Frustrante como un enigma chino es la pregunta de por qué muchos entran al Estado honrados y salen deshonrados. Incógnita que reestrena el escenario nacional al conocerse del aumento salarial intentado por los miembros de la Cámara de Cuentas. El asombro —a pesar del espectáculo de saqueo a que nos tienen acostumbrados nuestros representantes bicamerales— ha sido grande. Andamos buscando respuestas.

No hay duda, la interrogante planteada es compleja y para resolverla no basta una sola explicación. De entre las probables creo saber una, imposible de pasar por alto. Etiología (llamémosle así para situar el fenómeno dentro de las enfermedades sociales), que bien analizada, ayuda a comprender cómo personas intachables terminan no siéndolo. Me refiero a la dinámica de grupo.

La influencia del grupo sobre el individuo es un proceso de dinámica social donde la presencia, normas o presión del colectivo modifican actitudes, pensamientos y comportamientos individuales. Esto provoca en muchos diferentes grados de pérdida de individualidad. Así explican los expertos la influencia grupal.

Kurt Lewin, fundador de la psicología social, acuñó el término «dinámica de grupo» (1939), definiendo que un conjunto de personas funciona como un todo, donde el individuo adopta normas grupales para encajar o reducir la disonancia cognitiva. El pensamiento y las metas del conjunto se adquieren como propias, y se pierden gran parte de los valores personales. Es la dinámica que actúa y se fomenta en instituciones castrenses, religiosas, políticas, y cultos de todo tipo; incluyendo asociaciones delictivas.

Entre políticos, esa influencia termina por moldear identidad, creencias y comportamientos a través de grupos de interés o de la membresía partidaria. Es esa psicología tribal que impulsa la cohesión y la lealtad; nublando el juicio objetivo y procurando conformidad para encajar y evitar el rechazo.

Quienes administran la política y el Estado lo hacen con un pensamiento matizado por lo aprendido y vivido dentro de las asociaciones a que pertenecen; donde, en este país y otros del tercer mundo, se mantiene una tradición de botín político y permisividad extrema. Conocemos —y no ofendo sino describo— la deficiencia de valores, la carencia de ideología y el pragmatismo sin reparos de quienes andan merodeando y deseando el poder.

Inaugurados en sus cargos, puestos los pies en la administración pública, se encontrarán, inevitablemente, con la «cogioca»; una cultura enraizada que, en su cronicidad, asienta el cohecho en la mentalidad de gran número de funcionarios. El recién llegado no cuenta con muchas opciones: la acepta, la combate o renuncia. Las dos últimas serían de enfrentamiento; arriesgándose a ser afuereado y, no pocas veces, destituido.

Como si lo anterior fuese poco, facilitan aún más esa perniciosa transformación de honorable a deshonrado las sociedades que, como la nuestra, contemporizan y aceptan todo tipo de delincuente de cuello blanco. Aquí rebajamos los pecados mortales a veniales; recibimos con amplia sonrisa a quienes en otros lugares rechazarían. Compadres y amigos todos…

De modo que, antes de inaugurarse como servidores públicos y durante el ejercicio de sus funciones, esos ciudadanos han sufrido una transformación causada por tres dinámicas grupales: la del partido, la del servidor público, y la de la sociedad en que viven. Entendiéndose así, podemos intentar responder a la difícil y vieja interrogante que encendió un aumento salarial; diseñado en la sombra por aquellos que no debieron hacerlo.

No le daré más vueltas: los tiros que matan la probidad se cargan en grupos precisos e identificables. Conociendo su dinámica aclararemos el porqué se puede entrar al gobierno vestidos de blanco y salir manchado. «Dime con quién andas y te diré quién eres»; o quién llegarás a ser…

Segundo Imbert Brugal

Médico psiquiatra

Psiquiatra, observador socio- político, opinador. Aficionado a las artes y disciplinas intrascendentes de trascendencia intelectual.

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