
Fray Rocco Cocchia nació el 30 de abril de 1830 en Cesinali, provincia y diócesis de Avellino, en el Reino de Nápoles, y fue registrado con el nombre de Ángel Antonio. Se ordenó sacerdote el 4 de abril de 1853 en la misma ciudad.
Su figura está unida a la historia de la República Dominicana, no por la cantidad de acontecimientos en los que participó ni por el tiempo en que se mantuvo en territorio dominicano, sino por la trascendencia de los acontecimientos de los que fue partícipe.
Nombrado por el papa Pío IX el 13 de julio de 1874, permaneció en tierra dominicana durante nueve años en los cuales se desempeñó como vicario apostólico en la arquidiócesis de Santo Domingo y delegado apostólico ante los gobiernos de Santo Domingo, Haití y Venezuela.
Su nombramiento, mostrado en la imagen, fue hallado por quien escribe en unos papeles pertenecientes a la familia Báez-Lavastida. Hasta la fecha, se desconoce el motivo por el que se encontraba entre estos documentos personales de la familia, así como el vínculo entre los involucrados. No obstante, el documento fue conservado con celo: pues a pesar de sus 149 años de existencia, se conserva en buen estado.

Rocco Cocchia participó en la vida política dominicana como mediador en los conflictos sociales propios de los tiempos de inestabilidad política en que se encontraba el país. Según Antonio Camilo González: «Como una muestra de la convulsa situación política y social de la República Dominicana en los nueve años de gobierno eclesiástico de Rocco Cocchia, ocuparon la presidencia de la República siete mandatarios y en los dos primeros años (1874-1875) estallaron 69 revoluciones, con un promedio de tres levantamientos por mes».
A la par con su actividad de mediador, se le reconocen varias iniciativas en el campo religioso como la promoción de la vocación sacerdotal a través del restablecimiento del seminario, el mejoramiento de su planta física y la designación de docentes seleccionados en función de la excelencia, impartiendo él mismo las cátedras de Teología y Derecho Canónico. Además, se le reconoce haber enviado a Roma a los primeros seminaristas dominicanos para especializarse en las ciencias sagradas.
Al mismo tiempo, mostró especial preocupación por el buen estado físico de las edificaciones eclesiásticas. Se le atribuye haber iniciado la construcción de la iglesia del Santo Cerro y el haber sido el propulsor de la remodelación de la catedral. Esta última obra lo convirtió en testigo del hallazgo de los restos del almirante Cristóbal Colón; además, según el testimonio de Jesús María Troncoso, fue quien propició y dirigió el rumbo de los sucesivos acontecimientos relacionados con dicho descubrimiento.
Según Jesús María Troncoso, sacristán mayor de la catedral de Santo Domingo para el momento del hallazgo, fue quien dio la orden de la excavación:
«Esto dio por resultado que monseñor Cocchia encargara al padre Billini hacer excavaciones, y éste, que había sufrido con más de un desagrado lo que ya tengo referido, no tomó en serio esta recomendación, y por esto pasaron siete días sin que tomase ningún empeño».
Troncoso remarca la insistencia del sacerdote en la necesidad de realizar la excavación:
«El día 8 de septiembre, teniendo que ver el padre Billini a monseñor Roque Cocchia, éste le preguntó qué había de las excavaciones, a lo que el padre Billini dio una contestación evasiva; pero mirando que no podía evadirse de este compromiso, por fin se resolvió, y, acompañado del señor Pablito Hernández y yo, pasó a la catedral, y allí se comenzó a romper el piso del lado de la tribuna del Evangelio, donde se encontró una sepultura no abovedada, de la cual extrajimos unos galones y algunos huesos ya en muy mal estado. Pasó el padre Billini al Palacio Arzobispal y le dijo a monseñor Cocchia lo ocurrido. Esto animó a monseñor Cocchia, pues el lugar y los galones le llamaban la atención, y recomendó al padre que siguiera haciendo excavaciones».
Después tomaría la iniciativa de la certificación de los huesos:
«Empero, como el señor delegado, monseñor Roque Cocchia, quien estaba en el Cibao en S. P. V., no había tenido ninguna participación en ellos, tan pronto como tuvo noticias a su regreso, promovió una convocatoria el 19 de septiembre de los ministros del Gobierno, Ayuntamiento, Cuerpo Consular, Clero, y con asistencia de un notario, se procedió a la abertura de la bóveda, que ya hacía meses estaba cerrada».
«Así fue que monseñor Roque Cocchia les dijo entonces a los circunstantes, que lo eran el padre Billini, don Marcos Cabral, don Luis Cambiaso y otros, que ese acontecimiento debía darse a conocer con toda solemnidad y que la capital tuviera lugar de presenciarlo, que él, inmediatamente pondría al Gobierno sabedor de este gran suceso, y todo el Cuerpo Diplomático y Consular».
A él le correspondió también la primicia de exhibirlo al entorno inmediato:
«Monseñor Cocchia subió al púlpito con la caja de plomo en sus manos y luego que la enseñó al público, dijo: "Esta caja la sellaré y guardaré en mi palacio, hasta que se disponga su lugar definitivo"».
También fue quien hizo público el hallazgo ante la comunidad internacional a través de una carta pastoral y quien defendió la autenticidad de los restos. Convertido en un abanderado de la causa, publicó dos obras en defensa de su autenticidad y solicitó la canonización de Cristóbal Colón al papa Pío IX. De este modo, se unió a la solicitud que ya había sido propuesta en junio de 1876 por el cardenal Ferdinand Donnet, arzobispo de Burdeos.
[1] González, Antonio Camilo, Centenario de la defunción de fray Rocco Cocchia (1900-2000), Clío, órgano de la Academia Dominicana de la Historia, año 71, núm. 163 (enero-junio 2002), pp. 109-115.
[2] Troncoso, Jesús María, El hallazgo de los restos de Colón: relato de un testigo presencial, Imprenta Montalvo, Ciudad Trujillo, 1941.
[3] Troncoso, ídem, p. 8
[4] Troncoso, ídem, p. 12
[5] Troncoso, ídem, p. 14
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