Las incongruencias que arropan al supuesto sistema educativo dominicano, y muy en específico a la Modalidad en Artes, no son un juego para nuestra nación. Los desaciertos, las malas prácticas, las directrices contradictorias y la denominación no adecuada, entre otros factores, instalan en la población estudiantil tal confusión que pudiera alcanzar una gran deformación con grado de permanencia en sus vidas de estudio y aprendizaje.

El respeto a las diferentes actividades humanas, como son las artes en el país —con una estructura probada desde hace décadas, con un desenvolvimiento sistemático, formal y, además, legislado como finalidad oficial y operativa y que, por tanto, se encuentra dentro del sistema educativo formal especializado—, no podemos ahora, en un abrir y cerrar de ojos, despojarlo de toda autoridad y convertirlo en un subordinado marginal del sistema formativo dominicano que tenemos hoy. La falta de continuidad de las acciones probadas por años es un factor que desnaturaliza el aparato rector de cualquier conglomerado social y, en este caso, la enseñanza.

Es muy común en nuestro país que algún ser aparecido, simulando ser un mago creador de esos que inventan trucos en el aire para hacerse con los favores o la simpatía de presidentes, ministros o cualquier personaje de poder, tenga siempre un proyecto debajo del brazo para ofrecer. Con ello, buscan la puesta en marcha de la gran obra de gestión del funcionario de turno, llevándose por delante cualquier precedente de valor fundamental, ya sea institucional o humano.

Con ese avezado atrevimiento y aprobación, se crea alguna que otra ley sin ser merecedora de una evaluación previa, consensuada o advertida para su discusión en el sector artístico general; esto impide adecuar sus implicaciones a futuro en cuanto a la implementación de metodologías, infraestructura apropiada, maestros con formación especializada, indumentaria, material gastable, instrumentos y un amplio etcétera. Cuando todos estos aspectos devienen en la inseguridad y carecen de planificación, logística y presupuestos adecuados para sostenerse, el proyecto comienza con un pronóstico claro de fracaso que, además, es de carácter técnico en las diferentes disciplinas artísticas dentro del sistema escolar dominicano.

Me refiero al Bachillerato en Modalidad en Artes, creado en el Pacto para la Reforma Educativa (Ley 01-12) para el período 2014-2030. En días pasados, se acaban de presentar con gran alborozo más de dos mil estudiantes provenientes de 18 regionales educativas en el Teatro Nacional. Puedo decir que ninguna escuela nacional de arte —y me voy más lejos, ninguna institución artística, llámense también compañías nacionales en la historia de nuestro país— había merecido recibir tanto apoyo económico para un evento o espectáculo como el que se dio en días recientes. Pero es eso precisamente lo que nos llama la atención: que estos mismos liceos tienen recursos muy limitados para su sistema operativo de enseñanza. ¡Qué paradoja!

Para nadie es un secreto que hay necesidades tan elementales como la de maestros especializados; no es posible suplir a todos los centros educativos con docentes que impartan estas asignaturas en las diferentes áreas artísticas. Entonces, el trabajo no es del todo cabal. Con estas demostraciones distorsionadas y exageradas, el Gobierno y su ministerio auspiciador quieren, de manera ostentosa, hacernos ver sí o sí que ese sistema funciona, y obligar, a través de un gran despliegue de propaganda y dinero, a que sea aceptado y calificado como bueno y válido.

Pues, desde mi posición, responsablemente digo que no. Me hago eco de otros profesionales de larga data y especialistas de las diferentes ramas de las Bellas Artes al afirmar que eso que pudimos percibir en el gran escenario de la sala Carlos Piantini del Teatro Nacional presenta muchísimas deficiencias y no manifiesta a las Bellas Artes en su justa dimensión; la puesta en escena se queda solamente en arte popular. Hábilmente prepararon ese renglón para hacer su gran despliegue, el cual también contó con una muestra folclórica, muy incipiente, por cierto. Todo esto en el aspecto escénico, que es lo que me convoca y de lo que puedo hablar; en lo que respecta a la artesanía y las artes visuales, invito a los colegas del área para que expresen su parecer.

El Ministerio de Educación está mandando un mensaje distorsionado de lo que es la educación artística con referencia a las Bellas Artes. Debemos ser más específicos si se trata de una Modalidad en Artes Populares, y aclarar qué implica ser técnico con esa salida. La percepción que recibimos de la juventud con estas exposiciones nos preocupa grandemente, puesto que no clasifican las actividades en las que se desenvuelven, y todo no es lo mismo.

Debemos hacer un llamado tanto a la clase artística en sentido general como al funcionariado del Ministerio de Educación para que evalúen los criterios y los planes de estudio que se llevan a cabo en esos centros, para saber realmente qué se imparte allí y en qué condiciones, e igualmente cuál es el verdadero perfil del egresado. Un nivel técnico en esta modalidad alcanza escasos tres años; sin embargo, estudiar danza, música, teatro o artes visuales consta de un promedio general equivalente a ocho años de estudios ininterrumpidos aquí y en cualquier parte del mundo, con una titulación de nivel medio o medio profesional, como le llaman en otros países, por debajo del técnico que se ofrece en esas escuelas.

Estamos socavando la esencia del estudio real de los aspirantes, de los que ya están sometidos a la gran disciplina y a todos los consagrados que vemos con estupor y gran preocupación este derrotero. No se necesitan inventos para tener a un real virtuoso y conocedor de los métodos y el rigor del arte; no mal orientemos a un novel iniciado en el oficio del arte popular. Vamos a revisarnos: se le está faltando el respeto a la institucionalidad artística del país. Hacer arte no es soplar y hacer botellas.

Ninoska Velasquez Matos

Bailarina

Ninoska Velázquez. Prima bailarina, Coreógrafa y Maestra de Ballet Clásico Directora de Ballet Clásico Nacional (1991), Directora de la Escuela Nacional de Danza (2004-2013), Directora Ballet Metropolitano de Santo Domingo (2013-2016), Directora de la Escuela Superior de Ballet (1992-2003).

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