Cuando pensamos en cambio climático, solemos imaginar huracanes más intensos, inundaciones, sequías prolongadas o temperaturas cada vez más elevadas. Hablamos de infraestructuras dañadas, pérdidas económicas y desafíos para sectores como la agricultura, la energía o el turismo. Sin embargo, con frecuencia olvidamos una realidad fundamental: detrás de cada fenómeno climático extremo hay personas cuyas vidas se ven alteradas, y entre ellas, los niños, niñas y adolescentes suelen ser quienes enfrentan las mayores consecuencias.
Un niño que pierde semanas de clases por una inundación. Una familia que ve afectado su acceso al agua potable durante una sequía prolongada. Un bebé expuesto a temperaturas extremas o a enfermedades asociadas a fenómenos climáticos. Una adolescente cuya comunidad queda aislada tras el paso de una tormenta tropical. Estos escenarios no pertenecen a un futuro lejano. Son situaciones que ya forman parte de la realidad de millones de niños en todo el mundo y que también afectan a República Dominicana.
Por esa razón, resulta especialmente relevante la decisión del país de incorporar a la primera infancia, la niñez y la adolescencia como una prioridad dentro de su nueva Contribución Nacionalmente Determinada (NDC 2025), el principal instrumento mediante el cual las naciones presentan ante la comunidad internacional sus compromisos para enfrentar el cambio climático.
Se trata de un paso importante no solo para fortalecer la respuesta nacional frente a una de las mayores amenazas de nuestro tiempo, sino también para reconocer que la protección de la infancia debe ocupar un lugar central en cualquier estrategia de desarrollo sostenible.
República Dominicana se encuentra entre los países más vulnerables a los efectos del cambio climático. Su ubicación geográfica se expone regularmente a huracanes, tormentas tropicales, inundaciones y períodos de sequía. En los últimos años hemos visto cómo eventos extremos afectan comunidades enteras, interrumpen servicios básicos, dañan escuelas y centros de salud, y generan pérdidas que impactan especialmente a los hogares más vulnerables.
Cuando ocurre una emergencia climática, los niños suelen enfrentar riesgos particulares. Son más susceptibles a enfermedades relacionadas con el agua contaminada, la mala calidad del aire o las altas temperaturas. La interrupción de las clases afecta su aprendizaje. La pérdida de ingresos familiares puede comprometer su alimentación y bienestar. Además, las situaciones de crisis incrementan los riesgos de violencia, desplazamiento y afectaciones a la salud mental.
Por eso, hablar de cambio climático también es hablar de derechos de la infancia.
Durante mucho tiempo, las políticas climáticas se han concentrado principalmente en aspectos técnicos, económicos o ambientales. Todos ellos son fundamentales. Sin embargo, existe un consenso creciente en el ámbito internacional sobre la necesidad de incorporar una dimensión humana que permita comprender quiénes son los más afectados y cómo pueden ser protegidos.
La nueva NDC dominicana avanza precisamente en esa dirección. Más que incluir referencias aisladas a la niñez, incorpora una visión transversal que reconoce a niños, niñas y adolescentes como una población prioritaria dentro de las estrategias de adaptación y resiliencia.
Esto significa que sectores clave como salud, educación, agua y saneamiento, protección social, agricultura y gestión de riesgos deben considerar de manera explícita las necesidades de la infancia al diseñar e implementar sus acciones frente al cambio climático.
La relevancia de este enfoque radica en que no se limita a identificar vulnerabilidades. También reconoce el enorme potencial de las nuevas generaciones para contribuir a las soluciones.
Los adolescentes y jóvenes de hoy están demostrando en todo el mundo un compromiso creciente con la sostenibilidad, la protección del medio ambiente y la acción climática. Son innovadores, movilizadores y líderes comunitarios. Incluir sus perspectivas en la formulación de políticas públicas no es solamente un acto de participación democrática; también es una forma inteligente de construir respuestas más efectivas y duraderas.
Uno de los aspectos más valiosos del proceso de elaboración de la NDC 2025 fue precisamente la apertura a diferentes voces. Durante su construcción se realizaron consultas y espacios de diálogo que permitieron recoger aportes de adolescentes, jóvenes, organizaciones sociales, instituciones públicas y otros actores relevantes.
Escuchar a quienes vivirán con mayor intensidad las consecuencias del cambio climático es una señal positiva. Las políticas públicas son más sólidas cuando incorporan experiencias diversas y se construyen sobre evidencia y participación.
Ese esfuerzo también ha sido reconocido a nivel global. El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) evalúa las Contribuciones Nacionalmente Determinadas de los países a partir de cuatro criterios relacionados con la inclusión de la infancia en las políticas climáticas, destacándose que República Dominicana ha alcanzado la puntuación máxima posible, obteniendo una calificación de cuatro sobre cuatro.
Este resultado sitúa al país entre los referentes mundiales en la incorporación de los derechos de la infancia dentro de la acción climática.
La evaluación considera aspectos como el reconocimiento explícito de niños, niñas y adolescentes en la política climática, la participación de jóvenes en los procesos de elaboración, la existencia de medidas concretas para proteger y empoderar a la infancia y la alineación con los estándares internacionales de derechos de la niñez.
Más allá de la importancia del reconocimiento, lo verdaderamente relevante es lo que este enfoque puede significar para la vida cotidiana de miles de familias dominicanas.
Una política climática que pone a la infancia en el centro debe traducirse en escuelas más seguras y resilientes frente a fenómenos extremos; sistemas de agua y saneamiento capaces de resistir eventos climáticos cada vez más frecuentes; servicios de salud preparados para responder a nuevos riesgos; programas de protección social que apoyen a las familias en situaciones de emergencia; y oportunidades para que adolescentes y jóvenes participen activamente en la construcción de soluciones.
También implica fortalecer la educación ambiental desde edades tempranas, promoviendo conocimientos, habilidades y valores que permitan a las nuevas generaciones comprender mejor los desafíos climáticos y contribuir a enfrentarlos.
Invertir en la infancia no es únicamente una obligación moral. Es una decisión estratégica para cualquier sociedad que aspire a un desarrollo sostenible.
Las inversiones realizadas hoy en salud, educación, protección y resiliencia generan beneficios que se extienden durante décadas. Una niñez protegida, saludable y preparada tendrá mayores capacidades para enfrentar los desafíos del futuro, impulsar la innovación y contribuir al crecimiento económico y social del país.
Por ello, la inclusión de la infancia en la acción climática representa una de las apuestas más inteligentes que puede hacer una nación. Sin embargo, también es importante reconocer que el trabajo apenas comienza.
Los compromisos plasmados en una estrategia nacional constituyen un paso fundamental, pero su verdadero valor dependerá de la capacidad para convertirlos en resultados concretos. Será necesario garantizar recursos adecuados, fortalecer la coordinación entre instituciones, desarrollar mecanismos de seguimiento y asegurar que las acciones lleguen efectivamente a las comunidades más expuestas a los impactos climáticos.
La verdadera medida del éxito no será la calificación obtenida ni los reconocimientos internacionales recibidos. El éxito se reflejará en la vida de los niños y niñas que puedan continuar estudiando después de una emergencia, acceder a agua segura durante períodos de sequía, recibir atención de salud oportuna frente a nuevos riesgos climáticos y crecer en comunidades más resilientes y preparadas.
República Dominicana ha dado inicio a un trayecto de luces al colocar a la infancia en el corazón de su acción climática. En un contexto global marcado por la incertidumbre ambiental, esta decisión envía un mensaje claro: enfrentar el cambio climático no consiste únicamente en proteger ecosistemas o reducir emisiones. También significa proteger a quienes heredarán el país que estamos construyendo hoy.
Porque, al final, la política climática más efectiva es aquella que pone a las personas en el centro. Y entre todas ellas, no hay inversión más valiosa ni apuesta más segura para el futuro que la infancia.
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