"Desde una edad muy temprana, quizás cinco o seis años, supe que
cuando creciera debía ser escritor. Entre los diecisiete y veinticuatro
intenté abandonar esta idea, pero lo hice con la conciencia de que
estaba rebelándome a mi naturaleza y, a sabiendas de que tarde o
temprano debería volver a dedicarme al oficio de escribir libros." De esta
manera comienza George Orwell su ensayo "Why I write" (Por qué
escribo).
Durante una caminata por Eixample donde viví en Barcelona, durante
este semestre, me topé en mis primeros días con una librería, que me
sorprendió de grata manera. Tenía un cartel sencillo que me atrajo:
"Libros en inglés". Se llama Backstory, y está en la calle Mallorca.
Entonces entré por curiosidad y terminé dedicando más tiempo del que
había planeado para conocer el barrio durante esa tarde, y me quedé
cautivado. Mi breve parada se convirtió en todo un día. Allí trabaja una
dependienta culta, que nunca había visto en una librería. Hablaba
perfectamente catalán, español, francés e inglés. Participaba
activamente en la búsqueda de los clientes, haciendo recomendaciones
personalizadas y explicando cada libro como si hubiese podido leerlos
todos y saber exactamente su posición en toda la librería. Yo, por mi
cuenta, bajé al sótano donde encontré el libro corto de Orwell. Había
algo en ese título, y en ese momento de mi vida, que lo hacía necesario.
Este sería el pequeño libro que leería una semana después, en mi
primer viaje de Barcelona a Roma.
Con seis o siete años publiqué, o mejor dicho, mi padre me publicó en la
revista infantil de Tin Marín, una recopilación de frases que pensaba y
reflexionaba, y posteriormente le comentaba a él. Recuerdo
perfectamente que eran reflexiones surgidas de conversaciones con mi
amigo imaginario, y que, para ser validadas, debían pasar por una
última instancia: mi padre, a quien considerábamos el centinela de la
verdad.
Estas reflexiones, típicas de la imaginación de un niño, brotaban de la
espontaneidad de lo cotidiano: la clase, los dibujos animados, las
conversaciones de mi padre y mi madre y las conversaciones de los
adultos.
A partir de ahí, siempre supe que mi deber era recopilar estas
reflexiones como lo hacía mi padre. Primero para no olvidarlas, y
también con la intención que siempre existía: tener la posibilidad de
algún día compartirlas y publicarlas. Nunca paré de hacerlo. Desde
entonces, adquirí esa costumbre casi automática de registrar ideas: en
cuadernos, servilletas, incluso en el aire, o simplemente repitiéndolas en
mi mente para no olvidarlas. Congelaba mis ideas para conservarlas y
poder trabajar en ellas con tiempo, en mi silencio y en mi interior.
Muchas se perdieron. Otras sobrevivieron lo suficiente como para
convertirse, años después, ya con dieciséis años, en una selección que
dio forma a mi primer libro: Ermitaño de la montaña (2022).
Entonces, ya "oficialmente" un escritor, entendí que el oficio de escribir
reside en mí como igualmente yo pertenecía a él. Pienso que fue algo
natural, dado los entornos que siempre me rodearon durante el
desarrollo de mi niñez, mi adolescencia, y que ahora siguen muy
presentes en mi juventud.
Crecí en un ambiente donde la literatura no era algo ajeno. Mi padre (el
escritor Basilio Belliard) encontraba en los libros una fuente evidente de
alegría. Entre tertulias, ferias del libro, exposiciones, charlas…, ese era
mi paisaje habitual. Es decir, ajeno a lo que un niño le pueda evocar
fascinación. Al contrario, para un niño, esos espacios exigen un mortal
silencio. Y esos silencios los aprovechaba, y los utilizaba para
desarrollar mi imaginación, reflexionar y hablar conmigo mismo. Entraba
y salía del mundo de las ideas a placer. Mientras los adultos hablaban,
yo me desplazaba hacia otros mundos: me convertía en presidente,
futbolista, periodista o personaje histórico. Inventaba escenarios,
diálogos, decisiones. Ese ejercicio constante de imaginación fue, sin
saberlo, mi primer entrenamiento como escritor.
En esto encontré el divertimento necesario, que me sirvió para
contemplar, desde el silencio, la vida. Desarrollé la habilidad de inventar
historias con facilidad y mantener conversaciones extendidas con seres
imaginarios. Es de aquí que provienen la gran mayoría de aquellas
reflexiones que me fueron publicadas. De ese mundo privado del cual
yo era rey supremo y omnipotente, es decir, de mi imaginación. Sin
embargo, con el tiempo, esa voz se volvió más compleja.
Al llegar la pandemia y, con esta, la reclusión total, esas conversaciones
conmigo mismo, se intensificaron. Empecé a pensar con más frecuencia
en temas menos ficticios, y me concentraba más en las realidades que
acontecían diariamente en el mundo que me rodeaba. Argumentaba
conmigo mismo, a favor y en contra de todo, intentando encontrar
posiciones cada vez menos contradictorias. Una necesidad cansina de
querer "entender". Sin saberlo, una vez más, volvía a escribir. El
ejercicio de escribir, desde la perspectiva de un escritor, no es más que
las conversaciones que él tiene consigo mismo.
Del mismo modo, comencé estos artículos de opinión con ese afán de
descubrir contradicciones inclusive en mi manera de pensar. Para
explicar complejidades de una manera fácil y accesible. De manera
consistente, logré mi objetivo hasta cierto punto, donde ocurrió ese
quiebre. Ese momento en que escribir dejó de tener sentido. No por falta
de ideas, sino por una sensación nueva: la de que ya no era necesario.
Con la irrupción de la Inteligencia Artificial, que hemos vivido en los
últimos años, sobran los rumores e hipótesis de qué sucederá en el
futuro. Natural de grandes revoluciones tecnológicas, y, sin duda, a su
vez siamés de burbujas financieras, la incertidumbre permea a todo
aquel que se sienta en peligro ante lo nuevo, y más aún, cuando
amenaza con cambiar paradigmas. Creo que similar a otras personas,
llegué a sentirme un desdichado, y que el azar me había colocado en un
tiempo equivocado. Pensé: ¿Para qué escribir si esto ya no es exclusivo
del hombre? ¿Para qué escribir, si mis escritos nunca alcanzarán el
respeto que pudiesen haber alcanzado, de haberse escrito 20 o 30 años
antes? ¿De qué manera probar, que algo que yo haya escrito, fuese
verdaderamente escrito por mí? La prueba de autoría ya no puede ser el
texto en sí, eso ahora es falsificable, sino el rastro de decisiones: los
borradores, las tachaduras, la experiencia vivida, el proceso que
demuestra una conciencia. La IA puede generar prosa correcta, incluso
elegante, sobre cualquier tema. Lo que no puede hacer es haber
caminado por Eixample, haber bajado a ese sótano, haber sentido esa
sorpresa frente a esa librería específica. En un mundo así, ¿existen
razones para que un joven siga escribiendo? Porque, si algo ha definido
a la humanidad, ha sido su capacidad de expresarse a través de las
artes. En ellas hemos encontrado formas de resistir, de protestar, de
educar y de preservar el tiempo. Las artes han sido, a la vez, memoria y
motor de cambio: el lenguaje con el que las generaciones se hablan
entre sí, incluso cuando ya no están.
Por eso la inquietud. No se trata solo de quién escribe, sino de qué
significa seguir haciéndolo.
Todos tenemos, en mayor o menor medida, ese deseo que nos impulsa
a querer explicar el mundo que nos rodea. La escritura ha sido, para
muchos, durante siglos, esa herramienta. Unos simplemente escriben,
de manera metódica y automática, pero, a veces, somos como los
trabajadores de la oficina del abogado de Herman Melville, de su obra
Bartleby, el escribiente: algunos escriben sus reportes, y otros son los
Bartleby, que "prefieren no hacerlo". Ese es el gran misterio. Quizá esos
Bartleby sí escriben y hasta logran terminar sus reportes, pero lo hacen
de una manera íntima y silenciosa y nunca los entregan terminados. Yo,
en cambio, he aprendido que, para que la escritura siempre tenga
sentido, debe disfrutarse, pues es el placer, o el sufrimiento, la huella de
que hubo una lección genuina, una reflexión interior. Si la escritura se
convierte en un acto mecánico, robótico, dominado por seres sin
sentimientos, para escribir sin convicción, sin placer, sin necesidad,
como diría Bartleby, preferiría no hacerlo. Limitarse a la simple
exposición de ideas, sin procurar formas estéticas, ritmo ni intención, es
aburrido. Lo que un escritor tiene de irremplazable no es la habilidad
técnica de combinar palabras, eso sí es automatizable. Lo irremplazable
es la materia prima: una vida vivida. Sea cual sea el escribiente, primero
es la idea.
La literatura, y más en estos tiempos, debe siempre ser para el disfrute,
deleite y entretenimiento del que escribe como del que lee. No debe ser
un reto sino, más bien, un placer. Nadie puede generar mi perspectiva
sobre mi padre, mi pandemia, mi ciudad, mis risas y mis gatos. La IA no
puede fumar el cigarro de la culpa, sentir el punzante dolor de un error
ingenuo, ni desvelarse sobre una cama mojada. El escritor debe escribir
sobre su tiempo; el cantor, cantar sobre su tiempo, y el hombre, vivir en
su tiempo. Dichos tiempos marcan acontecimientos que lo conmueven y
crean su generación moral. Nuestro tiempo es este, y es el que
debemos afrontar con valentía.
El riesgo real es que los escritores dejen a la literatura como una isla,
rodeada de agua que la separe del mundo, por pereza o por miedo.
Vender esperanza, ser una buena persona, y pensar y escribir es gratis.
Y si de estas acciones emanase algún fruto, valdría la pena hacerlo una
y mil veces más.
Pues, ¿fue el pecado originario del escribiente dejar de escribir, o
preferir no hacerlo?
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