Habían llegado tempranito, como suelen hacerlo nuestros viejos: madrugando más que nadie, saliendo de sus casas antes de que el sol se levante, para asegurarse de conseguir uno de los primeros turnos. Los vi apenas llegué al centro de cedulación para adultos mayores y personas con discapacidad que la JCE instaló en La Feria, una de las unidades especiales del proceso de emisión y renovación, concebidas para ofrecer una atención más accesible, digna y diferenciada.

Antes de que ocurriera el momento que terminaría cambiando el tono de la mañana, aproveché que muchos de ellos esperaban ser atendidos y me acerqué a conversar. Conocía bien el proceso y también sus complejidades, así que les pedí unos minutos de atención y les expliqué, con toda franqueza, cómo funcionaba realmente todo aquello.

Les describí, en términos generales, el paso a paso de lo que vivirían dentro del centro. Pero también les expliqué que cada caso era distinto. Que, una vez capturados los datos biométricos (fotografía, huellas y firma) y luego de que ellos mismos verificaran sus datos personales, lo que seguía no era automático ni instantáneo.

A partir de ese momento comenzaba una etapa que la mayoría de la gente no ve desde afuera. Toda la información debía ser verificada y contrastada tanto con los datos fundantes contenidos en el Registro Civil como con la información vinculada al Registro Electoral. Las huellas y las fotografías eran sometidas a procesos automatizados de verificación e identificación biométrica, utilizando algoritmos especializados para confirmar que correspondieran realmente a una única persona y que no existieran duplicidades, conflictos de identidad o inconsistencias.

También les expliqué que, dependiendo de cada caso y de la realidad particular de cada ciudadano, podían activarse validaciones adicionales, revisiones cruzadas y controles de calidad antes de autorizar la emisión definitiva del documento.

En palabras simples, no se trataba solo de emitir una cédula, sino de tener plena certeza de que el documento entregado estuviera sustentado en una identidad correctamente validada, con información íntegra y coherente, y que realmente correspondiera a la persona que lo recibía.

Los dos minutos

Algún tiempo después de aquella conversación, mientras hablaba con la colaboradora encargada de una de las estaciones de captura de datos, escuché una voz a mis espaldas.

—¿Usted trabaja aquí? ¿Es empleado de la Junta?

Giré la mirada. Era un señor mayor, sentado junto a la puerta, con un bastón entre las manos. Apenas lo observé, entendí que era ciego.

Respondí afirmativamente. Y sin titubeos me dijo:

—Le doy dos minutos para que me explique qué pasa con mi caso. De lo contrario, voy a romper todo aquí.

Lo miré fijamente y en silencio. Vi a alguien molesto, impaciente, al límite. Pero en una fracción de segundo también vi a mi padre, que también es ciego y adulto mayor. Y algo en mí se reordenó de inmediato.

Su tono era desafiante, incluso amenazante. Pero antes de responderle, me dije a mí mismo: es un ciudadano, adulto mayor, con una discapacidad, que está molesto porque siente que no lo estamos atendiendo bien. Y tiene razones para estarlo.

Le dije que lo entendía. Que el encargado del centro revisaría su caso de inmediato y le informaría su situación. Nada más. Sin explicaciones largas, sin protocolos, sin defensas. Solo una respuesta.

Su expresión no cambió de inmediato. Pero se quedó en silencio. Y yo también.

Me acerqué al encargado del centro, que, al igual que todos los allí presentes, había presenciado toda la escena, y le pedí que revisara el caso y hablara con el señor. No tuve dudas de que lo haría. Lo venía haciendo desde el inicio de la jornada. Aquel era un centro especial, integrado por personal altamente cualificado, pero sobre todo por personas que estaban atendiendo a cada adulto mayor y cada persona con discapacidad como si se tratara de sus propios padres, madres o hermanos.

La voz detrás del enojo

Transcurrido un tiempo, al pasar nuevamente por el centro, lo vi desde la entrada de la cabina de grabado láser. Era él: el mismo señor ciego que, poco antes, había amenazado con romperlo todo si no le explicaban qué ocurría con su caso o le ofrecían una solución concreta.

La auxiliar leía sus datos en voz alta. Él los confirmaba uno a uno, mientras yo observaba desde el interior de la cabina la atención y concentración con que escuchaba cada detalle, inclinando ligeramente la cabeza y orientando el oído hacia la voz de la joven, como si intentara atrapar cada palabra con absoluta precisión. Una vez validó toda su información y colocó su dedo en el lector de huella dactilar, se inició el proceso de personalización y grabado láser de su cédula. En ese instante, lo llamé por su nombre y sin más le comenté que mi padre también era ciego.

Algo cambió en él cuando le mencioné la condición de mi padre. Su tono bajó de inmediato y comenzó a hablarme con una cercanía distinta, como si de repente hubiera encontrado a alguien que realmente podía entender parte de lo que había vivido. Yo pregunté y él me contó cómo perdió la vista, no por nacimiento ni enfermedad, sino como consecuencia de un violento ataque a machetazos que le cambió la vida para siempre.

Entonces entendí que detrás de aquella voz airada no había solo enojo. Había cansancio, impotencia y años de dificultades acumuladas.

Conversamos unos minutos mientras la máquina terminaba su trabajo. Aproveché para decirle que nos alegraba que, a pesar de todas las vicisitudes y complicaciones que había enfrentado, pudiera finalmente salir de allí con su documento en las manos.

Al final, dijo sentirse bien tratado y agradeció con sinceridad.

No estamos haciendo empanadas

Aquella escena terminó explicándome, mejor que cualquier indicador o estadística, lo que realmente significa ejecutar un proceso de cedulación de esta magnitud.

La cedulación no es imprimir plástico, ni cambiar lo viejo por algo nuevo. Es trabajar con la identidad de millones de personas. Con sus historias, sus derechos, sus cambios de vida y, muchas veces, con situaciones registrales acumuladas que deben revisarse con cuidado.

Cada validación, cada cotejo biométrico y cada revisión de datos tiene detrás a un ser humano concreto. Con nombre, apellido y una realidad distinta. Por eso, cuando alguien siente que está esperando demasiado sin entender qué ocurre, la frustración no solo es comprensible, también es legítima.

Lo que no sería legítimo es sacrificar el rigor para acelerar el proceso.

Como ha dicho en más de una ocasión el presidente de la JCE, Román Andrés Jáquez Liranzo: “no estamos haciendo empanadas”. Y tiene razón.

Estamos emitiendo el documento que acredita oficialmente la identidad de millones de dominicanos, así como de extranjeros residentes legales, ante el Estado y ante el mundo. Y eso exige certeza, cuidado y responsabilidad.

Aquel señor que, horas antes, me había dado dos minutos para explicarle qué ocurría con su caso salió ese día con su cédula en las manos. Con sus datos correctos, sus registros biométricos actualizados y verificados, y la tranquilidad de saber que su identidad había sido debidamente validada.

Pero, sobre todo, salió sintiendo que no había sido un número más en una fila, sino una persona tratada con dignidad, escuchada y reconocida.

Danny Reyes

Ingeniero civil

Profesional en tecnología y gestión de proyectos | Especialista en Tecnología Electoral, Registro Civil e Identificación | Sistemas de planificación, gestión y monitoreo estratégico | Estudios superiores en Estadística, Innovación y Transformación Digital | Certificado PMP® y COBIT | Miembro del Biometric Institute. https://search.app/TJ2XYsNJq5cLgwHK7

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