Ha sido un momento importante para el movimiento del decrecimiento. En primer lugar, el economista francés Thomas Piketty y un equipo de investigadores publicaron este mes el Global Justice Report, una propuesta para remodelar radicalmente la economía mundial al servicio de la justicia social y la sostenibilidad ambiental, incluyendo, como requisito fundamental, reducir el crecimiento económico anual per cápita en Occidente hasta un exiguo 0-0,5 %. Posteriormente, se le unieron otros, entre ellos el premio nobel Joseph Stiglitz, argumentando que «el “crecimiento” es una estrategia condenada al fracaso».
Hay mucho en lo que el informe acierta. Niveles muy elevados de desigualdad pueden ser social y políticamente desestabilizadores; resulta evidente que es preferible elevar el nivel de vida de forma sostenible en lugar de agotar recursos finitos. Pero la idea de que el crecimiento económico constituye un obstáculo para lograr mejores resultados es, en el mejor de los casos, una visión desfasada y, en muchos casos, una interpretación errónea de los datos.
Hace unas décadas, la teoría se ajustaba mejor a las pruebas. En aquel entonces, el crecimiento del PIB per cápita solía ir acompañado de un aumento de la contaminación y de una mayor huella material. Pero esa relación hace tiempo que se ha desacoplado en un número creciente de países y los niveles de contaminación están disminuyendo actualmente en todo el mundo.
En muchos casos, el crecimiento económico reduce ahora el impacto ambiental de cada persona. Gran parte de ello es resultado de regulaciones logradas con gran esfuerzo, de la mano del crecimiento. La revolución de la energía solar y de las baterías —fundamental para desacoplar la energía de las emisiones— impulsa ya a millones de personas en países pobres y también ha generado fortunas en los más ricos: un caso de crecimiento y creación de riqueza acompañado de enormes externalidades positivas para las personas y el planeta.
Otras afirmaciones son más claramente erróneas, concretamente que el crecimiento ya no va acompañado de reducciones de la pobreza, que no ha generado prosperidad compartida y que los salarios se han estancado a pesar del aumento de la renta nacional.
La estrecha relación entre el crecimiento del PIB per cápita y la reducción de la pobreza es uno de los hallazgos más notables de la investigación económica, y se ha mantenido firme en todas las regiones del mundo durante más de dos siglos.
Los investigadores llevan mucho tiempo analizando si el crecimiento de la renta nacional total se corresponde con el crecimiento de los ingresos de los más pobres, encontrando sistemáticamente que así ocurre en una amplia variedad de países, periodos y entornos políticos. Cuando actualicé estos análisis para incluir los últimos 15 años, comprobé que este vínculo entre los resultados agregados y los del 20 % más pobre se había fortalecido aún más. Allí donde los ingresos de los más pobres se han estancado, generalmente ha sido porque la economía no creció (véase el Reino Unido en los últimos años), y no porque el crecimiento se repartiera de manera desigual.
El argumento de que los salarios estancados en los países ricos se han desacoplado del fuerte crecimiento de la producción económica también suele basarse en análisis poco sólidos. A ambos lados del Atlántico, comparando magnitudes equivalentes, la producción de los trabajadores y su remuneración han seguido evolucionando prácticamente al mismo ritmo.
Y a principios de este año, una nueva investigación cuestionó el argumento de que, una vez que un país alcanza un determinado nivel de riqueza, un mayor crecimiento económico deja de aumentar el bienestar. Tras ajustar la forma en que las personas cambian su marco de referencia con el tiempo, centrándose en si afirman estar mejor que en el pasado, el estudio concluyó que la satisfacción con la vida seguía aumentando junto con el PIB per cápita incluso en países tan ricos como Estados Unidos.
Pasando del bienestar material individual a indicadores sociales más amplios, las investigaciones concluyen que el crecimiento económico fomenta la confianza en el Gobierno y que la prosperidad fortalece la cohesión social. De hecho, la última década de turbulencias políticas en el Reino Unido ha coincidido no con un aumento de la desigualdad (que ha disminuido), sino con un crecimiento anémico.
Conviene dejar claro que el sistema actual dista mucho de ser perfecto y que existen nuevos desafíos para la prosperidad compartida en el horizonte, especialmente el riesgo de que la inteligencia artificial genere beneficios desproporcionados para el capital frente al trabajo y para los ricos frente a los pobres. Pero allí donde el crecimiento se ralentiza —ya sea por el declive demográfico, errores de política o agendas explícitas de decrecimiento—, el nivel de vida se estancará (también para los más pobres), reduciendo el apoyo público al altruismo y empujándonos hacia un mundo de suma cero con mayores tensiones entre grupos y un mayor acaparamiento de recursos escasos.
El crecimiento económico no lo es todo para todos, pero resulta que se le acerca bastante. Ha proporcionado avances notables precisamente en los indicadores que priorizan sus críticos, incluso recientemente en el impacto ambiental. El problema al que hoy se enfrentan tanto los países ricos como los pobres es que no tenemos suficiente crecimiento, no que hayamos tenido demasiado.
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