Si la inteligencia artificial está destinada a convertirse en una de las fuerzas transformadoras del siglo XXI, entonces debemos reconocer también una verdad incómoda: el desarrollo tecnológico nunca es neutral. Y siempre en Dominicana estaremos atrasados o entrampados. Nos creeremos porque tenemos buenas Estrategias Nacionales, que estaremos al día… Realmente nos engañaremos una vez más… ¡Sí! Nos engañaremos porque una vez más trataremos de ocultar pecados que no hemos cometido.

Toda tecnología se desarrolla dentro de estructuras de poder. La historia industrial ofrece múltiples ejemplos. La revolución del vapor, la electricidad o la informática transformaron la economía global, pero sus beneficios nunca se distribuyeron automáticamente de manera equitativa.

Siempre hubo ganadores y perdedores. La inteligencia artificial podría amplificar ese patrón.

Hoy, el poder tecnológico está concentrado en un número muy reducido de corporaciones y centros de investigación ubicados principalmente en un pequeño grupo de países. Estas instituciones poseen los datos, la infraestructura computacional y los recursos financieros necesarios para entrenar los modelos más avanzados.

El riesgo es evidente. Si la inteligencia artificial se convierte en la nueva infraestructura de la economía global, quienes controlen esa infraestructura tendrán una influencia extraordinaria sobre el conocimiento, la producción y la organización social.

Esto plantea un desafío directo para las democracias. Las instituciones democráticas se construyeron históricamente para equilibrar el poder político. Pero ahora nos enfrentamos a una forma de poder diferente: el poder algorítmico.

Un poder que no siempre se ejerce a través de leyes o elecciones, sino a través de sistemas digitales que organizan información, filtran contenidos, toman decisiones automatizadas y moldean comportamientos.

Cuando los algoritmos determinan qué información vemos, qué oportunidades laborales se nos presentan o cómo se distribuyen recursos públicos, la tecnología deja de ser una simple herramienta. Se convierte en una forma de gobernanza.

Por eso el debate sobre la inteligencia artificial no puede limitarse a la innovación tecnológica. Debe incluir preguntas fundamentales sobre democracia, transparencia y responsabilidad.

¿Quién diseña estos sistemas? ¿Quién supervisa su funcionamiento? ¿Quién responde cuando producen daños o injusticias?

Estas preguntas son particularmente relevantes para los países en desarrollo. Si la inteligencia artificial se diseña exclusivamente desde los intereses de las economías más poderosas, existe el riesgo de que reproduzca o incluso profundice desigualdades históricas. La lucha contra la pobreza exige algo más que crecimiento económico. Exige instituciones capaces de garantizar acceso equitativo al conocimiento, a la educación, a la salud y a las oportunidades productivas.

La inteligencia artificial podría convertirse en una herramienta poderosa para lograrlo. Pero solo si se integra en proyectos democráticos orientados al bien común. De lo contrario, podría convertirse en una nueva fuente de concentración de poder.

A lo largo de mi vida he aprendido algo que la historia confirma una y otra vez: el progreso técnico no garantiza el progreso moral. Las sociedades no se vuelven más justas simplemente porque sus herramientas se vuelven más sofisticadas. La justicia requiere decisiones conscientes, instituciones sólidas y ciudadanos comprometidos con el bien común. La inteligencia artificial puede ayudarnos a comprender mejor la complejidad del mundo. Pero la tarea de construir una sociedad más digna sigue siendo profundamente humana.

He vivido lo suficiente para saber que el progreso no se mide por la inteligencia de nuestras máquinas, sino por la dignidad con que tratamos a los seres humanos más vulnerables.

La inteligencia artificial puede ayudarnos a comprender el mundo con una profundidad nunca antes posible. Pero ninguna tecnología sustituirá la conciencia moral de una sociedad.

Las máquinas pueden calcular, prever y optimizar. Pero solo los seres humanos podemos decidir si el conocimiento se usa para concentrar poder o para liberar a quienes viven atrapados en la pobreza. Hoy la humanidad posee más inteligencia acumulada que en cualquier otro momento de su historia. La pregunta no es si nuestras máquinas serán más inteligentes.

La verdadera pregunta es si nosotros seremos lo suficientemente sabios para construir un mundo más justo con esa inteligencia.

Porque al final, la grandeza de una civilización no se mide por su tecnología, sino por su capacidad de no abandonar a nadie en el camino.

Jacqueline Malagón

Educadora

Consultora en Educación, Evaluación y Desarrollo Institucional. ExMinistra de Educación Asesora del MINERD, MESCYT, MAP, del INFOTEP y del Senado de la RD Miembro de la Academia de Ciencias RD Miembro de Diálogo Interamericano Miembro de la Coalición Latinoamericana para la Excelencia Docente Consultora en Educación, Evaluación y Desarrollo Institucional

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