universidades deberían debatir sus propuestas.
Los artistas y gestores deberían confrontarlas.
La sociedad civil debería evaluarlas.
La cultura no puede aparecer únicamente durante una campaña, una celebración o una inauguración.
Debe formar parte del debate político nacional.
Cultura y educación
Una política cultural de Estado comienza mucho antes de que aparezca un artista profesional.
Comienza con un niño que descubre un libro.
Con el primer museo que visita.
Con la música que escucha.
Con una obra de teatro.
Con la historia de su comunidad.
Con el descubrimiento de que su patrimonio también le pertenece.
La educación artística no puede continuar ocupando un lugar marginal.
Música, teatro, danza, literatura, artes visuales y patrimonio deben formar parte de la formación integral del ciudadano.
Cultura y Educación no pueden seguir caminando por separado.
Cultura, territorio y desarrollo
La política cultural tampoco puede concentrarse en Santo Domingo.
La Nación cultural está en sus provincias, municipios y comunidades.
Necesitamos fortalecer bibliotecas, museos, archivos, escuelas de arte, centros culturales y proyectos comunitarios.
Necesitamos conocer nuestro territorio cultural.
Y necesitamos entender que la cultura también produce empleo, conocimiento, turismo, innovación y oportunidades.
La música, el cine, el audiovisual, el diseño, la edición, las artesanías, la gastronomía y las nuevas industrias creativas pueden convertirse en importantes espacios de desarrollo.
Pero necesitan formación, financiamiento, tecnología, mercados, protección intelectual, investigación y profesionalización.
La cultura no debe justificarse únicamente porque produce dinero.
Su valor también está en formar personas, preservar memoria, fortalecer comunidades y ampliar nuestra capacidad de imaginar el futuro.
Patrimonio, memoria y diáspora
Una política cultural seria debe preguntarse permanentemente:
¿Qué estamos en peligro de olvidar?
El patrimonio no son solamente edificios y monumentos.
También son archivos, tradiciones, música, oralidad, gastronomía, artesanía, fiestas, conocimientos y memorias comunitarias.
Y esa memoria también vive fuera del territorio nacional.
La diáspora dominicana no puede ser vista solamente desde las remesas.
Es parte de nuestra Nación cultural.
Necesitamos políticas de intercambio, documentación, circulación y cooperación que permitan mantener ese vínculo.
Cultura y tecnología

El siglo XXI obliga a incorporar otra dimensión.
La inteligencia artificial, la digitalización y las nuevas plataformas están transformando la creación, la distribución y el acceso a la cultura.
El Estado debe discutir derechos de autor, formación, preservación digital, acceso al conocimiento y nuevas formas de creación.
Pero debemos hacerlo sin romper el vínculo con nuestra memoria.
El futuro no puede construirse a costa del pasado.
El dinero público también debe ser evaluado
Una política cultural responsable no solamente pregunta cuánto se gasta.
Pregunta qué resultados produce ese gasto.
Qué instituciones fortalece.
Qué patrimonio preserva.
Qué artistas forma.
Qué comunidades alcanza.
Qué oportunidades genera.
Qué impacto produce.
La transparencia y la evaluación no son enemigos de la cultura.
Son parte de una política cultural madura.
Un pacto nacional por la cultura
Finalmente, propongo un Pacto Nacional por la Cultura.
Un acuerdo entre el Estado, los partidos políticos y la sociedad cultural para establecer compromisos fundamentales que sobrevivan a los cambios de gobierno.
No significa que todos pensemos igual.
Significa acordar unos mínimos nacionales:
protección del patrimonio; formación artística; lectura y libro; continuidad institucional; descentralización; investigación y estadísticas culturales; dignificación del trabajo cultural; desarrollo de las industrias creativas; relación entre cultura y educación; participación de la diáspora y fortalecimiento de las instituciones culturales.
Y, sobre todo, cumplimiento efectivo del mandato constitucional y de la legislación cultural que el propio Estado creó hace 26 años.
Después de 26 años
La República Dominicana tiene artistas.
Tiene intelectuales.
Tiene gestores.
Tiene universidades.
Tiene instituciones.
Tiene patrimonio.
Tiene experiencia.
Tiene Constitución.
Tiene una ley.
Tiene un Ministerio.
Lo que todavía necesitamos es convertir todo eso en un sistema sostenido por una visión nacional.
Veintiséis años son suficientes para comprender que el problema no se resolverá simplemente cambiando de ministro.
Tampoco esperando una figura providencial.
La solución es institucional.
Es política.
Es colectiva.
Los gobiernos tienen que planificar.
Los partidos tienen que construir propuestas antes de gobernar.
La oposición tiene que fiscalizar y ofrecer alternativas.
La sociedad cultural tiene que participar y exigir.
Y el Estado tiene que garantizar continuidad.
Volver a Pedro Henríquez Ureña
Sonia y Natacha.
Quizás por eso debemos regresar nuevamente a Pedro Henríquez Ureña.
No para repetir sus frases.
No para convertirlo en una figura decorativa de nuestra tradición intelectual.
Sino para asumir la exigencia que atraviesa su pensamiento: la cultura tiene sentido cuando contribuye a elevar al ser humano y a construir una sociedad más libre, más justa y más consciente de sí misma.
Ese es el desafío.
Después de 26 años, la pregunta ya no puede ser solamente dónde está la política cultural de Estado.
Tenemos que preguntarnos si estamos dispuestos a construirla.
Porque los gobiernos pasan. Las generaciones pasan. Nosotros pasamos.
La Nación permanece.
Y con ella permanecerá aquello que hayamos sido capaces de preservar, crear y transmitir.
Por eso, después de 26 años, la pregunta ya no debería ser solamente:
¿Dónde está la política cultural de Estado?
La pregunta que nos corresponde responder ahora es mucho más exigente:
¿Estamos dispuestos, finalmente, a construirla?
Después de 26 años, ya es hora.
Compartir esta nota