Residí en Via di Porta Angelica 63, Roma 00193 Italia, desde el año 2009 hasta el 2020. Durante esos once años aprendí que Roma no se camina: se descifra. Me gustaba salir a pie por las calles del Borgo, perderme entre lo que aún quedaba de la ciudad tradicional, y luego abrirme paso hacia Prati, ese barrio ordenado, racional, casi geométrico, que parece pensado para otro tipo de tiempo y de espíritu.

Ese contraste no es casual. Es historia viva.

Prati no nació como prolongación natural de Roma, sino como afirmación política. Fue el barrio moderno impulsado por la monarquía italiana después de 1870, cuando el nuevo Estado se impuso sobre el poder temporal del papa Pío IX y lo obligó a replegarse dentro del Vaticano. A partir de ese momento, el Papa se declaró "prisionero" en la Ciudad del Vaticano, y Roma quedó dividida no solo físicamente, sino espiritualmente.

De un lado, la Roma del Estado italiano, que avanzaba con avenidas rectas, edificios administrativos y un urbanismo moderno. Del otro, la Roma pontificia, encerrada en sí misma, aferrada a su tradición y a su historia milenaria. Durante casi sesenta años, esa fractura no encontró solución. Era una herida abierta en el corazón de la ciudad.

Y es en ese contexto donde hay que entender la historia de la Spina del Borgo.

Porque la discusión sobre su demolición no comenzó con los Pactos de Letrán de 1929. Mucho antes, arquitectos, urbanistas y políticos debatían la necesidad —o el peligro— de abrir una gran vía que conectara directamente la ciudad con la Plaza de San Pedro. La idea era poderosa: despejar el acceso, mostrar la basílica en toda su grandeza, transformar la llegada en un acto monumental.

Pero esa idea chocaba con otra realidad: la Spina no era un obstáculo cualquiera. Era una forma de experiencia.

En sus calles estrechas, en su trazado irregular, se producía algo que no puede diseñarse fácilmente: el efecto de sorpresa. El peregrino avanzaba sin ver la basílica, y de pronto, en un giro, en una apertura inesperada, aparecía la cúpula. No era solo arquitectura. Era emoción organizada por el espacio.

Cuando finalmente, tras décadas de tensión, el conflicto entre el Estado italiano y la Santa Sede fue resuelto por Benito Mussolini en 1929 mediante los Pactos de Letrán, aquella vieja idea encontró su momento político. La reconciliación necesitaba símbolos visibles. Y uno de ellos sería una gran avenida que uniera Roma con el Vaticano: la futura Via della Conciliazione.

Entonces comenzó la demolición.

Pero toda decisión radical trae consigo una revelación tardía. Una vez desaparecida la Spina, se hizo evidente que no solo se había abierto un espacio: se había destruido un efecto. Se había eliminado ese "noble obstáculo" que, sin haber sido concebido para ello, protegía la teatralidad del acceso a San Pedro.

Fue entonces cuando surgió una idea casi paradójica. Los arquitectos Marcello Piacentini y Attilio Spaccarelli pensaron en recrear artificialmente lo que se había perdido. Lo llamaron nobile impedimento: una especie de cierre parcial del colonnato que permitiría devolverle al visitante la experiencia de la aparición progresiva de la cúpula.

Dicho en términos más simples —y más romanos—: primero se hizo el daño, y después se intentó corregirlo.

El intento fue serio. Se construyó un enorme modelo de cartón piedra, montado sobre rieles, que se desplazaba para estudiar las perspectivas posibles, como si la ciudad pudiera ensayarse antes de fijarse definitivamente. Era un gesto casi teatral, casi desesperado: tratar de devolverle al espacio la memoria que se le había quitado.

Pero el proyecto no prosperó.

Se impuso otra lógica. La de la línea recta, la de la perspectiva abierta, la de la monumentalidad sin intermediarios. La nueva avenida no sería un camino de descubrimiento, sino una afirmación directa. La basílica ya no aparecería: estaría siempre presente, desde el primer instante.

Y como sucede en estos procesos, la transformación no se limitó a la Spina. También los edificios que enmarcan el acceso hacia Piazza Pia fueron demolidos y reconstruidos, en una especie de reescritura escenográfica de la ciudad, donde lo antiguo se sustituía por una versión controlada de sí mismo.

Pero hay otro episodio, menos comentado y sin embargo revelador, que conecta Roma con nuestra propia historia dominicana.

El régimen de Benito Mussolini no solo transformó el acceso a San Pedro. También proyectó una nueva Roma moderna hacia el sur: el EUR (Esposizione Universale di Roma), concebido para la Exposición Universal de 1942 que nunca llegó a celebrarse por la guerra. Allí, la monumentalidad alcanzó su forma más pura: edificios de líneas severas, geometría clásica reinterpretada, una ciudad pensada no para crecer, sino para representar.

Trujillo en Roma

Años más tarde, en 1954, tras ser recibido por Pío XII, Rafael Leónidas Trujillo regresó a Santo Domingo con esa imagen en la mente. Y no es casual que poco después impulsara la Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre, un proyecto que buscaba, al igual que el EUR, proyectar una imagen de modernidad, orden y poder a través de la arquitectura.

Pero también es revelador que, en ese mismo tiempo, comenzara a prestarse atención a la renovación del aspecto de los monumentos coloniales de Santo Domingo, como si la monumentalidad moderna necesitara apoyarse, al mismo tiempo, en la legitimidad del pasado.

Así, la Roma de Mussolini no solo transformó Roma: también dejó su huella en el Caribe.

Sin embargo, Roma nunca se deja transformar del todo.

Porque lo que desaparece físicamente permanece en otra dimensión. En la memoria, en los relatos, en la forma en que se caminan todavía esas calles. Yo lo sentía cada vez que salía de Via di Porta Angelica y cruzaba ese espacio donde dos épocas siguen mirándose sin reconciliarse completamente.

Al caminar hacia Prati, uno entra en la Roma moderna, en la ciudad del Estado, en la geometría del poder político. Al regresar hacia el Borgo, vuelve a la Roma antigua, a la ciudad de la Iglesia, a ese tejido irregular donde la historia no se impone: se acumula.

La Spina del Borgo ya no existe. Pero su ausencia sigue organizando el espacio.

Porque, en el fondo, no se trató solo de demoler un barrio. Se trató de elegir entre dos maneras de entender la ciudad.

Y Roma, en ese momento, eligió la monumentalidad.

Ganó la perspectiva. Se perdió el recorrido.

Pero para quien ha vivido allí —aunque sea durante once años—, la antigua Spina no ha desaparecido. Sigue presente, invisible, en ese instante en que uno intenta imaginar cómo era llegar a San Pedro sin verla desde lejos.

Como si la ciudad, incluso después de haber sido transformada, se resistiera a olvidar.

Víctor Grimaldi

Víctor Manuel Grimaldi Céspedes (Santo Domingo, 22 de diciembre de 1949) periodista, historiador, político y diplomático dominicano.

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