El artículo sostiene que las contradicciones y controversias del segundo mandato de Donald Trump no pueden entenderse como un problema puramente interno de la política estadounidense, porque su estilo de poder —marcado por unilateralismo, presión económica, desprecio por la cooperación y afán de ruptura— tiene efectos planetarios. A partir de ello, muestra que su llamada "disrupción" no busca corregir un orden global en crisis para hacerlo más justo, sino someter asuntos decisivos del mundo a una lógica aventurera de impacto, coerción e intereses inmediatos, como se vio en el uso arbitrario de aranceles y en el debilitamiento de compromisos multilaterales como la OMS y el Acuerdo de París. La tesis central es que Trump no está reconstruyendo el orden internacional, sino erosionándolo, al transmitir la peligrosa idea de que la gran potencia del sistema puede desertar de sus obligaciones comunes cuando así lo aconseje su cálculo político.

III. La disrupción que pone en riesgo la paz mundial
"La guerra es el fracaso de la política y de la razón" —Juan Pablo II.
Sería una conclusión muy pobre entender que las controversias y contradicciones del segundo mandato de Donald Trump son apenas el resultado natural de los problemas internos de la política estadounidense. Y lo sería porque desde hace tiempo sabemos que lo que ocurre en la Casa Blanca rara vez se queda en la Casa Blanca. Cuando el mandatario de un imperio tan poderoso ejerce el poder con una mezcla de excepcionalidad, unilateralismo, presión económica, amenaza militar y desprecio por la cooperación y la normatividad que rigen las relaciones entre las naciones, el impacto alcanza inevitablemente a la paz internacional, sin mencionar las propias condiciones del progreso global. De ahí que el problema que venimos analizando no sea solo estadounidense; es, sin duda, planetario.
En los medios, comenzando por los occidentales, se hace cada vez más frecuente la caracterización de Trump como un líder disruptivo, sobre todo a la luz de su más reciente aventura militar contra la nación persa y de su abierta y multimillonaria defensa de los intereses de seguridad y de expansión regional de Israel. Aunque esa identificación no carece de sentido, conviene precisar su alcance. La disrupción, esa rotura o interrupción brusca del orden globalista prevaleciente —ya en profunda crisis cuando Trump retornó al poder por segunda vez—, no es la que muchos desearíamos. Detrás de los malabares de sus actuaciones internas y geopolíticas no se advierte la intención de desordenar para construir algo mejor, ni de desmontar rutinas caducas y perversas para allanar el paso a un orden global más equilibrado y justo.
Estamos en presencia de un estadista que, al parecer, actúa de manera cada vez más personalista, es decir, sin que medien consultas suficientes con las instancias clave del aparato gubernamental ni, cuando sea el caso, con sus tradicionales y más probados aliados extranjeros. Rompe equilibrios, tensiona o deshace alianzas forjadas durante décadas entre errores y aciertos, desacredita instituciones o rompe con ellas sin ponderar a fondo su utilidad social, económica o ambiental, y somete los asuntos más delicados —e incluso más peligrosos— del mundo a la lógica aventurera del impacto, la conmoción, la presión, la inducción de incertidumbres peligrosas mediante los cambios bruscos de posturas y pronunciamientos, y el cálculo mezquino de beneficios inmediatos y asombrosamente unilaterales.
El resultado buscado parece ser la proyección de un hombre dotado de grandes energías reconstructivas, cuando en realidad semejante comportamiento no produce estabilidad razonable ni, por consiguiente, comercio relativamente sano, cooperación sostenible, paz duradera ni certidumbre alguna sobre variables esenciales del crecimiento y del progreso de la economía mundial.
Un ámbito en el que podemos visualizar con claridad el realismo del planteamiento anterior es el uso de poderes de emergencia para justificar aranceles amplios contra aliados y no aliados, bajo el argumento de la defensa del interés nacional frente a déficits y falta de reciprocidad. Estas medidas no solo dieron lugar a importantes controversias jurídicas dentro de Estados Unidos, sino que motivaron una decisión de la Corte Suprema que obliga al gobierno a retornar a personas y empresas afectadas por los intempestivos aranceles trumpianos unos 159 mil millones de dólares. Trump calificó esa decisión de la más alta instancia judicial de su país como "horrible y ridícula", aunque el fallo se apoya en un principio elemental del derecho: el poder de "regular" no equivale al poder de "gravar", atribución reservada al Congreso.
Esa imposición global de aranceles no solo careció de fundamento legal; también sembró incertidumbre en las cadenas de suministro, en las decisiones de inversión y en las relaciones económicas estratégicas. Pero no fue solo eso. El referido rechazo judicial no se limita a una devolución de dinero; demuestra fehacientemente que el maximalismo retórico de Trump siempre puede desembocar en un laberinto legal y administrativo.
Al margen de ello, y con gran parte del daño ya consumado, el mundo recibió el mensaje de que la principal potencia estaba convirtiendo el comercio en un terreno de coerción abrupta y mudable, gobernado menos por reglas estables que por la voluntad cambiante del presidente.
En este contexto, llama poderosamente la atención el abandono o debilitamiento ya mencionado en las entregas anteriores de compromisos multilaterales en ámbitos tan sensibles como la salud y el clima. Podría parecer que la retirada de la OMS y la salida del Acuerdo de París son decisiones meramente simbólicas, casi temperamentales, propias de un presidente endiabladamente fogoso. Pero la realidad es que se trata de decisiones de consecuencias críticas que erosionan la noción misma de responsabilidad compartida en un mundo que, quiérase o no admitir, es profundamente interdependiente.
Las pandemias no respetan fronteras —una nueva amenaza parece emerger con los hantavirus, transportados por roedores—, como tampoco el deterioro ambiental, sobre todo cuando Estados Unidos figura entre los mayores emisores de contaminantes que dañan gravemente la atmósfera. Es nuestra convicción que ese "soberanismo teatral" puede rendir, en casa, dividendos retóricos nada despreciables, pero deja al planeta objetivamente más vulnerable y transmite, además, una lección peligrosa: que la gran potencia del sistema se siente con libertad para desertar de las obligaciones comunes cada vez que así lo aconseje su cálculo político.
La dimensión más inquietante de esta presidencia, sin embargo, aparece en el terreno de la seguridad internacional, que abordaremos en la próxima entrega.
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