En la lejana antigüedad griega, el viejo Platón desarrollaría, no sin lucidez y sabiduría, el idealismo objetivo, condicionado por un dualismo ontológico y epistémico reflejado, con visible claridad, en su alegoría ejemplar y desdoblado sentido metafórico, bien conocido como el mito de la caverna.
Los objetos de la realidad sensible ( material, aparente y engañosa) se corresponden con una determinada idea del plano inteligible.
Eso significa, fundamentalmente, que los objetos y fenómenos, de este aquí y ahora, son reflejos pálidos del mundo de las ideas, implícitas de manera innatas en nuestro ser interior.
Vargas Llosa no reproduciría esa concepción platónica .
Sin embargo, creería en dos mundos opuestos entre sí: el de la realidad y la ficción.
Según su parecer, el mundo de la ficción satisface deseos , inquietudes y necesidades, que el mundo de la realidad jamás podría suplir de manera positiva.
La realidad, como tal, es múltiple.
Finita.
Infinita.
Homogénea.
Heterogénea.
Misteriosa.
Enigmática.
Conocida.
Desconocida.
Con muchas luces.
Y no pocas sombras
Aunque sujeta a cambios permanentes, su esencia permanece idéntica así.
A pesar de su diversidad, nunca podría satisfacer sueños, aspiraciones y expectativas del ser humano.
Eso, justamente, daría lugar a la aparición inevitable de la ficción, la cual siempre asombraría y deleitaría la imaginación con novedosas y enrarecidas invenciones
Con ímpetu radical y ardiente pasión, diríase que Vargas Llosa defendería la ficción y la conceptualizaría del siguiente modo:
“ Lo cierto es que, aunque en menor escala, todas las ficciones hacen vivir a los lectores ‘ lo imposible’, sacándolos de su yo particular, rompiendo los confines de su condición y haciéndolos compartir, identificándolos con los personajes de la ilusión, una vida más rica, más intensa, o más abyecta y violenta, o simplemente diferente de aquella en la que están confinados en esa cárcel de alta seguridad que es la vida real”.
Esa interpretación, a todas luces, es correcta, en tanto cuanto pone de manifiesto la esencia significativa de lo que es en sí la ficción.
Claro, sin perder de vista que la realidad es dura, incomoda, cruda, compleja y lacerante; mientras, la ficción es fantástica, seductora y placentera.
En otras palabras, las ficciones, en gran medida, son expresión total de la imaginación creativa.
Sin ellas, la vida carecería de sentido y, por consiguiente, no valdría la pena vivirla.
Con mayor amplitud y claridad, Vargas Llosa reflexiona la ficción:
“(…) el abismo entre lo que somos y lo que quisiéramos ser debía ser llenado de alguna manera. Para eso nacieron las ficciones: para que, de esa manera vicaria, temporal, precaria y a la vez apasionada y fascinante, como es la vida a la que ellas nos trasladan, incorporamos lo imposible a lo posible y nuestra existencia sea a la vez realidad e irrealidad, historia y fábula, vida concreta y aventura maravillosa”.
Lo dicho, sin más, permite tener precisión conceptual sobre la ficción y su notable diferencia con la realidad concreta.
Los novelistas, cuentistas y demás literatos, apelan al mundo de la ficción para dar vida a las creaciones y seducir con obras impregnadas de fantasías y belleza deslumbrante.
Por eso, Vargas Llosa insistió en el buen manejo del mundo de la ficción para soportar esta realidad incompleta, que jamás llenaría nuestras expectativas existenciales.
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