En una vieja camioneta de doble cabina, Abundio avanzaba a velocidad lenta por toda la Avenida Independencia. Él mismo conducía. A su lado en el puesto de copiloto, iba Timoteo, su compañero de boleta.
En el asiento trasero, Lidia, su fiel esposa, y sus tres hijos, de 14, 13 y 12 años, quienes siempre estaban presente en todos los actos de campaña.
Lidia llevaba un termo grande de café y un paquete de vasitos. Y dos de los niños, aunque ya no tan niños, miraban por las ventanillas, y celebraban cada cartel de su padre en los postes del alumbrado eléctrico. Desbordaban entusiasmo, como si participaran en un desfile de carnaval.
_ ¡Papá mira otro allá!_ gritaba la niña, que era la del medio en edad.
_ ¡Pero yo lo vi primero!_ gritaba más fuerte el menor de los tres.
Señalaban cada cartel de los que veían a todo lo largo de la avenida.
Era una escena que repetían cada tarde.
En los tres días anteriores habrían hecho lo mismo en las avenidas Máximo Gómez , Duarte, y Pedro Livio Cedeño, de la ciudad capital.
Y siempre era lo mismo. Una especie de competencia entre la niña y el niño de menor edad a cuál miraba primero y más carteles.
_ ¿No miras ninguno?_ preguntó Abundio al mayor de los niños. _ No te he escuchado decir nada_ .
Pero el niño no dijo nada. Siguió manipulando una tablet.
_ ¡Ahí hay otro papá!_ gritó el más pequeño, señalando por la ventanilla de la izquierda.
En el cartel estaba Abundio con una sonrisa amplia y el pulgar derecho señalando hacía arriba.
"¡Voten por mi. Y habrá dinero para todos"! "Abundio Presidente". Decía el cartel.
Las encuestas no lo mencionaban. En los programas políticos de radio y televisión ni siquiera sabían su nombre. Pero Abundio confiaba en que los carteles pegados en todas las avenidas le reportarían la cantidad de votos para dar la sorpresa y ganar las elecciones.
No hacía mítines, ni caravanas ni operativos de distribución de raciones de alimentos. Pero tenía miles de carteles pegados en calles y avenidas, con su imagen; que cada vez que la veía, la observaba mejor, más atractiva.
Durante un mes Abundio y su compañero de boleta, que era también el director de campaña, habían recorrido cada esquina, cada callejón y cada avenida de la ciudad, para empapelar postes de luz, muros abandonados y paradas de guaguas.
Mientras los partidos grandes desplegaban gigantescas vallas luminosas que costaban fortunas, Abundio llevaba una batalla sencilla, ocupando los espacios pequeños, los rincones que el poder olvidaba.
_ Mira ese, Lidia_ dijo Abundio a su mujer mientras pasaba frente a un almacén cerrado.
_ Quedó derechito. La luz del poste le da de lleno_.
_ Se ve muy bien cariño _ respondió ella con una media sonrisa.
Y los niños lo disfrutan agregó Abundio.
Abundio se confirmó en la victoria segura. De hecho ya se sentía triunfador.
_ Debemos hacer esto hasta el día antes de las elecciones_ mañana volvemos hacer otra ruta.
En cada esquina, la escena se repetía: un cartel, una exclamación de dos de los niños; una mirada tierna y una palabra complaciente de su esposa. Y la mudez de su compañero de boleta y director de campaña; que también era su compadre de sacramento, por ser el padrino del mayor de los niños, que tampoco decía nada y se mantenía absorto manipulando su tablet.
Recorriendo las calles inundadas por su propio rostro, Abundio se sentía el dueño de la ciudad, y cada vez se veía así mismo mejor en los carteles.
Cada día se sentía complacido y ganador.
El mismo día de las elecciones recorrió toda la ciudad como siempre junto a su mujer e hijos, y su compañero de boleta, que también era su director de campaña y compadre de sacramento; observando lo bien que se veía en los carteles que anunciaban su candidatura.
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