Hay instituciones que mueren de repente y otras que sobreviven durante décadas después de haber perdido la razón que las hizo existir.

La universidad moderna pertenece a esa segunda categoría.

En su nombre siguen levantando edificios, otorgándose títulos, produciéndose investigaciones y organizando vistosas ceremonias de graduación, pero bajo la superficie se acumulan señales de una transformación que ya no parece reversible.

Durante buena parte de los siglos XIX y XX, la universidad fue la gran fábrica de las élites profesionales y científicas.

Ninguna otra institución concentraba simultáneamente tanto poder intelectual, económico y simbólico.

Era el lugar donde se producía conocimiento, se formaban ciudadanos, se legitimaban profesiones, se distribuía prestigio social y se incubaban las innovaciones que terminaban redefiniendo la economía.

Clark Kerr (1911-2003) comprendió esa realidad antes que nadie cuando describió la universidad norteamericana como una «multiversity»: un complejo ecosistema donde convivían investigadores, estudiantes, empresarios, administradores, gobiernos y financiadores, cada uno persiguiendo objetivos distintos bajo una misma estructura institucional.

Aquella arquitectura fue una creación extraordinaria del mundo industrial avanzado.

Respondía a una época en la que el conocimiento era escaso, los expertos eran pocos y las sociedades necesitaban organizaciones capaces de concentrar talento y transmitirlo masivamente.

La universidad era, en cierto modo, una central eléctrica del conocimiento. La información entraba por un extremo, era procesada por académicos y especialistas, y salía convertida en ciencia, tecnología, profesionales y legitimidad social.

Hoy ese modelo está entrando en una fase terminal. No porque las universidades hayan dejado de ser importantes, sino porque la lógica tecnológica y económica que justificaba su forma tradicional está desapareciendo.

La primera señal de su temporalidad es financiera.

Durante décadas, especialmente en Estados Unidos, pero también en Europa, el costo de la educación superior creció mucho más rápido que los ingresos familiares y que la inflación.

Las universidades prometían movilidad social mientras acumulaban burocracias cada vez más complejas y trasladaban costos crecientes a los estudiantes. El pacto implícito comenzó a romperse. Los títulos seguían siendo valiosos, pero cada vez menos personas estaban convencidas de que justificaban el precio que debían pagar para obtenerlos.

La segunda señal de su paso es cultural.

La universidad dejó de ser vista como una institución orientada al bien común para convertirse, en la percepción de muchos ciudadanos, en una organización preocupada principalmente por reproducir sus propios intereses.

La confianza pública comenzó a erosionarse en numerosos países, especialmente cuando las instituciones académicas parecían incapaces de responder a las transformaciones económicas y tecnológicas que estaban alterando la vida cotidiana.

Pero la verdadera ruptura llegó con la inteligencia artificial (IA).

La historia de las instituciones está marcada por momentos en que una tecnología nueva vuelve visibles contradicciones que ya existían. La imprenta transformó la Iglesia. La máquina de vapor transformó los imperios agrícolas. Internet transformó los medios de comunicación. La IA está zarandeando lo mismo con la universidad.

Durante siglos, la enseñanza superior se apoyó en una serie de tecnologías cognitivas relativamente estables: el libro, la conferencia, el ensayo, el examen escrito. Esas herramientas no eran simples instrumentos pedagógicos; eran la infraestructura invisible sobre la que descansaba toda la organización universitaria.

Ahora la gastada infraestructura está siendo sustituida.

Cuando un estudiante tiene la opción de conversar durante horas con un tutor artificial capaz de adaptar explicaciones a su nivel de comprensión, la clase magistral pierde gran parte de su monopolio.

Cuando una máquina puede redactar ensayos razonablemente sofisticados, el trabajo escrito deja de ser una medida confiable del aprendizaje. Cuando los modelos de IA superan pruebas estandarizadas diseñadas para profesionales humanos, el significado mismo de las credenciales comienza a ser cuestionado.

Lo que está ocurriendo no es simplemente una innovación tecnológica. Es una redistribución radical de las funciones históricas de la universidad.

La investigación ya no necesita necesariamente universidades para producir conocimiento.

Los grandes laboratorios corporativos, las empresas tecnológicas y los centros de investigación independientes compiten cada vez más con las instituciones académicas tradicionales.

La enseñanza tampoco necesita exclusivamente campus universitarios.

Plataformas digitales, sistemas personalizados de aprendizaje y herramientas basadas en IA pueden ofrecer experiencias educativas de enorme calidad a costos marginales cercanos a cero.

Incluso la certificación profesional comienza a separarse de los títulos tradicionales mediante microcredenciales, evaluaciones por competencias y sistemas alternativos de validación.

Las piezas que durante un siglo permanecieron unidas dentro de la universidad empiezan a dispersarse.

Estamos asistiendo a un proceso de desagregación institucional.

Sin embargo, sería un error interpretar tal fenómeno como el fin de la educación superior. Más bien podría representar el final de una forma histórica específica de organizarla.

En verdad, existe una ironía fascinante en dicha transformación. Cuanto más avanzan las tecnologías capaces de transmitir información, más valiosas se vuelven aquellas experiencias que ninguna tecnología puede replicar completamente.

La universidad del futuro probablemente será menos una fábrica de información y más una fábrica de criterio.

Las capacidades que adquieren importancia en un entorno saturado de IA no son la memorización ni la repetición de procedimientos. Son la capacidad de formular preguntas relevantes, ejercer juicio en condiciones de incertidumbre, construir confianza, interpretar contextos ambiguos, deliberar éticamente y desarrollar formas originales de pensamiento.

En otras palabras, cuanto más inteligentes se vuelven las máquinas, más valioso se vuelve aquello que sigue siendo irreductiblemente humano.

Por esa razón resulta posible que la universidad del futuro termine pareciéndose, en algunos aspectos, a la universidad original del pasado. No a la universidad masiva nacida después de la Segunda Guerra Mundial, sino a tradiciones más antiguas: el seminario, la tutoría personalizada, la conversación socrática, el debate intelectual intenso. Todo libre del irracional blindaje de mediciones de conocimiento revestidas de verdaderos y falsos.

La paradoja es notable.

Durante décadas la educación superior —y no solo fuera de las Antillas— persiguió la escala. El desafío consistía en enseñar a millones. Hoy el desafío consiste en volver a enseñar a personas concretas.

La tecnología que parecía destinada a deshumanizar el aprendizaje podría terminar empujando a las instituciones más exitosas hacia formas más humanas y humanísticas de educación.

La referida transición ya puede observarse en el ámbito internacional.

Las universidades líderes no están abandonando la investigación científica ni la formación tecnológica. Al contrario, las están complementando con una renovada atención a competencias que durante años fueron consideradas secundarias: pensamiento crítico, comunicación, creatividad, liderazgo, ética y comprensión histórica.

No es casualidad que las humanidades, declaradas moribundas tantas veces durante las últimas décadas —pues no están sustentadas en «facts» cifrados y encofrados debido a sus raíces y modelos matemáticos y/o físicos—, comiencen a recuperar relevancia precisamente cuando las máquinas demuestran una capacidad extraordinaria para procesar información.

Comprender a los seres humanos se vuelve más importante cuando las máquinas aprenden a imitar parte de nuestro razonamiento.

Por eso el futuro probablemente no pertenecerá ni a los tecnólogos puros ni a los humanistas tradicionales. Pertenecerá a quienes logren integrar ambas dimensiones. A quienes comprendan simultáneamente cómo funcionan los algoritmos y cómo funcionan las sociedades. A quienes puedan dialogar con las máquinas sin dejar de entender a las personas.

La universidad que emerja de esa transición será más pequeña en algunas funciones y más ambiciosa en otras.

Muy probablemente certificará menos y formará más.

Transmitirá menos información y desarrollará más criterio.

Tendrá menos confianza en los programas rígidos y más en trayectorias flexibles de aprendizaje permanente.

La cuestión ha dejado de ser si las universidades sobrevivirán, dado que muchas lo harán. La pregunta es cuáles comprenderán que la era de la universidad industrial ha terminado.

Las instituciones que intenten preservar intacto el modelo europeo de los siglos recién finalizados corren el riesgo de convertirse en monumentos tan admirables como irrelevantes.

Las que entiendan que la IA no es simplemente una herramienta sino una nueva condición histórica de humanidad podrán reinventar su misión.

Porque la universidad no nació para custodiar métodos pedagógicos —por STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) o STEAM (cuando se incluye el arte)— ni fundaciones y edificios prestigiosos. Nació para elucidar un asunto mucho más profundo y fundamental: cómo una sociedad transmite aquello que considera valioso a la siguiente generación.

La pregunta sigue vigente.

Lo que ha cambiado es la respuesta.

Fernando Ferran

Educador

Profesor Investigador Programa de Estudios del Desarrollo Dominicano, PUCMM

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